Capítulo 2
Trabajo en un restaurante como mesera. Paso el día entero limpiando mesas, fregando platos y soportando desplantes de gente que siente que es mejor que tú solo porque está sentada en una de las mesas que debes atender.
Muchas personas parecen no darse cuenta de que la integridad de lo que se meten a la boca está en tus manos.
Debo admitir que el mero pensamiento de esto es reconfortante. Nunca le he hecho nada a la comida de nadie, pero la posibilidad siempre está ahí. Puedo cruzar la línea en el momento en el que desee hacerlo.
Tengo compañeros que escupen en los platos de la gente arrogante y déspota. Yo nunca lo he intentado. Me he concentrado en hacer todo lo posible porque esas personas se sientan satisfechas con mi servicio. Las propinas son increíbles cuando te esfuerzas lo suficiente.
Esta semana ha sido una bastante ajetreada. Últimamente, mis días se resumen en levantarme, ir a trabajar, volver, hacer el aseo en casa y dormir. Esa ha sido mi rutina durante los últimos meses y, aunque no quiera admitirlo, está acabando conmigo.
Pude vender mi computadora hace unos días. En realidad, no fue difícil hacerlo. Cuando conoces a las personas indicadas, todo es posible. De cualquier modo, tuve que trabajar horas extras para completar el dinero para pagar los servicios básicos y hacer las compras en el supermercado.
El suministro de alcohol de mi papá ha estado abastecido gracias a los cincuenta dólares del vecino de arriba y me siento aliviada por ello. No he dejado de recordarme con frecuencia que debo pagar ese dinero; así que, cuando recibo mi paga quincenal, es lo primero que aparto.
Todos en el trabajo se han puesto de acuerdo para ir a beber algo al terminar la jornada, pero yo ni siquiera puedo considerarlo.
No tengo la edad suficiente como para entrar a un bar —al menos no en los Estados Unidos—, y tampoco puedo darme el lujo de gastar un dinero que no tengo en cosas como esas.
—Podrías entrar si quisieras —dice Kim, una de mis compañeras. Es cuatro años más grande que yo, pero eso no ha impedido que nos llevemos bastante bien.
—Estoy muerta. —Le regalo una sonrisa triste—. Lo único que quiero es ir a casa y dormir hasta mañana.
Rueda los ojos al cielo y niega con la cabeza.
—Tienes diecinueve años, Maya. Deberías tratar de divertirte más —dice—. Actúas como una mujer de cuarenta años con dos hijos a su cuidado.
Una risa nerviosa y sin humor se me escapa, pero me las arreglo para no lucir herida por su comentario. Si mi vida fuese como la de cualquier chica de diecinueve, no luciría como lo hago.
«Si tan solo supiera…».
—¿Estás diciéndome amargada? —bromeo, pero hay un filo herido en mi tono. Ella envuelve un brazo alrededor de mis hombros.
—Solo digo que debes tratar de tomarte algo de tiempo para ti. —La calidez con la que habla me sobrecoge por completo.
—La próxima quincena, quizás —prometo—. No pedí permiso en casa. Papá va a molestarse.
Kim hace una mueca de disculpa.
—A veces olvido que aún eres una chica de familia. Hace años que no veo, ni hablo con mis papás. —Medio sonríe. Se nota a leguas que es un tema duro de tratar, pero nunca me he atrevido a indagar en él. No tenemos ese nivel de confianza.
—Tal vez deberías hacerlo. —Trato de sonar casual, pero fracaso de manera monumental.
—Tal vez. —El matiz triste que invade el tono de su voz me hace preguntarme qué fue lo que la obligó a alejarse de su familia.
—Debo irme. —Me aparto de su abrazo y le regalo una sonrisa.
—Toma un taxi. —Me mira con severidad—. No quiero que mañana aparezca la imagen de tu cuerpo en las noticias.
Le regalo una mueca exasperada.
—Dramática —mascullo y añado—: Iré con cuidado.
—Te veo mañana. —Medio grita, cuando avanzo por la calle vacía. Me limito a agitar la mano en su dirección antes de girarme y apretar el paso.
Me toma alrededor de cuarenta minutos llegar a casa.
Perdí el último autobús, así que tuve que caminar; sin embargo, he aprovechado el recorrido para hacer cuentas mentales.
Van a quedarme apenas cincuenta dólares para cualquier emergencia, pero es un alivio saber que no vamos a quedarnos un mes entero sin agua caliente o energía eléctrica.
Me detengo un momento en el primer piso, con la señora Goldman —una de las vecinas del complejo—. Le conté acerca de lo ocurrido con papá y el dinero de la renta, y accedió a guardarlo por mí hasta que sea el momento de pagar.
—Muchas gracias por hacer esto. —Le sonrío, agradecida.
La viejecilla hace un gesto con la mano para restarle importancia al enorme favor que está haciéndome. Tengo entendido que está jubilada y que el gobierno le paga una pensión mínima, es por eso por lo que no vive en un lugar mejor que este. Lo que le dan apenas le alcanza para sobrevivir.
—Es un placer, cariño —dice—. Hazme el favor de venir a verme más seguido; la soledad es la peor de las compañías. Más a mi edad.
—Haré lo posible —prometo—. He estado tan ocupada que…
—Entiendo —me interrumpe—. Los jóvenes de ahora solo corren de un lado para el otro apresurados. —Una sonrisa triste se apodera de sus labios—. Ven a verme cuando tengas oportunidad. Con eso basta.
—Lo haré. —Asiento—. Prometo que lo haré.
—Bien. —Su sonrisa se ha hecho un poco más ligera—. Ahora ve a descansar, que parece que vas a caer desmayada en cualquier momento.
Una risa se me escapa con su comentario, pero le tomo la palabra y me echo a andar en dirección a las escaleras.
Subo a paso cansino y lento. Las piernas me arden de tanto caminar, el frío me cala en los huesos a pesar de que llevo puesta una desgastada chaqueta y estoy tan hambrienta, que mi estómago duele y se retuerce.
Cuando llego al piso donde vivo, me congelo. Mi vista se clava en las escaleras que dan al superior. Introduzco las manos dentro de los bolsillos y siento el solitario billete que separé cuando recién cobré en el restaurante.
Muerdo mi labio inferior, insegura de qué hacer.
Pagarle al vecino no está en discusión. Tengo que hacerlo. De lo que no estoy segura, es de querer enfrentarme a la espeluznante visión de su rostro surcado por cicatrices.
Una parte de mí, me dice que es más fácil deslizar el dinero por debajo de su puerta y no volver a cruzar palabra con él; pero otra me dice que no sea cobarde. Que debo entregar ese dinero en persona.
Sé que eso es lo correcto para hacer. Me salvó de una paliza segura. Debo agradecerle como es debido.
Maldigo para mis adentros —solo porque no quiero hacer esto—, pero avanzo en dirección al piso superior.
Tomo el billete de cincuenta y trato de mentalizarme para no lucir asustada o perturbada cuando lo vea de frente.
El nerviosismo se detona en mi sistema ante el recuerdo de su expresión cruel y cruda.
No sé cómo es que voy a lograr verme despreocupada y fresca cuando él luce hostil y aterrador.
Me detengo de golpe cuando estoy a pocos escalones de llegar al pequeño recibidor.
No sé qué esperaba ver, pero la verdad es que no era esto.
Estoy tan acostumbrada a los angostos pasillos del resto del edificio, que es extraño ver solo un espacio de un metro de distancia entre la puerta y la escalera.
«Su departamento debe ser enorme», pienso, con un poco de celos, mientras observo la cantidad ridícula de pared que hay a cada lado de la puerta principal.
Trato de alejar todo pensamiento extraño de mi cabeza y tomo una inspiración profunda, mientras me aliento un poco antes de atreverme a golpear la madera de la entrada con los nudillos. El billete se arruga dentro de mi puño y espero a que el vecino atienda.
No sé cuánto tiempo ha pasado, pero empiezo a impacientarme. Vuelvo a llamar y me cruzo de brazos. Soy consciente de cuán ansiosa me siento, pero no hago nada para reprimir la oleada de nerviosismo que me invade.
«Quizás no está en casa».
Estoy a punto de marcharme, cuando la puerta se abre de golpe.
Entonces, me paralizo por completo ante la visión que se despliega delante de mí.
No son sus cicatrices las que me alteran, ni el ceño fruncido con el que me recibe. Es su torso desnudo el que hace que me congele en mi lugar.
La vergüenza invade mi torrente sanguíneo y siento cómo el rostro se me calienta en cuestión de segundos. La incomodidad me inmoviliza y pica debajo de mi piel de manera insoportable.
Trato de mirar solo hacia su cara, pero es imposible. No cuando la tinta en la piel de sus brazos, pecho y estómago es tan llamativa. No cuando la firmeza de los músculos que ondulan en su abdomen se encuentra expuesta de este modo.
Los vaqueros que utiliza caen bajos en sus caderas y están desabrochados. Dejan ver un trozo de la tela oscura de su ropa interior y me siento más que avergonzada al darme cuenta de ello.
Cuando mis ojos encuentran los suyos, me arrepiento. Su expresión es seria y cautelosa, pero hay un destello de diversión en su mirada.
Sin que pueda detenerme o siquiera darme cuenta de ello, mi vista cae en las escandalosas cicatrices de su rostro más tiempo de lo debido y un escalofrío me recorre cuando trato de entender quién pudo hacerle algo así.
De pronto, le imagino metido en una pelea callejera, o siendo asaltado y atacado por un loco en la calle.
«¿Cómo se las habrá hecho? ¿Cómo se sentirá al mirarse al espejo cada mañana?».
—Tú no eres el repartidor de pizza. —Su voz ronca está teñida con diversión y curiosidad.
Sus palabras accionan algo en mí y extiendo la mano para ofrecerle el dinero que se ha calentado dentro de mi puño. Él mira la ofrenda para luego mirarme a mí. Sus ojos color esmeralda me estudian con detenimiento, así que me permito hacer lo mismo con él.
Su cabello es una mata alborotada color caramelo; su piel es tan clara, que las cicatrices sobresalen debido al tono rosado que han tomado por la cicatrización. Su mandíbula angulosa, sumada a su ceño fruncido, le da un aspecto peligroso y salvaje.
No puedo evitar compararlo con un depredador listo para atacar. Es aterrador en niveles que ni siquiera yo misma soy capaz de comprender.