Bandeja de entrada Capítulo 26 #2
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Capítulo 26 #2

—Será mejor que siga con mi paseo. —Nerea sigue mirándome. Haría buenas migas con Claudia, estoy seguro.

Sonrío y al pasar por su lado estoy a punto de cuadrarme cual soldado. Qué pena que sea cocinera y no abogada. O negociadora. Nos vendría fenomenal para la empresa.

—Está en el granero —masculla nada más pasar por su lado. Me vuelvo. Me está mirando por encima del hombro.

—No sé qué…

—Aitana —me corta con una especie de bufido—. Está en el granero con nuestro hermano y la empresa de reformas.

Asiento, porque juro que no sé qué otra cosa hacer.

—De acuerdo. Yo… —carraspeo de nuevo—. Solo quería saber cómo tenía la mano.

Es una mentira a medias.

Nerea se da la vuelta por completo quedando así cara a cara. Sus hombros se relajan y, aunque su expresión sigue siendo seria, no parece tan dura como antes.

—Aunque Aitana se ha encargado de curar todas las heridas de nuestros hermanos —empieza a decir—, de sujetarle el codo a Diego cuando se le salió del sitio al caerse de la bici, de desinfectar cortes, de bajar fiebres con paños fríos y de vendarle las rodillas a Irene después de cada tropiezo en el jardín, cuando ve sangre, se marea.

No lo soporta. Sobre todo si es la suya.

Aunque jamás lo admitirá. Aitana es demasiado orgullosa para admitir una cosa así.

La haría sentir débil, y es algo que no soporta.

No hablo. Solo la miro.

Básicamente, porque no sé qué me quiere decir con esto. Dónde quiere ir a parar. Pero tengo claro que no ha dicho todo eso por decir.

Nerea baja un segundo la cabeza, veo cómo su pecho sube al coger aire y la vuelve a subir.

—Mañana hay una feria en el pueblo. Se recaudan fondos para arreglar el faro. El hotel participa con un puesto de tortillas y croquetas. Entre otras cosas. Deberías pasarte. Ver nuestro ambiente. Disfrutar de Ribamar.

No entiendo absolutamente nada. Aun así, asiento.

—Claro. Suena bien.

Nerea se vuelve y empieza a caminar hacia la puerta. Antes de empujarla, me echa un último vistazo.

—Además, Aitana estará allí. Se encarga de las fotos. Le encanta la fotografía. —Y dicho esto, entra en la cocina y desaparece.

Yo me quedo un rato ahí plantado sin saber qué narices ha significado esta conversación ni a qué ha venido. Intentando entender las palabras de Nerea y por qué me ha dicho todo eso de Aitana, pero no encuentro la respuesta, así que opto por regresar a mi habitación.

Aunque hay una cosa que destaca un poco sobre las demás. Nerea ha dicho que a Aitana le encanta la fotografía, y eso me recuerda los correos entre la señorita Casamayor y yo.

Parece que Leandro y Aitana podrían congeniar mejor de lo que ninguno de los dos imaginaba.

Un nuevo recuerdo relacionado con esos mismos correos viene a mi mente. Aitana odia las flores, pero no los bombones. Ni el café. Al menos no lo negó.

«Porque no llegó a contestar a Leandro».

A mí.

No me llegó a contestar a mí. Yo soy Leandro.

Me froto los ojos. Aitana me va a matar si se entera, pero no lo va a hacer. No por ahora. Pero yo necesito acercarme a ella de alguna manera. Si no puedo hacerlo como Leo, lo haré como Leandro.

Sonrío. Ni siquiera sé muy bien por qué, pero sonrío, y regreso a mi habitación. El móvil sigue olvidado sobre la mesita de noche. Lo cojo y marco el teléfono de mi ayudante. Contesta al primer tono.

—Buenos días, señor Beltrán. —Siento un pequeño aguijonazo por ese Beltrán. Un aguijonazo que sabe a mentira.

—Buenos días —saludo reponiéndome—. Necesitaría que enviaras una caja de bombones a Aitana Casamayor. La gerente de El Mirador de Ribamar.

—Por supuesto. ¿Alguna marca en especial?

Me paso una mano por la nuca pensativo.

—Algo bueno. Sin florituras absurdas, pero de calidad.

—Entendido. ¿Desea añadir algo más?

Dudo un segundo.

—Sí. Añade café. Uno bueno también.

—¿Algún tipo en concreto?

—Que no sea suave. —Sonrío—. Que sea intenso.

Me acerco a la ventana y echo un vistazo al jardín. De repente, como si la hubiera invocado, veo salir del granero a Aitana. Va acompañada de Diego y dos chicas más.

Pero a ellos apenas los registro, porque solo la puedo ver a ella. Varios mechones se le escapan de la coleta movidos por la ligera brisa que los envuelve, aunque está tan centrada en la conversación que apenas se da cuenta.

La camiseta se le ciñe ligeramente al cuerpo y tiene las manos en constante movimiento, como si necesitara hacer algo con ellas mientras habla.

En la de la herida sigue llevando el apósito que le he puesto.

Diego hace un comentario y las tres mujeres se ríen. Y mis ojos vuelan a sus labios. Y maldigo por estar tan lejos y no poder verlos bien.

Como si me leyera el pensamiento, Aitana se lleva los dedos a los labios y se los roza distraída, en un gesto rápido, casi inconsciente. Y ese gesto es suficiente para que el pecho se me tense y para que la imagen que hemos protagonizado hace un rato vuelva con más fuerza.

Para que el concepto de atracción, de pronto, haya adquirido un nuevo significado.

—Añade una rosa —indico. Los cuatro emprenden el camino de regreso al hotel—. Que sea blanca.

—Muy bien, señor Beltrán. ¿Desea incluir alguna nota?

Debería hacerlo. Sería lo lógico.

—No —me sorprendo diciendo—. No hace falta.

—¿Cuándo quiere que se lo envíe a la señorita Casamayor?

—Ya mismo.

—De acuerdo. Me encargo de todo.

Asiento complacido aunque no pueda verme. Me paso la lengua por el labio inferior. Aitana, su hermano y las dos mujeres desaparecen de mi vista.

—Gracias. —Cuelgo.

Me quedo unos segundos mirando el móvil. Puede que acabe de hacer algo que no debería haber hecho. Quién sabe. Solo sé que me muero por saber qué pasa a continuación.

Saco el portátil del armario, me siento con él en la cama y espero.