Bajo las Luces del Teatro Capítulo 22 #2
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Capítulo 22 #2

Beatriz recogió su carpeta, se despidió con una cortesía breve y enfiló la salida este acompañada por Clara, que llevaba la tablilla con los registros definitivos de la velada.

Tomás se despidió también con un gesto de la mano, llevándose a los últimos miembros del coro hacia el callejón para compartir un termo de café en el soportal vecino.

Gabriel esperó a que los pasos se alejaran en el exterior antes de dar un paso hacia su hijo.

—He medido la solera junto al zócalo antes de cerrar la arqueta —dijo Gabriel con su voz pausada y áspera—. Cero derivaciones. Y la línea tres no ha sufrido ni un chispazo.

Leo sostuvo la mirada de su padre.

—El corte de carga se ejecutó en cuanto vi el goteo sobre la chapa.

Gabriel clavó los ojos en la mesa técnica y luego en las unidades autónomas alineadas sobre los tacos de goma.

—Te jugabas la firma de Beatriz en esa última escena —señaló el viejo electricista, sin aspereza pero sin concesiones—.

Podrías haber forzado el tiro lateral dos minutos más para que el final luciera como en los planos y nadie en el público habría notado la diferencia hasta que saltara el automático.

—Habría saltado —replicó Leo con sencillez—. Y Marina y yo habíamos acordado que la seguridad del espacio mandaba sobre cualquier efecto.

Gabriel guardó silencio durante unos segundos. Se sacó una mano del bolsillo, ajada y manchada de grasa de cuadros antiguos, y se ajustó la solapa del chaquetón.

—Cumplir lo que se firma cuando nadie está mirando es lo único que mantiene una instalación en pie —dijo despacio—.

No me pidas que dé por borrados seis años de idas y venidas por una función bien resuelta en un almacén de trastos.

Pero si vas a presentarle al patronato ese plan de mantenimiento preventivo para el Teatro de la Marea, tráelo al taller el domingo.

Le echaré un ojo a los cálculos de acometida para que no metas la pata con las secciones de cable.

Leo no sonrió con alivio ni intentó arrancarle una promesa más amplia. Inclinó la cabeza con un respeto sobrio.

—Estaré allí a las diez con los planos.

Gabriel asintió una sola vez, giró sobre sus talones y salió hacia el callejón con su paso pesado y seguro; la hoja metálica se cerró a su espalda.

El rumor del agua afuera había cambiado por completo: el viento del norte había amainado y solo quedaba el goteo disperso de los aleros sobre los charcos de la calle. La nave olía a cal húmeda, a madera vieja y al café caliente que alguien había dejado olvidado sobre una caja.

Un roce suave de tela me hizo volver la cabeza. Mi madre se acercaba desde el fondo norte llevando mi chaqueta de paño doblada sobre el antebrazo. La había mantenido resguardada en una funda plástica durante toda la tormenta, limpia y seca.

—Toma —dijo, tendiéndomela—. La humedad se te va a meter en los huesos en cuanto el cuerpo se enfríe.

Me puse la chaqueta; el calor de la lana me alivió la rigidez de los hombros. Metí las manos en los bolsillos y miré a mi madre. Tenía la cinta de medir colgando del cuello y restos de hilo blanco pegados a la pechera de su jersey.

—¿Quieres que me quede a ayudarte a recoger las sillas o prefieres diez minutos sola antes de cerrar? —preguntó.

La miré con atención. La pregunta venía sin el reproche habitual, despojada de esa instrucción velada sobre lo que una hija prudente debería hacer con su cansancio.

—Prefiero diez minutos para repasar las notas con Leo y cerrar el portón —respondí—. Después voy a casa.

Inés asintió despacio, pero no se dio la vuelta de inmediato. Apoyó una mano sobre mi brazo, con un tacto firme que no pesaba.

—Sigo teniendo miedo de que te rompas, Marina —dijo en un susurro honesto, mirándome a los ojos—. He visto cómo te vacías cuando diriges, cómo cargas con todo hasta quedarte sin aire. Me da miedo que esta vida te deje sola cuando las luces se apaguen.

No me apresuré a defenderme ni a enumerar logros para tranquilizarla.

—Sé que te da miedo, mamá —le dije, sosteniendo su mano sobre mi manga—. Pero este es mi trabajo. Esta noche me he cansado, pero no me he roto; pedí ayuda cuando hacía falta y dejé que los demás hicieran su parte. No tienes que pedirme que elija otra cosa para demostrar que te importo.

Mi madre apretó levemente los dedos contra mi brazo antes de soltarme.

—Acordamos hablar antes de que mi susto se convierta en órdenes —recordó, con una sombra de sonrisa en las comisuras—. Te dejo las llaves puestas en la puerta de casa y una sopa caliente en el hornillo. No te quedes hasta tarde.

—No lo haré.

La vi cruzar la solera y salir por la puerta lateral tras despedirse de Lucas y Mateo, que terminaban de cargar los últimos barreños secos en la furgoneta de intendencia.

La Nave de los Bastidores quedó en un silencio limpio.

Leo estaba junto a la mesa plegable, guardando el pelacables de baquelita roja que Gabriel le había devuelto en el bolsillo de cuero de su maletín. Encajó las tres matrices bajas en sus cajas de transporte y cerró los pestillos metálicos con chasquidos secos.

Me acerqué hacia la mesa y apoyé el cuaderno de dirección sobre la tabla.

Al verlo asegurar la herramienta de su padre y acomodar contra su pecho la copia del contrato, la permanencia cobró una escala tangible: quedarse significaba comprometerse con una labor propia, no someterla a las expectativas ajenas.

A través del ventanuco alto, la claridad grisácea de la noche lavada por la lluvia proyectaba franjas pálidas sobre el hormigón, donde empezaban a recortarse los faroles del malecón recién encendidos.

Leo levantó la vista y me sostuvo la mirada con serenidad, sin invadir el espacio ni fingir que las palabras pendientes no aguardaban ya su turno bajo el cielo despejado.

Leo apoyó los dedos sobre el cierre de su maletín sin apartar los ojos de los míos.

—¿Salimos cinco minutos? —preguntó en voz baja—. El aire de la dársena ya no trae agua.

Asentí. Me guardé el cuaderno de dirección bajo el brazo, comprobé que el pestillo de la puerta de socorro estuviera encajado y empujé la hoja lateral de la Nave de los Bastidores.

Afuera, la noche olía a salitre limpio y a asfalto húmedo.

La tormenta se retiraba hacia el horizonte en un banco de nubes bajas que apenas dejaba entrever un destello pálido de luna.

A cien metros se alzaba el Teatro de la Marea, con su fachada de cal apagada y los canalones todavía goteando, a oscuras por la desconexión preventiva que Gabriel había fijado.

Más allá, en el Paseo de la Bruma, los faroles proyectaban sobre los charcos del malecón franjas cobrizas que temblaban con el vaivén del mar contra el rompeolas.

Caminamos despacio por la acera de piedra, guardando una distancia prudente entre nuestros pasos, hasta detenernos junto a la barandilla de hierro. Las olas rompían abajo con un rumor sordo, sin la furia de las horas previas.

Leo apoyó los antebrazos en el pretil húmedo y miró hacia la bocana del puerto.