Besos Crueles (La Bratva Akov nº 2) 1. Cali
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Besos Crueles (La Bratva Akov nº 2)

Besos Crueles (La Bratva Akov nº 2)

Por Nicole Fox

© inepub.com

1. Cali

CALI

Me doy la vuelta.

Es grande. Más grande de lo que hubiera imaginado por el número de la báscula, todo concentrado en los hombros y el pecho. Está en el escalón de abajo, cerca, tan cerca que puedo olerlo: cigarrillos y almizcle, como si acabara de entrar.

Extiende la mano hacia mí.

No pienso.

Simplemente le lanzo un golpe.

El cuchillo lo alcanza en algún punto del brazo.

Noto cómo se clava y se queda atascado y él gruñe con un sonido sordo, más de sorpresa que de dolor.

Su mano se cierra sobre mi muñeca y aprieta con más fuerza de la que jamás creí posible.

Al instante, se me entumecen los dedos y el cuchillo casi se me cae, pero no lo suelto. No lo soltaré. No puedo soltarlo.

Porque este hombre quiere hacerme daño, matarme o capturarme.

Y si lo dejo hacerlo…

¿Qué será de mis hijos?

Así que no, no estoy luchando para ganar. Por mucho que me guste creer que soy una guerrera, hay algunas leyes de la física que simplemente no se pueden negar. Este hombre, sea quien sea, me dobla en tamaño y se dedica a esto profesionalmente, sea lo que sea esto.

Por lo que estoy luchando es por mantenerme entre el segundo piso y él. Eso es lo único que importa ahora. Mantenerlo alejado de mis hijos.

Apoyo los pies en el rellano y le lanzo un zarpazo con la mano libre, con las uñas extendidas como garras.

Me da un tirón en la muñeca, pero sigo el movimiento en lugar de resistirme.

Ese cambio de peso basta para sorprenderlo y ambos tropezamos de lado contra la pared.

Un marco de foto se desprende del clavo y se rompe contra el suelo.

Me estremezco, preguntándome cuánto tardará este alboroto en despertar a Hayden o a Isabella.

Es el pensamiento más aterrador de mi vida, imaginarles abriendo la puerta de su dormitorio, con los ojos somnolientos y confundidos, teniendo tiempo solo para un breve “¿Mamá…?” antes de que los ojos muertos de este desconocido desvíen la mirada de mí hacia ellos, y entonces él…

No. No puedo pensar en eso.

Sigan durmiendo, mis pequeños.

Por favor, sigan durmiendo.

Por favor, Dios, haz que sigan durmiendo.

Me rodea el pecho con un brazo y me empuja contra la barandilla. La madera se me clava en la columna y me deja sin aliento. Sigue agarrándome la muñeca con la que empuño el cuchillo, así que eso no sirve de nada, y mi otra mano no alcanza, así que recurro a mi último recurso.

Lo muerdo.

Me meto un trozo de su antebrazo en la boca a través de la manga y aprieto con fuerza como un animal. Tiro con todas mis fuerzas y estoy bastante segura de que noto cómo algo cede, algo caliente y húmedo. Él suelta una palabrota, en ruso, creo, y afloja el agarre durante medio segundo.

Medio segundo es suficiente.

Levanto el cuchillo a ciegas, ahora con ambas manos agarrándolo, y lo clavo en su carne, en el costado, en el estómago, no lo sé.

Simplemente empujo hasta que se detiene.

Sea lo que sea, funciona.

Ruge y me empuja con tanta fuerza que mi cabeza se golpea contra la barandilla. El mundo se vuelve blanco y lleno de estrellas, pero al menos el cuchillo se queda clavado en él. Mis manos caen hacia atrás, vacías. Siento el sabor de la sangre, la mía o la suya, no sabría decirlo.

Se está agarrando el costado, lo cual es bueno.

Lo que no es tan bueno es que sigue en pie y sigue estando entre las escaleras y yo.

Pero yo sigo, sigo, sigo entre las puertas de mis pequeños y él. Casi puedo dar un suspiro de alivio. Hasta que…

—¿Mamá?

La voz de Isabella. Débil, susurrada a través de una rendija de su puerta. Somnolienta y asustada, tal y como sabía que estaría.

Todo mi ser se hiela.

—¡Quédate en tu habitación! —grito—. Bella, quédate en tu habitación, NO salgas, cierra con llave la…

Mientras estoy de espaldas, el hombre me golpea.

Es un golpe directo en la cara, pero es como si me hubiera golpeado la propia casa. Me derrumbo en el rellano, con los oídos zumbándome, la mejilla pegada a la alfombra. Puedo ver sus botas negras y, justo más allá de las puntas de acero, se abre la enorme y sombría boca de la escalera.

Le agarro el tobillo con mis manos débiles.

No tengo nada más con lo que actuar. No alcanzo a morderlo de nuevo y el cuchillo sigue temblando clavado en su costado.

Lo único que me queda es este débil agarre y una década en la que me han dicho que era demasiado pequeña, demasiado blanda, demasiado todo y, a la vez, no lo suficiente.

Envuelvo ambos brazos alrededor de su bota y me aferro a ella como si fuera lo último que queda en el mundo, porque lo es. No podrá subir los dos últimos peldaños si le mantengo el pie anclado al suelo, ¿verdad?

Eso espero, al menos. Él parece no estar de acuerdo. Da patadas. Me arrastra. Mis rodillas desnudas arden y se pelan sobre la alfombra como si me estuviera pasando por un rallador de queso.

—Estúpida… —gruñe. Se agacha para separarme de él y, al hacerlo, veo que hay una mancha oscura y húmeda extendiéndose por su camisa, justo donde el cuchillo sigue clavado. Pienso, con una extraña y flotante calma: Bien. Sangra, cabrón. Desángrate y muere, aquí mismo, en mi rellano.

Quizá acabe pasando, no lo sé. No soy experta en cuánta sangre contiene un cuerpo de 103 kilos ni a qué velocidad debe salir de su cuerpo para impedir que haga daño a mis hijos.

Lo que sí sé es que, antes de que esa mano pueda alcanzar mi garganta, que es hacia donde apunta, algo más sucede.

Toda la casa tiembla.

La puerta principal no se limita a abrirse.

Supongo que eso no sería lo suficientemente dramático.

En cambio, se desprende, literalmente. Madera y bisagras estallando, un estruendo humeante que siento en los dientes.

Y luego se oyen voces abajo, rápidas, fuertes y en ruso, y pasos en las escaleras, muchos de ellos, subiendo a toda prisa.

El hombre que está encima de mí también lo oye. Se queda paralizado. Percibo en su postura el momento exacto en que comprende que, sea lo que sea lo que haya venido a hacer aquí, se ha acabado, y lo único que queda por decidir es si saldrá de una pieza o en pedazos.

Me suelta y se lanza hacia el último escalón, hacia las puertas, hacia los niños, porque un rehén es una vía de escape y él lo sabe…

Pero no llega tan lejos.

Porque justo en ese momento, Ronan aparece en lo alto de las escaleras.

Nunca lo había visto moverse así. Lo he visto inmóvil. Lo he visto lento, seguro y sin prisa, un hombre que hace que el mundo lo espere.

Esto no se parece en nada a eso.

Es rápido de una forma que no parece humana, un borrón de traje y pelo oscuro. Golpea al intruso con todo su cuerpo, arrancándolo del rellano con un abrazo de oso y lanzándolo luego contra la pared con tanta fuerza que el yeso se agrieta y cae polvo.

Recuerdo lo mucho que me asustó Ronan entre bastidores en la ópera, cuando amenazó a aquel hombre con un susurro monótono.

Quizá eso sea solo el uno por ciento de lo aterrada que estoy ahora. Parece la Parca, con los ojos vacíos y unas manos pálidas y violentas. Una de esas manos se dirige a su costado y, al volver, sostiene algo oscuro, metálico y pesado. Le siguen dos sonidos, como el estallido de corchos de champán.

Entonces, el hombre que me atacó se derrumba en el suelo.

Después de eso, todo queda en silencio. Todavía me zumban los oídos por la bofetada y sigo respirando con dificultad. Pero nadie habla ni se mueve.

Desde donde estoy tumbada en el suelo, puedo ver la mitad del rostro del hombre. Un hilo fino de sangre roja se le escapa por la comisura de los labios. Está muerto. Es más que obvio, incluso para alguien como yo, que no ha visto muchos cadáveres.

Lentamente, asustada, levanto la vista. Ronan sigue de pie junto a él.

Vuelve a ser el Ronan tranquilo y sereno que creía conocer, amar y en quien confiaba.

Si no fuera por la pistola que sostiene en la mano y que brilla bajo el fino rayo de luz de luna que se cuela por la claraboya del pasillo, pensaría que solo está ahí para ver cómo estamos.

Más sombras se agolpan en las escaleras. Sus hombres, silenciosos y vigilantes. Esperan sus órdenes.

Sin embargo, hay alguien más que busca su atención primero.

—¿Señor Ronan?

El sonido proviene de la puerta de Isabella. Quiero moverme, pero mis extremidades no responden, y aunque lo hicieran, Ronan es mucho, mucho más rápido. Llega allí primero. De algún modo, se guarda la pistola para que Isabella no la vea antes de arrodillarse frente a ella.

Puedo ver el cuidado con el que se asegura de ocultarle el cuerpo del hombre muerto. Desde ese ángulo, lo único que podrá ver es a Ronan, su figura imponente, esa montaña en la que confía. O al menos eso sigue pensando: que está ahí para consolarla de los sonidos aterradores de la noche.

—Hola, Bella. —Lo dice con tanta suavidad. Es su voz de tortita. Su voz de oruga—. Estás bien. Todos están bien. Ha habido un ruido muy fuerte, ¿verdad? He sido yo. Lo siento. Se me cayó algo muy pesado y fue una tontería por mi parte. Vuelve a la cama, cariño. Tu madre está aquí conmigo.

No puedo ver a Bella, pero oigo cómo mueve los pies por el suelo. —¿Mamá se encuentra bien?

Intento soltar una respuesta con voz ronca, pero mi voz no responde mucho mejor que mi cuerpo.

Dos de los hombres de Ronan están levantando al intruso del suelo, en silencio y con rapidez.

Entiendo que, en unos noventa segundos, será como si todo esto nunca hubiera pasado.

Sorprendentemente, no tengo ni un solo pensamiento en la cabeza sobre si eso está bien o mal, si es ético o no.

No tengo ningún pensamiento en absoluto.

—Mamá está aquí, Bella —logro balbucear por fin—. Estoy bien, cariño. Todo va bien. Vete a dormir. Te quiero.

—…Vale —vuelve a moverse un poco—. Buenas noches, señor Ronan.

—Buenas noches, chica valiente —le susurra él a su vez.

Esperamos. Todos lo hacemos, el pasillo lleno de hombres enormes vestidos de oscuro, todos conteniendo la respiración, hasta que oímos el pequeño crujido de su cama al soportar de nuevo su peso.

Entonces Ronan se gira y me mira.