Bajo Las Luces de Valencia
© inepub.com
Prólogo
Filipa entró en la habitación sujetando la prueba con tanta fuerza que tenía los dedos blancos. Todo su cuerpo temblaba. Ana se levantó de inmediato de la cama al percibir el estado de su amiga.
—Amiga… ¿positivo?
Filipa no logró responder de inmediato. Solo asintió lentamente con la cabeza mientras las lágrimas empezaban a caer sin control.
—¿Qué voy a hacer ahora? —preguntó casi sin voz.
Ana se acercó a ella y le sujetó los brazos.
—Tranquila, vamos a pensarlo…
—¡No hay nada que pensar! —la interrumpió Filipa, desesperada—¡Estoy embarazada, Ana! ¡Embarazada aquí, en España! Lejos de mi familia, de mi hogar... sola, asustada y sin saber qué hacer. ¡Ni siquiera sé por dónde empezar!
Se puso a caminar de un lado a otro en la pequeña habitación de la residencia. El corazón le latía tan fuerte que le dolía.
—Dios mío… Dios mío… esto no puede estar pasándome a mí.
Ana la seguía con la mirada, sin saber exactamente qué decir. Filipa se pasó las manos por el cabello, tirándolo hacia atrás con nerviosismo.
—He arruinado mi vida.
—No digas eso…
—¿Cómo no voy a decirlo? Vine a estudiar, a vivir mi sueño, a aprovechar esta oportunidad… y ahora esto.
La voz se le quebró al final de la frase. Fuera de la habitación, el pasillo estaba lleno de movimiento. Personas riendo, hablando en español, puertas cerrándose. La vida seguía con normalidad para todos, menos para ella.
Filipa se sentó de golpe en la cama, intentando calmarse, pero sentía que el aire se le escapaba antes de llegar a los pulmones.
—No me veo capaz ni siquiera de decírselo a mi madre. —dijo, cubriéndose el rostro con las manos temblorosas — Ella confió en mí, Ana… confió en que vendría aquí a estudiar, a cumplir mi sueño. Y mi padre… Dios mío… tengo miedo de su reacción… miedo de decepcionarlos a los dos.
Ana se sentó a su lado.
—Te van a apoyar.
—Tú no puedes saber eso.
El silencio cayó pesado entre las dos. Entonces, otro pensamiento golpeó a Filipa con aún más dolor. Cerró los ojos de inmediato.
—¿Y él? —logró preguntar, casi en un susurro, como si temiera escuchar la respuesta.
Sintió una opresión en el pecho. El simple hecho de pensar en él ya dolía.
Recordar al padre del bebé equivalía a revivir todo lo que había intentado enterrar en las últimas semanas: las palabras frías, la distancia repentina y la manera en que la había herido, aun sabiendo que viajar de intercambio había sido una elección de ella.
Filipa sabía que no podía exigirle continuar con la relación a distancia, lo entendía.
Pero aun así, él no tenía necesidad de haberla lastimado de esa forma.
Respiró lentamente, pero su voz vaciló al responder.
—Él jamás imaginaría algo así...Quizá ni siquiera quiera volver a verme.
Ana guardó silencio. Filipa abrazó las rodillas sobre la cama.
—Después de todo lo que pasó… no sé ni cómo decírselo. No sé si escribirle o llamarlo… y ni siquiera sé si me respondería.
Las lágrimas volvieron.
—¿Y si piensa que quiero atarlo a mí? ¿Y si cree que me lo estoy inventando todo? No soportaría otro rechazo.
Ana le sostuvo la mano, pero Filipa parecía distante, perdida dentro de su propio miedo.
En la cabecera de la cama, el móvil vibraba con notificaciones normales — mensajes de la universidad, fotos del grupo de la residencia, bromas de amigos.
Todo parecía absurdo ahora. Filipa miró la pequeña tira del test sobre la mesa — dos líneas. Tan pequeñas. Tan definitivas.
La noche anterior, era solo una estudiante brasileña viviendo un intercambio en Valencia. Aquella mañana, descubrió una nueva vida dentro de sí. Y lo que más le aterraba no era solo el embarazo, sino darse cuenta de que, cuanto más necesitaba a alguien, más completamente sola se sentía.