1
Filipa — ¡anda, date prisa! Celina ya debe de estar histérica en el bar.
Marina se reía mientras intentaba terminar de maquillarse utilizando el pequeño espejo apoyado sobre la encimera del salón. Filipa salió de la habitación, ajustándose la larga melena rubia que caía sobre sus hombros en suaves ondas.Llevaba unos pantalones y una camiseta negra con destellos plateados. Estaba guapa sin necesidad de esforzarse. Sus ojos verdes, realzados por el delineador, hacían que su mirada resultara aún más expresiva.
—Celina se altera por cualquier cosa —respondió, cogiendo el bolso del sofá—. Sobre todo cuando hay fiesta.
Marina soltó una risa corta. Desde que había empezado a trabajar en el departamento de recursos humanos de una fábrica de componentes para calzado, dos años atrás, Marina se había convertido en su mejor compañía. Se habían acercado rápidamente entre cafés compartidos en los descansos, quejas sobre hojas de cálculo y conversaciones interminables al final de la jornada. Eran completamente distintas, pero encajaban de una forma natural.
Marina Souza tenía 26 años. Era impulsiva, irónica y vivía como si la vida tuviera que aprovecharse intensamente antes del lunes. Alta, esbelta, con el pelo corto y rebelde, llevaba una presencia fuerte allá donde iba. Era la mayor del grupo —y quizá la que menos se preocupaba por la opinión de los demás. Vivía con intensidad, decía lo que pensaba sin filtro y convertía cualquier situación normal en algo divertido. No le gustaban las reglas, odiaba sentirse atada a expectativas y rara vez daba explicaciones sobre su vida. Era el tipo de persona que aceptaba cualquier plan de última hora sin pensarlo dos veces —y casi siempre conseguía arrastrar a los demás.
Filipa Moretti Alves tenía 23 años. Le gustaban las fiestas, la libertad y estar rodeada de amigos. Pero, a diferencia de Marina, todavía conservaba un sentido de responsabilidad que su amiga ignoraba por completo. Estaba en el último año de la carrera de Administración con especialización en Recursos Humanos, inmersa en el caos del trabajo de fin de grado. Aunque la graduación era en agosto, el TFG debía entregarse en junio. Además, estaba la ansiedad constante por la posibilidad del intercambio en Valencia, su mayor sueño. Y quizá la oportunidad perfecta para descubrir quién era lejos de todo… de todos… e incluso de sí misma. Solo pensarlo le apretaba el estómago.
El móvil vibró — Celina:
“Si no vienes ya, me lío a besar a cualquiera por rabia.”
Filipa soltó una carcajada.
—Definitivamente ya ha empezado a beber.
Bajaron para coger un taxi y, veinte minutos después, llegaron al bar donde el grupo solía reunirse antes de las fiestas. El ambiente estaba lleno. Música alta, luces bajas, olor a alcohol mezclado con perfume caro y risas dispersas por el local. Celina saludó de inmediato desde una mesa en un rincón.
—¡Por fin! —se quejó cuando se acercaron— Pensé que me habían plantado.
Se levantó para abrazar a Filipa. Llevaba un vestido negro ligeramente corto y una expresión genuina de alivio por la llegada de sus amigas.
Celina Nogueira, 23 años. Prima de Marina, era completamente distinta a ella. Más discreta y observadora, pertenecía a ese tipo de personas que escucha más de lo que habla. Tenía el cuerpo redondeado el pelo oscuro en un recogido suelto y las manos casi siempre ocupadas con pulseras artesanales, anillos o cualquier accesorio que pudiera manipular mientras hablaba. Trabajaba de forma autónoma en ferias de la ciudad, donde vendía sus piezas hechas a mano. Con el tiempo, había conseguido una clientela fiel. Aunque no era muy de discotecas, cuando salía, lo hacía de verdad.
—Has venido —bromeó Filipa al sentarse—. Pensé que estarías en casa haciendo crochet.
Celina rió.
—He venido por la compañía. La fiesta es solo una consecuencia.
—O por el camarero guapo —provocó Marina al instante.
—¡Marina! —protestó Celina, sonrojándose.
Filipa reía con alguna de las bromas de Marina cuando sintió que alguien se detenía detrás de ella. Antes de girarse, reconoció el perfume.
Diego Nogueira, 21 años, hermano de Celina, era el tipo de hombre que parecía vivir sin grandes preocupaciones, aunque cargara con más responsabilidades de las que dejaba ver. Rubio, pelo ligeramente despeinado, estatura media y un encanto naturalmente provocador, tenía esa mirada de chico despreocupado que mezclaba carisma juvenil con la picardía de quien sabe cómo llamar la atención y, casi siempre, lo logra. Llevaba camiseta negra, pantalones claros y zapatillas negras. Atractivo.
A pesar de su fama de fiestero, Diego se tomaba el trabajo en serio. Junto a Fernando —su mejor amigo desde el instituto— había montado una imprenta dos años atrás. El negocio, que empezó pequeño, lleno de improvisaciones, dudas y noches sin dormir intentando conseguir clientes, crecía rápidamente en la ciudad y ya empezaba a convertirse en referencia en la región. Ambos pasaban gran parte del día entre máquinas, plazos ajustados, pedidos urgentes y una clientela cada vez más constante.
Fernando era prácticamente un hermano para Diego. Mientras Diego era más impulsivo, sociable e inquieto, Fernando era centrado, organizado y estratégico —el equilibrio que hacía que la sociedad funcionara. Quizá esa mezcla de audacia y responsabilidad era lo que había hecho prosperar el negocio tan rápido. Aun así, Diego rara vez perdía la oportunidad de salir con sus amigos los fines de semana. Le gustaba la noche, la libertad, las risas fuertes, la música y la atención que recibía de forma natural. Y quizá ese era su mayor problema: rara vez parecía preparado para tomarse algo en serio.
—Has tardado —comentó, acercándose.
Sin esperar respuesta, le sujetó la cara a Filipa con suavidad y le dio un beso rápido, como marcando territorio delante de los demás. Ella sonrió de lado. Llevaban viéndose desde hacía meses. Nunca habían definido qué eran exactamente. No había relación, ni compromiso, ni promesas. Solo fines de semana juntos, mensajes a medianoche y una química difícil de ignorar. Algo ligero. Sin presión. O al menos eso era lo que Filipa intentaba creer.
Diego se sentó a su lado y empezó a hablar con todos a la vez, soltando bromas absurdas que hacían reír incluso cuando no tenían gracia. Filipa ponía los ojos en blanco fingiendo molestia, pero acababa riendo al segundo siguiente.
El problema era que Diego tenía alma de tránsito. Se quedaba un tiempo, pero nunca lo suficiente como para pertenecer de verdad. En las fiestas, muchas veces pasaba más tiempo con sus amigos que con ella. Desaparecía en la pista, aparecía en la barra rodeado de gente y, no pocas veces, Filipa lo sorprendía coqueteando con otras chicas, con la total libertad de un hombre soltero. Y quizá lo estaba. Al fin y al cabo, nunca habían acordado nada. Aun así, cada vez que veía a alguna chica sonriéndole demasiado, sentía un nudo incómodo en el pecho.
—Oye, Diego, ¿todo bien? Acércate, uno más para completar el grupo.
—¿Te has enterado de que viene Guto hoy?
Diego levantó las cejas, sorprendido.
—¿En serio? No me dijo nada ayer cuando estuvo en la imprenta.
—Ya sabes cómo es —respondió el otro, encogiéndose de hombros—. Imprevisible. Nunca planifica nada. Hace tiempo que no lo veo en una fiesta. Me lo dijo Fernando hace un rato.
Filipa escuchaba, mientras giraba lentamente la pajita de su bebida.
—¿Ese Guto es el famoso al que tanto idolatran? —bromeó.
Diego giró la cabeza hacia ella, entrecerrando los ojos con una media sonrisa.
—Qué graciosa…
El tono era ligero, pero llevaba una advertencia silenciosa.
Marina se rio.
—Uy… tocaste el ego masculino del grupo.
Diego negó con la cabeza y se levantó.
—Me voy a la pista antes de que sigan con sus tonterías.
Y desapareció entre la multitud. Filipa lo siguió con la mirada. En segundos ya estaba rodeado de amigos, riendo alto, completamente cómodo. Como siempre, parecía pertenecer más a la fiesta que a cualquier persona. Marina se inclinó hacia ella.
—Prepárate, Filipa.
—¿Para qué?
—Vas a conocer a Guto.
Filipa soltó una risa baja.
—Claro… el hombre misterioso de las leyendas urbanas.
Pero la broma se apagó a medias cuando levantó la vista hacia la entrada. Porque en ese instante alguien acababa de entrar.
Apareció entre las luces bajas del local y el humo suave que flotaba sobre la pista. Pertenecía naturalmente a ese ambiente. Y quizá eso era lo que lo hacía imposible de ignorar. Alto, moreno, postura firme. La camiseta negra ajustada, marcaba un físico fuerte, mientras los pantalones oscuros y las zapatillas negras completaban una presencia sin esfuerzo. Había una seguridad silenciosa en Guto, de esas que entran en el lugar antes que la persona.
Las conversaciones parecieron bajar de volumen por un instante. No porque él lo buscara, sino porque ocurría de forma natural. Sus ojos encontraron los de Filipa. Directo, sin dudar. El tiempo pareció ralentizarse. La mirada de Guto recorrió su rostro con calma, intensidad, casi provocación, como si ya supiera el efecto que causaba.
Filipa sintió un escalofrío subirle por la nuca, pero mantuvo la expresión neutra. Marina lo notó. Celina también. Guto se acercó a la mesa, saludó a las chicas y se sentó con esa calma irritantemente segura. Filipa se inclinó hacia Marina y murmuró:
—¿Este es el famoso Guto? Sinceramente… pensaba que sería alguien más interesante.
Marina contuvo a duras penas una carcajada.
No le creía una sola palabra. Filipa bebió con tranquilidad, aunque sentía perfectamente cómo la mirada de Guto se deslizaba sobre ella, lenta. Demasiado lenta. Y Diego lo notó. En el momento en que volvió de la pista y vio aquella escena, algo cambió en su expresión. El gesto se endureció. Sin decir nada, se acercó a Filipa, le sujetó la cintura con firmeza y la atrajo hacia él. El beso fue intenso, exagerado y demasiado teatral. Marcando territorio. Filipa se sorprendió, pero entendió al instante.
No era cariño. Era disputa. Cuando terminó, Diego mantuvo la mano en su cintura un segundo más, mirando directamente a Guto. Desafío aceptado. Luego se fue como si nada hubiera pasado, tragado por la música.
Filipa lo vio alejarse, intentando entender aquel peso extraño en el aire. Pero cuando volvió la mirada a Guto, su corazón se aceleró de verdad. Él seguía mirándola y en la comisura de sus labios había una sonrisa casi imperceptible. Calma y peligrosa. Como si todo aquello solo hubiera confirmado algo que él ya sabía desde el primer segundo en que la vio.
≈
La mañana siguiente llegó demasiado temprano para Filipa. O al menos así le parecía. El sonido insistente del móvil retumbaba por la habitación como un martillo dentro de su cabeza. Aún somnolienta, vio a Diego girarse en la cama y coger el teléfono de la mesilla.
—¿Hola? —contestó con la voz ronca de sueño.
Filipa permaneció con los ojos cerrados, escuchando solo fragmentos de la conversación.
—Hola, Diego, soy Guto. ¿Te he despertado?
Diego soltó una risa baja.
—Sí… ¿qué hora es?
—Las diez y media. Celina y yo estamos preparando la comida en casa. ¿Estás solo?
Diego miró rápidamente hacia un lado. Filipa seguía tumbada, somnolienta, con el pelo esparcido por la almohada.
—No. Filipa está aquí conmigo, aún medio dormida.
Guto soltó una risa suave al otro lado de la línea.
—Entonces tráela también. Ah, y no se olviden el traje de baño. La piscina está genial.
Diego se limpió los ojos antes de responder
—Vale. Le digo y vamos.
En cuanto colgó, Filipa abrió los ojos lentamente.
—¿Guto? ¿Qué quiere a esta hora? —preguntó, con la voz somnolienta.
Diego giró la cabeza hacia ella y sonrió de lado.
—Buenos días primero, ¿no?
Se acercó y le dio un beso largo antes de continuar:
—¿Has dormido bien?
—He dormido… hasta ahora.
Él rió en voz baja.
—Entonces levantémonos. Tenemos almuerzo en casa de Guto y todavía tenemos que passar por tu casa por tu traje de baño.
Filipa asintió, aún intentando despertarse del todo. Mientras Diego se vestía, ella se quedó unos segundos mirando el techo. No sabía explicar exactamente por qué, pero la idea de volver a ver a Guto la dejaba extrañamente inquieta.