Capítulo 7
LÍA
A lo lejos, mi hermana baila con otro grupo de amigos mientras Toni hace cabriolas y más de uno se ríe por sus tonterías. Se los ve tan felices.
Busco a Alice por la sala. La encuentro bailando en la pista, dándolo todo al lado de esa rubia. Ya parecen más que simples conocidas de una boda.
Le pido a Sam que me espere un momento, junto al ventanal, y me acerco a mi amiga.
—Te veo muy bien acompañada —susurra Alice cuando ve hacia donde miro.
—Salgo a dar un paseo. —Le guiño un ojo.
—Disfrútalo. Ese morenazo quita el sentido.
—¡Qué bruta! Solo vamos a pasear, charlar un rato y…
—Bésalo, por Dios. Dime que eso entra en tus planes.
—¡Qué lanzada, Alice! No soy así. Solo hablaremos y poco más. Primero debo conocerlo.
—Ya, Lía, pero está de rechupete, o eso creo. Tengo buen ojo, aunque luego no los cate.
—Sí, lo sé.
—¿Y entonces? ¿Dónde está el problema? —pregunta sin dejar de mirarlo.
Me está poniendo nerviosa, más de lo que ya lo estoy.
—Que tú eres muy ligera de cascos y a mí las cosas me gustan más despacio.
—Sí…, ya veo, despacio. Y luego, ¿para qué? No, chica, hay que lanzarse. A la primera, y, si no funciona, pues eso que has disfrutado.
—Qué fácil lo ves tú.
—Es lo que es, Lía. A ver… —interpreto por las expresiones de su rostro que pone en orden sus ideas—, Carlos era un cretino, eso lo sabemos.
Sí, es verdad…, era tu cretino, como siempre decías.
Un imbécil en toda regla con el que estuviste algo más de dos años y que hace apenas setenta y dos horas que no forma parte de tu vida. Lo has dejado. Disfruta del momento.
—Qué fácil…
—Otra vez, serás pesaíca. ¡¡¡Que no estáis juntos!!! Hace poco de la ruptura. Lo entiendo. Pero Carlos ya no está y tienes que olvidarte de él. Y ese pibón que no deja de mirarte está a tu alcance, por lo que lánzate a por él.
—¡Qué bruta! —exclamo de nuevo.
Alice pone los ojos en blanco y mira hacia donde se encuentra su rubia, que la está esperando.
—Pues no se hable más. Disfruta de la noche a tu manera, que yo haré lo mismo con la mía. —Y me guiña un ojo.
Me acerco a la puerta que da al exterior y salimos. La brisa acaricia nuestros cuerpos. Le doy un sorbo a mi bebida y me froto el brazo.
Paseamos por el césped que rodea la masía y escuchamos la música de fondo, aunque con cada paso que damos se diluye más en la lejanía. Le he dicho que sí, que salía con él a tomar aire, a dar un paseo. Me apetecía, me transmite una paz que necesito descubrir.
La semana pasada estaba con Carlos, viviendo una vida que no lo era y atando los cabos sueltos que quedaban de la boda. Y esta noche estoy sin él, al lado de un hombre agradable, bastante sexy y que desea pasar un rato conmigo.
¿Qué más se le puede pedir a la noche?
—Lía —pronuncia despacio y se frena un segundo—, ¿puedo llamarte así? De verdad, te favorece tanto…
Escuchar ese nombre que hasta ahora solo utilizaba mi cuñado y alguna que otra persona cercana me agrada. Y que me lo haya pedido, aún más.
Le doy una vuelta, aunque sé que la decisión está tomada. Suena bonito en sus labios.
—¿En qué piensas? —me pregunta de forma distraída.
Llevamos unos pasos sin pronunciar palabra.
—Uy… Mi cabeza divaga por muchos caminos.
—¿Caminos? Hoy no es momento para pensar en demasiadas cosas, ¿no crees?
—Tal vez no… Soy muy de inventar historias, plasmarlas en un papel y ver si esos mundos llegan a convertirse en realidad. —Suspiro y entrecierro los ojos mientras mis pensamientos se instalan de nuevo en mi penosa vida.
¿Por qué no seré capaz de apartarlos de un manotazo y centrarme en la persona que tengo a mi lado?
—¿Historias que se convierten en realidad? Me gusta. Pero te veo pensativa, perdida en otros lugares, y hoy toca disfrutar.
—Seguro. —Sonrío—. Bueno, creo que al final he despejado mi mente de malos augurios y he bailado sin parar. Lo estoy pasando genial y la noche pinta de fábula.
Nuestros ojos vuelven a conectar y saltan chispas a nuestro alrededor.
—¿Has venido sola? —pregunta Sam mientras mira a lo lejos. Creo que quiere ahuyentar las sensaciones que ambos nos provocamos.
—No, he venido acompañada.
Detiene sus pasos y me observa con cautela. Me pongo seria para dar fuerza a mis siguientes palabras:
—De Alice, esa alocada que has visto danzando en medio de la pista y que no ha dejado de insinuárseme en toda la noche.
Levanta las cejas y su expresión muda a una de asombro. Una sonora carcajada sale de mis labios. Aclaro lo que tal vez haya pasado por la mente de Sam:
—Noooo, somos buenas amigas, solo eso.
—Ya decía yo —susurra mientras se masajea el cabello y suspira.
Nuestros pasos nos alejan cada vez más de la ruidosa fiesta. Hace una noche perfecta para pasear, la luna luce en lo alto y las estrellas iluminan el cielo.
—Oye, Lía, ¿llegamos hasta el final de la finca? He visto un invernadero y me apetece cotillear un poco. Podemos acercarnos y descubrir que esconde bajo su fachada acristalada.
—Vale. Aunque no sé si prefiero que me llames Natalia.
¿Por qué insisto en el cambio de nombre? Creo que si me llama Lía se acercará demasiado a mí, y no sé si eso es bueno esta noche. Cada vez que sale de sus labios, me provoca una sacudida en las entrañas que me alucina.
—¿Por qué? Me encanta como suena Lía… Ese cosquilleo qu e produce en mis labios al pronunciarlo.
Ese brillo que se posa en tus iris cuando lo oyes.
Lía, tú no lo ves, creo que aún no lo sabes, pero ese diminutivo te hace más grande, te da una belleza que no puedo desperdiciar y te sienta a la perfección. Te hace tú.
Sus palabras me dejan desconcertada. Que él lo encuentre precioso y me lo haga ver de esa manera está fuera de mi alcance.
Lo miro a los ojos y asiento. Acepto en silencio que a partir de ahora Sam me va a llamar así, porque le gusta y porque a mí me hace sentir bien. Un apelativo familiar que ya empiezan a usar más personas de mi círculo cercano y ahora también Sam.
Lía.
Lía y Sam. No suena nada mal, ¿no?
—Cuéntame, ¿qué te pasa? —me pregunta un instante después.
—Nada, no me pasa nada.
—¿Seguro?
—¿Por qué no? Estoy bien.
—No lo sé. Tienes la mirada perdida, unos ojos preciosos y brillantes que denotan tristeza. Estoy seguro de que algo ronda por esa cabecita.
—Tal vez. Pero no es nada que le incumba a un desconocido.
—No te digo que no, Lía, aunque son los mejores oídos que te pueden escuchar sin juzgarte, solo dando una opinión sincera de aquello que te pase.
—¿Tú crees? —le cuestiono.
—Prueba. Me gusta escuchar y mis colegas dicen que doy buenos consejos.
—Seguramente, pero …
No le puedo explicar a Sam mis problemas. La relación con Carlos ya se ha acabado y no quiero que mi pasado enturbie este paseo.
Sam me da su copa para que la sujete, se quita la chaqueta y me la pone sobre los hombros. Me atrapa con sus brazos desde atrás y me retiene. Ambos miramos al horizonte…
Y es el momento de lanzarme, explicarle mi historia.
—Descubrí algo de mi pareja que no me gustó y lo hemos dejado. Teníamos que venir juntos a la boda, así se lo había pedido, aunque al final no ha podido ser y me ha acompañado Alice.
—¿Tan grave ha sido?
Asiento.
—Además, no me gusta que me traten mal y que no me den explicaciones de lo que ocurre. Yo también soy buena oyente y parece que la gente no piensa eso de mí y me esconden sus problemas.
Le devuelvo su copa y ambos damos un sorbo. Sam escucha mi discurso sobre los pormenores de lo sucedido mientras caminamos por la finca. Tal vez no era necesario, pero me viene bien desahogarme con alguien al que apenas conozco y que no me juzga.
Llegamos al invernadero y paseamos por el pasillo central oliendo las flores. Ninguno de los dos pronuncia palabra. La sensación de silencio nos rodea y es muy agradable. Sam busca en su bolsillo, saca un caramelo y se lo mete en la boca.
—¿Quieres uno? Siempre llevo en el bolsillo. Son de limón.
—No, gracias.
Atrapa una flor de lavanda y la acerca a su nariz para olerla. Imito su gesto e inspiro una gardenia. Un instante diferente, singular.
Dejamos el invernadero y nos acercamos a uno de los bancos que hay al fondo, casi en el extremo de la finca. Nos sentamos a mirar el cielo estrellado, un abismo lleno de perspectiva.
Las copas que llevábamos en la mano, vacías, reposan en el banco.
Nos acoge una calma que es un bálsamo para mí. Mi mente se relaja y, sin saberlo, me he quitado una capa de desilusión al explicarle mis problemas.
Sam estira las piernas, agarra por detrás el asiento de piedra y alza la mirada hacia el firmamento. Cierro los ojos y la paz del instante me rodea.
En medio de la noche, en medio de la nada. La oscuridad se apodera de nosotros.
—Solo he hablado yo, ¿y tú? —le consulto alzando un poco la barbilla.
—¿Qué quieres saber?
Nuestros iris conectan, una sonrisa se posa en su rostro y sé que en el mío tengo una igual. Me provoca un cosquilleo que desconozco y, aunque lo siento raro, lo voy a explorar. Alice tiene razón y voy a permitirme salir de mi zona de confort.
—Ese acento…
—De las islas Canarias. Pero no se me nota mucho, ¿no? No nací allí —comenta Sam de forma cariñosa.
—Un poco.
—¿Y te gusta?
Esa sonrisa me va a matar y sus ojos me hipnotizan. No sé ni dónde mirar. Solo oigo la voz de Alice en mi cabeza incitándome a hacer algo que no sé si es conveniente. ¿Escucho a mi amiga? ¿Una noche?
—No está mal, tiene su morbo.
—Morbo… —Pasea de forma sugerente los dedos por sus labios y entrecierra los ojos—. A mí me fascina tu cabello. Rojo como el fuego y con esa ondulación. —Se acerca un poco más. Su respiración pausada no me ayuda—. ¿Puedo?
Con un leve movimiento de la cabeza le permito hacer y trago el nudo que se me ha formado en la garganta.
Sam coge un fino mechón y lo enreda entre sus dedos. Con suavidad, despacio. Una caricia delicada. Mi piel se eriza. Por un momento pienso en esconderme.
Un deseo se cuela por mis venas. ¿Lo avivo? ¿Hago caso a Alice y lo atrapo?
Sam acerca los labios a mi rostro y no me aparto. Aunque en mi mente aún hay una barrera, la evito y me lanzo al vacío.
No me muevo y dejo que sea él quien me bese.
Sam me rodea el cuello con las manos y ejerce una leve presión para acercarme más a él.
Sus dedos se enredan en mis bucles y un espacio apenas perceptible continúa entre nosotros dos.
Nuestros labios están cada vez más cerca.
Lo miro a los ojos y estoy perdida. Siento que mis muros se van derrumbando y dejan paso a una nueva senda.
La mano de él se cuela a través de la americana que llevo sobre los hombros y los roza. Un escalofrío me recorre el cuerpo, me llega hasta la planta de los pies. Cojo aire hasta que nuestros labios se tocan.
Un suave contacto, apenas una caricia entre ellos, y la electricidad que me transmite es alucinante.
Los saborea con mimo, como pidiendo permiso para cometer una locura.
Le acaricio el brazo mientras él me besa.
Un placer inunda mis sentidos. A lo lejos se percibe aún el ruido de la fiesta, esa que todavía está en su apogeo.
Nosotros, en este rincón, alejados de los compases de la música, iniciamos la danza que tanto deseamos.
Sam acomoda su mano en mi mejilla y me acaricia la barbilla sin dejar de besarme. La otra está enredada en mi cabello. Yo siento un ardor en mi interior que deseo saciar con sus caricias y sus besos.
Sam se aparta y posa sus ojos sobre mí. Esa mirada me tiene loca desde la primera vez que lo vi.
—Vamos. —Ha tomado una decisión sobre algo que desconozco.
Se levanta y me da la mano. Nos dirigimos hacia la masía. Su caminar es ligero, decidido. La magia del ambiente nos envuelve.
La burbuja en la que me encuentro me desconcierta y no domino.