Bésame antes de volar 37. Perdiciones
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37. Perdiciones

Perdiciones

OLIVIA

Me despierto con un dolor de cabeza insoportable.

¿Dónde estoy? ¿Qué hora es? Tardo un rato en espabilarme, en ser consciente de lo que ha pasado.

Busco el móvil, pero no lo encuentro. «Mierda», gruño.

Entonces lo veo en el mueble de la televisión.

No recuerdo cómo llegué al hotel. ¿Me trajo Andrew?

Andrew. Cuando pienso en él siento algo extraño.

Una mezcla de vergüenza y… y algo que no sé definir.

Recuerdo que anoche me lo pasé increíblemente bien con él y que hubo un punto de no retorno en el que no dejábamos de besarnos.

Sin embargo, me parece que me puse pesadísima de vuelta al hotel, cuando íbamos en un taxi. Después de eso, no recuerdo nada más.

Cuando enciendo el móvil, comienzan a entrar varios mensajes. Sobre todo de Serena, llamadas incluidas. ¿Qué narices? Abro la conversación y en todos los mensajes pone lo mismo:

Ayer saliste con Andrew?

Olivia, qué son esas fotos en Insta

Un momento, ¿Insta? ¿Instagram? Corro a la aplicación y me encuentro con algunas historias de ayer, de cuando estuvimos haciendo turismo por la ciudad.

Recuerdo que me pareció una idea genial colgarlas todas de golpe en cuanto me terminé la segunda copa.

Hasta que llega la noche. Hay varias fotos con Diana en el espejo de los aseos de un pub roñoso.

También un vídeo en el que se nos ve bebiendo.

Pero en la última imagen salgo con Andrew.

Me impacta verme tan sonriente a su lado.

Siento que se me encoge el corazón. Joder, qué bien me lo pasé ayer.

Pienso en si debería borrar la foto o no, pero no quiero perderla.

Tampoco quiero que dentro de un año, cuando recuerde el día de ayer, no haya ni rastro de aquel momento congelado en el tiempo.

Escribo a Serena diciéndole que ya le contaré cuando vuelva esta noche.

Al instante recibo un mensaje de Andrew.

Estás despierta?

Me pongo nerviosa, estúpidamente nerviosa.

Sí

¿Qué pensará de lo que pasó anoche? Yo no me arrepiento. ¿Por qué debería hacerlo? Hacía tanto tiempo que no me reconocía… Aunque no sé en qué punto nos deja todo lo que ha pasado. Quiero creerle, confiar en él, pero no puedo huir de un miedo que me persigue desde que me rompieron el corazón.

Dos segundos después, oigo que tocan a la puerta. ¿En serio? ¿Está aquí? ¿Qué quiere? Me levanto con torpeza, me deshago de la ropa de ayer y me pongo el pijama con rapidez. Me miro al espejo que hay al lado de la puerta y me avergüenzo de mi aspecto, pero es lo que hay.

Cojo aire antes de abrir.

—Buenos días —es lo primero que dice cuando me topo con su rostro perfecto.

¿Acaso no se pasó toda la noche de fiesta, como yo?

—Tengo que dejar de beber… —pienso en voz alta—. No puede ser que estés tan… impoluto como siempre —resoplo.

—¿Me estás llamando guapo?

—Por supuesto que no, te lo acabas de inventar.

—¿Puedo pasar?

¿Por qué? ¿Qué quiere?

—Sí.

Me hago a un lado y entra en la habitación. Sin que se dé cuenta, me echo el aliento en la palma de la mano. Aunque no pretenda comerle la boca como ayer, estoy deseando encerrarme en el baño para lavarme los dientes; odio sentirme sucia. Tampoco estaría mal que me pasara el cepillo por el pelo.

—Estás muy guapa.

Pongo los ojos en blanco. Es un mentiroso, lo hace adrede.

—Oye, no recuerdo cómo llegamos al hotel. Bueno, más bien a mi habitación.

—¿Quieres la verdad?

—Solo si no voy a arrepentirme de ello.

Andrew se ríe. ¿Cómo puede resultarme tan atractivo? Lleva una sudadera blanca y unos vaqueros informales. Su pelo está algo mojado, supongo que acaba de ducharse. ¿A qué hora se ha levantado, si aún no hace ni cinco que andábamos por ahí?

—Volvimos en taxi y me preguntaste si podías dormir conmigo.

Me atraganto en cuanto lo oigo. No, no puede ser. A esto me refiero cuando me digo que tengo que dejar de beber: soy una bocazas, digo lo primero que se me ocurre.

—Joder, lo siento.

—Te aseguré que no tendríamos sexo ni nada de eso, porque…

—¡Para! —lo detengo.

Me muero de vergüenza. Dios, Olivia, eres horrible. Acabas de perder la poca la dignidad que te quedaba.

—Te quedaste sopa en mi hombro antes de llegar al hotel, te cogí en brazos y te traje a tu habitación —me explica con normalidad.

—¿Lo dices en serio?

No voy a negar que lo que hizo estuvo bien. Más que eso, porque cualquiera podría haberse aprovechado de mí en ese estado. Le miro y no sé por qué lo veo con otros ojos. Vale, no es el chico que pensé que era, aunque no deja de ser un capullo.

—Lo siento mucho, de verdad. No quería incomodarte ni que tuvieras que cargar conmigo hasta mi habitación —me disculpo—. Y gracias por haberte portado tan bien.

—No hay de qué —responde con sinceridad.

Nos quedamos en silencio, un silencio algo incómodo después de lo que pasó ayer.

Empiezo a recordarlo y no puedo dejar de pensar en todos esos besos, el roce de sus manos en mi cuerpo…

En este instante me parece impensable lo que hemos vivido hace unas horas.

Estamos sentados en la cama, cada uno a un lado.

La noche de ayer parece tan irreal… Recuerdo que pensé que no soportaría alejarme de él ni medio minuto.

Y ahora no puedo impedir que se me acelere el pulso.

Su perfume. Su cuello. Sus labios en el mío.

Mis manos rodeándolo. Siento un cosquilleo por el cuerpo.

¿Me estoy excitando al recordarlo? Vuelvo a mirarlo.

Sí, me estoy excitando. Me levanto nerviosa.

—¿Adónde vas?

—Necesito un poco de aire —digo mientras me acerco a la ventana, la abro y respiro hondo.

—Hoy volvemos a Dunrae.

Qué mierda. No quiero volver.

—Lo sé.

Andrew se levanta y se acerca a donde estoy, de pie junto a la ventana. No sé qué pretende, pero ojalá pretenda lo que quiero que pretenda. ¿Tiene sentido? Pocos chicos me han puesto nerviosa en toda mi vida, pero ahora mismo… lo estoy.

Me vuelvo hacia la ventana. Tomo aire. Se pone delante de mí, me aparta el pelo de la cara y me lo pone detrás de la oreja.

Entonces me levanto para acercarme a su altura, aunque por supuesto solo le llego al pecho, y siento su respiración cerca de mi cuello.

Aprieto los párpados con fuerza cuando deposita allí un beso.

Creo que nadie me había besado de esa forma, una tan… ¿íntima, cariñosa?

Tengo que recordarme que él y yo no somos nada.

Tengo que recordarme que no me conviene.

Que me romperá el corazón.

Pero no lo detengo, no puedo. Continúa besándome despacio.

Primero en el cuello, luego en la clavícula.

Alzo la cara hasta que quedamos con los rostros tan cerca como anoche.

Y al instante recuerdo lo que sentí en ese momento.

No puedo echarle la culpa porque me guste.

Ni porque tenga los ojos azules más bonitos que he visto jamás.

Lo deseo desesperadamente. Es de esas personas con las que te obsesionas, y no solo a nivel sexual.

Necesito acariciar su piel, notar su calor, tocar su pelo, experimentar el tacto de sus labios. Sentirlo cerca, más cerca que nunca.

Por eso no lo detengo.

Por eso junto su boca con la mía con las mismas ganas que anoche. Sus manos bajan por mi espalda hasta que las cuela por debajo de mi camiseta del pijama y comienza a trazar círculos en mi piel.

—Qué suave… —susurra en mi oído.

Vuelve a besarme, y mis labios reconocen los suyos. Había olvidado lo que se siente cuando te vuelves a encontrar con un sabor familiar en la boca. Sé que no sirvo para las relaciones esporádicas, para besos fugaces, para una mirada que se consume en un día.

—Pararé si me dices que pare —musita mientras coloca la pierna entre mis rodillas y presiona para separarlas.

Abro la boca con el propósito de decir algo, pero no puedo. Niego con la cabeza a modo de respuesta. Tal vez debería parar. Pero no puedo. No quiero.

—Aún estás a tiempo —añade mientras con una mano recorre la parte interna de mis muslos. Trago saliva.

Sé que lee en mis ojos la resistencia y las ganas entre las que me debato.

Noto un destello rojo que se expande por todo mi cuerpo, una excitación que no he sentido jamás.

Ahora entiendo muchas cosas del sexo. Lo entiendo en cuanto comienza a quitarme la ropa poco a poco mientras siento el roce de sus manos en mi piel.

Es tan delicado y salvaje al mismo tiempo que me tiene loca.

Noto que va delineando mi cuerpo hasta que llega a mi vientre.

Se detiene y vuelve a pedirme permiso con la mirada.

Asiento con la boca entreabierta. Entonces coloca los dedos entre mis piernas y me toca el clítoris.

Jadeo. Joder. Lo miro a la cara y veo que se muerde el labio superior.

Hace fuerza mientras mueve los dedos dentro y fuera sin parar.

Quiero insultarle porque estoy temblando, pero apenas puedo respirar y siento que perderé el equilibrio si las rodillas no dejan de temblarme.

Andrew da con mi punto más sensible y me encojo preguntándome cuánto tiempo aguantaré.

—Eres mi perdición, Olivia.

Es imposible que diga eso. Soy una chica corriente.

Hace tanto que nadie me toca de esta forma que es como si fuera la primera vez.

Me pongo nerviosa, como si nunca lo hubiese hecho, y empiezo a sentir que el sudor que él me provoca se me desliza por la frente.

Clavo las uñas en su espalda cuando siento que voy a llegar al límite, pero entonces me coge en volandas y me acuesta con cuidado en la cama.