Bajo su corbata CAPÍTULO CUARENTA Y DOS
83%

CAPÍTULO CUARENTA Y DOS

La noche anterior

———

La firma era a las nueve de la tarde del doce de febrero, en un salón de estilo beaux-arts en la calle Ancha, y a las siete y cuarto de la mañana Clara Aguirre ya estaba en la segunda planta con un portapapeles, unos auriculares y una lista de cuatrocientas once cosas que aún podían salir mal.

No había dormido. Se había quedado en la cama, en su piso de Pizarrales, desde las dos hasta las cinco, con las cuatro páginas sobre la almohada de al lado; a las cinco se había levantado, había hecho café y las había leído en voz alta a la cocina, dos veces, y después se había ido al trabajo.

A las 8:40 llegó la floristería. A las 9:20 llegó del Barrio Antiguo el cajón con el panel restaurado del escaparate de 1928, y hubo que subirlo por el muelle de carga porque el montacargas estaba fuera de servicio, lo que significó once hombres,

una carretilla de mano y una buena cantidad de gritos.

A las 10:10 la película no pasó una prueba de reproducción y Clara se pasó dos horas sentada en una sala a oscuras con un montador hasta encontrar el fotograma del salto.

A la 1:40 llegaron las mesas. A las 2:50 Bibiana Santacruz recorrió la sala dos veces en silencio y luego dijo: «Mueve el atril veintitrés centímetros a la izquierda, que tapa la pantalla en la fila seis», y tenía razón.

A las 3:30 llegó la lista de prensa: cuatrocientos once acreditados. Once cadenas. Dos de ellas, en directo.

A las cuatro, Clara salió al muelle de carga a tomar el aire y se quedó de pie, con el abrigo puesto y las manos en los bolsillos, mirando un cielo de febrero; Bibiana salió, se puso a su lado sin decir nada durante cuatro minutos y luego dijo:

«Rivas está aquí.»

«¿Quién?»

«Hernán Rivas. En el consejo desde 2016. Es el que metió el subapartado del "riesgo reputacional" en la lista de diligencia debida de los Arenas en marzo.»

Bibiana miró al cielo. «Ha entrado a las dos y lleva una hora arriba, en la entreplanta, con su ayudante, y trae una carpeta bajo el brazo, y no es el orden del acto.»

«¿Cómo lo sabes?»

«Porque sé qué cara pone un hombre cuando está a punto de levantarse en el acto de otro —dijo Bibiana Santacruz—. He sido ese hombre once veces. ¿Tienes un plan?»

Clara miró al cielo.

«Sí —dijo—.»

«Bien —dijo Bibiana—. Yo también.»

* * *

Rosa Aguirre llegó a las 7:20 en una furgoneta con dos enfermeras y una silla de ruedas, y estaba, por algún accidente de la enfermedad que Clara había dejado de intentar entender cuatro años atrás, completamente lúcida.

Sabía la fecha. Sabía la ciudad. Miró a su hija, en el umbral de un salón de estilo beaux-arts en la calle Ancha, con un vestido rojo, y dijo:

«Ahí estás.»

Clara cruzó el vestíbulo en unos cuatro segundos.

«Estoy aquí —dijo—. Mamá, estoy aquí. ¿Sabes dónde estamos?»

«Estás haciendo algo —dijo Rosa—. Esta noche vas a hacer algo y te da miedo.»

«Sí.»

«¿Qué es?»

«Voy a ponerme de pie delante de cuatrocientas personas y decir una verdad sobre una mujer que murió hace sesenta años —dijo Clara—, y después voy a decir una verdad sobre mí.»

Rosa Aguirre miró a su hija durante un largo momento con la atención llana y sin sobresaltos de una mujer que había criado sola a dos hijos con el sueldo de enfermera escolar y que una vez, en 2001, había entrado en el despacho de un director y le había dicho exactamente lo que pensaba de él.

«Bueno —dijo—. Quítate esa chaqueta, no vas a llevar una chaqueta encima de ese vestido. Y no te disculpes cuando lo digas.»

«Que no me disculpe cuando lo diga.»

«Eso he dicho.» Rosa soltó el brazo de la silla y cogió la mano de su hija.

«Clara. Cuando yo ya no esté, y voy a estar sin estar mucho tiempo antes de morirme, quiero que tengas una cosa que sea tuya y no para nadie. Nunca la has tenido. Ni una sola vez. Ni la carrera, ni el trabajo, ni esta familia.»

Le apretó la mano. «Eso es todo. Ve y haz eso.»

«Mamá.»

«Estoy cansada —dijo Rosa Aguirre, con total claridad—. Me gustaría sentarme.»

Y no volvió a recordar el nombre de Clara hasta once días después.

* * *

A las 8:40, en un camerino detrás del escenario, con una bombilla fundida y un espejo con una grieta, Eloy Aguirre estaba de pie con la chaqueta que Nadia le había obligado a comprarse y no dijo nada durante un rato.

Luego dijo: «Nadia me ha contado qué hay en las últimas cuatro páginas.»

«Nadia tiene la lengua muy larga.»

«Nadia tiene la lengua muy larga y tiene razón.» Eloy miró a su hermana en el espejo. «Vas a decir su nombre en voz alta. Delante de cuatrocientos periodistas. Para que conste. En mitad de tu propio acto.»

«Sí.»

«Clara, eso es una locura.»

«Lo sé.»

«Eso es lo que acaba con las carreras. Eso es lo que todo el mundo se pasa la vida sin hacer.»

«Eso también lo sé.»

«¿Y por qué?»

Clara se dio la vuelta, dejando el espejo.

«Porque he leído una carta —dijo— escrita por una mujer que se pasó cuarenta años vendiendo lo que amaba como si fuera un regalo, y que escribió al final de su vida que se había sentido sola todos y cada uno de los días, incluidos los días en que ganó.

Y porque tengo una madre que no recuerda mi nombre, un hermano que acaba de vender cuatro mil euros en cuadros y una mejor amiga que me envió documentos a mis espaldas para salvarme de una vida que me vio construir;

y porque en once meses he visto a un hombre tirar una empresa por mí y luego no decírmelo, y llamarlo honor, y si le dejo hacer eso no va a quedar de ninguno de los dos más que un arreglo muy hermoso.»

Cogió el bolso. «Y porque tenías razón. En el aparcamiento.»

«¿Sobre qué?»

«Dijiste que solo miento con el dinero y que solo lo hago para proteger a alguien. Y dijiste que, si sale mal, te llame primero.» Clara sonrió a su hermano. «No ha salido mal. Y voy a salir ahí a decirlo.»

* * *

A las 8:52, una ayudante de producción asomó la cabeza por la puerta y dijo: «Cinco minutos, señora Aguirre.»

A las 8:54, el teléfono de Clara Aguirre vibró una vez.

Era un mensaje de un número que tenía en el teléfono desde el siete de noviembre, hacía dieciocho meses, el día en que una mujer con la ducha averiada entró en un vestíbulo con el pelo mojado y se paró en mitad de la sala para mirar un render.

G. Valera: Estoy aquí. Fila catorce. Llevo aquí desde las ocho.

Clara lo leyó dos veces.

Luego escribió una sola palabra, dejó el teléfono boca abajo sobre la mesa, se levantó y salió al escenario.

Bien.