Bajo nuestra lluvia de estrellas 6 El borracho siempre
22%

6 El borracho siempre

dice la verdad

Me encontré de frente con Phuong y enseguida noté que mi compañero de cuarto estaba ebrio, como la mayoría de personas alrededor. Apenas podía mantener el balance, mientras caminaba los pocos pasos que nos separaban.

El asiático casi se me echó encima al tropezar con sus propios pies, yo levanté las manos al nivel del pecho para frenar la colisión, lo logré a medias y evité que fuéramos a dar al suelo, pero Phuong y yo terminamos muy juntos, nuestros rostros muy cerca,

ambos respirábamos algo agitados sobre la piel del otro.

—¿Dónde estabas?

Nos miramos de frente, a los ojos.

—He estado aquí afuera casi todo el tiempo.

No era la verdad, pero preferí obviar la parte en que me encontraba en aquella habitación como testigo de su encuentro con Miles.

—He bebido demasiado.

El asiático se alejó varios pasos de mí.

«Y deprisa», pensé, porque no me pareció que Phuong estuviese ebrio cuando lo vi con Miles en la sala de juntas.

—Nunca lo hago. No sé qué me pasó.

Ante eso tampoco quise exteriorizar mis pensamientos.

—Creo que es hora de ir a casa, ¿dónde está Daisy Jane? La buscaré y nos iremos.

—Daisy está muy ocupada con Barry, su ex...

—¿Y quién la llevará a su apartamento?

Daisy, a diferencia de nosotros, que nos hospedábamos en una de las residencias de la universidad, alquilaba un apartamento privado con dos chicas más.

—Probablemente Barry, si no es que se van para otro lugar. Tú me entiendes, ¿verdad, Finn?

Opté por no decirle que no estaba seguro de entenderlo. Phuong se echó a reír de manera bastante escandalosa, mientras yo me masajeaba la nuca con una de mis manos.

—Dame las llaves del auto. En las condiciones que estás, no puedes manejarlo.

No era la primera vez que lidiaba con borrachos y sabía lo impertinentes que podían llegar a ser. En el pueblo me había topado con algunos y no en pocas ocasiones tuve que intervenir para evitar que su comportamiento tuviera malas consecuencias, como peleas con botellas de cristal incluidas.

—No voy a dejarte manejar mi hermoso carro.

—Tendrás que hacerlo, no puedes manejar.

—Claro que puedo.

Sin embargo, su balance no fue de acuerdo con su afirmación. Phuong volvió a tropezar, y yo lo pude sostener a tiempo para evitar que cayera.

—Creo que tienes razón...

Una tímida sonrisa de disculpa se pintó sobre sus labios.

—¿Al menos sabes manejar?

Estábamos muy cerca. Otra vez.

—Por supuesto.

Manejar un carro de cambios no sería problema para mí, que estaba acostumbrado a los tractores de la finca de mi padre.

—Que yo sepa no tienes carro, Finn.

—Confórmate con saber que estoy acostumbrado a manejar tractores… y no tengo auto porque mi padre se encarga de llevarnos y traernos. Más adelante, cuando me case con Deirdre, compraré uno.

Phuong colocó una de sus manos sobre mi hombro y lo apretó mientras insistió en arrimar su rostro al mío.

—Mmm… ¿Tu prometida? No habías mencionado que tuvieras novia y mucho menos planes para casarte.

Phuong no se molestó en ocultar la sorpresa en su tono de voz. Nunca antes había hablado frente a él sobre Deirdre, era natural que mi compañero de cuarto sintiera curiosidad. El asiático giró y se adelantó varios pasos.

—Demasiado joven para hablar de matrimonio.

Phuong inició el recorrido hasta el pequeño vehículo mientras murmuraba palabras que no alcancé a discernir.

—Dame las llaves, Phuong.

Phuong se subió a la redonda parte delantera de su pequeño auto, allí donde se guardaba el equipaje, y la lata se hundió algo bajo su peso. Buscó en los bolsillos, sacó un llavero que atrapé en el aire cuando, sin previo aviso, lo lanzó hacia mí.

—Prométeme que lo cuidarás, es una de mis más preciadas posesiones —comentó dramático, y segundos después lo vi deslizarse sobre la parte frontal del Volkswagen hasta quedar de pie frente al vehículo.

—Lo prometo.

No tardamos en estar lado a lado en el reducido interior del carro. Phuong dejó salir un suspiro antes de echar la cabeza hacia atrás y acomodarse mejor sobre el asiento del pasajero. Yo encendí el potente y algo ruidoso motor del vehículo.

—Así que tienes novia… y piensas casarte con ella. ¿Cuándo es la boda?

Phuong mantuvo los ojos cerrados, yo le eché un rápido vistazo antes de, con cuidado, dejar el espacio que ocupaba y unirme al poco tráfico de esa hora.

—Supongo que será cuando termine mis estudios y regrese al pueblo.

—Me parece que esa decisión no fue tomada por ti o por tu novia.

Le eché otro rápido vistazo, Phuong continuaba en la misma posición.

Recuerdo que por algunos segundos esperé algo más de su parte, quizás que explicara a qué se refería, pero me di cuenta de que no diría más.

Pronto puse toda mi atención sobre el camino, concentrado en llegar a la residencia, tratando de no perderme.

★ ★ ★ ★

Aunque por momentos tuve miedo de equivocar el rumbo y dar vueltas en el área sin poder encontrar la residencia, no fue así. También tuve suerte para encontrar un espacio donde estacionar el Volkswagen. Phuong y yo caminamos juntos el sendero hasta la puerta principal, que aún permanecía abierta.

Phuong hizo un gesto con la mano para llamar mi atención antes de entrar a la vivienda.

—No podemos hacer ruido, preferiría que el encargado no se diera cuenta de lo mucho que he bebido.

Yo asentí con un movimiento de cabeza antes de adelantarme, abrir la puerta y echar un vistazo al interior para cerciorarme de que no había nadie cerca.

Fuera de los ruidos usuales de una casa habitada, no percibí a nadie cerca del vestíbulo o en la escalera.

Me giré un poco para indicarle a Phuong que podía entrar y así darnos prisa en subir al segundo piso directo a la habitación.

Me esforcé por ayudar a un tambaleante y algo chistoso Phuong a subir la escalera, y caminar por el pasillo en dirección al cuarto.

Me adelanté para abrir la puerta de la habitación mientras Phuong me pisaba los talones.

Sabía que se encontraba justo detrás de mí, hasta pude sentir su tibio aliento en la piel de mi cuello y, por un loco instante, pensé que me besaría.

Lo realmente impactante fue darme cuenta de que, de ser así, no haría nada para detenerlo.

Aquel pensamiento me confundió por unos instantes.

Sin embargo, una vez la puerta estuvo abierta, Phuong pasó de mí para entrar a la habitación, me dejó con los nervios a flor de piel. Mientras él se acomodaba sobre su cama y se quitaba simultáneamente los zapatos, yo cerraba la puerta y apoyaba la espalda sobre ella.

—Estoy muy tomado, pero no quiero dormir. Hablemos un poco, Finley.

Como en el corto viaje de regreso a casa, Phuong mantenía los ojos cerrados y me daba la impresión de que se encontraba adormilado; sin embargo, sus palabras me decían lo contrario.

Esperaba que una vez que su cabeza tocara la almohada, mi amigo se sumiera en la inconsciencia y, una vez yo cumpliera mi cometido de traerlo sano y salvo, podría darme una ducha para quitarme de encima el sudor y demás malos olores.

—Siéntate aquí...

Phuong cambió de postura y, tras acomodar la almohada, se sentó y rodó un poco hacia la pared mientras tanteaba el colchón frente a él y me invitaba a sentarme. Yo no fui de inmediato, pues me pareció que no era buena idea, creía que lo mejor era que tratara de dormir.

Y así se lo hice saber.

—No tengo sueño. Cuéntame sobre tu novia, sobre tu vida allá de dónde vienes.

—¿Qué quieres que te diga? Mañana podemos hablar de todo eso y más, Phuong, ahora es mejor que duermas.

Se removió sobre el colchón sin apartar de mí una lánguida mirada.

—Vamos, compláceme. Te prometo que, si me cuentas algo de tu vida, con esa profunda y sexy voz que tienes, podré conciliar el sueño y no te molestare más.

Los colores, junto a una intensa sensación de calor, me arroparon el rostro. No solo fueron sus palabras, sino la manera en que Phuong me miró. Ya para ese momento creía estar acostumbrado a su peculiar manera de mirarme, pero no fue así, y jamás lo sería.

Nunca me acostumbraría o sería inmune a su oscura mirada hambrienta, que, poco a poco, comenzó a afectarme, a ponerme nervioso. Sin embargo, también comencé a desear tenerla sobre mí, como una caricia prohibida.

—No me digas que nadie te ha dicho sobre la hermosa voz que tienes. Es profunda, intensa y muy sensual. Apuesto a que Deirdre le encanta que le susurres al oído.

Rompí el contacto visual con él, al mismo tiempo que lo escuché reírse, seguro que por mi cara de perdido y el rubor que me marcaba los pómulos. Ocupé mis manos en echar la sábana de mi cama hacia la parte inferior, no supe qué decirle y mucho menos deseaba mantenerle la mirada.

—Sé que me viste con Miles allá en la fiesta…

yo te vi, él no. Y es mejor que no lo hiciera, Miles tiene pavor cuando se trata de la posibilidad de que descubran su verdadera preferencia sexual.

—Phuong se volvió a carcajear, mientras que yo permanecía algo inclinado sobre la cama, con las manos sobre la almohada, sorprendido y sin saber si prestarle atención o ignorarlo.

Una cosa era hacerme cargo de él y asegurarme de que llegase al cuarto, o escuchar sus desvaríos acerca de mi voz, que no dejaron de avergonzarme, pero entrar a tocar temas tan íntimos que implicaban a otra persona, me incomodo.

Lo escuché suspirar con fuerza, cansado, giré un poco y me senté.

—Eres un sol, Finley Byrne… y Miles no se equivoca cuando dice que, desde que te vi, me llamaste la atención. Tu novia es muy dichosa de tenerte y sé que será muy feliz contigo.

El silencio se esparció entre nosotros tras sus declaraciones, mientras Phuong se deslizaba hacia la inconsciencia. Pronto pude oír sus suaves ronquidos, que me confirmaron que dormía.

Recuerdo que pasé largos minutos pensativo, sentado con los codos sobre las rodillas, las manos debajo de la barbilla, mientras mi mirada se perdía sobre la figura del asiático que dormía acostado sobre su costado derecho.

Pensaba en él y Miles, en su relación o lo que había sido. Pues, según entendí, estaban separados. Repasé una y otra vez la escena en el cuarto de reuniones, la discusión entre ellos y posterior acercamiento amoroso.

Y, mientras giraba de un costado al otro, con la única idea de relajarme y conciliar el sueño, una pregunta me ocupó las ideas: ¿Phuong aún amaba a Miles? o como él mismo dijo, ¿ya lo habría superado?

★ ★ ★ ★

Durante la noche, escuché a Phuong quejarse, incluso lo sentí levantarse e ir al baño. También me pareció escucharle vomitar, pero preferí no intervenir.

Antes de dormirme había decidido que ese domingo visitaría la iglesia del pastor Mathew.

A pesar de no haber dormido lo suficiente, desperté temprano, como era costumbre, y luego de arreglarme con un poco de premura, abandoné el cuarto.

Supuse que mi compañero dormía profundamente, porque ni siquiera lo vi moverse.

El pastor Mathew era un hombre alto y robusto, que me brindó una calurosa bienvenida.

Era un hombre carismático y elocuente que tenía un estilo similar al de mi padre a la hora de impartir el servicio dominical.

Pude relajarme y disfrutar del culto, más adelante me quedé con la familia para compartir un almuerzo tardío.

No obstante, en todo momento no pude dejar de pensar en Phuong, me preguntaba cómo se encontraría después de su mala noche. Y eso me inquietó tanto que no esperé el postre para salir de vuelta a la residencia.

Cuando abrí la puerta, la primera persona que se cruzó en mi campo de visión fue él, parecía bastante apaleado, con unas enormes gafas de sol sobre los ojos. Nos cruzamos en el umbral mientras yo entraba al vestíbulo.

Yo no pude despegar la mirada de su silueta, que se alejaba por la acera, en tanto él no me había dedicado ni un solo gesto o mirada. Aunque, con esas gafas, me era imposible estar seguro.

Esa tarde, antes de subir a la habitación, llamé a Deirdre. Después hice la esperada llamada a mis padres. Papá se alegró mucho de que fuera a visitar la iglesia del pastor Mathew, le comenté que había almorzado con él y su familia, y que hasta me había llevado comida adicional para la residencia.

Tras concluir la llamada, caminé por el pasillo donde me encontré con varios de mis compañeros de residencia, y entré a la habitación.

No me apetecía volver a comer el pastel de carne y papa que llevaba, prefería cenar un dulce pedazo de torta de zanahoria que había comprado más temprano ese día, antes de volver a la residencia.

Indeciso, coloqué el envase sobre el mueble donde guardaba la ropa. En ese preciso momento entró un silencioso y apagado Phuong.

Evité mirarlo, fingí estar ocupado en buscar algo en uno de los cajones Tenía la sensación de que el espacio en la habitación se comenzaba a sentir casi opresivo.

Mi incomodidad, que podría llamarse vergüenza ajena a raíz de lo sucedido la noche anterior, no solo en la fiesta con Miles, sino por los comentarios de mi compañero acerca de mi persona, no hacia sino aumentar.

Me pregunté si Phuong recordaría algo y si era por eso que también parecía evitarme. Ni siquiera dijo un «hola» al entrar y eso era bastante inusual en él.

—No pareces sentirte nada bien.

Aquello fue algo que salió espontáneo de mis labios cuando lo miré sentarse al borde de su cama y masajearse las sienes con las yemas de los dedos. Phuong dejó escapar un bufido, pero no contestó, ni siquiera levantó la mirada del suelo.

—Si comes algo, seguro que te sentirás mejor.

Agarré el envase envuelto en papel marrón y me planté frente a él, que continuaba en su anterior posición.

—Phuong...

El aludido levantó la mirada y se quitó las gafas. Yo me esforcé en sonreír con naturalidad, pues cuando nuestras miradas se encontraron percibí algo de desasosiego. Fue fugaz, pero la intensidad de su mirada sobre mí me descolocó y provocó en mí, durante unos segundos, temor.

—¿Qué tienes ahí?

Tardé un momento en internalizar su pregunta y contestar.

—Comida casera.

Mi sonrisa se hizo enorme en respuesta a la suya, muy similar. No perdí tiempo en destapar el envase y ofrecérselo. Phuong no dudo en tomarlo.

—Si quieres puedo ir a calentar la comida.

—Tranquilo, así está perfecta.

Phuong rodeó el envase con ambas manos y no vaciló en esnifar muy cerca.

—Huele riquísimo...

—Espero que lo disfrutes, y como postre tengo ese pastel de zanahoria que te llamó tanto la atención.

Minutos después, Phuong degustaba la comida casera, mientras yo trataba de mantener la mirada sobre el libro que supuestamente leía, pero la verdad era que se me hacía casi imposible no mirar con el gusto que comía.

—Discúlpame por las cosas que te dije anoche, Finley. Debí cuidar mis palabras, pero no tengo excusas, ni siquiera por lo borracho que estaba.

Levanté la mirada para encontrarme con la suya. No recuerdo cuantos segundos se extendió ese intercambio, tampoco quién bajó la suya primero o de qué garganta salió la primera carcajada.

Lo que no he olvidado es la intensa sensación que me atrapó bajo su escrutinio, la emoción que embargó mi espíritu y se instaló en mi corazón. Nunca he tenido dudas de que, desde ese día, comencé a enamorarme de Phuong.