Capítulo 9 Mickey #3
Tex me está haciendo una pregunta real bajo la broma. No tengo respuesta. Sé lo que dice Benji: que se siente responsable, que no puede ignorar lo que pasó. Oí cada palabra que dijo entre lágrimas y fue uno de los discursos más honestos que nadie me ha dado jamás.
Le creo y, aun así, sigo sin entender del todo por qué sigue volviendo. La culpa te hace mandar una tarjeta y un jarrón de flores, y pasas página.
—No sé qué es —digo—. Se siente culpable. Estaba allí esa noche. Me vio recibir el disparo.
—Entiendo lo de la culpa —dice él—. La entiendo porque yo también me siento culpable.
Pero Mickey, este tío no te conoce. No nos conoce.
Y aparece cada día como si estuviera en la rotación de visitas voluntarias organizada por las señoras de la iglesia local.
Oh, no, espera un momento... no te estará imponiendo las manos para intentar curarte, ¿verdad?
—No, aparece con pizza. Y buen café. Eso es todo.
—¿Ahora trae comida? ¿No crees que es un poco...?
—¿Qué? ¿Raro?
—No, iba a decir inusual. Stormy dice que no tengo permiso para llamarlo raro porque a Stormy le cae bien. Le dio un abrazo en el hospital. Ya sabes lo mucho que significa eso.
Lo sé. Stormy no toca a la gente. Que Stormy hiciera eso significa que vio algo en Benji en lo que confía, y el juicio de Stormy sobre las personas es mejor que el de cualquiera que conozca. Stormy aprendió a calar a la gente de la manera difícil.
—¿Adónde quieres llegar, Tex? ¿Debería decirle a Benji que se pierda? ¿Que deje de venir?
—Ni de coña —dice Tex—. No es eso lo que quería decir y lo sabes. ¿Por qué te pones a la defensiva? Estás muy susceptible con él.
—No lo estoy. Fuiste tú quien me dijo que le dejara entrar si llamaba a la puerta. ¿Te acuerdas?
—Sí, porque las horas en el hospital son muy largas. Entonces, ¿viene hoy o no?
—Probablemente —respondo.
Tex suelta una carcajada. —Lo sabía. Cuando llegue, pon tu cara de policía y haz preguntas. Averigua por qué sigue viniendo por aquí. Tiene que haber una buena razón.
—¿Por qué cojones importa? Estoy aquí tumbado boca arriba sin nada que hacer y sin nadie con quien hablar. La tele solo pilla unos pocos canales y son una mierda. Solo tengo mi móvil para entretenerme. ¿De verdad importa por qué sigue apareciendo con comida y café?
—No, no importa —dice—. Solo soy un cotilla y quiero saber qué está pasando. Eso es todo. Además, Sheila también quiere saberlo. Ella me ha dicho que te pregunte por él.
—Dile a Sheila que, si quiere saber algo, me lo puede preguntar ella misma.
Tex se ríe entre dientes. —Ah, sí, lo haré seguro. De hecho, la estoy mirando ahora mismo al otro lado de la barra. Voy a ir a decirle lo que has dicho y a pasarle el teléfono. Espera. Ya estoy caminando. Allá vamos. Me estoy acercando.
—¡Tex! ¡Maldita sea! ¡No vayas a cabrear a Sheila! ¡Tex! Para ahora mismo. Ya sabes que estaba bromeando. No tengo energía para que Sheila me interrogue.
Tex sigue riéndose. El mejor sonido del mundo ahora mismo.
—Está bien —dice—. En fin, avísame cuando descubras qué pasa con Benji. Todos nos morimos por saberlo. Es el tema del bar. Por el bar me refiero a mí, a Sheila y a Stormy. Hablamos luego.
Clic.
Tex cuelga porque no se le dan bien las despedidas. Nunca se le han dado bien. Simplemente dice lo último que importa y la línea se queda muerta, y te deja sosteniendo el teléfono como un idiota.
No me he atrevido a decirle a Tex las ganas que tengo de que Benji venga hoy.
Nunca dejaría de darme la lata con eso. Además, no hay nada que necesite explicar o justificar.
Las horas en esta habitación son largas y el plato fuerte de mi día hasta ahora ha sido una sesión de fisioterapia que me ha dejado mareado.
Cuando Benji viene a visitarme, toda la habitación cambia.
No me mira como si me faltara algo. Se deja caer en la silla, me da comida y me habla de bodas mientras yo le miro las manos.
No lo hago a propósito. Pero cada persona que me ha tocado desde el tiroteo lo ha hecho llevando guantes. Nadie me ha tocado como a una persona.
Benji tampoco me ha tocado. Se sienta en la silla y mantiene una distancia respetuosa.
Pero sus manos están en todas partes. En la caja de pizza, en las servilletas, en la tapa del café, en mi manta, en las persianas, en el aire frente a él cuando está explicando algo.
Las usa sin pensar, como hace la gente cuando su cuerpo todavía hace todo lo que le piden.
Me pregunto qué se sentiría al tenerlas sobre mí.
En mi brazo. En mi hombro. En algún lugar por encima de la cintura donde realmente pudiera sentirlas.
Pero ese no es un camino por el que deba ir ahora mismo.
Durante la hora que Benji está aquí, no soy un paciente. Soy solo un tío comiendo pizza con alguien que me hace reír, aunque la risa me duela en la espalda. Pero, a estas alturas, no me importa.
Cierro los ojos y envío la señal a mis piernas una vez más.
Moveos. Maldita sea. Por favor.
Algo tiene que responder tarde o temprano.