Capítulo 9
LÍA
Camino tras él a paso ligero, con nuestras manos entrelazadas.
No sé qué ocurre, qué decisión ha tomado ni por qué nos dirigimos de vuelta al recinto donde se desarrolla la fiesta.
No existen las palabras, solo nos observamos de manera intensa y en sus pupilas entreveo una mirada de deseo, una pasión desatada.
Al llegar al parking , Sam se dirige a su coche de alquiler, saca las llaves y abre la puerta.
—¿A dónde quieres ir? —le pregunto.
—Fuera de aquí. Necesito que lo que acaba de empezar entre nosotros sea real.
Lo miro con intensidad. El deseo arde en mí y me lleva a tomar una decisión no meditada.
—Tengo una habitación en la casa. Si quieres… —Y, con un simple gesto, le indico la puerta de acceso al recinto.
—No lo dudes, Lía. —Su sonrisa pícara me pone a cien.
Entramos en la masía por detrás y nos acercamos al mostrador a pedir las llaves.
Mientras la recepcionista busca no sé qué, nosotros no perdemos el tiempo.
Nuestros dedos no paran de tocarse. Percibo una gran intensidad, un halo de magia y misterio.
Oculto por el mostrador, posa la mano en mi trasero y un breve escalofrío me recorre el cuerpo.
Lo necesito, y no sé cómo calmar la sed que me consume.
Cuando nos dan la llave, una tarjeta con el logotipo del hotel, es él quien la coge y la guarda en el bolsillo de su pantalón. Me da un tirón y subimos de dos en dos los peldaños que dan acceso a la planta superior.
Una vez en el pasillo, revisa los números de las puertas de forma rápida hasta que da con la indicada.
Si me hubiera preguntado, habríamos ido directos.
Se para frente al umbral antes de acceder.
Lleva una prisa inusitada, y eso provoca que mi corazón se salte varios latidos.
Se gira y posa sus manos en mi cintura. Nuestros cuerpos están próximos.
Siento un calor sofocante. La cercanía de su contacto me hace estremecer.
¿No piensa abrir la puerta? No sé si seré capaz de controlarme más. Necesito los fuegos artificiales que preveo que van a explosionar esta noche.
Se acerca un poco más de forma suave, lenta, apenas perceptible para cualquiera que pudiera estar mirando, y me susurra al oído:
—¿Entramos? ¿Estás segura?
Su aliento me roza las mejillas y una imperiosa necesidad de cumplir lo que se me pasa por la cabeza se apodera de mí.
Asiento. Nunca lo he estado tanto. Necesito dar rienda suelta a mi pasión.
Sam introduce la mano en el bolsillo del pantalón para sacar la tarjeta y abrir por fin la puerta de la habitación.
Una vez dentro, quedo maravillada ante la preciosa suite que mi hermana me ha reservado.
Antes, cuando me la han asignado, únicamente he abierto para dejar la maleta en el interior y he salido corriendo para ayudar con los preparativos.
Una vez dentro, nuestros ojos se encuentran, una mirada que durante la noche ha forzado que perdiera el norte y ahora pide algo más. Se acerca, coloca las manos en la pared de la entrada, a ambos lados de mi rostro. Su boca se aproxima a la mía y sin pensárselo me besa.
Me encuentro en una nube de la que no deseo bajar.
Soy consciente de que el arrojo que me precedía sigue conmigo.
Empiezo a dar manotazos a esos horribles pensamientos que buscan hacerse un hueco en la escena y a los que no pienso escuchar.
Que mi razón se quede a un lado y me deje disfrutar del premio.
Porque me lo merezco.
Me besa con hambre, con todo lo que lleva dentro, y yo hago lo mismo. Nuestras bocas se buscan y entrechocan con un ansia desmesurada.
Recorro su espalda con las manos y perfilo eses con los dedos hasta su cintura. Cierro los ojos y su aroma frutal me hipnotiza, mi capacidad de pensar se nubla y es más que necesario llegar a él, traspasar la tela que lo cubre.
Le desabrocho los botones de la camisa mientras él mira mi vestido, ese que estoy convencida va a tardar poco en quitarme. Dejo que caiga al suelo y acaricio su pecho musculoso mientras él se acerca a mi cuello y lo saborea.
Cuando vuelve a mirarme, sus ojos refulgen con un calor y un deseo que es necesario que apague cuanto antes. Me pierdo en su contacto. Encontrar el norte en estos momentos es una ambición que no podré lograr .
¿Y si voy al sur?
Sin pensármelo dos veces, atrapo de nuevo sus labios y me sumerjo en su sabor. Un sabor a limón que endulza mis sentidos.
Somos dos imanes que se atraen. Nos es imposible encontrar el freno.
Nuestras bocas se entrelazan y poso la mano en su cintura. Sam tampoco espera y la desliza por el hombro, ese que cubre el sensual vestido negro que va a quitarme.
Se aparta para no perder detalle.
Primero desliza un tirante hacia abajo y luego el otro, hasta que el vestido cae al suelo. Me siento vulnerable ante esa mirada penetrante. Baja la vista y recorre mi conjunto de ropa interior. La mejor decisión.
Compruebo como se deleita con lo que ve. Me repasa de arriba abajo.
—¿Te gusta? —Pongo mi tono de voz más sugerente y agarro su cinturón para desabrocharlo.
Se abalanza sobre mi boca y mis sentidos se desatan. Su pecho se frota con el mío mientras enreda los dedos en mis rizos y me aprisiona contra la pared de la entrada. Apenas hemos accedido a la habitación.
Acaricio su espalda, y él lame mi cuello, mis hombros, saborea mi piel. Baja hasta mis pechos y muerde uno de los pezones por encima del sujetador de encaje negro. Ambos estamos impacientes, ninguno de los dos podemos estar quietos.
Vuelve a mis labios y nuestras lenguas juguetean con ansia. Coloco mis piernas alrededor de su cintura y él me coge las nalgas para sostenerme. Sus ojos destilan pasión. Me abrazo con más fuerza a su espalda.
Un gruñido sale de mi boca y un jadeo acompaña a la suya. No empieza mal la noche.
Me carga a pulso y me tumba en la cama. Se coloca encima de mí y me besa otra vez con deseo.
Se detiene por un momento y me acaricia los brazos trazando pequeños círculos.
Sus ojos desprenden chispas y su respiración está agitada.
De alguna manera, calma su desazón. Atrapo un mechón de mi cabello entre mis dedos, lo enredo y una maraña de sensaciones me abruma.
Realiza un camino de besos hasta llegar a mi ombligo, para llegar a mi cintura y lamer con suavidad mi vientre.
Desliza el tanga por mis piernas y lo lanza al fondo de la habitación.
Se acerca al centro de mis muslos y me mira de forma intensa y sugerente, pidiendo acceder a ese lugar que le fascina mientras yo me muerdo el labio inferior con fuerza.
Esconde el rostro en mi pubis para saborearlo y hacerme ver las estrellas.
Mueve la lengua a los lados, succiona con fruición y muerde con delicadeza.
Pasión en estado puro. Arqueo la espalda y ahogo el gemido que me provoca mientras continúa saboreando mi sexo.
Se detiene y alza los ojos para mirarme con una sonrisa pícara que me pone aún más. El ambiente en la habitación se está caldeando y la música de fondo apenas se oye.
Se endereza sin retirar sus ojos de los míos. Introduce la mano en el bolsillo del pantalón y encuentra lo que busca. Lanza encima de la cama un par de caramelos de limón, de esos que dice que lleva siempre y la cartera, de la que saca varios preservativos. Será pretencioso…
Esboza una sonrisa y se le marcan los hoyuelos, esos con los que ya me tiene ganada. Se desprende del pantalón y me quita los zapatos de tacón que aún llevaba puestos.
La sensación de que va a ocurrir aquello que ambos deseamos está en el ambiente. Coloca su cuerpo sobre el mío y nuestros labios se funden. Me pierdo entre sus caricias.
Tomo la iniciativa y lo giro para ponerme a horcajadas sobre él.
Me siento poderosa en esa posición. Me quito el sujetador y dejo que me observe.
Acaricia mis pechos, hace círculos en mis pezones y me froto entre sus piernas, con un apetito voraz.
Nos tocamos piel con piel, generando más tensión.
Mis dedos se cuelan en su bóxer, lo bajan y sienten su miembro.
Lo masajeo con mimo, y, mientras, los jadeos de Sam se intensifican.
No lo suelto, fricciono con más vehemencia, con una cadencia tal que sus sonidos me aceleran.
De repente, me para.
—No sigas o el final llegará muy pronto.
Sonrío y mi lengua se pierde entre sus labios. Unos besos ávidos del otro.
Él me gira y me coloca ahora bajo él. Quiere llevar el ritmo del momento.
Acerca la mano a los preservativos, rasga un envoltorio y me lo cede para que yo se lo coloque. Me niego, pues quiero verlo a él, ver cómo se lo pone. El detenimiento con el que juega mientras lo desliza hace que yo me estimule aún más.
Menuda maravilla.
Aprovecho esa pausa para coger fuerzas, porque lo que ha sucedido hasta ahora ha sido puro gozo y lo que se avecina tiene pinta de que será lujuria en estado máximo.
Se introduce en mí y yo lo acojo, aprieto mis nalgas para sentir su grosor y que el placer sea mutuo.
Acoplo el movimiento entre los dos. Él hacia abajo, con brío y pasión; yo hacia él, con determinación y delirio. Sam embiste con fogosidad y mis jadeos aumentan de ritmo .
Llegamos juntos al momento de explosión que nos hace ver el universo a la vez y que la diversión tome las riendas de esta fantasía.
Regresa a mis labios y los besa con intensidad. Nuestras lenguas son los protagonistas de este capítulo, de una trama que no deseo que acabe. Este es el principio de algo alucinante. Por lo menos, el premio gordo de esta noche.
Ha sido perfecto. Y a la pregunta de Sam de qué veo cuando lo miro, mi respuesta es simple:
—Pues aún lo estoy descubriendo.
—Vaya. —Él sonríe de nuevo. Esos ojos, se han convertido en mi perdición esta noche.
Después de ese encuentro, ha sucedido otra vez, ocasión que esperaba con más ansias que la primera.
Sam reconoció mi cuerpo, acariciando cada parte desnuda que se observaba por encima de las sábanas de satén mientras permanecíamos tumbados en la cama.
Poco a poco las retiró para que quedaran al descubierto más zonas de mi cuerpo.
Cerré los ojos y pensé que al empezar el día nunca se me hubiera ocurrido que acabaría de esta manera tan sublime, junto a un hombre que quita el sentido y en una majestuosa suite .
Una persona con la que he llegado al placer extremo, al que no estoy acostumbrada.
Nos interrumpieron unas voces en el pasillo.
Sam puso un dedo en mis labios para que no dijera nada y que pudiéramos escuchar a escondidas y en la penumbra de la habitación quién se acercaba a la estancia contigua.
Me encantó ese juego y la suavidad de sus dedos en mis labios.
Casi seguro que eran invitados de la boda con ganas de mambo, igual que nosotros.
Se percibía en sus risas, comentarios y cuchicheos, en sus torpes y desesperados movimientos.
Cuando se cerró la puerta, los ojos de Sam desprendieron lujuria y un calor recorrió mi cuerpo, pues pedía más y yo estaba dispuesta a volver a saborearlo.
—¿Y tú? ¿Tienes algo aún que mostrar? —le pregunto a Sam con los primeros rayos de sol ya cruzando la estancia. No descifro la zona gris que muestran sus ojos. Hemos conversado un poco y conozco algunas de sus partes oscuras, pero aún no se ha abierto a mí lo que me gustaría.
—He memorizado tus rincones y, si lo deseas, puedo intentar buscar algún tesoro escondido.
—Si te parece, lo podemos dejar para más adelante. ¿Cuánto tiempo te quedas?
—No lo sé.
—¿Depende de mí? —le consulto expectante.
—Podría. Te veo juguetona otra vez. Piensa que no tenía claro este fin de semana, por lo que aún no sé qué me depara el futuro.
—¿No confirmaste tu presencia a la boda?
—Fue una decisión de última hora. Sí que Toni me envió la invitación, pero no le dije nada hasta unos días antes.
—¿Decisión precipitada?
—Decisión acertada.
Contemplo su cuerpo desnudo a mi lado. No se ha cubierto con la sábana y su atributo, ahora flácido, descansa entre sus piernas. Sus prietos abdominales piden que vuelva a acariciarlos, que me deleite de nuevo con ese placer que me provoca. Noto un calor entre mis piernas que me desconcierta.
Sam, sin apenas palabras, ha conseguido más que muchos otros, más incluso que Carlos.
Con él todo ha sido dulzura, pasión. Se ha dedicado a mí y eso es lo que necesitaba en este preciso instante.
Alguien que disfrutara a mi lado y que no pensara solo en él, sino en lo que somos: dos personas que deseábamos saciar nuestros deseos más pasionales e irracionales.
Recuerdo la segunda vez, en la penumbra de estas cuatro paredes, hace apenas unas horas, o tal vez han sido minutos.
En esa ocasión me lancé yo. Toqué su pecho con uno de mis dedos, tracé un círculo en uno de sus pezones y observé cómo se endurecía.
Entreabrió los párpados y mostró una ligera curvatura de los labios.
El movimiento circular se acercaba al otro pezón y Sam abrió por completo los ojos .
Su pregunta acarició mi corazón: «¿No has tenido bastante?
». Mi respuesta fue simple: «Me lo estoy pensando» y él me atrapó entre sus brazos y devoró mis labios.
Su miembro se endureció ante mi contacto y la pasión reapareció.
Las caricias, los besos, un conjunto de movimientos que nos llevaron de nuevo a un orgasmo que ninguno de los dos podrá olvidar.
—Espero que nos sigamos conociendo —le susurro mientras aprieto su rostro con las manos.
—Tal vez.
¿Tal vez? Esa no es una respuesta. No me ha parecido correcta, aunque la conversación iba en el camino y tono adecuado. Me levanto sin ningún pudor y me acerco a la ventana. Los colores del amanecer empiezan a despuntar y muestran la calidez de un nuevo día.
Regreso a la cama y mi cuerpo reacciona ante el contacto con la suave piel de Sam. Me acaricia el cabello y enreda sus dedos en él, un masaje que me maravilla y mi respiración se calma poco a poco.
—Me doy una ducha y vuelvo. —Sus palabras me sacan del duermevela en el que empezaba a entrar.
—Aquí te espero. —Y cierro los ojos para caer en un profundo sueño.