Maeve
No pasé los cuatro días preparando discursos. No caminé de un lado a otro ni lloré sobre mis almohadas ni dejé que el miedo a Callum McCarthy me arrastrara de vuelta al lugar oscuro del que por fin había logrado salir.
En su lugar, construí cosas.
El martes, me senté en el invernadero y llamé a Lena.
Su rostro apareció en la pantalla de mi portátil con aspecto exhausto y eléctrico, como quien lleva días tirando de cafeína y ambición.
—Dios mío, estás viva. ¿Cómo estás?
Sonreí.
—De maravilla. Perfecta. ¿Y tú qué tal? ¿La cafetería?
—Nos han puesto una reseña de cinco estrellas —dijo antes de que me diera tiempo a abrir la boca—. Cinco estrellas. Del blog de comida. El del nombre horrible.
—«Edinburgh Eats» no es un nombre horrible.
—Suena a enfermedad venérea. Pero la reseña fue espectacular. Llamaron al latte de lavanda «trascendente».
—Tú no haces latte de lavanda.
—Ahora sí. Lo inventé. Soy una innovadora.
Me reí y fue extraño. Extraño pero bueno. Una risa que no necesitaba mirar por encima del hombro.
—No voy a volver —dije. Era un final triste, pero mi vida estaba aquí ahora.
El rostro de Lena se paralizó.
—Lo sé.
—No, quiero decir... la opción de comprar el traspaso es real.
Los papeles llevan semanas en mi escritorio y no los he enviado porque pensé.
.. —me detuve—. Pensé que soltar la cafetería significaba soltar a la persona en que me convertí allí.
Pero esa persona sigo siendo yo. Solo que ahora vive en una casa con demasiadas lámparas de araña.
Lena guardó silencio un momento.
—¿Eres feliz?
—Asquerosamente.
—Pues envía los papeles. Y dile a tu aterrador marido que si te rompe el corazón, conozco a gente.
—Conoces a baristas.
—Los baristas tienen acceso a agua hirviendo y todo tipo de objetos afilados. No nos subestimes.
Un cliente tocó la campana del mostrador y Lena hizo una mueca.
—Lo siento. Luego hablamos.
Colgué y me quedé sentada en la luz del sol con aroma a limón durante un buen rato.
Soltar el Highland Bean no era una pérdida.
Era cerrar un capítulo como es debido, cerrar una puerta tras la que ya no necesitaba esconderme.
La cafetería había sido un santuario cuando lo necesité.
Ahora era el santuario de Lena. Así funcionaban los santuarios.
Los encontrabas y luego los pasabas a otros.
Al día siguiente, llamé a Presley.
Esta fue más difícil.
No porque no quisiera hablar con ella. Sino porque había pasado el último año moldeándome en versiones seguras de mí misma, y Presley era la única persona que siempre había sido capaz de ver las aristas que escondía debajo.
Me había conocido en Ripon, cuando dormía con un cuchillo bajo la almohada y mentía sobre mi nombre.
Me había conocido cuando sobrevivir era lo único que me cabía en la cabeza.
Su rostro llenó la pantalla, puro pómulos afilados y ojos aún más afilados, y detrás de ella pude ver el caos familiar que era el Sr. Barney. Su cola pasando frente a la cámara, la pila de libros en la encimera de la cocina, las lucecitas que tenía alrededor de las ventanas.
—¿Dónde están los niños?
—Durmiendo. Me estoy tomando un par de horas para mí.
—¿Y tus alfas?
—Trabajando. Bueno, Etienne dice que está trabajando, pero no para de traerme tentempiés. Me está subiendo la temperatura y con esta vamos a ampliar la familia.
Chillé.
—¡Qué emocionante!
—Estás diferente —dijo de inmediato—. ¿Vas a entrar en celo?
—Hola a ti también.
Ladeó la cabeza.
—No, no es un celo. Ya no pareces a punto de salir corriendo. Es inquietante verte tan relajada.
—Porque encontré mi manada.
Las palabras salieron antes de que pudiera pensarlas.
Las cejas de Presley subieron, bajaron y se asentaron en una expresión que se esforzaba mucho por no parecer presumida.
—Tres alfas rusos.
—Rusos.
—Muy rusos. Y Bratva. Uno de ellos amenaza con cargarse la tostadora.
—Amenaza a la tostadora —parpadeó.
—Le quema el pan.
—Dile que baje la temperatura.
—¿Y eso qué gracia tiene?
Presley se rio.
—Sigues siendo malvada, Maeve.
—Sí. No he perdido el toque.
Presley se acercó más a la cámara.
—¿Me estás diciendo que te casaste por accidente con tres alfas de la mafia rusa?
—No fue un accidente. Fue... intencionado —hice una pausa—. Y técnicamente solo me casé con uno. Los otros dos vienen incluidos en el lote.
—¿Y son tuyos?
Sonreí tanto que me dolieron las mejillas.
—Caramelo, nubes de tormenta y champán.
—¿Estás admitiendo que tienes un aroma?
—Fui a matar a mi ex alfa y sus feromonas me provocaron un celo. No había tenido ninguno desde que se rompió mi vínculo. Pensé que estaba jodida.
Presley me miró fijamente durante un largo momento.
Luego echó la cabeza hacia atrás y soltó una carcajada, la misma risa escandalosa y desvergonzada que recordaba del parque de caravanas, cuando le dije que nunca me había emborrachado y ella sacó una botella de vodka del chino y anunció que iba a solucionar eso de inmediato.
—Solo a ti —dijo—. Solo a ti se te ocurre huir de un alfa y tropezarte con otros tres.
—Es un don.
—¿Es real?
La pregunta me golpeó con más fuerza de la que esperaba. Bajé la vista hacia mis manos. Estaban firmes. Llevaban semanas así, y todavía no me acostumbraba.
—Me asusta que lo sea —dije.
—Así es como lo sabes.
—Eso no tiene sentido.
—Tiene todo el sentido. Si no fuera real, solo estarías cabreada. Tienes miedo porque te importa —se recostó—. ¿Huelen como tú?
—Sí —las lágrimas me escocieron en los ojos—. De verdad son míos.
—Entonces entrégate a ellos. Deja de tener miedo y entrégate de verdad.
—Me casé con uno de ellos. Soy suya.
—Te conozco, Maeve. Recuerdo lo asustada que estabas. Apuesto a que te estás conteniendo. Díselo. Seguramente ya lo saben. Pero necesitan oírlo de ti.
—Vale.
El jueves pasé la tarde en el despacho de Artem con un abogado de la Bratva tan discreto que ni siquiera tenía nombre.
Artem me lo presentó como «nuestro asesor legal» y se marchó antes de que pudiera hacer más preguntas.
El hombre era menudo, con gafas redondas, y me guió por cada documento con paciencia.
El abogado me mostró las escrituras de la propiedad. Las protecciones legales. El apellido Petrov y lo que significaba en dieciséis jurisdicciones.
—No dependo de ellos —dije.
—No, señora Petrov. No depende de ellos. Su manada quiere una omega que se quede porque quiere, no porque no le quede más remedio.
Tragué el nudo que se me había formado en la garganta.
Quiero.
Los elegí yo. Y cuando mi padre cruzara la puerta el viernes, necesitaba que entendiera que cada decisión que había tomado desde que huí de su casa había sido mía.
Esa noche no pude dormir.
El dolor fantasma había vuelto. No era el vínculo de Finn, eso ya lo sabía, sino algo más antiguo.
El pavor helado que me provocaba un hombre que se había pasado mi infancia tratándome como mercancía.
Me escabullí del dormitorio, fui a ver cómo estaba Mac y encontré a Fergus al pie de su cuna, con un ojo abierto, el centinela peludo de guardia.
—Buen chico —salí de la habitación y caminé por la casa a oscuras hasta la guarida de la manada.
Esperaba encontrarla vacía. Pasaban de las dos de la madrugada, pero los tres estaban allí.
Artem junto al mueble bar con un vaso de whisky que no estaba bebiendo. Ivan tumbado en el sofá con un libro sobre el pecho. Gregor en la ventana, escrutando los terrenos a oscuras como si esperara que mi padre hiciera un movimiento antes del amanecer.
Los tres se volvieron cuando crucé el umbral.
—¿No podías dormir? —preguntó Artem.
—No.
Caminé hasta el sillón grande y me acurruqué en él. Ninguno se movió hacia mí. Solo esperaron. Champán, nubes de tormenta y caramelo me envolvieron, y el frío de mis huesos empezó a ceder.
—A mi padre yo no le importaba —dije. Las palabras salieron planas, ensayadas. Llevaba cuatro días practicándolas a las tres de la madrugada—. Me vendió a Finn O'Shea porque Finn le ofreció un acuerdo territorial en Belfast. Yo era moneda de cambio.
Me toqué el hombro. La cicatriz.
—Finn O'Shea —dijo Artem—. Tuvimos negocios con él.
—En Praga —dije.
Gregor se volvió desde la ventana.
—Estabas en Praga por Finn.
—Me estaba quedando sin opciones. Me dolía el cuerpo constantemente y pensaba que el vínculo seguía activo de algún modo, aunque lo había disuelto.
Luego fui a Londres a visitar a Presley y empeoró.
Lo sentía en todas partes. Descubrí que Finn estaba en la ciudad y tuve que marcharme de inmediato.
Fue entonces cuando supe que el vínculo no había muerto.
El rostro de Ivan se quedó inmóvil.
—Fuiste a Praga a encontrarte con él sola.
—No. Fui a Praga a matarlo yo sola. Sutil pero importante diferencia.
La copa de Artem se quedó suspendida a medio camino de la mesa. Gregor se volvió del todo desde la ventana.
—¿Qué? —dije, notando cómo el calor me subía por la garganta—. No me miréis así. Tenía un plan.
La voz de Ivan sonó cautelosa, como cuando intentaba decidir si reírse o gritar.
—¿Qué plan?
—Uno muy elegante que incluía un cuchillo, una salida de emergencia y, lo admito, un conocimiento limitado del callejero de Praga.
—Eso no es un plan —dijo Gregor—. Eso es un titular.
—Bueno, no lo hice, ¿verdad? Me interrumpieron tres hombres con unos pómulos de escándalo y un concepto muy agresivo del espacio personal.
Artem dejó la copa.
—Problemas con los límites.
—Me rastreaste hasta el callejón donde esperaba a Finn, y luego me seguiste hasta Escocia.
—Usaste mi tarjeta de crédito. Querías que te encontrara.
—Estaba a punto de parir y no tenía dónde acostar al bebé.
A Ivan se le torció la boca.
—Buena historia.
—Fui ingeniosa.
Artem levantó un dedo.
—Cuéntanos más sobre Finn.
La tensión de la habitación se disipó mientras les contaba lo de Finn, no como una confesión, sino como información. Como una compañera que le cuenta a su manada algo que necesitan saber antes de una pelea.