EPÍLOGO
GEPETTO
E xplosión.
Nunca me equivoco. Esos jodidos mejicanos no se dan por vencidos. Entiendo que sus egos hayan sido masacrados por todo lo que les han hecho. Pero aun así, ya deberían saber a quién se enfrentan.
Camino sin prisa. Todo lo tengo controlado.
No hay nada que me sorprenda. Sé cómo manejar este mundo.
Por eso he llegado hasta donde estoy. No necesito alzar la voz ni ensuciarme las manos para recordarles quién manda.
Los hombres mediocres confían en sus puños porque es lo único que poseen; yo confío en mi mente, porque es un arma infinitamente más letal.
La fuerza bruta solo sirve para ganar una pelea, la inteligencia gana imperios.
Mientras ellos descargan su rabia contra un enemigo, yo ya he previsto diez movimientos por delante y he convertido a sus aliados en mis peones sin que lleguen a darse cuenta.
Echo una simple mirada a Pantera, con los ojos un poco entornados. Él ya sabe lo que hay que hacer. Pone su mano en el hombro de Ciro y le habla. Los asistentes se levantan de sus asientos con gritos que resuenan por todo el espacio.
—Baloo, pon en marcha la operación —ordeno en voz alta.
Mis hombres le dan auriculares a toda la organización de mi hijo. Vito le pasa alguno a Ciro y Elio, que están en la otra punta del jardín, en la mesa nupcial.
—Necesito que protejas a las chicas y a los empleados. Tienes que llevártelos a todos dentro y esconderlos —escucho a Vito por el auricular.
De lejos veo el rostro enfadado de Bella, que es a la que se dirige.
—Siempre sacándome de la diversión. Sabes que estoy preparada —replica ella.
—Lo sé, y Maia también, por eso os necesito protegiendo a los demás —exige Vito.
Él nunca pondría en peligro a Bella aunque tenga razón en lo que esté diciendo. Si la dejara, sabe que yo podría cortarle los huevos. Elio se mete en la conversación dándole la razón a Vito. Menos mal. No tenemos tiempo de lidiar con él en estos momentos.
Disparos se ciernen sobre nosotros. Uno atraviesa todo el jardín e impacta contra una silla cercana a Cara. Veo su rostro pálido al darse cuenta de que ha estado muy cerca.
—¡Moveos ya! —grito a Pantera.
Se dispersan en el acto. Joder, qué familia más difícil somos.
Sabía que en algún momento esto pasaría y que sería muy difícil congeniar y ponernos de acuerdo, pero no lo cambiaría por nada.
Vito se merece encontrar a su familia, a su hermano, y yo estaba deseando tener relación con mi hijo.
Me ha odiado tanto que esperaba que me lo pusiera más difícil.
Supongo que no tiene el carácter rencoroso y terco de Sofia.
Tiene más bien el mío y eso es un alivio.
Sin embargo Bella, es más como su madre en ese aspecto.
Saco mi arma de la funda del pecho. Improviso un muro de contención con mesas. Los enemigos llegan desde la entrada principal. Me acuclillo para cubrirme con la madera maciza.
—¿Están todos dentro? —pregunto.
—Aún no, señor, quedan pocos —me responde Baloo.
Pantera, Lobo y Bestia llegan hasta mí y se ponen a mi alrededor apuntando concentrados, cubriéndome.
—¿A qué estamos esperando? —pregunta Elio, desesperado—. Deberíamos matarlos a todos. Son menos. Ya podrían estar muertos.
—Y lo estarán. Es el puto día de mi boda. Nadie sale vivo de esta —sentencia Ciro muy enfadado.
Pantera me echa un breve vistazo y asiente.
Le advertí que pasaría. Por algo soy el Don.
Consigo adelantarme a los problemas. Sabía que Juan buscaría ventaja y que lo intentaría cuando creyese que estaríamos más indefensos.
Pero se equivoca. A mí nunca me encontrará puntos débiles.
Yo no soy como estos niños cuyo ego les domina el pensamiento.
Ellos ladran mucho. Yo observo y actúo como debo hacerlo.
Han intentado doblegarme en cientos de ocasiones. Han buscado formas de derrocarme sin cesar. Y aquí estoy, recordándoles una vez más con quién tratan. Yo no soy ningún Capo de tres al cuarto.
Soy el Don de La Camorra, una mafia que cuenta con miles de personas y todas a mi orden.
—Es el momento —dispongo, viendo cómo se llena la entrada de hombres con metralletas.
Baloo y muchos más entran por la retaguardia de los enemigos. Ojeo que no haya víctimas de los nuestros a nuestro alrededor y aún hay algunos debajo de las mesas de la celebración, encogidos por el miedo. Hay políticos, grandes empresarios y amistades lejanas.
Los míos salen de todas partes. Bajan por las escaleras, abren la puerta principal de par en par, incluso por la del sótano. Estaban escondidos en todos los posibles puntos de defensa. Los suyos disparan, pero cada vez se oye menos ruido. Están atrapados.
—El ratón está en la trampa —escucho a Baloo.
Los cuatro nos levantamos y caminamos hasta ellos. Están todos en el centro del círculo que han hecho mis hombres dentro de la casa, justo en la entrada al jardín. De rodillas, me miran con un odio profundo. Mis ojos se dirigen a Juan.
Elio va a abalanzarse hacia él, lleno de furia, pero Vito lo frena. Escuchamos una puerta abrirse y son las chicas. Bella lleva a un mejicano cogido del cuello. Maia la sigue de cerca mientras Cara, al fondo, se tapa el vientre.
—Se os ha escapado uno. Podríais tener más cuidado —replica Bella lanzándolo con los demás.
—¡Me habéis fastidiado mi gran día! —grita Cara a los mejicanos aguantando las lágrimas.
Tiene razón. Ya se lo compensaré. No es culpa de ellos. Es mía. Yo sabía lo que iban a hacer y los he dejado. Si los frenaba, no tendría esta oportunidad de oro. Juan se habría vuelto a escapar.
—Hijo de tu chingada madre —suelta el cabecilla del enemigo.
Esbozo una sonrisa ladeada.
Nadie espera mis acciones. No soy tan previsible como creen saber.
No soy tan benevolente ni sosegado. Esa es la imagen que quiero que tengan.
Sé cómo manipular a las personas. Incluso Vito, que ha estado toda su vida conmigo, cree que soy así.
En realidad, ya he demostrado en reiteradas ocasiones que puedo actuar como no se esperan.
Como cuando le saqué el arma a Vito en mi casa y le apunté.
O cuando comprendí a Bella porque entiendo por lo que puede estar pasando.
Este mundo hace que te vuelvas loco, a veces anula tu humanidad, y yo he aprendido a ser quien tenga ese control.
Tanto de mi mente, como la de todas las personas.
Mis manos están más manchadas que las de todos los presentes aquí.
No lo muestro porque a mí me gusta jugar con estrategia.
Yo fui uno de los causantes de la muerte de Pierino junto a Gunther.
Desde la sombra. En esos momentos, Gunther estaba en mi puesto y Pierino en el de Vito.
También tenían la red de Capos con los que cuento hoy en día.
Los mismos. Extorsioné a la mayoría para conseguir que estuvieran de mi parte de una forma u otra, pero mi jugada maestra fue con Paolo Ricci, que era de los cercanos del antiguo Don.
Le prometí el casino y el poder si hacía lo que le pedía.
Los chantajes sirven. Es lo que quieren todos: más poder y dinero.
Yo se lo pongo en las narices y les hago creer que lo tienen, aunque no sea así.
Y por eso sigue siendo mi Capo. Sé de lo que sería capaz y que también podría traicionarme, pero es mejor tener a tus enemigos cerca.
Él, bajo mis órdenes, manipuló las armas de todos los que fueron a ver a Luka Komarov.
Yo sabía que tenía a Rania Black y lo narcisista que era ese pakhan.
Sabía que eso sería una matanza y los dejé ir indefensos a ella.
Los italianos se encontrarían en una encerrona y sin armas válidas para defenderse.
Me lo quité del medio sin mover un solo dedo.
Así es como he conseguido que sea mi nombre el que suene a lo largo del globo.
Cuando escuchan “italianos” piensan en La Camorra, en el Don o en Pantera.
De una forma u otra yo controlo todas las transacciones, las conversaciones, los intercambios; cada músculo que se mueve es porque yo estoy de acuerdo.
Apunto a la cabeza de Juan. Todos a mi alrededor me miran desconcertados. No están acostumbrados a esto. Como he dicho, trabajo en solitario, bajo las sombras, no me muestro agresivo ni impetuoso. Así que quiera disparar a este sin hablar, les resultará muy extraño.
Ya es hora de que me conozcan.
—¡Espera! Mamma … — me intenta frenar Ciro.
Aprieto el gatillo y le vuelo la cabeza a Juan salpicando la gran alfombra de diseño con sus sesos.
Hago un gesto con la barbilla y mis hombres disparan a matar a todos los del círculo. No me hace falta ni uno vivo. Yo ya tengo lo que quiero. Siempre lo consigo.
Dejé un grupo vigilando los pasos de los mejicanos de vuelta a sus casas cuando acabó la masacre en aquel almacén.
Supe con exactitud dónde se esconde Santoro.
Sí que lo sabían; es más, están aliados con él.
En realidad, estaban, ya han muerto. Podría haber ido ya a buscarla, pero entonces habría dejado a mi hijo solo en esta encerrona y no me fio de darle la información a nadie.
Me gusta hacer las cosas por mí mismo. Por mucho que crean que no muevo un dedo y son otros los que actúan por mí, nunca ha sido así, solo que no lo saben.
Vito, Ciro, Bella, Maia, Elio, incluso Cara, todos me observan con estupor. Esbozo una sonrisa llena de prepotencia.
Ser el Don no consiste en inspirar miedo con violencia, sino en lograr que cada decisión que toman los demás haya nacido, en realidad, de mi voluntad.
Ese es el verdadero poder: mover el mundo sin que nadie vea los hilos.
En ese juego no existe nadie que pueda sentarse a mi mesa sin acabar aceptando que soy el mejor.
Es mi turno. Ha llegado el momento de manipularte a mi antojo.