8 A punto de hacer cortocircuito
Mediados de octubre
Las primeras semanas desde el inicio de clases las recuerdo con emoción, pues todo lo que me rodeaba era novedad para mi, y también como un periodo de adaptación.
El otoño se había apoderado de Albany, las altas temperaturas de verano dieron paso a días ventosos, bastante nublados y frescos donde el crepúsculo caía temprano, y el amanecer tardaba en mostrarse.
Protegido con mi viejo abrigo asistía a clases cuatro días a la semana, despertaba muy temprano, como era costumbre, y dejaba el cuarto antes de que mi compañero ni siquiera despertara.
Phuong y yo casi no coincidíamos en el campus, sin embargo, eso no quería decir que estuviésemos distanciados, al contrario, nuestra amistad fue creciendo.
No fueron pocas las ocasiones en que él, Daisy Jane y yo nos reuníamos los sábados para un almuerzo tardío, ir de compras, al cine y en ocasiones a actividades extra curriculares en la universidad.
Cuando Daisy Jane retomó su relación amorosa con Barry, entonces solo éramos Phuong y yo.
Uno de los pasatiempos de mi compañero de cuarto resultó ser la fotografía y no tardó en hacerse con una cámara profesional en una tienda de segunda mano, estaba en muy buen estado y a excelente precio, e insistirme en que fuera su modelo.
Al principio puse objeción, mi timidez natural me impedía verme como el protagonista de las fotografías que el asiático planeaba tomar y que eventualmente formarían parte de su portafolio.
Sin embargo, demás está decir que cedí y disfruté de esas tardes de principios de otoño como modelo de aquellas fotografías enmarcadas por altos árboles con sus hojas pintadas de amarillo mostaza y burdeos.
Phuong no tardó en comenzar a armar un portafolio casi en su totalidad con aquellas fotos, y muchas veces nos sentamos a mirarlo desde el principio, mientras comíamos pastel de zanahoria.
Ambos estuvimos de acuerdo en que, con cada fotografía, la mejora era evidente, tanto del fotógrafo como del modelo.
Entre risas solíamos bromear, en tanto yo le decía que podía dedicarse a la fotografía profesional y olvidar la carrera de derecho, Phuong insistía en que yo debiera dedicarme al modelaje y echaba a un lado mis intenciones de llegar a ser farmacéutico.
Con el paso de las semanas, pasamos de ser excelentes compañeros de cuarto a buenos amigos, y podíamos hablar casi de cualquier cosa.
Recuerdo que él solía contarme sobre Miles, me aseguraba que ya no se veían y luego de un tiempo mi nuevo amigo comenzó a preguntarme si ya me había convencido de que había superado a su ex.
Phuong solía fastidiarme con eso, mientras yo sacudía la cabeza con vigor, no muy convencido.
En la actualidad no son pocas las veces que me pierdo en los recuerdos de aquellos días antes de que nuestra relación cambiara. Y a veces me pregunto si nuestra sencilla amistad hubiera sido duradera, de esas que trascienden las épocas.
¿Cómo se hubieran dado las cosas si, en el camino, no hubiesen nacido sentimientos fuertes e intensos entre nosotros? Si no nos hubiésemos enamorado.
Sé que, desde que me conoció, Phuong sintió atracción hacia mi, él mismo me lo había dicho tiempo después, pero también me confesó que, desde el minuto cero, se esforzó por cambiar las cosas y sacar de su mente ideas absurdas, como él las llamaba, sobre un acercamiento romántico entre nosotros.
Phuong decía estar seguro de que jamás de los jamases tendría una oportunidad romántica conmigo.
En mi caso, las cosas se dieron poco a poco, a un ritmo pausado, lleno de dudas y negación.
La atracción física siempre estuvo ahí, pero por mucho tiempo yo la mantuve a raya, me esforzaba por ignorarla.
En el fondo, temía aceptar mis verdaderos sentimientos por Phuong, pues eso abriría un abanico de sensaciones y deseos que no sabía si estaba preparado para enfrentar.
Dicen que recordar es vivir, y esa frase que antes no tenía ningún significado para mi, en el presente se ha convertido en mi mantra.
Me gusta recordar lo nervioso que estaba cuando veía dormir a Phuong con las sábanas casi enrolladas sobre su cintura, exponiendo su pecho lampiño y piernas velludas.
O, en circunstancias parecidas, cuando mis ojos tenían voluntad propia y, divididos entre la incomodidad y la curiosidad, se deslizaban desde su rostro en descanso, a lo largo de su cuerpo, sobre esa piel aceitunada de apariencia suave al tacto.
También existen recuerdos no tan gratos como cuando, luego de experimentar ciertos exabruptos libidinosos, corría a llamar por teléfono a Deirdre ansiando escuchar su suave voz con la que me decía cuánto me quería y lo deseosa que estaba de volver a verme.
Luego solía evitar por varios días estar a solas con Phuong.
Algunos días fingía dormir temprano, otros alargaba mi estadía en el baño hasta que él ya estuviera en la cama.
Y, entre quitarle importancia a la inquietud que la sola presencia del asiático levantaba en mi espíritu, y mi afán de pasar por alto las señales de que no todo era negro o blanco,
hubo una ocasión que se convirtió en el detonante para liberar en mí ese cúmulo de emociones y deseos que vivían ocultos, que acechaban la oportunidad para hacerse sentir, de hacerme sentir a mí.
Cuando traigo ese recuerdo en especial a mi mente, una sonrisa traviesa se me instala en los labios, mientras retazos de esa nublada mañana de principios de noviembre toman el control de mis pensamientos.
Contrario a los demás días, esa mañana salí bastante apurado de la residencia, pues planeaba pasar por la biblioteca a consultar unos datos antes de ir a clases. En esos años, los libros de textos y las enormes enciclopedias eran las mejores fuentes de sabiduría.
Recuerdo que la noche anterior me había quedado despierto hasta tarde para estudiar algunas fórmulas de la clase de farmacología básica y que todos mis apuntes los tenía en una carpeta, apuntes que necesitaba repasar para un examen corto que tomaría justo en la segunda clase del día.
Con la prisa había olvidado la dichosa carpeta sobre el escritorio y fue cuando estaba muy cerca de la universidad que me di cuenta de mi gracia.
Contrariado, regresé sobre mis pasos a la residencia, me crucé por el camino, en sentido contrario, con bastantes estudiantes, apurados, muchos de ellos compañeros de residencia.
Subí la escalera y esquivé a varios chicos que casi corrían en dirección contraria.
Sin embargo, cuando estaba a punto de llegar de frente a la puerta de la habitación que compartía con Phuong, ralenticé mis pasos.
Fue algo que no pensé. De pronto, la prisa que tenía pasó a un segundo plano.
Con una de las manos sobre el picaporte de la puerta, tuve conciencia de dos cosas: la música proveniente del interior del cuarto y del inexplicable aumento de mis pulsaciones, tuve una extraña sensación de anticipación.
Supe que debía tocar antes de entrar a la habitación, hacer conscientes de mi presencia a la persona o las personas dentro, pero fue una de esas ocasiones en que me dejé llevar por un impulso y, echando a un lado la educación, abrí la puerta, que no estaba asegurada por dentro, con sumo cuidado.
En esos segundos en los que tardé en separar la puerta del marco y atisbar al interior, recuerdo que tuve la seguridad de que me encontraría a mi compañero de cuarto acompañado de su exnovio, aprovechando mi ausencia, y esa imagen hizo que frunciera los labios en un rictus de enojo.
Sin embargo, jamás imaginé que sería testigo, como un vulgar voyerista, del sensual baile de Phuong, con su impoluta bata blanca de toalla, y mucho menos, cuando, completamente ajeno a mi presencia, el asiático había desatado el flojo nudo que la ataba a su cintura,
mientras balanceaba las caderas y comenzaba a dejar que la prenda se deslizara desde sus hombros hasta el suelo.
Ver en todo su esplendor la desnudez de Phuong, me dejó sin aliento y con la sensación de que en cualquier momento mi cuerpo podría hacer implosión.