Besos Robados Capítulo Diecinueve
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Capítulo Diecinueve

HANNAH

—Espera, se me ha olvidado sacar las estanterías del asiento trasero —dije después de coger las flores del coche y cerrar la puerta.

—Puedes dejarlas ahí por ahora.

—Vale.

Me cogió de la mano y me llevó a la parte trasera del edificio. El jardín estaba muy bien cuidado y había tres jacarandás y una magnolia justo al lado de la entrada. Ninguno estaba en flor, pero aun así había un aroma dulce que impregnaba el aire cálido.

Estaba tan ilusionada… Josh me había dicho que Chase no dejaba entrar a la gente fácilmente en su vida, y sin embargo me estaba llevando allí, a su casa.

—Vaya —susurré al entrar.

El loft era de un solo espacio diáfano, igual que mi piso, solo que era unas cinco veces más grande. El salón y la cocina estaban en la planta baja, y el dormitorio en la de arriba. Todo era blanco, excepto la enorme pared de ladrillo que había detrás de la escalera

—Me gusta mucho. Es superelegante y sencillo. ¿Puedes poner mis flores en un jarrón?

Chase frunció el ceño:

—No tengo ningún jarrón, pero esto servirá —dijo, abriendo un armario sobre el fregadero y sacando una jarra de agua.

—Perfecto. —Acto seguido, la llené de agua y metí las flores. No podía dejar de admirarlas.

—¿Quieres que subamos a la azotea? —Sus ojos brillaron.

¿Qué estará tramando?

—Claro.

¿De verdad estaba pasando esto? Estaba allí con aquel hombre tan guapo, que resultaba ser muchísimo más romántico de lo que había pensado cuando me topé con su actitud de cascarrabias en el aeropuerto.

Me guió escaleras arriba y cruzamos el dormitorio.

Era todo blanco, igual que la planta baja.

Al lado de la cómoda había otra puerta que probablemente daba a la azotea. Salimos y no pude evitar sonreír.

—Chase, no me puedo creer que vivas aquí.

Era un lugar precioso y muy acogedor. Además, se veía el mar perfectamente. Tenía un sofá enorme con cojines a rayas, y también una sombrilla a juego, aunque en ese momento estaba cerrada. Además, había dos estufas de exterior encendidas, lo cual era de agradecer porque no llevaba chaqueta.

—¿Qué es eso? —pregunté, señalando una especie de mesa que había delante del sofá. Tenía un agujero en el centro.

—Es una chimenea eléctrica. Podemos encenderla después de cenar si quieres.

—¿Vamos a pedir comida a domicilio?

Una sonrisa se dibujó en sus labios y sus ojos volvieron a brillar.

—No te has dado ni cuenta, ¿verdad?

—¿De qué?

Hizo un gesto con la mirada, y me di la vuelta. Me di la vuelta y abrí los ojos como platos. Había una barbacoa y, en una mesa al lado con verduras troceadas y carne tapada con papel transparente.

—Espera, ¿estoy soñando? —dije y prácticamente salí corriendo hacia allí.

Chase me siguió y me rodeó con ambos brazos por detrás, apoyando uno en mi cintura y el otro en mi pecho. Me gustaba ese abrazo de oso. Podría perderme en él para siempre.

—Pero dijiste que tenías una reunión —le recordé.

—Cuando se me mete algo en la cabeza, muevo todos los hilos que hagan falta.

—Ya, pero esto no es cualquier cosa —aclaré—. Justamente hoy te conté que esta es mi cena favorita.

—Sí. Te escuché y tomé nota.

También divisé una botella de champán.

—Chase, ¿cómo has montado esto tan rápido?

—Me ayudó un servicio de asistencia privada.

—No había oído hablar de un servicio así, pero ahora veo que puede ser muy útil. ¿Y él o ella también va a cocinar?

—No. De eso me encargo yo —dijo.

Chase me besó en el cuello y luego se apartó.

—Tuve suerte de que dijeras que lo que más te gusta es la barbacoa. Si hubieras dicho algo más complicado, me habría metido en un buen lío. Habría tenido que contratar a un chef.

No pude evitar reírme.

—¿De qué te ríes? —preguntó.

—Nada, nada, es que me estaba acordando de que tu hermano dijo que eras un poco exagerado, y ahora veo por qué. Pero para bien, desde luego.

Sonreí, caminando detrás de él y rodeándole la cintura con los brazos, apoyando la mejilla contra su espalda. Era todo músculo, estaba tremendo.

—Vale, empecemos —dijo.

Me aparté a un lado y lo vi ponerse un delantal de cuero que colgaba junto a la barbacoa y atárselo a la espalda. Luego se quitó los gemelos y se arremangó por encima de los codos.

—Tengo una idea —dije—. Podrías quitarte la camisa para que no se te manche.

Me miró con una intensidad que me hizo estremecer.

No provoques al dragón dormido, Hannah, o se despertará y te devorará aquí mismo.

—Ya tendremos tiempo de sobra para eso más tarde.

Se notaba que lo tenía todo planeado, y a mí me encantaba la idea.

Lo mejor de una barbacoa era que no requería mucha atención y se hacía en muy poco tiempo.

Veinte minutos después, estábamos sentados en el sofá con los platos de comida.

La pechuga de pollo estaba marinada con romero y lima.

Nunca había probado esa combinación antes, y estaba exquisita.

Había sazonado ligeramente las verduras, lo que me gustaba mucho más que una salsa o un aderezo pesado.

Aunque, para ser sincera, me habría gustado cualquier cosa que Chase hubiera preparado.

—¿Cenas aquí todas las noches? —pregunté.

—No, solo cuando Jeremy se queda a dormir.

Levanté la vista de mi plato para mirarlo.

—¿Qué? ¿Se queda a dormir aquí?

Chase asintió, y se me enterneció el corazón al pensar en él compartiendo un día con su sobrino.

—Más o menos una vez al mes. Solía venir más a menudo cuando era un poco más pequeño. Le fascinaba esta azotea, pero cada vez que subíamos me tenía de los nervios y al borde del infarto. No podía apartar los ojos de él ni un segundo. Pero ahora prefiere pasar más tiempo con Knox y Finn.

Se notaba que estaba un poco celoso. Madre mía, es que incluso eso me hizo sonreír. Me encantaba que estuviera tan pendiente de su familia.

—¿Por qué no le gusta venir aquí más a menudo?

—Creo que las palabras exactas que usó la última vez que le prohibí acercarse al borde fueron: “Eres un aburrido”.

Ay, ahora sí que me estaba derritiendo.

—Está creciendo tan rápido que siento que no puedo seguirle el ritmo —continuó—. Aunque se podría pensar que ya tengo práctica en esto, teniendo en cuenta que me he criado con hermanos menores.

—Ya, pero supongo que ser hermano mayor y ser tío son dos cosas diferentes. Ah, por cierto, creo que podré conseguirle el Mario Kart .

Chase levantó la vista de su plato, sorprendido.

—¿Cómo sabes lo del juego?

—Lo mencionó cuando estuvo en la oficina. Hay una tienda de juguetes a unas dos calles de mi casa y soy amiga de la dueña. Le pedí que me lo reservara en cuanto lo recibiera.

—Todos en la familia estamos detrás de ese juego, pero en todos los sitios con los que hemos contactado nos han dicho que hay lista de espera, por mucho que hayamos intentado mover hilos.

Me reí.

—Dicho así, parece que intentasteis solucionarlo a golpe de talonario.

—Exacto, y no funcionó.

—Bueno, yo no fui por ese camino. Pero ayudé a la dueña hace unos meses: vive en mi edificio y no podía colgar unas cortinas nuevas ella sola. En fin, una cosa llevó a la otra y ahora me tiene mucho cariño.

—No me extraña. Gracias, Hannah.

—No hay de qué. Y hablando de tiendas, ¿cómo se han tomado tus hermanos la noticia de que vas a recomprar la tienda de tus padres?

—Están muy contentos con mi decisión. Estoy deseando ver la reacción de mis padres. La tienda significaba mucho para ellos.

—Y para ti también, ¿no?

Asintió:

—Sí. Tengo muy buenos recuerdos de ese sitio. Todo parecía ser perfecto en aquella época, ¿sabes lo que te digo? Incluso me imaginaba que algún día llevaría una vida parecida a la de mis padres, con la casa llena de niños, una gran familia.

—¿Te imaginabas teniendo hijos? —pregunté.

Se quedó inmóvil durante unos segundos y luego asintió.

—Sí, ese era el plan hace mucho tiempo.

—¿Y qué te hizo cambiar de opinión?

Frunció el ceño:

—Crecí y las cosas cambiaron. El negocio requería toda mi energía, y las relaciones que tuve no fueron precisamente propicias para tener una familia.

—Espera, ¿entonces sí que tuviste relaciones serias?

—Por supuesto. Soy un hombre adulto de más de treinta años. No me he pasado toda esta vida sin salir con nadie. Pero cada vez que empezaba algo con alguien… sabía de antemano que no llegaría a buen puerto.

—Igual es la mejor manera de tomárselo, porque yo me metí en la relación con mi ex pensando que estaríamos juntos para siempre, y al final me salió el tiro por la culata. Siendo sincera, creo que idealicé algunas cosas y les di un valor que en realidad no tenían. Me hice demasiadas ilusiones.

—Creer que tu marido es una buena persona no es hacerse ilusiones. Eso es, básicamente, lo mínimo que se puede pedir —señaló.

—Visto así… Discutíamos muchísimo cada vez que él se empecinaba con que vendiera el hostal. Y el corazón se me rompía en mil pedazos.

Chase dejó el plato y se volvió hacia mí:

—¿Te presionó para que lo vendieras a pesar de saber lo mucho que significaba para ti?

—Él pensaba que nos darían un montón de dinero por la propiedad y que podríamos comprar algo para los dos.

—Si alguna vez nos lo encontramos, le diré exactamente lo que pienso —dijo con una media sonrisa.

—No creo que coincidamos. Se mudó lejos de San Diego. Pero mejor no hablemos de él. La noche es demasiado perfecta.

—Sí que lo es.

Cuando terminamos de cenar, se levantó y cogió la botella de champán, que estaba bien fría. Descorchó la botella, sirvió dos copas y brindamos.

—Por las noches improvisadas y perfectas —dijo.

Asentí porque estaba totalmente de acuerdo. Di un sorbo y, al instante, otro.

—Está buenísimo —afirmé antes de darme cuenta de que Chase no había bebido nada; solo se limitaba a mirarme—. ¿Qué? —pregunté.

—Nada. Estoy teniendo un déjà vu de cuando estuvimos en la playa. Ya entonces te deseaba.

Me estremecí:

—¿Ah, sí?

—Sí, muchísimo —confirmó.

Le di un par de sorbos más al champán, dejé la copa y suspiré mientras miraba hacia el mar.

—Es precioso, ¿verdad? Creo que es una de las mejores vistas que he visto nunca. Es como estar pegado al mar.

Chase hundió la nariz en mi cuello.

—Oye, no lo estás mirando.

—No, solo quiero sentirte.

Todo mi cuerpo vibraba con sus caricias.

—Gracias por traerme aquí —murmuré.

Nos quedamos así, abrazados, durante unos minutos, hasta que cayó la noche.

—¿Quieres que encienda el fuego? —preguntó.

—No, tengo una idea mejor.

—Tus deseos son órdenes.

Me estremecí; sus palabras enviaron una oleada de calor directo a mi entrepierna.

—Me gustaría que entráramos y bailáramos.

—Claro que sí. —Me cogió de la mano y me guió escaleras abajo.

Me reí:

—¿No vamos a recoger todo esto?

—No te preocupes por eso.

En cuanto entramos en el loft, la energía cambió entre nosotros.

Su contacto era sensual, aunque solo me estuviera cogiendo de la mano.

Luego entrelazó nuestros dedos. Segundos después, mientras bajábamos las escaleras hacia el salón, pulsó un par de veces la pantalla de su móvil y la música empezó a sonar a todo volumen por el loft.

—Tienes un sistema de sonido envolvente —comenté con admiración—. Me encanta este sitio.

—Y también te va a encantar todo lo que tengo pensado hacerte esta noche…