Bajo nuestra lluvia de estrellas 5 Inquietudes #2
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5 Inquietudes #2

Lo primero que me alertó de que ya no me encontraba solo en la habitación, que resultó ser un lugar especial para reunirse, fue el casi imperceptible ruido de la puerta cuando la abrieron, seguido del aumento en la intensidad de la música que se había colado.

—Es mejor que mantengamos la distancia, Miles.

No obstante, escuchar la voz ronca de Phuong me descolocó muchísimo, pues no lo esperaba, y darme cuenta de que venía acompañado por el tal Miles, me provocó una inexplicable sensación de susto y tensión.

De pronto, tuve el deseo de hacerme pequeño para deslizarme de la butaca y poder esconderme de aquellos dos.

El absurdo pensamiento de que no quería presenciar su encuentro me sacudió.

—Me cuesta muchísimo mantenerme alejado de ti, Phuong, lo sabes y sé que a ti te sucede lo mismo.

En todo momento supe que tenía que dejarme ver; que, de la manera más casual posible, debía ponerme de pie, saludar, disculparme y largarme de allí, pero no lo hice.

No obstante, los segundos pasaron y se convirtieron en minutos, se acumularon y lanzaron lejos de mí la posibilidad de escapar, porque pronto me convertí en un ávido espectador del drama frente a mi.

—Te equivocas, Miles. Yo entendí hace mucho que lo nuestro no tenía futuro y puse todo mi empeño en dejar de pensar en ti, yo si he podido continuar… sin ti.

Mi mente bullía con un torrente de pensamientos, en segundos, me quedó muy claro la relación que existía entre mi compañero de cuarto y el afroamericano. Y aceptar aquello que siempre estuvo en algún lugar de mi mente no dejó de ser chocante.

Por aquellos días tenía demasiado frescas en mi mente las enseñanzas con las que crecí, en especial lo que mi padre pensaba sobre el amor de pareja entre dos personas del mismo sexo.

Para mi padre, también para mi y la mayoría de las personas que conocía, la homosexualidad era una afrenta a Dios, a sus enseñanzas y preceptos.

Papá siempre decía que la iglesia no aborrecía al pecador, sino al pecado.

A mi mente llegaron recuerdos de historias de pueblo, que en su momento escuché sobre varones con «ideas desviadas», como las llamaba papá, y el sacrificio de sus familias al pagar tratamientos por terapias de conversión y así ayudarlos a volver a ser lo que se suponía que debían ser.

—Eres un mentiroso. Un adorable mentiroso.

Desde mi embarazosa posición, ya que me encontraba casi con medio cuerpo en el suelo en mi afán de ocultarme, atisbé en dirección a la puerta, donde la pareja mantenía su distancia el uno del otro, pero que pronto fue salvada por Miles, que se acercó a Phuong después de decirle aquello último.

El asiático retrocedió algunos pasos, pero Miles no parecía tener intenciones de ceder en su empeño de acercarse aún más a él.

Para ese momento, recuerdo que yo no podía apartar la mirada de ellos, de algún modo a la expectativa de lo que vendría después, pero también me sentía avergonzado de toda la situación.

—No, no lo hago. Esta conversación no tiene sentido, así que déjame pasar, voy a volver con Daisy y Finley.

—Finley… el hijo del pastor. Con él no tendrás suerte, Phuong. Es un chico adorable, un enorme peluche que te gustaría atrapar y tener para ti, ya vi como lo miras, pero con él no tendrás nada de suerte. Tus encantos no lo atraparan.

No solo las palabras de Miles sugerían intimidad, su tono de voz era demasiado sugerente.

Escucharlo referirse a mí de esa manera elevó mi vergüenza y encendió mi enfado.

No me gustaron sus insinuaciones, ninguna, porque lo sentí como si Phuong fuera un chico promiscuo y superficial, y no era así como yo lo percibía.

Tampoco me gustaba que Miles no aceptara un no como respuesta.

—No tengo por qué escucharte decir tantas tonterías. Solo mantente alejado de mí. Entre nosotros ya no hay más que hablar. Tú decidiste por los dos la primavera pasada.

—Todo sería tan fácil si me entendieras…

—No te equivoques, te entiendo, lo que no puedo es vivir bajo tus reglas.

Phuong hizo el amago de caminar hacia la puerta y Miles se movió rápido para cruzarse en su camino. Contuve el aliento a la expectativa de lo que verían mis ojos a continuación.

Miles no dudo en arrimarse a Phuong y creo que yo esperaba que mi amigo le diera un empujón que lo enviara lejos, pero con decepción fui testigo de un apasionado beso que provocó que una gama de intensos colores se me subiese al rostro, mientras apretaba los labios en una fina línea de disgusto.

Volví a sentir deseos de salir de mi improvisado escondite, esa vez mi intención era terminar su apasionada demostración; sin embargo, pude controlarme a tiempo y permanecí medio sentado entre el mueble y el piso, mientras que el borde del asiento de la butaca se me clavaba en la cintura.

Nunca tuve una noción clara del tiempo transcurrido entre el momento en que los vi besarse hasta que me di cuenta de que ambos habían salido de la habitación y me habían dejado solo, con el corazón a mil y la incertidumbre dentro de mi alma.

Me fui directo al exterior de la casona, tenía muy presente la idea de regresar a la residencia donde vivía, darme un baño y meterme en la cama. Ya no deseaba estar allí, en ese lugar y rodeado de personas con las que compartía muy poco.

Caminé hasta el borde de la acera y me senté, incapaz de apartar de mi mente esas imágenes.

Mi mirada deambulaba de un lado al otro, sin fijarme en nada o en nadie.

Era consciente de que debía volver a mi habitación, sin embargo, no tenía idea de la dirección y mucho menos la distancia que tendría que recorrer a pie para llegar allá.

En otras palabras, me encontraba varado como un idiota, sin saber como volvería a la residencia.

Al darme cuenta de que debía buscar a Daisy o a Phuong, aunque esto último no me gustaba del todo, fue cuando me puse de pie para encaminarme de vuelta a la casona de la que no dejaban de salir y entrar personas.

—¡Finn! ¿Dónde estabas? Te he buscado por todos lados...