CAPÍTULO ONCE #2
Me parece un buen plan. No puedo hacer nada excepto agarrarle la nuca y aferrarme como si me fuera la vida en ello. El talón me presiona contra su hombro mientras me abre los muslos aún más.
Me devora con la boca, me succiona, me trabaja con precisión devastadora, como si hubiera memorizado cada una de mis reacciones. Mis manos le arañan el pelo, los hombros, lo que pillo.
Siento su dedo trazarme la entrada, y entonces, sin más, lo desliza dentro. Profundo, grueso, se curva hacia arriba y me acaricia ese punto que hace que me exploten fuegos artificiales detrás de los párpados.
—Dios mío.
Sonríe contra mi piel.
—Eso es, nena. Grita para mí —gruñe, y luego succiona con fuerza mientras mueve el dedo dentro de mí, luego mete un segundo y me abre bien. No voy a sobrevivir a esto.
Se me curvan los dedos de los pies y me zumban los oídos. Su lengua golpea exactamente el punto correcto, implacable, despiadada, y me pierdo.
El orgasmo me golpea tan fuerte que creo que pierdo la consciencia unos segundos. Cada músculo de mi cuerpo se tensa, la espalda se me arquea, y mi grito resuena por la habitación mientras me deshago en la boca de Mick.
No cede. Me inmoviliza y me lleva a través de cada réplica, prolongando el placer hasta que estoy sollozando. Cuando por fin se aparta, estoy laxa, sudando, incapaz de mover un músculo.
Se incorpora, y santo cielo, la expresión de su rostro casi me hace correrme de nuevo.
No queda nada de control en Mick ahora mismo.
Parece que está a punto de devorarme viva otra vez.
Me mira como si realmente fuera a hacerlo.
Como si yo fuera el plato principal y también el postre, y él una amenaza musculosa de metro noventa con barra libre para devorar.
El pulso me martillea tan fuerte que de verdad me pregunto si podré sobrevivir a este nivel de actividad cardíaca.
Mick se pone de pie, puro poder a cámara lenta e intención oscura, y las luces de la ciudad le parpadean sobre la piel. Apenas tengo tiempo de recuperar el aliento antes de que me tenga recostada sobre la almohada mullida, con las piernas abiertas de par en par y mis partes íntimas suplicando más.
Se inclina y me arrastra la boca por el muslo, la cadera, mordiendo y succionando, dejando pequeñas marcas a su paso. Me besa subiendo, subiendo, subiendo, por las costillas, hasta la suave curva del pecho.
Su lengua me rodea el pezón, luego lo succiona fuerte y codicioso. Gimo, fuerte y desesperada. Mick se limita a sonreír contra mi piel, más ufano que un tío que acaba de marcar un hat trick en la prórroga.
Redobla la apuesta y succiona aún más fuerte, y casi me salgo de mi propia piel. No es delicado, no es lento, es completamente posesivo y salvaje, y me encanta cada maldito segundo.
—Mick —jadeo mientras deslizo la mano entre nosotros para rodearle la polla dura.
Se pasa al otro pezón y le da el mismo tratamiento mientras lo acaricio lentamente. Gime cuando le paso el pulgar por la punta y le doy un pequeño apretón.
—Eres jodidamente perfecta —me dice con voz ronca contra mi piel—. Pero no voy a aguantar mucho si sigues haciendo eso.
Se aparta de mi agarre y se arrodilla entre mis piernas abiertas.
Contengo la respiración cuando alinea su polla gruesa y dura con mi entrada.
Mueve las caderas un poco y la punta se desliza justo dentro de mi sexo húmedo.
Mis caderas se alzan, ávidas y listas. Siento fuego pulsando en cada célula de mi cuerpo.
Hace una pausa y me mira fijamente a los ojos.
—Dímelo —dice con voz ronca—. Dime que eres mía.
Ni siquiera lo dudo.
—Te quiero tanto —susurro—. Soy tuya. Para siempre.
Él gime, grave y sucio, y luego se hunde en mí llenándome por completo.
—Ya era jodida hora.
Se inclina, con la frente pegada a la mía. Su aliento me quema los labios. Cada músculo de mi cuerpo hormiguea de deseo.
Entonces me besa con fuerza, tragándose mi gemido como si se muriera de sed y yo fuera la última gota de agua en la tierra.
Embiste hacia delante, enterrándose tan profundo. Me aferro a sus hombros, clavándole las uñas en la piel. No logro acercarme lo suficiente.
Él gime, y el sonido vibra contra mi boca.
—Qué bien se siente, cariño. Tan jodidamente apretada.
Hunde la cara en mi cuello, chupando y mordiendo.
—Estás hecha para mí.
Mis piernas se cierran alrededor de su cintura, clavándole los talones.
—Más fuerte —suplico, porque mi dignidad está muerta y enterrada a estas alturas—. Por favor. No te contengas. Te quiero entero.
Se retira casi por completo, luego vuelve a embestir, fuerte y profundo y tan bien que veo las estrellas. No hay nada en el universo excepto este hombre, este momento, esta necesidad palpitante e implacable.
Me inmoviliza las muñecas por encima de la cabeza con una mano enorme, su cuerpo encerrándome. Me mira fijamente, ojos negros, pupilas dilatadas, como si quisiera devorarme. Cierro los ojos con fuerza mientras el placer me recorre.
—Mírame —gruñe—. Quiero verte la cara cuando te corras en mi polla.
Abro los ojos de golpe mientras gimo su nombre. Su mano se desliza hacia abajo, el pulgar va directo a mi clítoris y frota en círculos apretados y expertos. El calor me atraviesa y grito su nombre cuando un orgasmo me sacude entera.
No se detiene, no cede, solo embiste más profundo y más duro, persiguiendo su propio clímax.
—Eso es. Ordeña mi polla. Tómalo todo.
Apenas puedo respirar mientras el clímax sigue y sigue. Entonces se hunde en mí una última vez y se estremece al correrse dentro de mí, llenándome aún más y haciéndome encoger los dedos de los pies.
Se desploma sobre mí, temblando, pero aún tiene cuidado de no aplastarme con todo su peso. Su corazón late contra mi pecho, salvaje y frenético.
—Te quiero, señora McLinden —susurra—. Para siempre.
Y así, sin más, todo encaja en su lugar y la vida es perfecta.