Besos en la zona neutral (Caballeros de Seattle) CAPÍTULO UNO
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Besos en la zona neutral (Caballeros de Seattle)

Besos en la zona neutral (Caballeros de Seattle)

Por Loni Ree

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CAPÍTULO UNO

MIA

Este es el mejor maldito champán que he probado en mi vida.

Jaxson no escatimó en gastos al planear su propuesta a mi mejor amiga, Harper.

Ya voy por la tercera copa y estoy trabajando en la cuarta, con el pie de la copa fresco contra mi palma.

La única persona más achispada que yo es Harper, que extiende la mano y mueve los dedos con gesto teatral cada vez que alguien mira su nuevo anillo.

Jaxson está sentado a su lado, estoico como una montaña, mirándola como si ella hubiese inventado el concepto de felicidad. Ni siquiera fingen disimular.

La mesa está llena de platos de postre vacíos, tazas de café y los restos de varios brindis.

Estoy ocupada evaluando el desastre cuando la silla a mi derecha se aparta, raspando el suelo de piedra, y Mick se desliza sin previo aviso ni disculpas.

No necesito mirar para saber que es él. El tamaño, el silencio, la forma en que el aire se desplaza para acomodar a alguien que siempre se mueve como si fuera dueño del lugar.

Al principio no dice nada. Solo toma la botella y rellena mi copa, firme y preciso.

Nuestras manos se rozan en el pie de la copa.

Dos segundos, tal vez menos, pero es suficiente para hacerme olvidar el remate de cualquier comentario sarcástico que estaba a punto de soltar.

Me congelo. Él también. El contacto no es nada.

Es accidental y circunstancial, pura interferencia.

Pero mi corazón se dispara como si me hubieran dado un cable con corriente, y por la forma en que la mandíbula de Mick se tensa, no soy la única que finge que no es gran cosa.

—Gracias —consigo decir mientras él suelta la copa.

Su brazo descansa en el respaldo de mi silla, pero sin tocarme. Solo ahí, marcando territorio. Puedo sentir su calor incluso a través de las capas de mi vestido y mi cárdigan, lo cual es francamente injusto.

—De nada, nena —susurra Mick.

El sonido es extrañamente íntimo, y lo miro y enseguida me arrepiento. Me está mirando directamente, con la cabeza inclinada, como si intentara leer la letra pequeña de mi alma.

Doy un trago de champán con la esperanza de enfriar algo de la electricidad que me recorre.

—Estás muy callada —dice Mick, en un tono que solo nosotros dos podemos oír.

Su boca está tan cerca que puedo oler el leve rastro de whisky.

—No tengo nada que decir —respondo, mirándolo de reojo.

Dios. Necesito salir de aquí antes de hacer el ridículo.

Él asiente y se queda en silencio a mi lado. Hay una pausa, un momento en que ninguno de los dos habla. Soy demasiado consciente de cómo nuestras rodillas casi se tocan bajo la mesa. Muevo la mía nerviosamente una vez, luego me obligo a quedarme quieta y cruzo los tobillos.

Mick se mueve para quedar más de frente a mí, con el hombro invadiendo mi espacio. El puño de su manga está desabrochado y tiene un rasguño fresco en los nudillos. Su mandíbula se tensa cuando vuelve a hablar, y la luz de la chimenea resalta una cicatriz fina y pálida a lo largo de su barbilla.

—Entonces. ¿Cuál es tu veredicto? —pregunta.

—¿Sobre qué?

Hace un gesto vago señalando la habitación.

—La propuesta. El anillo. El vivieron felices y comieron perdices.

Pongo los ojos en blanco hacia arriba y a la izquierda, una muestra calculada de consideración.

—La propuesta fue un siete sobre diez. El anillo es un siete y medio. Tendremos que esperar a ver qué tal les va con el final feliz.

Él sonríe.

—Puntúas muy duro.

—Tú preguntaste —me encojo de hombros y doy otro sorbo a mi champán.

—¿Qué te hizo dar esas puntuaciones tan bajas? —se recuesta y me mira, a la espera de una respuesta.

—Bueno —me encojo de hombros—. El anillo es precioso, pero demasiado grande para mi gusto. Trabajo en un hospital, así que prefiero algo más pequeño y con más significado. Ya sabes, como una antigüedad con historia.

No tengo ni idea de por qué le estoy contando esto, pero el champán me ha desatado la lengua, así que allá voy.

—Y tampoco soy muy fan de las grandes demostraciones públicas.

—Tampoco fue una demostración tan grande —me recuerda Mick—. Solo unos pocos amigos cercanos y su hermano.

—Eso sigue siendo demasiada gente para mí. Quiero una propuesta privada y una boda pequeña e íntima.

¿Por qué le estoy contando a este desconocido mi boda ideal? Voy a echarle la culpa al champán.

La risa de Harper estalla de nuevo, y por un segundo la atención de Mick se desvía hacia ella y Jaxson. Aprovecho para respirar. Mis dedos tamborilean un ritmo rápido contra la base de la copa antes de darme cuenta y detenerme.

La conversación da vueltas, el champán fluye, y el mundo fuera del gran ventanal pasa del azul del crepúsculo al negro en el espacio de tres horas.

En algún momento, Mick se levanta a pedir otra botella, y cuando regresa la coloca frente a mí como un desafío.

Sirve con cuidado de no derramar una gota, y las burbujas suben en la copa como si intentaran alcanzar la velocidad de escape.

—Estás perdiendo tu tiempo conmigo. No voy a emborracharme y meterme en la cama contigo.

Él inclina la cabeza.

—No intento meterte en la cama.

No voy a mentir: una pequeña parte de mí está decepcionada.

—Bueno es saberlo.

—Pero puede que esté intentando que aceptes una cita.

Sus ojos se vuelven serios, profundos y sinceros. Por un segundo extraño y desestabilizador, quiero inclinarme y probar sus labios. En cambio, me bebo el resto de la copa de un trago, sintiendo cómo el champán me sube de golpe.

Cuando dejo la copa vacía, la mano de Mick cubre la mía. Cálida, firme, completamente quieta. Por un momento el resto de la habitación desaparece, y lo único que siento es el peso de su mano, su certeza absoluta.

Lo miro. Él me mira. Nadie se mueve.

—No estoy buscando salir con nadie —murmuro.

Mi vida está demasiado ocupada ahora mismo como para añadir a un atleta mimado que necesita que le acaricien el ego.

Luego retiro la mano con cuidado, como si desactivara un cable trampa.

—Tengo que levantarme temprano —digo, lo cual es más o menos verdad. Mañana es mi día libre, pero tengo un montón de tareas domésticas y ropa que lavar.

Mick solo asiente.

—Te llevo.

—No tienes que—

—Quiero hacerlo —dice, y la sencillez de sus palabras me desarma un poco.

Harper llama desde el otro lado de la mesa.

—Mia, ¿ya te vas? Ni siquiera hemos empezado la verdadera celebración.

—Llevas tres copas de ventaja —digo, sintiendo de pronto envidia de la felicidad que irradia—. Nunca te alcanzaría.

Contrólate, me digo a mí misma.

Me lanza un beso y vuelve a arquear las cejas con picardía. Mick se pone de pie, esperando a que recoja mis cosas. No me mete prisa. No se me echa encima. Solo espera, como si tuviera todo el tiempo del mundo.

La velada se va apagando a nuestro alrededor. Doy un pequeño paso y, por un segundo, me tambaleo, no por el champán, sino al darme cuenta de que quiero que siga tomándome de la mano. Quiero muchas cosas que nunca diré en voz alta.

Pero cojo mi bolso, me yergo y dejo que me guíe hacia la suave noche con aroma a pino.

Mientras caminamos hacia el coche, ninguno de los dos dice una palabra. Es un silencio tan denso que podrías cortarlo y servirlo de postre.

Mantengo las manos bien apretadas alrededor de la correa del bolso, para no hacer algo increíblemente estúpido, como ser yo quien le coja la mano primero.

El coche de Mick es negro, impecable, todo líneas afiladas y acero cepillado. Me abre la puerta del copiloto, espera hasta que estoy dentro y con el cinturón puesto, luego rodea el coche hasta el asiento del conductor y se sienta.

Enciende el motor y, por un segundo, el único sonido es el suave clic del salpicadero al iluminarse. Se oye un susurro apenas perceptible de jazz bajo el zumbido de la calefacción. Me mira de reojo, comprueba que estoy bien, y sale del complejo.

No hablamos durante los primeros diez minutos.

Solo observo los árboles desdibujarse en la oscuridad, los faros barriendo el musgo y los cedros.

Empiezo con las manos cruzadas, luego cruzo los brazos, luego las dejo caer en el regazo, inquietas e inciertas.

Noto el rubor del champán en las mejillas, un calor lento que probablemente durará hasta mañana.

Conduce con una mano, la otra relajada en el regazo, excepto en las curvas cerradas, donde agarra el volante con las dos y la manga de la chaqueta se le sube lo suficiente para dejar ver la gruesa cicatriz blanca de la muñeca. Quiero preguntarle cómo se la hizo, pero no lo hago.

Las farolas crepitan mientras dejamos atrás el bosque. La ciudad brilla a lo lejos. Como es tan tarde, hay poco tráfico. Las calles están mojadas y relucientes. No volvemos a hablar hasta que divisamos mi edificio, uno de altura media en un barrio bastante decente, no muy lejos del hospital.

Aparca justo enfrente y apaga el motor. Luego se queda ahí sentado, con las manos en el volante, mirando a través del parabrisas como si hubiera algo crucial esperándole en la oscuridad.

—Puedo llegar desde aquí —digo, y echo mano a la manilla de la puerta.

Alarga la mano y la posa sobre mi rodilla. Una oleada de calor y electricidad me recorre el cuerpo, y siento ese roce hasta las entrañas.

—Te acompaño.

—Eso no es...

—Deja de discutir —dice, y me rindo porque estoy demasiado cansada para pelear con él. O contra los sentimientos disparatados que me provoca tenerlo tan cerca.

Abre la puerta, rodea el coche y me abre la del copiloto.

Me coge de la mano y me ayuda a salir. Mientras caminamos por la acera, ajusta el paso al mío, con naturalidad.

La noche está húmeda y fría, pero no la siento.

Cuando llegamos a mi puerta, se detiene tan cerca que puedo oler el toque fresco y penetrante de su colonia.

Nos quedamos ahí, sin que ninguno de los dos se mueva. Quiero decir algo, pero las palabras no son mi fuerte en este momento.

Y entonces lo hace. Se inclina, despacio y con intención, y me besa. Madre mía. Mi cerebro se cortocircuita como una ristra barata de luces navideñas.

Mick me besa despacio y a fondo, sin vacilar, tomándose su tiempo y adueñándose de mi boca por completo.

Sus labios son suaves, cálidos, pero hay un gruñido grave en el fondo de su garganta que me derrite las entrañas.

Cierro los puños en su chaqueta, desesperada por algo a lo que aferrarme, y me pierdo en el sabor a whisky y a hombre terco e imposible.

Ladea la boca sobre la mía, su lengua provoca, persuade, hasta que me abro para él y toma todo lo que me queda.

Las rodillas me flaquean. No hay ni un ápice de distancia entre nosotros, pecho contra pecho, y juro que siento cómo todo su cuerpo se tensa, como si estuviera luchando contra el impulso de echarme al hombro y meterme dentro.

Ni siquiera intento contenerme. Mi cuerpo toma la decisión antes de que mi cerebro pueda vetarla. Le devuelvo el beso, temeraria, hambrienta, voraz.

Me recompensa apretándose contra mí, una mano grande que se desliza hasta la parte baja de mi espalda y me atrae hacia él hasta que prácticamente estoy flotando.

—Joder —susurra contra mi boca, y es lo más sexy que he oído en mi vida.

Soy yo quien retrocede primero. Subo la mano a su pecho, plana y firme, y noto el calor sólido de su cuerpo bajo la tela. Lo mantengo ahí, sin empujar, sin tirar. Solo para anclarme. Maldita sea. Vaya manera de enviarle señales contradictorias. Soy la reina de las señales confusas ahora mismo.

Levanto la vista. Le miro a los ojos.

—Mick —digo, y suena más a confesión que a nombre—. No estoy... No me interesa nada.

Se limita a mirarme con los ojos entrecerrados.

—Ese beso no me ha parecido nada desinteresado.

—Fue un momento de debilidad —admito—. Y besas de muerte.

Intento aligerar el momento. El resto se queda entre nosotros, denso e inconcluso.

—Mira. No estoy buscando ninguna relación ahora mismo. Y mucho menos con un deportista profesional. He visto lo que Harper tuvo que aguantar y estoy demasiado ocupada para cargar con todo eso.

Se queda ahí, todo paciencia y contención.

Abre la boca y la cierra varias veces sin decir nada, hasta que por fin murmura:

—Si eso es lo que sientes.

Retrocede y me deja espacio.

—Ya nos veremos.

Me dedica una media sonrisa más triste que otra cosa, asiente una vez y se aleja por el pasillo.

Entro en casa. La puerta se cierra a mi espalda con un clic rotundo, y una semilla de duda empieza a crecer en mi interior.