Capítulo 21 #3
El primer aplauso sonó en la tercera fila, seco y rotundo. En un instante, el sonido se multiplicó por los cuatro costados de la nave, rebotando en los ladrillos vistos y subiendo hacia las vigas metálicas hasta tapar el temporal.
Los doce integrantes del coro dieron un paso al frente para alinearse con Carmen. Sin telón ni foso que marcara distancia, saludaron con las manos entrelazadas, mirando de frente a los vecinos que se ponían en pie entre las sillas de madera.
Me quedé tras la última fila, respirando el aire frío y húmedo.
Gabriel dio dos pasos desde la acometida secundaria, comprobó el visor de la pinza amperimétrica y me dirigió una inclinación de cabeza sobria: línea en mil setecientos vatios, cuadro frío, cero incidencias.
A su lado, Clara vigilaba la salida este con la tablilla bajo el brazo, indicando a Mateo que mantuviera la puerta lateral atrancada hasta que el público comenzara a levantarse en orden.
Avancé por el pasillo central mientras los aplausos continuaban.
Mi madre estaba junto al burro de ropa del fondo norte, doblando el mantón que Carmen acababa de soltar, con una calma en las manos que no le había visto en toda la semana.
Tomás aplaudía con las dos manos en alto, sonriendo a sus actores con los ojos brillantes.
—Gran trabajo, Tomás —le dije al cruzarme con él—. La entrada del coro ha sido exacta.
—Ha sido el pueblo, Marina —respondió Tomás con la voz ronca, apretándome el brazo un segundo—. Este almacén tenía más verdad que diez teatros de mármol.
Caminé hacia el lateral de la primera fila. En la esquina norte, Beatriz Valdés permanecía de pie con el impermeable oscuro cerrado hasta el cuello. No aplaudía con entusiasmo, pero sostenía un bloc de notas pequeño en la mano izquierda y trazaba líneas cortas con un bolígrafo plateado.
Al verme llegar, cerró el bloc y me miró con atención fija.
—No ha sido el montaje que aprobamos en el dossier municipal, Marina —dijo con voz clara, haciéndose oír sobre el murmullo de la gente que empezaba a recoger sus abrigos.
—Ha sido la única función posible que garantizaba la seguridad del público y la dignidad del texto —respondí, sosteniendo su mirada sin retroceder.
Beatriz asintió despacio, guardando el bolígrafo en el bolsillo interior.
—He visto la entrada desviada y la línea cortada junto al zócalo. —Se volvió hacia el pasillo este, donde Clara coordinaba la salida escalonada—. Clara me pasará el registro completo de aforo, minutaje y los partes técnicos de Gabriel. Hablaremos con los datos sobre la mesa en la reunión posterior.
—Allí estaremos —dije.
Beatriz se despidió con una inclinación formal y enfiló la salida este siguiendo las marcas de tiza en el cemento.
Me quedé junto a la bancada de roble mientras la nave se vaciaba despacio. Los vecinos salían despidiéndose de los actores en el umbral, felicitando a Carmen y agradeciendo a Clara la organización del acceso bajo la lluvia.
Diez minutos después, el portón sur se cerró con un chasquido metálico.
En el interior solo quedaba el equipo. Inés terminó de cubrir el perchero con una lona de plástico; Mateo y Lucas recogieron los barreños del umbral sin tocar un solo cable, y Tomás se llevó al elenco hacia el fondo para cambiarse al calzado seco.
Clara se acercó a la mesa de control para firmar el parte de incidencias junto a Gabriel antes de que este desconectara la acometida secundaria con su llave maestra.
Caminé hacia el muro sur.
Leo estaba guardando el comprobador de aislamiento en su maletín de herramientas. La consola auxiliar ya estaba apagada y las unidades autónomas descansaban alineadas sobre sus bases de goma, con los indicadores en reposo.
Me detuve al otro lado de la mesa plegable.
—Has esperado la señal antes de bajar la última luz —le dije en voz baja.
Leo levantó la vista, cerró los anclajes del maletín y apoyó las palmas sobre la madera.
—Teníamos un acuerdo —respondió con sencillez—. La decisión de ritmo era tuya. Si hubiera bajado los mandos antes de tiempo por miedo a la línea, le habría quitado a Carmen el final.
—Y si hubieras cortado la matriz tres por tu cuenta cuando Gabriel vio el agua, habríamos parado la obra —andí—. Gracias por consultarme.
Leo negó levemente con la cabeza.
—La solución funcionó porque no te atrincheraste en el cuaderno, Marina. Escuchaste los datos y cambiaste la escena en diez segundos.
Nos quedamos en silencio durante un instante. El temporal sonaba amortiguado contra los muros de ladrillo. La distancia entre nosotros seguía teniendo límites precisos, pero el suelo bajo los pies estaba firme.
Sobre la mesa, el interruptor de la lámpara de trabajo marcaba la última conexión activa.
Alargué la mano hacia la palanca de baquelita. Leo extendió la suya al mismo tiempo. Sus dedos rozaron el dorso de mi mano, un contacto templado por el esfuerzo de las últimas horas, sin retirarse.
Bajamos la palanca juntos.
La bombilla cenital se apagó con un chasquido seco, dejando la Nave de los Bastidores en la penumbra limpia de la lluvia.