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Capítulo 26

Leo

Gael:

Así que no vienes mañana a cenar.

Leo:

¿Te he enviado a ti el correo en vez de a Claudia? Porque hace, literalmente, dos segundos que le he dado al botón de enviar.

Gael:

Las noticias vuelan cuando son importantes, cervatillo.

Leo:

¿A cuántos decibelios ha llegado el grito de Claudia?

Gael:

No sabría calcularlo con exactitud, pero han vibrado los cristales. Y creo que el ascensor ha dudado.

Gael:

Y ahora dime. ¿Por qué no vienes mañana?

Gael:

No me digas que es porque has decidido quedarte a observar el comportamiento nocturno de las gallinas.

Leo:

Prefiero la excusa de que me he quedado sin cobertura emocional para cenas familiares.

Gael:

Esa es buena, te lo tengo que reconocer. ¿Y ahora qué te parece una excusa real y plausible?

Leo:

No sabía que supieras el significado de la palabra plausible.

Gael:

Soy un pozo de sabiduría.

Gael:

¿Y bien?

Leo:

Son más de cuatro horas de viaje para una cena.

Gael:

Te recuerdo que has volado a Polonia para comer al mediodía con un cliente y a las nueve de la noche estabas cenando con otro en Madrid.

Leo:

La comida en Polonia era para cerrar una operación de siete cifras. Y sabía que los clientes se iban a presentar.

Gael:

Mamá no ha reservado en ningún balneario esta vez.

Leo:

Que sepamos. Aunque puede que se haya vuelto más creativa y haya reservado un viaje a las Maldivas.

Gael:

Yo la veo más en un resort en Suiza donde hasta el silencio esté programado.

Leo:

Lo veo plausible.

Gael:

Te ha gustado la palabra, ¿eh?

Leo:

Es pegadiza. Como La bomba , de King África.

Gael:

¿Tengo que saber quién es ese?

Leo:

A veces se me olvida lo joven que eres.

Gael:

Por mi madurez intelectual, ¿verdad?

Leo:

Eso será.

Gael:

¿Te puedo hacer una pregunta?

Leo:

Solo si con ella demuestras ese nivel de madurez del que alardeas.

Gael:

¿Seguimos interesados en El Mirador de Ribamar?

Leo:

Por supuesto.

Gael:

¿Pero en el hotel o en alguien en concreto que forme parte del hotel?

Leo:

No te sigo.

Gael:

Claro que me sigues. El que se graduó cum laude eres tú.

Leo:

Pero no sé a qué viene esa pregunta. No le encuentro el sentido.

Gael:

No te pega nada hacerte el despistado. Pero tranquilo, que yo te lo explico. Tampoco tengo nada mejor que hacer.

Leo:

Podrías decirle eso mismo a Claudia. Le encantará oírlo.

Gael:

Llevas una semana en ese hotel. No acudes a la reunión con los alemanes y te pierdes la cena del cumpleaños de mamá. Déjame que dude de los motivos por los que sigues allí.

Leo:

Te recuerdo que toda transacción, si quiere hacerse bien, requiere su tiempo.

Gael:

¿Transacción o atracción? Es que no sé si has escrito bien la palabra o el autocorrector ha hecho de las suyas.

Leo:

Disfruta de la cena de mañana. Envíame fotos.

Gael:

Solo dime si tengo que ir reforzando los ventanales de la oficina. No sé si están preparados para otro alarido de nuestra hermana.

Leo:

Dile a mamá, si la ves, que el regalo es de parte de los dos. No te atribuyas tú todo el mérito.

Gael:

Claro que sí

Dejo el móvil sobre la mesita de noche y me dejo caer en la cama con el brazo bajo la cabeza y la vista clavada en el techo. Ya me he duchado y cambiado de ropa, pero estoy por darme otra ducha de agua fría. La erección no se me baja.

Y es que no puedo dejar de pensar en Aitana. En que he estado a punto de besarla. Y ella a mí. Porque me miraba con ganas, joder. Esas cosas no se pueden ocultar.

Si su hermana no hubiese entrado…

Si hubiese tardado un poco más, habría probado esos labios que, si soy sincero, llevan volviéndome loco desde que los vi en ese descampado.

Porque lo que le he dicho no es mentira. Aitana Casamayor es la hostia de atractiva. Lo es cuando se enfada, pero cuando se muestra vulnerable…, cuando se deja ayudar, aunque sea con un simple corte, es jodidamente irresistible.

Pura tentación.

Cierro la mano en un puño al recordar el tacto suave de su piel. La palidez de su rostro al ver la sangre. El brillo en sus ojos al mirarme la boca. Mi pecho desnudo.

Jamás me he alegrado tanto de salir a correr. Ni de que me pillaran sin camiseta. Solo por volver a ver esa mirada pícara soy capaz de pasearme por el hotel en calzoncillos.

Tengo el ego igual de hinchado que la entrepierna.

El móvil vibra y no me hace falta mirar para saber que es Claudia. Con enviarme un correo no tiene suficiente.

Lo silencio y lo pongo bocabajo. Si no veo ni oigo la llamada, no hay delito, ¿no?

Me paso una mano por la cara.

Gael tiene razón. Llevo una semana aquí y no he avanzado una mierda. Lo único que he hecho ha sido corroborar que el hotel es rentable para comprarlo, arreglar una avería, comprar un lavabo y pensar en cómo sería besar a Aitana Casamayor.

Me paso la lengua por el labio inferior. He estado tan cerca que juro que casi puedo hasta saborearlo.

Resoplo y me incorporo en la cama apoyando los codos sobre las rodillas.

El correo de Claudia me martillea la cabeza como un jodido recordatorio. Como una advertencia de quién soy en realidad y cuál era mi objetivo viniendo a El Mirador de Ribamar.

Un objetivo que ha saltado por los aires. Pero solo en lo que respecta a Aitana, porque sigo queriendo comprar el hotel.

Leandro Beltrán quiere comprar el hotel.

Leo Valera quiere quedarse.

—Aitana me va a matar cuando se entere —siseo pasándome una mano por la cara. Frustrado.

Solo hace cinco días que la conozco, joder.

No debería ni importarme. Son negocios. Para mí, estos siempre han sido lo primero.

Y, sin embargo, aquí estoy, evitando las llamadas de mi hermana, ignorando las pullas de mi hermano y pensando en si Aitana se enfadaría si voy a buscarla y termino lo que hemos empezado aquí.

Me levanto de la cama y me pongo los zapatos decidido; voy a buscar a Aitana. No para terminar lo que su hermana ha interrumpido —o no de primeras—, sino para hablar. Para ver si lo de antes ha sido cosa mía o no.

Porque eso podemos hacerlo.

Suspiro. Me siento como cuando tenía diez años y me temblaban las piernas porque la chica más guapa de la clase me había pedido un boli.

Abro la puerta y salgo al pasillo. Dejo el móvil en la habitación. ¿Despiste? Va a ser que no.

Avanzo despacio hacia las escaleras con las manos en los bolsillos e intentando parecer alguien que solo está dando un paseo.

Bajo las escaleras y el murmullo empieza a colarse poco a poco; voces, pasos, el traqueteo lejano de platos. Vida.

Al llegar a recepción, me encuentro con Berta.

Está al otro lado del mostrador con esa sonrisa suya que siempre que la veo lleva dibujada en la cara.

Está hablando con una pareja de mediana edad, con la cabeza ligeramente inclinada, escuchando con atención y asintiendo de vez en cuando a lo que le dicen.

Cruzo el hall y el olor cambia. A café, a pan tostado y a algo dulce que no sé identificar, pero que me abre el estómago. Todo este olor debe de proceder de la cocina, y es ahí donde voy directo, porque ahí es donde está Aitana.

O, al menos, debería. Su hermana le ha dicho que había alguien esperándola para hablar de una reforma, ¿no?

Inspiro hondo y giro a la derecha. Me siento como un perro olfateando en busca de comida.

Nunca le contaré esto a Gel. Lo contaría en mi velatorio muerto de risa.

Conforme me voy acercando a lo que a todas luces es la cocina, el ruido de pasos, voces y utensilios que se mueven se intensifica.

No soy idiota. Sé que no puedo meterme ahí dentro como si nada.

Por lo que me acerco a la puerta con sigilo y echo un pequeño vistazo por esta, que está entreabierta.

Hay varias personas dentro moviéndose de un lado a otro.

Alguien pasa con una bandeja, otro abre el horno y otro protesta porque falta un plato.

Pero no veo a Aitana y tampoco escucho su voz.

—¿Puedo ayudarle en algo?

—¡¡Joder!! —Doy un respingo y me aparto de la puerta. Estoy como si me acabasen de pillar haciendo algo ilegal.

«Ilegal no sé, pero que has sido pillado infraganti haciendo el idiota es una realidad».

Al volverme, me encuentro con una mujer que me mira con una ceja enarcada y cara de pocos amigos.

Es la que ha interrumpido el casi beso entre Aitana y yo.

—Eh… ¿Hola? —titubeo.

Yo, Leandro Beltrán, titubeando. Ver para creer.

—Nerea, ¿verdad? —pregunto con cautela. Espero no haberme equivocado de nombre.

La mujer se cruza de brazos. Sigue con una ceja enarcada. Es que ni siquiera pestañea.

—Sí —contesta en tono serio al cabo de unos segundos. No es borde, pero sí un tanto cortante—. ¿Quería algo, señor Valera?

—Estaba dando un paseo.

—¿Por mi cocina? —El tono condescendiente hace juego con el borde.

—Huele de maravilla.

No dice nada. Ni un «gracias» o un «me alegro». No sé, algo. Se limita a quedarse ahí plantada, con los brazos cruzados, mirándome con esos ojos que, por supuesto, son muy parecidos a los de sus hermanos.

Meto las manos en los bolsillos y fuerzo una sonrisa, pero la mujer no responde a ella. Sigue seria. A la espera. Y lo que es más importante, sin pestañear.

¿Cuánto puede aguantar una persona sin parpadear? Tengo que buscarlo.

Nos quedamos callados, con la vista fija el uno en el otro, y envueltos por un silencio que, desde luego, es incómodo de narices.

Por mi trabajo, me he tenido que enfrentar a juntas directivas enteras sin que me temblase la voz, a consejos de administración dispuestos a arrancarte la cabeza ante el mínimo fallo —de esos que actúan primero y preguntan después— y a inversores que no dudan en hundirte si no les das lo que quieren.

Y en ninguna de esas situaciones me he amedrentado o sobrecogido.

Ni siquiera me he cuestionado mis acciones o me he preguntado qué demonios estaba haciendo.

Ahora, sin embargo, esta mujer ha conseguido en apenas unos segundos que me sienta un inútil, además de que esté ridículamente descolocado.

Carraspeo.

—Bueno… —me paso una mano por la nuca—, no quería molestar.

«Ni husmear en vuestra cocina como un crío de cinco años», pero eso me lo guardo.

Doy un paso al frente señalando vagamente el pasillo.