Bajo nuestra lluvia de estrellas 30 Visita inesperada
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30 Visita inesperada

A principios de agosto me fui de Seven Hills.

Salí directo a la estación de autobuses después de una visita a Deirdre, que convalecía en su casa.

Estuvimos hablando, ella agradeció mi compañía durante esos difíciles días en la clínica, yo me sentí algo incómodo, pues en mi interior reconocía que decidí quedarme en parte por no defraudar a Phuong.

No era algo que le diría a Deirdre, así que me tocó aceptar el crédito por tan noble decisión, pero, en el fondo, estaba feliz de haberme quedado y más al verla bastante recuperada.

Le prometí, esa vez sin la influencia de nadie, volver antes de su operación o, en caso de ser difícil, los días siguientes.

Abordé el autobús, emocionado, apenas podía estar quieto sobre el incómodo asiento y un intenso sentimiento de añoranza se apoderó de mí, no veía el momento de volver a ver a mi amor.

Phuong me esperaba en la estación de autobuses de Albany, pues él había regresado de Nueva York dos días atrás.

Recuerdo que los últimos minutos del viaje los hice con el corazón en la boca y que, cuando el enorme transporte entró en el hangar, me puse de pie aun antes de que se detuviera, me adelanté hacia la salida sin tomar en cuenta a los pasajeros que estaban sentados frente a mí.

Enseguida localicé a Phuong en el atareado vestíbulo. Eran sobre las dos de la tarde y bullía gente, pasajeros que iban y venían, pero mi amor sobresalía sobre los demás, para mí, él brillaba con su sola presencia.

Mientras me acercaba, con una enorme sonrisa pintada en los labios, y a grandes zancadas, di cuenta de que llevaba el cabello más largo, y su tez más bronceada, y fue inevitable preguntarme si lo que él veía en mí, luego de dos meses separados, era de su agrado.

Cuando solo algunos pasos nos separaban, tuve que contenerme para no correr hacia él y lanzarme a sus brazos para robarle un beso.

Me detuve, agitado, muy cerca, con la manos dentro de los bolsillos de mis jeans en un esfuerzo por mantenerlas atrapadas, porque su piel era como un imán que las atraía, mientras me bebía el ímpetu de su mirada hambrienta que despertó cada terminación nerviosa en mí.

—Finn…

Escuchar mi nombre en sus labios por poco hizo desfallecer mis intenciones y, sin importar las personas a mi alrededor, atraerlo hacia mí para probar sus labios. Phuong también sonreía mientras me recorría de arriba abajo.

—No sabes como te extrañé, hermoso…

Nuestras miradas conectaron de nuevo, a través de ellas, sin necesidad de palabras nos comunicábamos tanto.

—Sí que lo sé, Phuong..., sí que sé… Larguémonos de aquí, porque, si no lo hacemos, no responderé de mí o de tu integridad.

Phuong respondió con una risita ahogada antes de girar, dar dos pasos y volver a girar para dedicarme otro vistazo, pues se dio cuenta de que no me había movido, atrapado como estaba bajo su influjo.

—¿Nos vamos o no?

No hice nada más que ensanchar la sonrisa y unirme a él de camino hacia el exterior.

★ ★ ★ ★

Unos pequeños besos depositados a lo largo de mi espalda me sacaron del estupor en el que me encontraba.

Nos habíamos quedado dormidos luego de un reencuentro muy intenso entre las sábanas, hacía solo unos minutos que había despertado y permanecí acostado de lado, dándole la espalda a Phuong, quién suponía que también estaría dormido.

Me moví muy poco, Phuong pasó una de sus manos desde mi cintura hacia el estómago y arrimó su cuerpo al mío, pegó su pecho desnudo a mi espalda.

Ante su movimiento, ronroneé y giré un poco la cabeza para echarle un vistazo, pero demasiado perezoso para darme la vuelta y mirarlo de frente.

—¿Por qué tan pensativo, hermoso?

Era cierto que me había mantenido callado, repasando mi accidentada estadía con mi familia, pero no era consciente de la atención que Phuong me prestaba. No deseaba que nada, ni siquiera mis pensamientos, perturbaran nuestro encuentro. Además, creía que dormía, pues se había mantenido en silencio.

—No quiero volver a Seven Hills, ni siquiera en Navidad.

Phuong acercó la nariz a la base de mi cuello para esnifar, lo que me provocó una serie de deliciosos escalofríos. No pude contener la risa mientras él profundizaba los movimientos haciéndome cosquillas.

—Lo que tu decidas está perfecto para mí, amor. Si no quieres viajar, lo entiendo —expresó minutos después, cuando nos disponíamos a meternos juntos bajo el agua de la ducha. Yo no esperaba menos de Phuong y lo abracé con fuerza contra mi pecho.

Recuerdo los meses posteriores como un periodo de tranquilidad dentro de la, en ocasiones, demandante vida universitaria, y son recuerdos que atesoro en mi memoria.

La relación entre nosotros era la unión perfecta de amor, pasión, confianza y compromiso aderezada con la felicidad que nos provocaba estar juntos.

Phuong y yo apenas nos separábamos, era más el tiempo que yo pasaba en el apartamento donde vivía con Daisy que en la residencia Roosevelt, y en más de una ocasión hablamos sobre la posibilidad de dejar el complejo de vivienda estudiantil para mudarme con él.

La relación con mi padre se quedó en un punto muerto, no existía ningún avance a favor, de su parte o de la mía.

Llamaba a la casa para hablar con mamá cuando sabía que él no se encontraba, escuchaba sus lamentos por el distanciamiento entre papá y yo, y sus quejas por el comportamiento rebelde de Darcy.

Por esa época había desarrollado un tipo de fobia al recuerdo de su voz que venía acompañada de reclamos. En mi mente estaba convencido de que mi padre conocía lo que sucedía entre Phuong y yo, y admito que, por esos días, la posibilidad llegó a avergonzarme.

Demás está decir que fue algo que jamás compartí con Phuong.

Mamá tampoco desaprovechaba la oportunidad para casi rogarme que los visitara en Navidad. Yo evitaba darle una contestación directa.

También me comunicaba con Deirdre, lo hacía casi cada semana. Su salud se había mantenido estable y, en su futuro bastante cercano, se encontraba la operación que tanto necesitaba.

Las festividades llegaron y mantuve mi propósito de no ir al pueblo que me vio nacer, aunque aquello perturbó bastante a mamá, pero más pudo la grima a volver que el compromiso maternal.

El mil novecientos noventa y uno comenzó para nosotros en Nueva York, con bajas temperaturas avivadas por fuertes ventiscas, que los primeros días del año nos mantuvieron bien abrigados y juntos bajo las mantas.

Con el nuevo año llegó al fin la intervención quirúrgica de Deirdre, que habían retrasado porque, según me explicó, algunos valores de los laboratorios del seguimiento que le hacían cada mes continuaban descontrolados.

Era una intervención de cuidado practicada en uno de los hospitales que por aquella época gozaba con muy buena reputación, y de los más conocidos de Nueva York, especializados en condiciones del corazón.

Como le prometí a Deirdre, hice todo lo posible por estar a su lado, y estuve allí días antes de la intervención, aunque tuve que regresar a Albany el mismo día de la operación, pues no podía tomar más días libres de mis clases.

La recuperación de Deirdre fue exitosa y, luego de un mes hospitalizada, regresó a Seven Hills. Cada vez que hablábamos me preguntaba cuándo iría a visitarla y yo, como hacía con mi madre, le daba largas al asunto.

La vida transcurrió entre la vida universitaria, las salidas a divertirnos de vez en cuando y los compromisos laborales, Phuong consiguió un trabajo de medio tiempo fuera del campus en una librería, mientras que yo, opté por conservar el trabajo en las oficinas de registro de la universidad.

Meses después llegó el final del año universitario y principio de un verano que prometía ser candente.

Aunque mi residencia oficial seguía siendo el edificio estudiantil, pasaba más tiempo en el apartamento donde vivían Phuong y Daisy, incluso las noches.

Me encantaba despertar con Phuong a mi lado y disfrutaba muchísimo de perturbar su descanso con atrevidas caricias y besos húmedos, pues era habitual que fuera yo el primero en abrir los ojos.

Recuerdo una mañana en específico, esa en que se dieron las primeras circunstancias que amenazaron con destruir nuestra relación.

Phuong tenía el turno de la mañana en la tienda de libros, yo había despertado primero; por lo general, no necesitaba la ayuda de un despertador, pues, desde siempre mi cuerpo parecía estar acostumbrado a madrugar,

solo en contadas ocasiones en que me iba a dormir tardísimo mi reloj biológico fallaba.

Esa mañana, como tantas otras veces, me dediqué con caricias y besos a sacarlo de la inconsciencia, y pronto estábamos retozando sobre el colchón, sin que ninguno de los dos quisiera alejarse del otro.

—¿Por qué no llamas y te excusas? —Estábamos de costado y de frente, yo acariciaba con los dedos de una de mis manos sus cabellos, mientras él permanecía con los párpados cerrados con una sonrisa en los labios—. Te prometo consentirte todo el día… no seas malo, no me dejes aquí solito, amor…

Me arrimé más a su cuerpo desnudo, llevé uno de los brazos a su cintura y la pierna sobre una de las suyas, para mantenerlo atrapado. Phuong estalló en carcajadas y yo con él, se acomodó y llevó los brazos alrededor de mi cuello.

—Quisiera complacerte, pero sabes que hoy toca inventario y, si no voy, de seguro tendré problemas con Edna. —Por muchas razones, Phuong pensaba que no le caía bien a esa mujer, su supervisora; aunque, las pocas veces que la vi, se mostraba muy simpática con él—. No quiero que me llame la atención.

Dejé escapar un sonoro suspiro y lo dejé ir, no antes de robarle un beso.

Phuong salió de la cama y se paseó desnudo por la habitación, buscó su ropa interior en los cajones y en el gancho en la puerta, la toalla.

Desde mi posición, con la espalda apoyada en el respaldo de la cama y los brazos cruzados detrás, mis ojos no perdían ninguno de sus movimientos, mientras pensaba en lo suertudo que era al tener su amor.

«Amo a este hombre hermoso».

Solo cuando sentí sobre mi cabeza el sutil golpe de unos calcetines enrollados que Phuong me lanzó, volví a la realidad.

—Tierra llamando a Finn… ¿me copias?

Él, con la toalla amarrada a la cintura, estaba a punto de abrir la puerta del cuarto e irse a tomar su ducha matutina.

—Te amo.

—Yo te amo más, hermoso.

Phuong dejó la habitación y, contrario a lo que hubiese hecho algún otro día, por ejemplo, levantarme e ir a la cocina a conectar la cafetera, volví a acostarme y, en segundos, me sumí de vuelta en la inconsciencia.

Me desperté desorientado sin tener idea inmediata de donde me encontraba, pero pronto recordé a Phuong salir del cuarto para darse una ducha antes de vestirse para ir a trabajar.

Dirigí la mirada sobre el reloj despertador encima de una de las mesitas esquineras, que marcaba las nueve y veinticinco minutos de la mañana, más o menos veinte minutos después de que él saliera del cuarto.

Me incorporé y, en ese preciso instante, escuché que llamaban a la puerta del apartamento, seguido de pasos y el casi imperceptible chasquido de la puerta principal cuando la abrían.

—¡Sorpresa! —No fue solo la palabra, sino la conocida voz que la pronunció lo que hizo que me levantara de la cama como tirado por un resorte, desnudo y con los ojos desorbitados.

—¡Darcy, qué sorpresa verte aquí!

Phuong pronunció la frase alto y claro, para que yo la escuchará, y sin ocultar no solo el asombro ante la inesperada visita, sino con toda la situación,

mientras que yo me daba prisa en vestirme con la mente aún adormilada y trataba de procesar las circunstancias de la manera más silenciosa posible, para no delatar mi presencia.

¿Qué rayos hacia Darcy allí?

Por un momento me pregunté si algo malo le había sucedido a nuestros padres, pero su tono de voz alegre y entusiasta hizo que descartara esa posibilidad.

Entonces, de inmediato, supuse que su presencia allí de seguro se debía a un acto de rebeldía.

Mamá ya me había hablado sobre la actitud retadora de Darcy y, por primera vez, pensé en lo que haría si mi hermana decidiera quedarse en Albany.