Capítulo Nueve
CASSIE
—El rojo —dice Mads por el celular—. Sin duda, el vestido rojo.
Me lo pongo delante y estudio el espejo. —Me parece agresivo.
—Me parece valiente —insiste—. Y tú eres una mujer serena, emocionalmente disponible, que va a tener una cita normal con un hombre decente.
Cierto. Travis es decente. Me ayudó a mover un sofá y no convirtió aquello en una audición para el papel de esposo.
Coincidí con Travis dos veces antes de terminar la universidad: una en el cumpleaños de Mads y otra en un bar abarrotado. Tiene veinticinco años, trabaja como entrenador personal y tiene esa cara que hace que las mujeres lo perdonen incluso antes de que empiece a hablar de batidos de proteínas.
Cuando me propuso tomar un café el mes pasado, le dije que tal vez.
Esta mañana he cambiado el tal vez por una cena.
No intento castigar a Dean, aunque tampoco puedo fingir que no vaya a notarlo.
Estoy cansada de medir mi atractivo según el miedo de un hombre, y Travis me da la oportunidad de recordar cómo se siente recibir atención sin complicaciones.
Quizá cenar con él me obligue a ver a Dean con claridad, sin dejar que los años que llevo deseándolo decidan por mí.
Mads deja de sonreír. —¿De verdad quieres darte una oportunidad con Travis o quieres que Dean te vea con el vestido rojo?
Me subo la cremallera. El vestido se ajusta a cada curva y termina a mitad de los muslos.
—Todavía no conozco a Travis lo suficiente para desearlo.
Quiero tener la oportunidad de averiguarlo.
Esta obsesión con Dean lleva años y es la primera vez que me mira así.
Necesito entender si es real o sigue siendo solo una obsesión.
—Obsesión es una palabra fuerte, cariño. Has salido con otros hombres. Estás bien. No uses a Travis para hacer reaccionar a Maddox y, si pasas toda la cita deseando que Travis fuera Dean, sé sincera.
—Lo seré.
—Bien. Pronto tomo el vuelo de vuelta. No me extrañes demasiado.
—No lo haré.
Colgamos. Me pinto los labios y me pongo unos pendientes; después dedico una cantidad vergonzosa de tiempo a elegir ropa interior de encaje negro.
La compré para mí y esta noche no pienso preocuparme por si Dean llega a verla alguna vez.
Está en la cocina revisando facturas cuando entro y el bolígrafo se le queda inmóvil en la mano.
Recorre el vestido con los ojos tan despacio que me arde la piel. —¿Adónde vas?
—A cenar con un amigo.
Dean aprieta la mandíbula. Me esperaba esa reacción, aunque había tenido la esperanza de que me sorprendiera.
—¿Muy amigo?
—Lo bastante como para proponer una cena. Aunque no es asunto tuyo.
Sus dedos se cierran con fuerza alrededor del bolígrafo. —Eres libre de irte.
Ese permiso que no he pedido me suena a un rechazo. —Lo sé.
Tomo el bolso. —Voy en un auto de una aplicación porque quizá tome vino, y Mads ya tiene mi ubicación, así que no me llames en mitad de la cita.
—Dijiste que era una cena —me recuerda.
No digo nada y me voy.
En Theo's hay un ambiente cálido y poca luz, con luces de tonos ámbar y reservados oscuros. Travis se pone de pie cuando llego. Lleva una camisa azul marino con botones en lugar de ropa de gimnasio, y parece contento de verme sin que eso le provoque una crisis moral.
—Estás increíble.
—Gracias.
La cena es de lo más agradable. Travis pregunta por el diseño y de verdad escucha.
Me habla de su clientela de más edad, a la que entrena después de una operación, y su voz se vuelve cálida al describir cómo la ayuda a recuperar fuerzas.
Mantiene la mirada por encima de mi escote y nunca convierte nuestra diferencia de edad en un referéndum sobre si sé lo que quiero.
Me río más de una vez y entiendo perfectamente por qué Mads pensó que encajaríamos. En otras circunstancias, el deseo quizá habría tenido espacio para crecer, pero cuando nos traen las cartas de postres, me descubro mirando hacia la puerta por sexta vez.
Travis deja su carta. —Hay alguien más, ¿verdad?
El calor me sube a la cara. —Puede que sí.
—Has pasado la cena mirando la puerta como si quisieras que viniera a buscarte.
—Lo siento. —Bajo la mirada, avergonzada.
—No lo sientas. —Sonríe—. Me lo he pasado muy bien. Tengo hermanas y preferiría no ser la alternativa temporal a una señal de alarma con piernas.
—¿Cómo sabes que es una señal de alarma?
—Bueno, no está aquí, ¿verdad?
—Quiere la parte privada de una relación sin el riesgo de hacerla pública.
—Y has venido esta noche para ver si podrías desear algo más sencillo.
Recorro el borde de mi vaso de agua. —Pensé que podría estar presente con otra persona. No puedo, y lo siento.
—Lo has estado. Casi todo el tiempo. —Sonríe sin amargura—. Pero prefiero perder frente a una persona real que ganar porque estés intentando demostrar algo.
—No has perdido.
—Tú tampoco. —Hace una seña para pedir la cuenta—. Dile a Mads que me he portado admirablemente.
—Lo haré.
Dividimos la cuenta a pesar de sus protestas. Travis se ofrece a esperar hasta que llegue el auto, pero me niego.
Y entonces veo la camioneta de Dean, que ya está en el estacionamiento.