37. Cali
CALI
Los días tras lo del almacén son tan tranquilos que no me fío ni un segundo.
No dejo de esperar a que el suelo se hunda bajo mis pies.
Es un hábito que he adquirido en algún momento del camino: prepararme para la próxima mala noticia.
Pero no llega. En cambio, uno a uno, todos los cabos sueltos empiezan a atarse por sí solos.
Me siento en la isla de mi cocina y observo cómo sucede todo mientras tomo una taza de café que alguien ha preparado tal y como me gusta.
Crosby Hess es el primer hilo que se resuelve.
No lo arrastran a ningún sitio. Se entrega, eso es lo que me dice Ronan, aunque la palabra tiene un gran peso.
Su abogado llama al despacho de Mercer y lo prepara todo con antelación.
Un acuerdo, negociado incluso antes de que el hombre pusiera un pie en un edificio federal.
Entra por la puerta principal con su abogado y le entrega todo al Gobierno.
—¿Todo? —le pregunto a Ronan.
—Hasta la última minucia —confirma—. Cantó como un canario. Entregó toda la red de Lev, las pruebas y los detalles del atentado contra Todd… Casi escribió un libro con su confesión.
—Y eso te exculpa. De lo de Todd.
Asiente.
Me hundo en la silla y me quedo asombrada. Mi sistema calculaba que la probabilidad de que Ronan fuera culpable era del 98,1 %. Lo elegí de todos modos, en contra de mis propios cálculos, y resulta que los cálculos estaban equivocados y el hombre tenía razón.
Aún no sé qué hacer con eso.
Algunos días, pienso que significa que tuve suerte. Otros, pienso que significa que por fin he aprendido que las hojas de cálculo, los datos y la maquinaria de tu cabeza pueden decirte mucho sobre una persona, pero que solo tu corazón puede contarte la historia completa.
Mercer viene el jueves.
Por primera vez, cuando abro la puerta y la veo allí, no siento que tenga una bomba a punto de estallarme entre las manos.
No llegaría tan lejos como para llamarla amiga.
Navi, en cambio, no opina lo mismo, porque últimamente tiene la curiosa costumbre de merodear por las oficinas del FBI en Brooklyn.
Pero es una presencia familiar, una que casi me cae bien. Creo en su brújula moral.
—Señora Meadows —dice ella.
—Agente Mercer.
—¿Me vas a hacer esperar aquí fuera otra vez?
Pienso en todas las veces que hice precisamente eso.
—No —respondo—. Pasa. ¿Café?
—De acuerdo —Parpadea, apenas—. Lo tomo solo.
—Me lo imaginaba.
Me sigue hasta la isla y se sienta en un taburete como si fuera lo más natural del mundo. Le sirvo el café y me siento con ella.
—Crosby Hess es un tremendo colaborador —dice ella, por fin.
—Eso he oído.
—Me ha facilitado el trabajo. Bueno, en cierto modo. Aunque, pensándolo bien, debería decir que me lo ha simplificado. —Me mira por encima del borde de su taza de café—. Sobre todo porque ha dejado muy claro que Ronan no tuvo nada que ver con todo esto.
Arqueo una ceja, divertida.
—¿Ah, sí? Bueno, si él lo ha dicho, debe de ser verdad.
Mercer frunce el ceño, pero creo que ni siquiera puede fingir mantener su enfado. No llamaría a Ronan un “hombre inocente”, pero no es culpable de los delitos de los que lo acusó cuando irrumpió en nuestras vidas. Ahora ella lo sabe.
—He retirado la citación judicial de la firma —añade.
—¿Ah, sí?
Se encoge de hombros.
—No llevaba a ninguna parte. La versión de Crosby era demasiado impecable, y los de arriba se la tragaron sin pestañear. Así que eso es todo. Akov Firm vuelve a estar en gracia ante la ley.
—Eso debe de ser especialmente irritante para ti.
—No tienes ni idea —Pero hay algo en la comisura de sus labios, algo que roza la sonrisa—. Por si sirve de algo, lo que has construido te ha salvado el pellejo. Y a él también. Eso no suele pasar, según mi experiencia. La gente con ese tipo de recursos normalmente solo se mete en líos aún mayores.
—Soy muy selectiva con lo que hago con los míos.
Me mira fijamente durante un largo rato.
—Sí —dice—. Me he dado cuenta.
Se termina el café. Luego se levanta, empuja el taburete hacia dentro y dice:
—Cuida bien de esos niños, señora Meadows.
—Eso es exactamente lo que pienso hacer, agente Mercer.
En la puerta, se detiene.
—El primo de tu marido —dice—. Navi. He oído que se está recuperando, ¿verdad?
Tengo que apartar la mirada para ocultar mi sonrisa.
—Sí. Ha vuelto a estar en plena forma. Le diré que has preguntado por él.
—Mmm.
Y entonces se marcha, dobla la esquina y se adentra en el mundo, sin coche, como siempre.
Lo cual me lleva a Navi.
Hemos estado bastante pendientes de él, pero un día, cuando estoy por el barrio por un asunto de trabajo, me paso por su habitación del hospital.
Hablamos de negocios un rato. Él se queja de sus médicos y de una enfermera demasiado agresiva que no deja de amenazarlo con un catéter si le responde mal.
Me alegra ver que poco a poco recupera el ánimo.
De alguna manera, la conversación deriva hacia Ronan. Navi empieza a contarme historias y yo despejo mis compromisos de la tarde solo para poder sentarme a escucharlo.
Me habla de Ronan a los veinte años, un joven lleno de asperezas y rabia, y de cómo solía montar peleas en los bares solo para tener un sitio donde desahogarse.
Me cuenta cómo Ronan le explicó por primera vez el plan de Anna House, cómo pensó que a su primo se le había ido la cabeza y cómo, aun así, lo vio llevarlo a cabo.
Me cuenta, recostado en una cama de hospital con los tubos aún pegados al brazo, que le advirtió a Ronan de que yo nunca sería capaz de ver la diferencia entre él y Todd.
—Me equivoqué —dice—. Lo cual, francamente, me molesta. Yo nunca me equivoco.
—Solo te equivocaste un poco —le concedo—. Tenías razón en que construyó una jaula.
—Pero tú no te quedaste dentro.
—En realidad, sí que me quedé —digo—. Pero me quedé según mis propias condiciones.
Me sonríe, y de repente comprendo por qué Ronan daría la vida por este hombre, y por qué este hombre recibió dos balazos por él.
—Creo que esa es la única forma correcta de hacerlo —dice—. ¿Sabes qué? Eres de las buenas, Calista Meadows. Tienes mi visto bueno.
Sonrío tímidamente mientras me da una palmadita en la mano. Es bueno tener a alguien como Navi en tu vida. Un amigo que te ve tal y como eres y te quiere aún más por ello. Perdí a la última amiga que tuve, y resultó que llevaba todo ese tiempo durmiendo en mi cama.
Navi recibió dos balas por alguien a quien quiero.
Eso es otro tipo de dato.
Pyotr se va a casa.
No me enteré de los detalles, ni los pregunté.
Pero un día Ronan me cuenta de la nada que el anciano está en Brighton Beach, con su hija y sus nietos, y que el segundo ya ha nacido, sano y salvo.
Toda la familia cuenta con la protección de la Bratva.
De por vida, dice Ronan. Nadie los tocará, jamás, durante el resto de sus vidas.
—Tu padre solía decir que no se puede abandonar la Bratva —le digo. Me lo contó él mismo, una de esas noches en el porche.
—Sí, lo decía.
—Entonces, ¿qué es esto?
Ronan se queda callado un segundo.
—Esto es diferente —dice—. No es marcharse. No lo han expulsado ni enterrado en los pantanos. Ha vuelto a casa —Mira su café—. No pude arreglar lo que le hice, destrozarle la vida para tenerlo bajo mi control. Pero sí pude asegurarme de que el final fuera el que él quería.
No hay vuelta atrás, decía Igor.
Pero sí hay un camino de vuelta a casa, decidió su hijo en su lugar.
Pongo mi mano sobre la de Ronan en la encimera. Él le da la vuelta para que nuestros dedos se entrelacen, a la luz, a media mañana, donde cualquiera pueda verlo.
El software hace un último trabajo por la familia.
—Las armas han desaparecido —digo—. Para siempre.
—Pues ya está —asiente Ronan.
—Y —añado—, la empresa ha quedado completamente expuesta. Todos los antiguos mecanismos de blanqueo de capitales están desactivados y desmantelados, y no volverán a utilizarse jamás.
—Continúa, señora Meadows —dice con una sonrisa pícara—. Este es el tipo de charla picante a la que podría acostumbrarme.
Me sonrojo, pero esto es importante, así que sigo adelante.
—Además, el modelo de Anna House está listo para ampliarse y replicarse. A partir de ahora, ahí es donde irá a parar el dinero limpio —Le echo un vistazo por encima de la pantalla de mi ordenador—. De eso se trata, ¿no? ¿Convertir algo sucio en algo limpio?
Él sonríe con orgullo.
—¿Para qué lo haríamos si no?
Se inclina hacia adelante y me besa; nuestras bocas se unen justo encima de la pantalla, donde mi máquina ronronea sin cesar, convirtiendo pecados en virtudes, dinero sucio en limpio y futuros sin esperanza en brillantes. Ese es el mejor lugar que se me ocurre para un beso.
También se resuelven otras cosas. Pequeñas, pero importantes al fin y al cabo.
Uno de los abogados de Ronan, especializado en financiación de capital riesgoso, ha revisado con lupa la tabla de capitalización de mi empresa y se ha asegurado de que todo sea mío, hasta el último bit y byte.
Todd, Emmett Glover, el propio Ronan… Todos los hombres que en su momento supusieron una amenaza para mi derecho sobre mi propio trabajo han sido eliminados.
Vuelve a ser solo mío.
Y está el billete de cien dólares de Lev.
El que puso en mi mano en la tienda de comestibles, para pagar mis aguacates, como un abuelo. Lo he guardado en el cajón de los trastos todo este tiempo porque no sabía qué hacer con el dinero de un hombre muerto.
Al final, lo averiguo.
Lo llevo a Anna House. Louisa está allí, y la niña de las trenzas oscuras vuelve a estar en el columpio del patio, impulsándose cada vez más alto, simplemente porque puede. Hay una hucha junto a la recepción, un sencillo artilugio de madera con una ranura en la parte superior.
Doblo el billete de cien de Lev por la mitad y lo echo dentro.
Es lo único que hará que el dinero de ese hombre valga la pena. Que se destine al columpio, al rincón de lectura, a las lavadoras y al aire acondicionado. Que se convierta en algo bueno.
Me quedo allí un segundo observando a la niña columpiarse. Nadie le dice que se haga más pequeña.
Luego me voy a casa.
La casa está en silencio.
Los niños se quedan a dormir con mi madre, un último relevo antes de que el mundo vuelva a la normalidad.
No deja de bromear sobre lo mucho que le debo por este verano de cuidado de niños ilimitado, y tiene toda la razón.
Estoy segura de que se lo compensaré de una forma u otra.
Quizá le presente a Grigor. Me los imagino llevándose muy bien.
Ronan está de camino a casa desde el trabajo. Lo estoy esperando en la entrada.
Porque es hora de tener una conversación que se ha retrasado demasiado.
Después, dijo, te lo contaré todo.
Bueno. Ya es después. Y quiero oírlo de su boca. Tal y como me prometió.
Tengo el sobre en la mano y una botella de vino.
En la parte delantera dice “Calista Meadows”.
Sigue sellado. Si quisiera, podría abrirlo ahora mismo y leerlo de principio a fin antes de que entre por la puerta.
Quizá, en los viejos tiempos, eso es lo que habría hecho.
Pero entonces tenía una mentalidad diferente.
Nunca confíes.
Verifica siempre.
Consigue primero la información.
Nunca te dejes sorprender.
Pero no quiero saberlo por el papel. Nunca lo he querido.
Lo quiero saber por él. Su cara. Su voz. Mi cabeza ya ha dejado de tomar decisiones sobre Ronan Akov. Y mi corazón ya se decidió hace mucho tiempo. Así que ¿esto? No lo llamaría exactamente una “formalidad”. Pero es lo último que se interpone entre nosotros y un futuro por delante.
Veo cómo su coche se detiene y aparca en el camino de entrada. Sale, me ve esperando allí y frunce el ceño.
—¿Cali? ¿Va todo bien?
Dejo el sobre a un lado y cojo la botella de vino que compré precisamente para esto, la descorcho y sirvo un poco en las dos copas.
—Ven, siéntate y toma algo conmigo —le digo.
Es hora de conocer el dato definitivo.