Besos Crueles (La Bratva Akov nº 2) 34. Ronan #2
83%

34. Ronan #2

—Le dije lo que tú me dijiste que dijera: que, o venía ella, o no habría reunión —retuerce la boca—.

Lo pensó durante mucho rato. Luego se rio y dijo: “Que venga y traiga su pequeño ordenador”.

También dijo… —Grigor me lanza una mirada—…

que, sea lo que sea lo que haya en su elegante hoja de cálculo, él tiene algo que lo supera.

“No importará lo que ella les enseñe, una vez que yo les enseñe lo que tengo”, dijo.

Claro que lo dijo.

Lev accedió porque está seguro. Tiene su bomba, la historia que Pyotr reveló bajo presión, y la ha sopesado frente a una mujer con un portátil y ha decidido que la mujer no tiene importancia.

Vió a Calista Meadows y sólo vio una herramienta, una ventaja, una marioneta que había que controlar, igual que lo hice yo en su momento.

Igual que lo hizo Todd. Igual que lo han hecho todos los hombres de toda esta historia, hasta el momento en que ella los desmontó uno a uno.

Está cometiendo ese error por última vez. El mayor de todos. Y lo está haciendo porque no puede imaginar que lo más peligroso esta noche, en ese almacén, será la mujer a la que accedió a dejar entrar sin pensarlo dos veces.

Su más jodido error.

Y también el último.

—Que así sea —le digo a Grigor—. Esta noche veremos quién tiene razón.

Me hago el nudo de la corbata delante del espejo.

Técnicamente, es su espejo. Uno de los que saqué de esta casa en plena noche y luego volví a colocar, porque ella debería poder elegir lo que tiene y cómo se ve a sí misma.

Está en su cuarto de baño, colgado a la altura adecuada, justo donde estaba antes.

Y yo estoy de pie frente a él, con un traje negro, pasando la seda entre mis dedos.

Le quité todos los espejos porque no soportaba verla examinarse y decidir que no era suficiente. Así que le arrebaté esos instrumentos y no le dejé ninguna forma de machacarse a sí misma.

Pero en todas estas semanas, ni una sola vez me he parado delante de uno de estos y he hecho lo mismo conmigo mismo, hacer un balance de mí mismo.

Así que lo hago ahora.

El hombre del espejo tiene los hombros de su padre.

La estatura de su padre, las manos de su padre.

Hay cicatrices bajo esta camisa que llamé “riesgos laborales del sector inmobiliario de Brooklyn”. Algunas lo son y otras no.

Pero también está el resto, si miro con suficiente atención.

Hay un hombre que se arrodilla a la altura de un niño en lugar de imponerse.

Que pide permiso a cada paso. Que cogió los espejos y luego los devolvió.

Que construyó un lugar con un columpio para que los niños que merecen la felicidad pudieran ser libres.

Que escribió una carta para que a una mujer no la destrozaran en una sala llena de desconocidos y luego dejó que ella la devolviera por encima del mostrador, porque prefiere oír lo peor sobre mí de mi propia boca antes que leerlo en un papel.

No sé qué hombre ganará esta noche. Los dos están aquí, en el mismo cuerpo. Uno de ellos tiene que entrar en ese almacén y responder por el otro.

Termino el nudo. Lo aliso.

A mis espaldas, en el cristal, se abre la puerta.

Cali está en el umbral con el vestido verde. El de la primera cita. Le queda perfecto, realzando cada una de esas curvas preciosas que me hicieron salivar desde el momento en que la vi por primera vez. En su muñeca, diviso un destello dorado: el pequeño colgante de pulpo.

Está preciosa. Siempre lo está, y se lo he dicho todos los días desde que le quité los espejos. Seguiré diciéndoselo, tanto si me cree como si no, porque así lo estipulan las condiciones y porque es verdad.

Nuestras miradas se cruzan en el espejo.

Me doy la vuelta, para mirar a la persona en lugar del reflejo.

—Eres la persona más bonita con la que he compartido habitación —le digo.

Ella sonríe, y aunque eso no disipa del todo el miedo que se esconde tras sus ojos, es una sonrisa auténtica. Cruza el baño hasta donde estoy. Alza la mano y me arregla la corbata que yo ya había arreglado, porque sus manos necesitan algo que hacer.

—Los niños están con mi madre —dice—. No hizo preguntas. Simplemente se los llevó y me dijo que tuviera cuidado, y luego… —Se le quiebra la voz—. Luego me dijo que te trajera a casa.

—Una mujer formidable.

—Le caes bien. Dios sabe por qué.

—Tiene un gusto excelente. Es de familia.

Eso la hace reír. Apoya la frente contra mi pecho un segundo, y yo le pongo la mano en la nuca y la mantengo allí.

Todo su mundo está esta noche en casa de su madre, pero no tiene por qué preocuparse: estarán a salvo.

Quemaría hasta los cimientos todos los almacenes de Brooklyn antes de permitir que le pasara algo a cualquiera de ellos.

—¿Tienes tu máquina? —le pregunto.

—Abajo. Cargada. Con copias de seguridad en tres sitios —se aparta y se seca debajo de los ojos—. Soy la operadora, ¿te acuerdas? No hago las cosas a medias.

—No —digo—. Nunca lo has hecho.

Le cojo la mano. Sus dedos están fríos al cerrarse alrededor de los míos. Siento que, de pronto, me cae encima todo el peso de lo que nos espera y de lo que podría perder.

Me mira a los ojos.

—¿Listo? —pregunta.

—No —le digo con sinceridad—. Pero es la única manera.

—Ya le estás cogiendo el truco.

Le tomo la mano y presiono mis labios contra sus nudillos, sobre el fino anillo de oro que le regalé. Y entonces nos ponemos en marcha: bajamos las escaleras, atravesamos la cocina, pasamos por delante de la pesada puerta reforzada que instalé para mantener al mundo fuera.

La abro. Ahí fuera está la noche, y el agua, y el almacén al otro lado, donde mi vida penderá de un hilo.

Le sostengo la puerta. Ella cruza el umbral con la barbilla levantada, lo más peligroso de cualquier habitación en la que jamás haya entrado.

Luego la sigo hacia fuera y no miro atrás.

Todo lo que importa está delante de mí.