Benji (Serie Big Tex's Roadhouse nº 2) Capítulo 1 Benji
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Benji (Serie Big Tex's Roadhouse nº 2)

Benji (Serie Big Tex's Roadhouse nº 2)

Por Wren Wilds

© inepub.com

Capítulo 1 Benji

La casa de la playa vale treinta y dos millones de dólares y la novia quiere una temática de elegancia rústica para su boda. En una casa con techos de doce metros y una piscina infinita que rodea tres lados de la vivienda como si fuera un foso.

—Me encanta —le digo—. La elegancia rústica va a quedar impresionante con estas vistas. Con el golfo de México de fondo, la madera natural y la arpillera le darán un toque terrenal a todo para que no resulte estéril. Entiendo tu visión para la boda. La entiendo perfectamente.

No la entiendo en absoluto.

Lo que veo es una casa de estuco blanco de varios millones de dólares en una urbanización de lujo privada luchando por su vida contra tarros de cristal.

Pero soy un planificador de bodas profesional y mi trabajo es hacer realidad la visión del cliente, no hacer que la visión del cliente sea buena.

Son habilidades completamente distintas.

Soy excelente en ambas, pero hoy solo me pagan por una.

La novia se llama Callie. Tiene veintiséis años, es delgada y tiene el pelo rubio, liso y largo. Su padre le compró esta casa como regalo de bodas. Una mansión situada en el tramo de playa más virgen del Panhandle, y Callie ha estado dentro solo dos veces.

—¿Y qué hay de la decoración de las mesas? —pregunto—. ¿Has decidido ya la mantelería?

—Habíamos pensado quizá en un lino natural. ¿Como un color avena? Con flores silvestres en pequeñas macetas de barro como centros de mesa. Muy orgánico. Muy natural.

Natural.

Me está pagando una tarifa desorbitada por producir un evento que parezca natural. Planifico el amor para los demás y hago que parezca que surgió por accidente.

—Mantelería color avena, centros de flores silvestres, macetas de barro —digo, escribiendo en mi iPad—. Por supuesto.

Recorremos la propiedad durante dos horas.

La casa es extraordinaria. La arquitectura es toda de líneas blancas y puras, con cristales de suelo a techo.

Todas las habitaciones dan al agua. La terraza tiene unos trescientos metros cuadrados de hormigón pulido que bajan hacia una pasarela de madera privada que lleva a la arena más blanca que he visto nunca, y vivo en Miami, así que eso no es moco de pavo.

Pero la comunidad es casi agresiva en su vacuidad. Cada edificio y cada muro es blanco. La admiras y hablas en un tono de voz dos niveles por debajo del tuyo.

Es lo opuesto a mí en todos los sentidos posibles.

Callie se va a las cuatro. Tiene una reserva para cenar con Connor y sus padres y necesita «descomprimir» antes, lo que probablemente signifique una siesta y una copa de rosado. No la juzgo. A mí me encantaría hacer lo mismo.

Cierro la casa y me quedo en los escalones de la entrada. Son las cuatro y media de la tarde, me muero de hambre y necesito un cóctel. Y quiero ver la puesta de sol sobre el Golfo porque nunca la he visto desde esta costa. Y no hay ningún sitio cerca para hacer todo eso a la vez.

Saco el teléfono y hago lo que hace cualquier persona solitaria en una ciudad desconocida. Busco un lugar interesante al que ir.

Bares cerca de mí con vistas al Golfo.

Los tres primeros resultados son vinotecas con cócteles de autor y raciones. Nada directamente en la playa. El cuarto resultado está a unos dieciséis kilómetros de aquí.

Big Tex’s Roadhouse. 4,3 estrellas. 1.247 reseñas.

Lo pulso. Las fotos muestran un edificio de hormigón justo frente al mar.

Letreros de neón y motocicletas en el aparcamiento.

Un gigante barbudo sosteniendo un costillar junto a un ahumador enorme.

El menú consiste en hamburguesas, falda de ternera, ensalada de col y cualquier otra cosa frita.

Las reseñas dicen cosas como «la mejor comida de Panama City Beach», «increíbles vistas desde la terraza» y «no traigas calzado bueno».

Una reseña me llama la atención:

—Este es el verdadero Panhandle. No la versión para turistas. La gente es auténtica, la comida es increíble y, si te sientas en la terraza, no querrás irte nunca. Solo procura no buscar problemas. El dueño es del tamaño de un frigorífico.

Vendido.

Cada instinto inteligente que tengo me dice que vuelva a mi apartamento de alquiler, pida pizza, coma en el sofá y me vaya a la cama temprano.

Mañana tengo llamadas con proveedores que empiezan a las ocho.

El florista de Panama City no ha contestado a mis dos últimos correos electrónicos y tengo que finalizar el diseño del arco para el viernes.

Pero llevo tres días en este pueblo y me estoy volviendo loco. Soy un animal social que se nutre de la gente y el ruido. Tres días aquí me han dejado hambriento de contacto humano.

Me voy a Big Tex’s Roadhouse.

Conduzco de vuelta al alquiler, que es un apartamento en un segundo piso en un complejo llamado Seaview Estates que, de hecho, no tiene vistas al agua.

Tiene vistas a un aparcamiento y, si te asomas por la barandilla del balcón y estiras el cuello hacia la izquierda, un jirón de azul entre dos edificios que podría ser el Golfo o podría ser el tejado de una tienda de suministros para piscinas.

El apartamento está limpio y amueblado. Es mío durante dos semanas y lo aprovecharé al máximo.

Me ducho rápido bajo una presión de agua que es apenas una sugerencia; el chorro tibio me aplasta el pelo contra el cráneo. El baño huele a jabón genérico y a moho.

Tras rebuscar entre todos los conjuntos que he traído, elijo mis vaqueros blancos favoritos.

Ajustados y de talle bajo. Una camisa de seda en un azul tan pálido que es casi plateado, abierta dos botones más allá de lo apropiado.

Una cadena de plata al cuello. Anillos en los dedos.

Me echo hacia atrás el pelo rubio platino y dejo que caiga de forma que atraiga todas las miradas.

Echo un último vistazo al espejo del baño.

El rostro que me devuelve la mirada está bien.

Ojos que fotografían bien. Mido uno setenta y tres y estoy tonificado.

Pilates y ráfagas ocasionales de pesas motivadas por la vanidad.

No soy corpulento, pero sé llevar lo que tengo como si fuera lo más valioso de cualquier habitación.

Aprendí de joven que verse bien hacía que la gente hiciera menos preguntas. Cada mañana me pongo la cadena, los anillos, el delineador, me arreglo el pelo y espero que nadie mire con demasiada atención tras la superficie.

Hago una videollamada a mi mejor amigo, Dante, mientras me pongo el delineador.

Responde al segundo tono. Está en su apartamento de un rascacielos en Miami, sin camiseta, comiendo de un envase de comida para llevar.

Su pelo oscuro está mojado de la ducha y hay un partido de béisbol en la tele detrás de él.

Echa un vistazo a mi cara en su pantalla y arquea las cejas.

—¿A dónde vas vestido así? —pregunta.

—A dar una vuelta.

—¿A dónde? Estás en, ¿qué es, Panama City? ¿A dónde puede ir un gay en Panama City?

—Hay un bar de moteros en la playa a quince minutos de aquí. Tiene una terraza justo frente al agua y las reseñas dicen que la falda de ternera es de otro mundo. Me muero de hambre, he tenido un día difícil y necesito un cóctel decente con una puesta de sol.

—Un bar de moteros —Dante suelta el tenedor—. ¿En qué demonios estás pensando, Benji? ¿Un bar de moteros en el Panhandle? ¿Y vas así?

—¿Así cómo?

—Como un ejemplo de una potencial estadística de delito de odio. Por el amor de Dios, Benji. Te quiero, y te lo pido con todo mi amor y afecto. No vayas allí ni a ninguna parte de Panama City vestido de esa guisa.

—Dante, estás exagerando como de costumbre. Estaré bien. Ni siquiera es tarde. Estaré de vuelta a las ocho antes de que los locos beban demasiado.

—No, no lo hagas. Por favor, pide comida y quédate en casa. Te haré compañía por vídeo. Veremos algo. Yo como, tú comes, será como si estuviéramos en la misma habitación.

—Pienso ir, Dante. Llevo aquí tres días y me estoy volviendo loco. Necesito gente y vida. Necesito una bebida que no me sirva yo mismo en una cocina del tamaño de un armario. Dios... ya echo de menos Miami muchísimo. Ojalá estuviéramos en un club ahora mismo. Este pueblo es un asco.

—Prométeme que tendrás mucho cuidado —dice—. Envíame mensajes mientras estés allí. Manténme informado mientras miras la puesta de sol. Luego sal de allí de inmediato.

—Siempre tengo cuidado. Ya lo sabes.

—Nunca tienes cuidado —dice—. Eres lo opuesto a cuidadoso.

Eres un hombre que se pone maquillaje antes de entrar en un bar de moteros en un condado que votó en un setenta y tres por ciento a los republicanos.

La razón por la que conozco esa estadística es porque me la dijiste tú, así que sé que es cierta.

Y sé que vas a ir de todos modos porque es lo que haces.

—Te escribiré cuando llegue —digo—. Y cuando me vaya. Y si pasa algo entre medias.

Cuelgo y me meto el teléfono en el bolsillo trasero. Me echo perfume en las muñecas y en la base de la garganta. La advertencia de Dante resuena en mi cabeza, pero me he pasado la vida entrando en lugares donde se suponía que no debía estar.

El mundo está lleno de habitaciones que no fueron construidas para mí y nunca he dejado que eso me detenga. No voy a empezar a hacerlo esta noche.

Salgo por la puerta principal y me subo a mi cochecito, con el que vine conduciendo desde Miami. Podría haber volado para ahorrar tiempo, pero entonces habría tenido que lidiar con un coche de alquiler.

El aire aquí no tiene nada que ver con el de Miami. En Miami, la noche es pesada y eléctrica, llena de bajos. Aquí el aire es denso por el salitre y una brisa que sopla desde el agua.

La puesta de sol es en cuarenta y cinco minutos. Si salgo ahora, llegaré a tiempo.

El trayecto hasta Big Tex’s Roadhouse dura doce minutos.

Entro en un aparcamiento que está casi lleno de camionetas grandes.

Camionetas viejas. Camionetas con cosas pintadas en el portón trasero.

Y entre las camionetas, los coches. Docenas de coches clásicos reluciendo bajo las luces.

Camaros, Chevelles, Mustangs, GTOs. Todos pulidos hasta brillar como un espejo, todos rodeados de hombres en vaqueros y gorras de béisbol con cervezas en la mano.

Oh, Dios, me había olvidado de que la exhibición de coches clásicos estaba en el pueblo.

La gestora del apartamento lo mencionó cuando recogí las llaves.

«Un fin de semana importante», dijo. «Aficionados de todas partes.

Se pone un poco revoltoso». En fin, no he venido para quedarme por aquí hablando de coches de los que no sé nada. He venido por una copa y las vistas.

Big Tex’s Roadhouse es una mole de hormigón de tres plantas con un letrero enorme en la fachada.

El edificio está justo en la playa. El golfo de México se extiende más allá, con el agua capturando los últimos rayos de sol.

La música sale por las ventanas abiertas, mezclándose con el chasquido de las bolas de billar. Se oye que el bar está animado y lleno.

Me aliso la camisa y no me abrocho nada. Luego entro por la puerta principal.

El interior de Big Tex’s me golpea la nariz antes de que mis ojos se acostumbren. Humo de nogal americano, cerveza derramada y, por debajo, la grasa caliente de comida frita a la que mis arterias ya están poniendo objeciones.

Está hasta los topes. De pared a pared. La multitud de la exhibición de coches llena cada reservado y cada mesa.

Los cuerpos se amontonan en la zona de pie entre la barra y las mesas de billar al fondo.

La música que sale por los altavoces es rock clásico de hace dos décadas, y compite con cien conversaciones que se mantienen a todo volumen.

Hay carteles de cerveza en las paredes, luces de Navidad colgadas por el techo aunque estemos en junio, y una larga barra de caoba que es, con diferencia, lo más bonito del edificio. Detrás de la barra, una mujer con el pelo plateado recogido sirve copas como si estuviera apagando incendios.

Encuentro el único taburete vacío en el extremo más alejado de la barra y me siento.

A través de las ventanas de detrás de la barra, se abre una terraza grande hacia la amplia playa.

El sol ya está a medio camino de ponerse y el cielo se está volviendo naranja y dorado, con el horizonte fundiéndose en el agua.

Es mejor de lo que imaginaba. Mucho mejor que las puestas de sol en Miami. A Dante le dolería si se lo dijera, así que no lo haré.

La mujer de pelo plateado aparece frente a mí en unos cuatro segundos. —¿Qué te pongo? —pregunta.

—¿Tienes carta de cócteles?

Se queda parpadeando. Detrás de ella, los estantes contienen whisky, bourbon, vodka, tequila, ron y unas treinta variedades de cerveza de grifo.

—Cariño —dice, inclinándose más cerca—. Esto es un bar de moteros. Puedo echar licor en un vaso y puedo abrir una cerveza. Elige una. El concepto de carta de cócteles no ha entrado jamás en este edificio. ¿Qué va a ser?

—Vodka con soda y lima.

Asiente. —Puedo ponerte un vodka con soda. El tema de la lima es cuestionable. Déjame mirar. —Se da la vuelta, abre una neverita bajo la barra y saca una lima lacia. Corta una rodaja, la echa en el vaso y me desliza la bebida por la barra—. Son seis dólares.

He pagado más por agua embotellada en South Beach. Pongo un billete de veinte en la barra.

—Quédate con el cambio —le digo.

Mira el billete de veinte y luego vuelve a mirarme a mí. Levanta un poco la barbilla y entorna los ojos. —¿Estás de visita?

—Estoy aquí por trabajo. Soy planificador de bodas. Organizo una boda en la 30A dentro de un par de semanas.

—Ah, uno de esos sitios lujosos.

—La casa está justo en la playa y la novia quiere elegancia rústica.

Me guiña un ojo. —Dales lo que quieran, cariño, y no discutas con ellos.

Le devuelvo la sonrisa. Me cae bien de inmediato.

—Soy Sheila —dice.

—Benji.

—Bueno, Benji. Bienvenido a Big Tex’s. La puesta de sol se ve mejor desde la terraza si quieres pillar sitio fuera. El menú de comida está en la pizarra. La falda de ternera es legendaria.

—Me quedaré aquí mismo, si no te importa. Me gusta una buena barra.

Me examina detenidamente, fijándose en cómo voy vestido y en la forma en que estoy sentado en este taburete con las piernas cruzadas y la espalda recta. Estoy ocupando exactamente el espacio que quiero ocupar, que es todo.

—Si necesitas algo —dice—, me pegas un grito.

Se desplaza por la barra hacia el siguiente cliente. Me quedo ahí sentado con mi vodka con soda de seis dólares y una puesta de sol espectacular.

Está bien, Panhandle.

Igual no eres tan mala después de todo.