Bajo nuestra lluvia de estrellas 9 Verdades absolutas
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9 Verdades absolutas

Phuong se movió al ritmo de la música, mientras yo lo recorría de pies a cabeza con la mirada, hipnotizado no solo con el sensual baile, sino con su hermoso cuerpo, delgado y de apariencia ágil.

En todo momento fui consciente de que debía hacer lo correcto, marchar hacia atrás y alejarme, pero al mismo tiempo sentí que no podía apartarme de la puerta, cerrarla con cuidado y volver sobre mis pasos.

Una y otra vez, durante esos segundos, lo único que pude hacer fue repasarlo, consciente de que la imagen de su cuerpo desnudo se adhería a mis pupilas, mientras hacía estragos en mi entrepierna, y sabía que me sería muy difícil, sino imposible, borrarla.

No recuerdo si fue que me recosté en la puerta, lo que pudo provocar algún ruido inoportuno, o quizás que dejé escapar en contra de mi voluntad un gemido, entre sorprendido y extasiado, en tanto mi corazón perdía el ritmo, pero lo cierto fue que mi compañero de habitación se detuvo de pronto…

y supe que había sido descubierto.

De un segundo a otro puso la atención sobre mí, su mirada oscura que no me di tiempo a leer, aunque sí había podido escuchar el fuerte jadeo que brotó de su garganta al tiempo en que, con un movimiento rápido, se agachaba y tomaba la bata de baño a sus pies.

—Lo siento...

La disculpa abandonó mis labios, pero había sido un débil intento, y me giré inseguro de que me hubiese oído siquiera, aunque decidido a huir. En ese momento, no pensé que tuviese otro curso de acción, pues estaba convencido de que no era una situación agradable para ninguno de los dos.

No recuerdo si cerré bien la puerta, o con quién estuve a punto de chocar cuando enfilé por el pasillo a las carreras.

—¡Oye, amigo, ten más cuidado!

Esquivé de frente a uno de mis compañeros de residencia, mientras otro, el del reclamo, me esquivaba a mí.

—Lo siento...

—¡Finley!

Escuché mi nombre, sin embargo, no me detuve; al contrario, apuré el paso y bajé la escalera como un poseso.

Una parte de mí quería detenerme, volver a disculparme por mi descuido; pero, la otra, la que me dominó en todo momento, esa que era consciente del dolor que sentía en mi entrepierna y de ese desasosiego que me abarcaba la mente, me urgió a huir.

—¡Finn!

Los gritos de Phuong se apagaron en cuanto abandoné la residencia y la pesada puerta volvió a su marco, pero yo no me detuve, continué la carrera hasta que estuve bastante lejos.

Poco a poco el agobio disminuyó, junto con los latidos de mi corazón y la urgencia de correr sin parar.

Jamás me había sentido así antes. Fue entonces que una incómoda sensación de ridiculez se me instaló en el pecho.

Palabras como «pueblerino», «ignorante» y «mojigato» se instalaron en mis pensamientos, mientras caminaba y me mezclaba con el estudiantado.

Sin embargo, pronto fueron reemplazados por los vívidos recuerdos de lo que vi en la habitación, de Phuong y, sobre todo, la seguridad de lo atrayente que fue para mí.

Volví a terminar con el rostro al rojo vivo, mientras experimentaba lo que yo llamé pequeñas explosiones de placer en mi vientre bajo.

Demás está decir que no pude concentrarme en ninguna de las clases que tomé ese día.

No recuerdo mucho más, solo retazos de mis emociones, como el susto que experimenté cuando vi a Phuong de lejos.

Me comportaba como un puberal asustado, me escondí detrás de una columna y, de vez en vez, atisbaba hacia el lugar donde lo había visto.

Repetí el movimiento hasta que estuve seguro de que Phuong ya no estaba cerca.

Luego de eso, volví a sentirme como un idiota, nuestro encuentro era algo inevitable, al menos de que me fuera a dormir a un hotel, pero esa lógica no evitó mis intentos de evasión.

Me apresuré a llegar a la habitación. Planeaba darme una ducha y cobijarme hasta la cabeza, mi meta era que Phuong creyera que dormía y así evitar interacciones que no sabía cómo manejar.

Me acosté de espaldas y también con la mirada clavada en el techo de la habitación, giraba de vez en cuando hacia un costado y hacia el otro, suspiraba de frustración cuando mis pensamientos volvían una y otra vez sobre lo mismo.

No solo pensaba en lo sucedido, sino en algunos detalles que yo, hasta ese día, había preferido mantener al margen y que ahora me llenaban la mente.

Detalles como las veces en que había sorprendido a Phuong mirándome cuando pensaba que yo estaba concentrado en algo, como leer o dibujar, y que no me percataría de su interés.

Fue esa tarde, en la que acepté lo mucho que me gustaba Phuong, que me atraía con tanta fuerza e intensidad que me causaba temor, que sentí una sensación que jamás había experimentado.

Phuong me hacía sentir tanto en tan poco tiempo, que me asustaba.

Sensaciones incomparables con lo que Deirdre alguna vez provocó en mi.

Esa tarde, inquieto e incapaz de controlar mis pensamientos y los estragos que comenzaban a hacer en mi cuerpo, me dejé llevar por la excitación y por primera vez me doblegué a los deseos más íntimos, esos que me acecharon durante todo el día,

me masturbé mientras rememoraba la hermosa desnudez de mi compañero de cuarto.

Fue como subir hasta la cima de una montaña para entonces dejarme caer, conseguí el explosivo alivio en un espontáneo y fuerte gruñido.

Agotado, me hice a un lado, con el rostro hacia la pared y me tapé con la gruesa manta que tenía sobre la almohada hasta la barbilla.

—Finley...

Phuong pronunciaba mi nombre, sentía su aliento cálido sobre mi mejilla.

—Finley...

Me paralicé, no quería hablar con él, no me sentía preparado, mucho menos lo necesitaba tan cerca. La absurda idea de que él se diera cuenta de que me había dejado arrastrar por el deseo me comenzó a molestar. Contuve la respiración cuanto pude.

—No ha pasado nada que no se pueda remediar, Finley, solo olvídalo. Después de todo, no viste nada que no vieras antes.

Phuong dejó escapar unas risitas, su aliento me provocó cosquillas en la piel.

—El verdadero problema de todo esto es que te hubiese gustado lo que viste. ¿Te gustó, Finley? ¿Te gustó verme desnudo?

Las suaves carcajadas de Phuong pasaron a ser casi agudos chillidos que amenazaban con atravesarme el cráneo. Agitado, me incorporé sobre el colchón, con la intención de apartarlo, junto con la gruesa manta que me cubría, me sentía sofocado.

La habitación se encontraba en penumbra y, cuando focalicé a un lado de la cama donde se suponía que debía estar Phuong, no vi a nadie. Poco a poco, mi agitada respiración se calmó mientras se daba me daba cuenta de que se trataba de una pesadilla.

Hasta mis oídos llegó el suave ronquido de mi compañero de cuarto, achiqué los ojos para ver mejor hacia la cama donde Phuong dormía plácidamente.

Me llevé una de las manos al rostro al sentir una leves punzadas en los laterales, era el comienzo del dolor de cabeza.

Me pasé algunos minutos sentado antes de ir al baño para descargar la vejiga y aproveché para darme una ducha. Traté de no hacer ruido cuando regresé a la cama, Phuong todavía dormía. Me costó volver a conciliar el sueño, los retazos de la pesadilla aún estaban vívidos en mi psiquis.

En la mañana, desperté gracias a los ruidos en el pasillo de la residencia.

Mi reloj biológico me había fallado en esa ocasión por primera vez en años.

Phuong ya no estaba en la habitación. Con prisa, me vestí con lo primero que encontré y abandoné la residencia veinte minutos después.

Aun así, no pude asistir a la primera clase de ese día.

El resto de la mañana lo pasé en la biblioteca, aunque fue mayor el tiempo que pasé con la mirada perdida que leyendo o estudiando. En la tarde, solo asistí a una clase, dejé colgada la última antes de enfilar hacia la residencia.

Comenzaba a extrañar a Phuong y nuestras interacciones. Decidí que lo sucedido se trataba de una bobada, aunque había servido para hacerme ver lo que tanto me había empeñado en ignorar.

Mis pasos me llevaron directo a la habitación que compartía con el asiático, ese que me ponía nervioso, pero también me hacía reír y reía conmigo. El que escuchaba mis desvaríos y al que yo también le servía de escucha.

El dueño de unos hermosos ojos rasgados, expresivos y hambrientos que, cuando los miraba, parecían prometerme el universo.

Creo que nunca tardé tan poco en el trayecto del campus a la residencia. Cuando llegué, subí a toda prisa la escalera, atravesé el pasillo sin pausa. Con el corazón galopante, abrí la puerta de la habitación, seguro de que encontraría a Phuong, pero no fue así.

Todavía no eran las cinco de la tarde. Después de bañarme, intenté leer un poco, aunque hubiese preferido tener un televisor donde ver alguna película para tratar de distraer la mente, pues la lectura no me ayudaba.

Cerré el grueso libro. En el exterior, la oscuridad casi era absoluta, y yo me había pasado casi tres horas pendiente del mínimo ruido de pasos o voces en el pasillo, a la expectativa del regreso de Phuong.

En realidad, no sabía cómo podría mirarlo de frente sin sonrojarme o como le hablaría sin parecer vacilante, pero solo deseaba verlo, saberlo dormido en la cama frente a la mía, escucharlo respirar o incluso ver cómo sacaba la punta de la lengua cuando se concentraba en sus estudios.

Cansado, con una tensión en el cuello que hacía mucho no experimentaba, me puse de pie. No había cenado y el hambre comenzaba a hacerse notar a través de molestos ruidos estomacales.

Me decidí a salir y caminar hasta la tienda de conveniencia. A esa hora no estaba seguro de encontrar algo más abierto donde comprar algo de comer. Agarré mi pequeña cartera de bolsillo y caminé los cuatro pasos cortos que me separaban de la puerta.

Justo entonces. Phuong entró y nos topamos de frente.

Por instinto. yo retrocedí y vi que él hizo lo propio.

En un instante, me desubiqué, volví a sentarme sobre mi colchón y dejé a un lado las intenciones de salir.

En todo momento evité mirarlo de frente, aunque era muy consciente de su presencia y sus pasos por el dormitorio después de cerrar la puerta.

Fue como retroceder en el tiempo, pues volví a tomar el grueso libro entre las manos, lo abrí y comencé a fingir que leía, mientras, de reojo, no perdía detalle de los movimientos de Phuong.

El asiático sacó un bulto del armario. Se trataba de uno de los que trajo con ropa cuando se había mudado. Pude ver que descorría la cremallera y lo colocaba sobre el colchón antes de moverse al armario donde guardaba parte de su ropa.

Sus actos me lo dejaban todo claro: Phuong planeaba irse de viaje y esa certeza me llenó de ansiedad. Necesitaba saber si era así, con quién iba y hacia dónde, aunque la realización de lo anterior aumentó mi nerviosismo.

Yo no tenía derecho o razón para averiguar que hacía Phuong con su vida, con quién salía y mucho menos cuál era su destino, pero mi necesidad era superior a la lógica de mis pensamientos.

La idea de que Phuong hubiera decidido dejar la residencia anidó en mi cabeza y me llenó de temor, mientras oía al chico silbar mientras acomodaba algunas prendas dentro del bulto.

—¿Te vas de viaje?

Después de hacer la pregunta, pensé que lo había dicho tan bajito que Phuong ni siquiera la había escuchado, pues el asiático continuó con lo que hacía y no pareció estar al tanto de ella.

—Sí, me voy a la ciudad, a Nueva York.

Dejé el grueso libro a un lado y puse la mirada sobre su espalda.

—¿Recuerdas que te comenté que las gemelas cumplían años en noviembre? Pues ya llegó el gran día, la fiesta es el sábado y no puedo faltar.

Sus palabras aplacaron mis temores, Phuong no se iba de la residencia, solo viajaría para asistir a la fiesta de cumpleaños de las chicas.

Frenó sus actos, se giró y se dejó caer al lado del bulto sobre el colchón. Nuestras miradas se encontraron y una sonrisita se pintó en sus labios.

—¿Qué es peor que conseguir un regalo para una chica de diecisiete años, Finley?

Aquella pregunta era lo menos que esperaba.

—No lo sé.

—Conseguir dos...

Phuong se echó a reír de su propio chiste, mientras yo, pasmado, no dejaba de mirarlo.

—Ayúdame con eso, Finley, me estoy volviendo loco porque no sé qué regalarles a mis hermanas. Los vietnamitas solemos regalar dinero en efectivo, pero esta vez quiero darle algo especial. Tú tienes una hermana casi de la misma edad de las gemelas...

Estaba seguro que la relación de mi amigo con sus hermanas era muy diferente a la mía con Darcy.

—Mi madre siempre se encarga de esas cosas, Phuong. Además, por lo que me has contado, sospecho que Darcy y tus hermanas solo tienen la edad en común.

Phuong dibujó un gesto de sufrimiento, mientras juntaba sus manos al frente en un gesto de súplica.

—Tendría que conocer a las gemelas para tener al menos una idea de lo que les gusta.

—Perfecto. Ven conmigo a Nueva York mañana, las conoces y el sábado durante el día me acompañas a comprarle algo bonito.

Por unos segundos me quedé en el limbo, con la mente en blanco, incapaz de contestarle. Ni siquiera creía haber escuchado bien su invitación. Mis pulsaciones acrecentaron en tanto la excitación ante la perspectiva de conocer la maravillosa ciudad al lado de Phuong me recorría las venas.

—A Nueva York...

Apenas podía disimular la alegría que poco a poco se me acumulaba y se proyectaba sobre mi rostro a manera de rubor.

—Sé que deseas conocer la ciudad y ¿qué mejor compañía que la mía? Un auténtico ciudadano, nacido y criado en Brooklyn. Te garantizo un fin de semana espectacular, Finley.

No podía negarme, Phuong lo sabía y yo también.

—Vamos, admite que la idea te encanta.

Los rasgados ojos oscuros de Phuong volvían a incidir sobre mí, con esa mirada intensa y expresiva que tanto me descolocaba.

Y, en contra de lo precavido o de la cautela con que se supone debía actuar para mantener mi tranquilidad mental, acepté la tentadora invitación mandando lejos la prudencia que me caracterizaba.