CAPÍTULO 19 #2
Reviso la foto otra vez, parte por parte, después solo voy a fingir que esto no pasó.
Para: Nico
Ah mira, un espacio dónde va a estar mi nombre.
Marco exactamente un espacio libre en esa pierna. Está escribiendo y casi de inmediato me responde:
De: Nico
¿Y qué vas a hacer para que eso pase? Porque tendrías que volverme loco, pulguita.
Para: Nico
Nico, si yo quisiera hago que te tatúes mi cara.
De: Nico
Acepto el reto.
Sin querer estoy sonriéndole al celular y me acuerdo de que Benjamín está frente a mí, cuando levanto la mirada él me está viendo, pero vuelve su vista a los papeles que sostiene. Dejo el celular sobre la mesa y lo escucho:
—¿Ahora sales de fiesta con Samuel? A ti ni siquiera te han gustado las fiestas.
—¿Con Samuel?
—Sí, la foto que reposteaste. —A ver ¿Es que no me había borrado acaso? Pero dejando eso a un lado: ¿Qué diablos? —Esa donde sales tomada de la mano con Samuel en una discoteca.
Suelto una carcajada, no puedo evitarlo. Lleva casi toda una vida conociendo a Nico y cree que esa es la mano de Samuel.
Bueno, qué suerte que crea que esa es la mano de Samuel.
—¿En serio crees que ese es Samuel? Y, por cierto, no es que me habías borrado de tus redes sociales, porque acabo de recibir una solicitud de seguimiento de tu parte ¿Cómo es que viste mi foto con «Samuel»? —Y me vuelvo a reír, está comenzando a molestarse, lo conozco bien.
—Te borré, porque Samuel me lo pidió.
—¿Por qué Samuel te pediría eso? ¿Qué le dijiste? Porque yo he mantenido lo que sea que le hayas dicho desde el principio, si tú y yo no nos conocemos, mejor.
—Es que yo no le dije nada, es él quién lo intuye.
A ver, que Benjamín miente el ochenta por ciento de las veces, así que no le creo. Por otra parte, sí suena a algo que haría alguien como Samuel, aunque Samuel está concentrado en Nico, no en él.
—Samuel no va a «intuir» eso solo porque sí. Algo debiste decirle. —Además que me lo hubiera preguntado a mí... reclamado, más bien. —Y, por cierto, el de la foto no es Samuel, puedes preguntárselo si quieres. Él no es la única persona con la que puedo salir.
—¿O sea, que sales con otros hombres?
—Claro, yo estoy soltera.
Entonces mi jefe entra y detrás de él lo hace el otro hombre que acompaña a Benjamín, él se sienta al lado de Benja y Alfonso toma su respectivo sitio, además, con ironía, suelta:
—Me da gusto que se lleven bien, porque si llegamos a un acuerdo es Nina con quién vas a trabajar de cerca.
Ay, por Dios, no.
Bueno, mejor le digo a Alfonso que la propuesta de esta agencia no me agrada.
Pero es que no puedo, sí son buenos y básicamente aceptan todos los términos y condiciones que impone Alfonso, todavía no se llega a nada, así que es muy probable que se les ocurra aparecer mañana también y yo ya estoy cansada de ver a Benjamín.
Alfonso les da la mano a ellos dos y sale un momento cuando tocan la puerta porque alguien lo busca, entonces el jefe de Benjamín me mira y pregunta:
—Nina ¿Verdad? —Yo le digo que sí. —¿Me darías tu número, por favor? Digo, ahora que vamos a trabajar juntos. —El tono de él es algo coqueto, pero no tengo que responder, porque el pendejo de Benjamín lo hace por mí, se saca el post-it que le di y se lo entrega al hombre ese.
—Dice que este es su número de extensión y que no atiende fuera de sus horarios de oficina.
Entonces el tipo mira el papelito, lo ignora, y se saca algo del bolsillo.
—Este es mi número para que me llames... digo, por cualquier cosa.
Lo que me da una tarjetita de presentación. A ver, yo no me había fijado en él, pero ahora que lo miro con más atención, sí es mejor que Benjamín, aunque él parece ser unos diez años más grande. Le doy las gracias y la guardo donde está la de Samuel.
A este paso voy a tener una colección de tarjetas de presentación.
El jefe de Benjamín se pone de pie y se va en dirección a la puerta, sale con Alfonso y, de nuevo, solo quedamos Benjamín y yo, él está guardando sus cosas y yo le doy un sorbo al café que, ahora mismo, es más agua que café, pero algo es algo.
—¿Desde cuándo tomas café helado?
—Los gustos cambian.
Qué bueno que la pelirroja de la revista se aparezca de pronto y Benjamín no me siga hablando, aunque hace mala cara cuando mira a Benjamín, pero de inmediato la cambia al verme y me dice:
—Hola, Nina, ¿quieres ir con nosotras a la disco después?
Dios, estas chicas no descansan.
—No puedo, tengo una cita.
A ver, eso no lo digo a propósito, tampoco lo de la cita, porque una cita no es, caigo en cuenta hasta después cuando Benjamín por fin está saliendo y la pelirroja, Anastasia, se acerca emocionada:
—¿Una cita con quién? ¿Cuéntamelo todo? ¿Ahora hay otro no-oficial? Pero no es ese rancio de tu ex, ¿verdad?
—No es una cita romántica y por supuesto que no es él.
—¡Uf! Qué alivio.
Hasta a mí me da alivio saber que no es Benjamín; pero, en fin, yo tengo mucho qué hacer hoy y de remate no puedo salir tarde, porque Nico sí es puntual, y sí, cuando termino mi jornada él ya está en el parking.
Me deja un mensaje, pero miro el reloj y faltan dos minutos para mi horario de salida, así que tiene que esperar.
Me siento un rato y veo la historia que él mismo subió hace como dos minutos con uno de los chicos que practica Muay Thai o como se llame eso. Miro que el reloj marca las cinco en punto entonces ahora sí, agarro mis cosas y salgo.
Diviso la camioneta desde la entrada y camino hacia él no poniendo mucha atención hasta que antes de abrir la puerta la ventana del asiento trasero se abre, tremendo susto me da una vocecita que dice:
—Hola. —Por supuesto que esa no es la voz de Nico. Levanto la mirada y me encuentro con una rubiecita sonriéndome. Esta debe ser Sofía.
—Hola —le digo yo. Entonces la ventana del lado del copiloto también se abre y veo a Nico frente al volante quién hace un ademán para que me suba y voy a hacerlo, pero entonces la niña me interrumpe:
—Mi hermano tiene razón, tienes los ojos bonitos.
—¡Sophie! —Ese es Nico por supuesto, además que se ríe y Sophie, alarmada, de inmediato se corrige:
—No es verdad, mi hermano no dijo eso. —Y sigue pintando o lo que sea que está haciendo. Yo miro de Nicolás a ella y es él quien desde su lugar alcanza la manecilla de la puerta y la abre desde adentro.
—Gracias. Por las dos cosas. —Él esboza una sonrisa y me subo.
—De nada, mi pulga.
—Oye, tu hermana está aquí. —Digo, por lo de «mi pulga». Aunque yo se lo digo en voz baja, casi susurrando, la niña dice:
—Yo no escucho nada.
—¿Ya ves? —Ahora es Nico. —No escucha nada. —Mejor no voy a hablar nada con él en todo el camino. —Solo la paso dejando por la casa de mi mamá ¿Okey?
—No hay problema.
La hermanita de Nico es todo lo contrario a él, ella sí es amable y sonriente.
A mitad del camino me toca el hombro y cuando me giro me da un chocolate.
Ah, caray, yo no tengo nada para darle a cambio.
Busco algo en mi bolso y hasta en la guantera de Nico, pero no hay nada.
Ahora estoy en deuda con una niña de ocho años.
Nicolás aparca frente a una casa enorme. Es él quién baja primero y rodea la camioneta para ayudar a Sophie con sus cosas. La niña se despide de mí y después sale corriendo a meterse a la casa. Nico me dice que ya regresa, yo le respondo que sí.
Es la mamá quién abre la puerta. El jardín de en frente es grande, así que también ella corre para encontrarse con Sofía y se abrazan las dos.
A ver, la mamá de Nico parece una barbie, además de que es altísima, elegante y con un cuerpazo...
como dije antes, es muy Nico, y ni siquiera parece su mamá.
Solo por si acaso pongo su nombre en Google y sí, es ella, solo que en persona es muchísimo más guapa.
A él lo abraza con el mismo entusiasmo, además le entrega el bolso de Sofía, no sé qué es lo que hablan, pero se están riendo los dos, hasta que la niña los interrumpe y le dice algo a su mamá señalando la camioneta.
Ah, caray. No sé qué es, pero por si las moscas finjo que no les estoy poniendo atención y me concentro en mi teléfono, aunque me acuerdo de que el vehículo es polarizado, pero por si acaso.
En fin, qué suerte que eso no dura y ya Nico se está despidiendo de las dos, camina de regreso y una vez que se está subiendo frente al volante, lo escucho:
—Por cierto, te traje algo. Lo miré y me acordé de ti.
Con que salga con una estupidez...
Toma una bolsa del asiento trasero y saca una caja, me la entrega y yo la tomo con el entrecejo fruncido. Cuando la abro, lo que veo ahí me hace reír.
—¿Un cactus?
—Sí, no tienes de ese.
Entonces pone en marcha el vehículo. Ahora no solo tengo una deuda con la hermanita, sino también con él, pero ¿Qué le puedo regalar yo a alguien como Nico? ¿Un ataúd, tal vez?
—Bueno, muchas gracias.
—No es nada, «mi» pulga.