Besos Prohibidos (Los Hermanos Sterling 2)
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Capítulo Uno
DUNCAN
—Papá, papá, ¡no sabes el día que hemos pasado! —exclamó mi hijo Jeremy, radiante de felicidad al verme entrar en casa.
Su contagioso entusiasmo me provocó una sonrisa.
—Cuéntame qué has hecho.
—Nos hemos montado en la montaña rusa. ¡Ha sido superguay!
Me detuve en seco y alterné la mirada entre él y Maggie, su niñera, que tenía más de sesenta y cinco años, y jamás me la habría imaginado montada en una atracción de feria.
—Jeremy insistió tanto que no pude decirle que no —explicó—. Además, cumple con el requisito de altura mínima para subirse a la montaña rusa.
—Fue divertidísimo, ¡y Maggie vomitó! —añadió mi hijo, que estaba llegando a la edad del pavo, y se reía de ese tipo de cosas.
—Lo siento, Maggie —me disculpé—. Te pagaré un extra por el mal rato.
Ella me aseguró que no era necesario, pero la pobre mujer lo había pasado fatal, y desde luego, eso no formaba parte de su trabajo.
Acto seguido, centré mi atención en Jeremy y le pregunté:
—¿Qué más habéis hecho?
Me encantaba ponerme al día con él después del trabajo; era mi momento preferido. Si por mi fuese, me pasaría las tardes enteras con mi hijo, pero no siempre era posible.
—Comí palomitas. Y helado. —Y tras una breve pausa, añadió—: Maggie me ha dicho que tiene que hablar contigo, así que me voy a mi habitación.
—Vale, campeón —respondí.
Jeremy tenía diez años, aunque parecía de dieciocho. A veces me costaba creer lo mucho que había crecido, pero cuando hacía comentarios con esa guasa, como el de la pobre Maggie vomitando en la montaña rusa, recordaba que, al fin y al cabo, no dejaba de ser un niño.
En cuanto se alejó, le pregunté a ella:
—¿Te encuentras bien? ¿Quieres que llame a un médico?
Una de las ventajas de vivir en una urbanización privada era que tenía acceso veinticuatro horas a un conserje que podía conseguirme cualquier cosa que necesitara, incluido un médico. Me había salvado la vida cuando Jeremy era más pequeño.
—No, no te preocupes. No ha sido para tanto. Aunque no volveré a subirme a una montaña rusa en mucho tiempo.
Ambos nos reímos. Yo tampoco era muy fan de las atracciones de feria.
—Bueno, ¿de qué quieres hablar conmigo?
Su triste sonrisa me anticipó lo peor. Joder . Dada mi amplia experiencia como codirector ejecutivo de Sterling Investments , sabía que esa sonrisa compungida era el preámbulo de una bomba.
—¿Recuerdas que te comenté que operaron a mi madre la semana pasada?
—Sí, y me contaste que la cirugía había sido un éxito, ¿no?
—Sí, sí, pero resulta que el postoperatorio le está costando mucho más de lo que pensaba, y esta primera semana está siendo muy dura. De haberlo sabido, te aseguro que no se habría sometido a una operación de cadera.
Sentí un nudo en el pecho. Mi primer instinto fue decirle que pagaría encantado para que alguien se ocupara de los cuidados de su madre las veinticuatro horas del día con tal de que no nos dejara. Pero me contuve a tiempo.
—Duncan, llevo años contigo y con Jeremy —dijo con el ceño fruncido—. De verdad que no haría esto si mi madre no me necesitara realmente.
Me pasé la mano por el pelo. No me lo esperaba.
—¿Cuándo tienes que irte?
—Lo antes posible. Me gustaría estar con ella mañana mismo, si te parece bien.
Los vecinos le están echando una mano, pero no puede depender de ellos todos los días.
Apenas llega al baño con su andador. Además, ha agotado el seguro que cubría la asistencia sanitaria a domicilio, y no hay dinero para contratar a nadie.
—Sabes que puedo echarte una mano con eso.
—Es muy generoso de tu parte —respondió con una débil sonrisa—, pero prefiero cuidar de ella yo misma.
Claramente, Maggie tenía sus motivos para marcharse y la decisión estaba tomada. No había nada que hacer al respecto.
—¿Y cuándo podrías volver?
—Calculo que dentro de tres meses. Mi madre me dijo que un mes sería suficiente, pero he hablado con su médico y, dado su historial clínico, la recuperación llevará su tiempo. No quiero dejarla sola hasta que esté completamente recuperada.
—Vale, tómate todo el tiempo que necesites.
Mi cabeza daba vueltas como una peonza. Jeremy salía del colegio a las dos, y Maggie se quedaba con él hasta las seis, que era la hora en la que yo llegaba a casa.
—Si te parece bien, me gustaría decírselo a Jeremy. No le he dicho nada aún porque quería que tú fueras el primero en saberlo.
—Claro. Gracias.
—Creo que a tus padres les encantará echarte una mano hasta que me reincorpore.
—Puede ser —asentí.
Maggie fue a la habitación de Jeremy a despedirse mientras yo me quedaba pensando en qué diablos iba a hacer.
Mis padres estaban jubilados, pero hacía poco, mi hermano Chase había comprado la antigua tienda de ultramarinos que tenían cuando nosotros éramos niños y se la había regalado.
Era una larga historia, pero para resumir, habían vendido el negocio tras un divorcio muy amargo y, después de muchos años, volvían a trabajar juntos.
Al principio, mis padres habían estado muy enfrentados, pero tras el nacimiento de Jeremy, empezaron a pasar más tiempo juntos y parecían haber limado asperezas.
En otras circunstancias, podría haberles pedido que se quedaran con el niño un par de tardes a la semana, pero precisamente ahora estaban hasta arriba de trabajo.
Tenían previsto reformar el local para que mi madre impartiera clases de cerámica y mi padre vendiera artículos de pesca.
Una combinación extraña, sin duda, pero si ellos eran felices prefería reservarme mi opinión.
No podía pedirles que postergaran su proyecto, y tampoco quería tener a Jeremy correteando por allí en plena obra; se aburriría y solo conseguiría estorbar.
Necesitaba a una persona que le ayudara con los deberes, jugara con él y lo mantuviera motivado.
Su madre vivía en Irlanda, así que, por desgracia, no podía contar con ella para nada.
No me quedaba otra que buscar una niñera temporal.
Minutos después, Maggie salió con Jeremy, que no parecía tan afectado como yo esperaba.
—¿Va todo bien, campeón? —le pregunté.
—Sí, Maggie me ha dicho que se va a vivir una nueva aventura, pero que volverá.
Esa era una de las cosas que más me gustaban de ella: siempre sabía buscarle el lado positivo a las cosas.
—Bueno, os dejo solos —dijo ella.
Le deseé lo mejor antes de que se marchara y me quedé a solas con mi hijo.
—Campeón, ¿te apetece ayudarme a preparar la cena? —le propuse.
—¡Sí! ¡Pizza! —gritó entusiasmado.
Tres veces a la semana, llegaba a casa a las cinco y preparábamos algo rápido. Los demás días, pedíamos comida a domicilio o salíamos a cenar fuera.
—Genial, pero primero toca ensalada, ¿vale? Ve empezando —le pedí. Si por él fuera, comería pizza las veinticuatro horas del día.
Jeremy corrió a la cocina, arrimó un pequeño taburete a la encimera y se subió.
Era bastante alto para su edad, pero aun así no llegaba bien sin el banco.
Por supuesto, yo me encargaba de lo más engorroso, como cortar y cocinar, pero a él le encantaba colaborar y aprovechábamos para hablar de sus cosas.
—¿Qué tal el cole? —pregunté.
—Bueno… —se encogió de hombros—. La verdad es que es un rollo y estoy deseando que suene el timbre para salir. Nos ponen demasiados deberes. Le dije al señor Mason que somos niños y que tendríamos que tener más tiempo para jugar.
Apenas pude contener la risa. No había duda de que era un Sterling de pura cepa.
—A mí lo que me gusta es ir al parque y jugar fuera. —añadió. Al fin y al cabo, al noventa por ciento de la gente de San Diego le encanta hacer vida al aire libre.
—Hijo —dije con tono tranquilo y conciliador—, está bien que digas lo que piensas, pero no puedes plantarle cara al profesor.
—Pero tiene que saberlo.
—Los profesores también fueron al colegio, cariño, y saben lo que hacen. Si no estás de acuerdo, puedes decírselo de otra manera, por las buenas, para no buscarte problemas. Por ejemplo, podrías preguntarle si os pueden dejar más tiempo libre.
Me miró con el ceño fruncido:
—Pero si tú nunca pides las cosas por las buenas.
—¿Cómo que no? —solté.
—Te he oído cuando hablas por teléfono. Nunca eres amable.
Joder, tenía toda la razón y no había forma de rebatírselo.
Como director ejecutivo no era precisamente un trozo de pan; algunos me tachaban de demasiado estricto, y lo cierto es que me gustaba que las cosas se hicieran a mi manera y cuando yo decía.
Pero, por mucho que lo deseara, la paternidad no venía con un manual de instrucciones.
—No tienes por qué hacer todo lo que yo haga, ¿vale?
—¿Cuándo voy a tener una nueva niñera?
—Me acabo de enterar de lo de Maggie. Seguramente pases algunas tardes con los abuelos en la tienda mientras busco a alguien.
—¡Sí! ¡Qué guay! —dijo.
—Si quieres, también puedes venir a la oficina.
Echó la cabeza hacia atrás, a punto de caerse del taburete:
—No, eso es un aburrimiento. Aunque si los tíos Finn y Knox están allí, a lo mejor sí voy.
Me eché a reír. Tenía cinco hermanos, y Jeremy no ocultaba que Knox y Finn eran sus tíos favoritos. Era muy probable que incluso estuvieran por delante de mí en su lista de personas preferidas. Me encantaba que mi hijo tuviera una relación cercana con mis hermanos.
—Bueno, hablaré con ellos para que estén allí el día que vayas.
—¿Papá? —preguntó, como si fuera a susurrarme un secreto.
Lo miré:
—¿Qué? No te has metido en más líos en el colegio, ¿verdad?
—No. ¿Puedo echar la salsa de tomate?
—Claro.
Echar la salsa solo, era todo un logro para él. Hacía dos meses se le había caído un bote entero al suelo y, desde entonces, le daba miedo incluso tocarlo. Me alegraba ver que tuviera el valor de volver a intentarlo.
—¿Puedes quedarte aquí a mi lado por si se me cae? —susurró con voz aún más baja.
—Estoy aquí, Jeremy —le puse la mano sobre su pequeño hombro y pareció relajarse al instante.
Frunció el ceño mientras cogía el tarro, que era bastante grande, con ambas manos y lo ponía boca abajo. Completamente concentrado, volcó la salsa, cogió la espátula y, con movimientos muy precisos, la extendió por toda la masa.
—¡Genial! —dije.
—¡Lo he conseguido! —exclamó contentísimo—. Va a quedar deliciosa.
Me encantaba ver cómo se convertía en un joven seguro de sí mismo, y aunque sabía que como padre hacía lo imposible para darle una buena vida, a veces aún me preguntaba si sería suficiente.
Corté unos champiñones y cogí unas rodajas de pepperoni y los coloqué junto al cuenco del queso antes de montar la pizza a nuestro gusto.
—¿Qué te parece si llamamos a los abuelos para ver qué les parece nuestra idea?
—Sí —dijo con una sonrisa—. Pero ya te digo yo que les va a gustar el plan. Les encanta que vaya.
Le di un beso en la frente antes de que bajara del taburete. Después de meter la pizza en el horno, saqué el móvil del bolsillo trasero, marqué el número de mi madre y la puse en altavoz.
—Duncan, cariño, ¿cómo estáis?
—Muy bien, abuela. Tenemos una pregunta —respondió Jeremy.
—Maggie va a estar de baja unos meses para ayudar a su madre —dije sin más preámbulos—. Voy a buscar una nueva niñera, por supuesto, pero ¿te importaría cuidar a Jeremy esta semana por las tardes?
—Claro que sí. Nos encanta tenerlo con nosotros.
—Gracias —dije, mientras Jeremy gritaba de alegría.
—¡He hecho pizza, abuela! Ya no le tengo miedo al kétchup —explicó, confundiéndolo con la salsa de tomate, pero no dije nada para no quitarle la ilusión.
—¡Qué bien, cariño! ¡Estoy muy orgullosa de ti! —exclamó, y tras un momento añadió—: Jeremy, cielo, me gustaría hablar un momento con tu papá, ¿vale?
—Claro, abuela —dijo Jeremy, mientras quitaba el altavoz y me acercaba el teléfono a la oreja.
—¿Va todo bien? —De inmediato, me puse en modo “alerta”.
—Sí, tranquilo. Quería preguntarte si necesitas ayuda para buscar una niñera. Tengo amigas en mi club de lectura que tienen sobrinas, y quizá alguien pueda hacer de canguro.
—Claro. También contactaré con algunas agencias y tengo pensado publicar una oferta en un portal de internet.
—Ya, pero sabes que esas agencias suelen tardar semanas, incluso meses, en encontrar a alguien.
Joder, no sé cómo lo voy a hacer.
—Ya se me ocurrirá algo —repliqué antes de cambiar de tema—: ¿Qué tal va todo por la tienda?
Estaban hasta arriba con la reforma. Justo después de que Chase comprara el local, dijeron que solo necesitaba un lavado de cara, pulir los suelos y pintar. Pero recientemente descubrieron que hacía falta reforzar los cimientos del edificio.
—Sí, tu padre está al mando de la cuadrilla y lo está haciendo de maravilla.
Todavía me resultaba extraño que mi madre lo elogiara. De pequeño, las peleas y los gritos eran tan insoportables que apenas podía estar en la misma habitación que ellos. Pero parecía que durante los últimos dos años, habían hecho borrón y cuenta nueva.
Mi hermano Griffin dijo que los había pillado coqueteando una vez, pero me negué a creerlo. Probablemente estaba exagerando, aunque eso no era propio de él.
—Vale. Te mantendré al tanto de cómo va la búsqueda, pero te agradezco cualquier contacto —dije.
Nos despedimos y dejé el teléfono sobre la encimera.
No me gustaba improvisar sobre la marcha.
Me gustaba prepararme y tener mi tiempo para tomar decisiones importantes, y sopesarlas con cuidado.
Pero dadas las circunstancias, tendría que ir por la vía rápida.
Al menos, tenía suficiente gente en mi círculo social como para encontrar a alguien pronto, y comprobar sus antecedentes.
—Papá, ¡se nos va a quemar la pizza! —dijo Jeremy, asustado.
Me había distraído más de lo que pensaba. Me acerqué rápidamente al horno y lo abrí de inmediato.
—Hemos llegado justo a tiempo. —Había una delgada línea entre una pizza quemada y una crujiente. Y la habíamos salvado.
La corté en porciones para que se enfriara. Jeremy sabía lo que había que hacer y ya había puesto los platos y la ensaladera sobre la mesa. Estaba esperando en su silla.
Llevé la pizza y serví una porción a cada uno, luego repartí la ensalada con un chorrito de aliño.
—¡Eres el mejor papá del mundo! —exclamó, con la boca llena de pizza.
Jamás me cansaba de escuchar ese cumplido.