Bendito Karma CAPÍTULO 18 #2
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CAPÍTULO 18 #2

—Aunque no seamos nada, Nina. Tú sabes cuáles son mis intenciones y yo estoy dispuesto a hacer lo que sea por ti, quiero arreglar cualquier estupidez que haya hecho o dicho estos últimos días, pero tú andas por ahí tomándote de la mano con un tipo en una fiesta.

—Y tú me vas a decir a mí que no tienes con quién «tomarte de la mano» ¿Verdad?

Eso es lo digo con sarcasmo, pero él sí contesta:

—¡Por supuesto que no! —Pues yo tengo un historial de una aplicación y fotos de él con Valentina.

Bendita aplicación y bendito el día que se me ocurrió pasar por aquella calle dónde él le estaba agarrando el trasero a la novia de otro.

—¿Es que cómo se te ocurre? A mí no me interesa ninguna otra persona y tú ya andas tomada de la mano de otro hombre.

—Al menos no ha caído en cuenta de que ese es Nico.

—¿Sabes qué? Olvídalo. Olvida esta conversación.

—Sí, claro que me voy a olvidar de esta escena que estás armando. Si no quieres confiar en mí es tu problema —Dios mío, parezco un hombre—. En fin, tú y yo no tenemos nada y puedo agarrarme de la mano con quién yo quiera. Te debería una explicación si tuviéramos algo, pero no.

Suelta un bufido y de pronto suelta:

—Tú eres demasiado trabajo, de verdad.

—¿Yo qué? —Y me río. Escucho que alguien le habla, pero no alcanzo a escuchar que le dicen. Se aparta un momento el teléfono y le dice a la otra persona que ya va.

—Tengo que irme, adiós.

No espera mi respuesta, cuelga… gracias a cualquier ser divino de las alturas, pero me dejó con las palabras en la boca para pelear. Me pongo de pie y veo el mensaje de texto que me dejó Francia después de la foto «¿Ese es Nico? ¿O Samuel? ¿O quién? Cualquiera menos Benjamín, por favor»

Puaj.

Le digo que no es Benjamín y tampoco Samuel.

No menciono expresamente que es Nico, pero ahí ya tiene la respuesta, y sí que la entiende de inmediato, porque me envía un stícker cachondo y yo le escribo de inmediato:

​ «No, no, no. Con Nico, definitivamente no»

Dejo el celular sobre el colchón y me asomo al baño, no hay rastro de Nico por ninguna parte, así que puedo tomar una ducha con calma, me visto —porque ropa y productos de skincare sí tengo aquí— y me seco el pelo.

Reviso su última conexión y fue ayer. No hay historias tampoco, y salgo de la habitación, la otra está semiabierta, pero no alcanzo a ver a Nico por ningún lado.

Revisando mi celular y las mil notificaciones que tengo me voy a la sala, y es que el DJ novio de Rebecca me etiquetó en las fotografías que tomé y el tipo tiene casi medio millón de seguidores.

Estoy reposteando las fotografías cuando levanto la mirada y me encuentro a un hombre sin camisa a mitad de la sala, este también tiene tatuajes, pero definitivamente no es Nico.

Se gira de pronto causándome un susto de muerte a mí y a él mismo.

Suelto un grito, él también. Toma un cuchillo y yo uno de los nunchaku o como se llamen que están sobre el sofá de Nicolás.

Entonces el mencionado aparece, y como si nada entra y dice:

—Nina, él es Elías. Elías, ella es Nina.

Entonces el supuesto Elías se relaja y deja el cuchillo de regreso en una mesa. A mí todavía no me vuelve el alma al cuerpo ¿Por qué está un cuchillo en la mesa de la entrada además?

—Okey —dice él—. Perdón, pensé que eras una asesina en serie.

—¿Te parece alguien capaz de asesinar a una persona? —Ese es Nicolás, por supuesto, digo… ¿quién más se metería en una conversación ajena?

—¿Y qué? La mayoría de los asesinos en serie no lo parecen. —A ver, debería ofenderme. Se vuelve a mí y me dice: —Un placer conocerte, te daría la mano, pero ni siquiera sé de qué me contagiaron en la cárcel.

—Tienes amigdalitis, pendejo. —Nico, de nuevo.

—¿Estabas en la cárcel?

—Salí esta mañana.

¿Qué diablos? ¿Tenemos a un exconvicto en la sala? Pues siempre y cuando no haya asesinado personas todo bien.

—No mataste a alguien, ¿Verdad?

—No, pero ganas no me faltan.

Nico le dice que tome lugar en la banqueta que le extiende.

Veo al doctor de muertos ponerse unos guantes y preparar un medicamento para después pasarlo a una inyección.

No parece que haya salido a ejercitarse, pero lleva una camiseta y shorts.

Está hablando algo con el tal Elías y de pronto le pincha el brazo sin avisar.

Eso hasta a mí me dolió.

Una vez que termina, le pone una tapa a la aguja y la deja dentro del contenedor de basura. El tal Elías sigue ahí replanteándose la existencia y lo único que le dice es:

—¿Cuántas más de estas necesito? Mejor hazme espacio en la morgue.

—No, gracias. Tengo suficiente trabajo por ahora y no quiero más.

Nico me mira y como si algo le señalara exactamente mi tobillo golpeado, lleva su mirada a esa zona. Arruga el entrecejo y me dice:

—¿Qué es eso?

—Nada.

Su amigo se pone de pie y dramáticamente se tira bocabajo sobre el sofá de la sala. Eso no desconcentra a Nico, me está viendo el pie, debí ponerme los zapatos antes, o un pantalón más largo.

—Pues eso no parece nada.

—Solo me doblé el pie y ya.

—¿Cuándo?

—Ayer, cuándo me bajé de tu camioneta.

—¿Por qué no me dijiste?

—Me sorprende que no lo hayas notado.

—Sí lo noté, pero solo pensé que estabas caminando raro porque querías, contigo nunca se sabe.

Me extiende su mano y ni siquiera sé por qué se la tomo.

Hace lo mismo de siempre, me agarra por la cintura y me deja sobre una de las banquetas.

Inspecciona mi tobillo, y no sé qué hace, pero comienza a presionar varios puntos alrededor sin tocar el lugar donde está el morado.

Se va un momento, aunque primero toma una taza de café que estaba en la máquina y me la entrega.

Le doy un sorbo y también un vistazo al amigo de Nicolás que parece haber muerto en ese sillón.

Cuando regresa, yo le pregunto por si acaso:

—Oye, tu amigo no está muerto ¿Verdad?

¿Y qué es lo que hace Nico? Pues se acerca al sillón, lo toma de abajo y lo ladea haciendo que el tipo se caiga al suelo y ruede en el piso. Definitivamente, si no lo mató la bacteria que trae, lo hará Nicolás.

—Nah, está bien —eso es todo lo que dice.

Yo miro de él, al pobre sujeto tirado en la alfombra quién parece estar pensando que estaba mejor en la cárcel.

Vuelve a tomarme el tobillo y veo que lo que trae en manos es una pomada…

o eso parece, además se unta los dedos y comienza a masajearme el pie.

Carajo, solo es el tobillo, pero mi cuerpo parece activarse en zonas que no debería. —Vamos, te llevo a tu trabajo.

—Yo puedo irme en mi auto.

—No puedes con el tobillo así. Bueno, sí puedes en un par de horas, pero creo que no tienes tiempo.

—Y miro mi reloj. Madre mía, es tardísimo.

Me tiro de la banqueta y… carajo, sí me duele todavía, aunque finjo que no.

Aquí solo traje un par de zapatos bajos y ya no me da tiempo de ir a mi apartamento, así que es lo que usaré hoy.

Cuando salgo Nico está ahí, esperándome, y a la par está el amigo de él sobándose el cuello y ahora sí lleva camiseta.

Ambos son casi de la misma estatura, Nico un poco más alto, pero cuando vamos en el elevador me siento cómo un duende entre medio de ellos dos.

Entran más personas y yo soy la que queda más atrás…

bueno, eso hasta que Nico se ubica detrás de mí y ya no estoy apretada contra la barra del elevador…

ahora es contra su cuerpo. Cabe destacar que todo el trayecto lo hago tomada de la mano de Nico, pero esto es solo porque ellos dos caminan rápido y yo no puedo quedarme atrás.

Qué suerte que su amigo se va en otro coche y no presencia esta escena de Nico comprándome comida y yo peleándome con él para pagar.

Dios mío. Él termina pagando de todas formas, así que el camino hasta la revista es en completo silencio.

Miro el portavasos de su camioneta al mismo tiempo que aparca, solo hay un dulce y lo tomo.

—¿Crees que no sé que tomas el último dulce solo para que te lo quite de la boca?

—¿O tú dejaste solo uno para que sucediera exactamente lo que estás diciendo?

Le quito la envoltura y me lo pongo en la lengua. Nico suelta una carcajada y viéndome a los ojos, así directamente, dice:

—¿Te parece que necesito un caramelo para besarte la boca cuando se me dé la gana?

—Pues qué lástima, porque yo te iba a decir que lo tomaras.

Nico no se piensa nada, se quita el cinturón de seguridad y se me acerca, aunque yo tengo el dulce entre los labios, él lo que me da es un beso y de paso se me roba el caramelo, y el aliento también ¿Y qué es lo peor?

Que yo le correspondo, de la misma forma, me da escalofríos y se me acelera la respiración.

Carajo, estamos frente al lugar que trabajo y yo solo espero que Samuel no esté allá afuera.

Cuando se separa de mí, yo me quedo procesándolo…

pero no por mucho, no puedo darle poder a Nico.

—Era que tomaras el dulce nada más.

—Bueno, no vi que te quejaras tampoco. —Toma una tarjetita del mismo portavasos y me la entrega, parece ser información del polígono de tiro. —Me dijiste que querías aprender a usar armas ¿No? ¿Tienes planes esta tarde? Bueno, aunque tengas, cancélalos, vamos a ir al polígono.

—Ah, mira nada más, es una orden.

Esa media sonrisa que esboza Nico… madre santa.

A ver, Dios, ¿qué te hice yo para que me castigaras con Nico?

—Paso por ti cuando salgas… —Y lo siguiente que hace es tomarme la barbilla y viéndome a los ojos, agrega: —Mi pulguita.