Tres días de diciembre
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Lo que sabía el once de diciembre era esto: que Clara Aguirre no había respondido a un mensaje en diecinueve horas, lo cual no era normal; que Teo Marés había entrado en su despacho a las nueve y había dejado una carpeta sobre la mesa sin decir nada, lo cual era de lo más insólito; y que el lanzamiento del Centenario estaba a veintiún días y quedaban cuatrocientas once cosas por hacer.
Era la presentación de costes del cuarto trimestre de la división minorista, y en la página once, de la propia mano de Simón Valera, en el margen junto a una partida de seiscientos cuarenta mil euros, alguien había escrito: De acuerdo. — G.V.
Llamó a Teo.
—Quién tiene esto.
—Legal, finanzas y los auditores externos —dijo Teo—. Salió el viernes por la noche, distribución estándar. Nadie ha llamado la atención sobre ello. Nadie la llamaría, porque parece tuyo.
—Dónde está el original.
—No hay original. Hay una presentación. —Una pausa—.
Gabriel, van a auditar la cuarta división a partir del cuatro de enero.
Si la conciliación no se sostiene, esta página es la página en la que tú aprobaste la desviación, y está fechada cuatro días después de que le dijiste al consejo que ibas a dimitir.
Gabriel miró por la ventana, a la ciudad.
—Consígueme el archivo de la conciliación —dijo—. Todo. Desde 2021. ¿Y Teo?
—Dime.
—No se lo digas a nadie. Ni a Clara.
—Gabriel.
—Ni a Clara —dijo Gabriel, y colgó, y luego se quedó cuatro minutos con la mano plana sobre la carpeta, en un despacho con una fotografía de dos niños sobre un aparador, y entendió exactamente lo que acababa de hacer, y lo hizo igual.
* * *
Bajó al octavo piso a las diez de la noche.
Clara estaba allí con el plan de lanzamiento, aprobaciones para cuatrocientos dosieres de prensa y una taza con el borde desconchado, y levantó la vista cuando él entró y dijo, con una voz completamente normal:
—Me llevas mintiendo desde el martes.
Gabriel se paró a metro y medio de la puerta.
—No es verdad.
—Sí lo es. Me has dicho la verdad y no me has dicho la verdad, que con traje y corbata viene a ser lo mismo, y llevo once meses viéndote hacerlo y sé distinguirlo en unos cuatro segundos.
—Dejó el bolígrafo—. He sacado tu cláusula diez del marco y la he puesto en esta mesa, y te voy a hacer una pregunta, y quiero que recuerdes que yo soy la testigo y que no he dicho ni una sola vez en once meses una cosa que no sintiera.
—Pregunta.
—Qué pasó a las 9.40 del once de diciembre.
Gabriel la miró.
Y entonces hizo lo que no había sido capaz de hacer desde abril, y que les habría ahorrado a los dos cuatro semanas de sufrimiento y unas mil cien horas de lo mismo, y que un hombre que lleva dieciocho años cargando con cosas no hace, porque el reflejo es más antiguo que el hombre:
Se lo contó.
Todo. La página falsificada. La auditoría.
La cuarta división. El plan de subsanación de cuatro años de Simón, que él había escrito de noche en un despacho cerrado con llave y había entregado el cinco de enero.
Los seis coma cuatro millones. El hecho de que, si aquello salía mal, el hombre cuya firma aparecía en la desviación era él.
Tardó once minutos.
Clara Aguirre escuchó todo con las manos cruzadas sobre la mesa de caballete y no lo interrumpió ni una vez.
—Así que dentro de diecinueve días —dijo, al final— vas a lanzar el centésimo cumpleaños de esta empresa, y vas a entregarle la empresa a tu primo, y vas a ocupar la presidencia de la fundación, y si él enseña esa página delante del consejo vas a ser el hombre que firmó una desviación de seiscientos mil euros cuatro días antes de dimitir.
—Sí.
—¿Por qué no me lo dijiste el martes?
—Porque pensaba resolverlo antes de que tú tuvieras que saberlo —dijo Gabriel, y se oyó a sí mismo, y se calló.
Clara lo miró un buen rato.
—Di el resto —dijo.
—No hay resto.
—Siempre hay un resto, Gabriel, tú escribes nueve cláusulas a las cuatro de la mañana.
Gabriel se sentó en la otra silla.
—Llevo siendo el hombre que carga con cosas desde que tenía diecinueve años —dijo—, y hay una página en una carpeta de la última planta con una firma que no es mía, y mi primer instinto el martes por la mañana, en los cuatro segundos antes de coger el teléfono, no fue miedo por mí.
Fue alivio. —Levantó la vista—. Porque un hombre con un problema que resolver es un hombre al que no hace falta mirar.
Y yo me he pasado once meses siendo mirado por ti, y es lo mejor que me ha pasado nunca, y prefiero estar en una sala de reuniones con un documento falsificado que en esta silla siendo conocido, y eso es lo más vergonzoso que he dicho en voz alta en dieciocho años.
La lámpara zumbaba. Ahí abajo, en la calle, un camión cruzó con el semáforo en verde.
Clara Aguirre alargó la mano por encima de la mesa, cogió el bolígrafo, le dio la vuelta a la carta de 1931 para dejar a la vista el lado en blanco, escribió tres líneas y se la devolvió empujándola por la mesa.
Gabriel lo leyó.
10 (adenda, 11 de diciembre). Si hay un problema, quiero saberlo el día en que ocurra. No porque pueda resolverlo. Porque soy la testigo, y una testigo a la que se lo cuentan después es solo una persona que tuvo suerte. — C.A.
Levantó la vista.
—Fírmalo —dijo Clara.
Lo firmó.
—Bien —dijo ella, y cogió la página, la dobló y se la guardó en el abrigo—.
Ahora dame la carpeta, y mañana a las seis de la mañana tú y yo nos vamos a sentar en esta sala a leer en voz alta cuatro años de números de esa división, línea por línea, hasta averiguar qué estaba escondiendo una desviación falsificada. ¿Y Gabriel?
—Sí.
—Van a estar mirándote todo el rato —dijo Clara Aguirre—. Acostúmbrate.