CAPÍTULO 5
DANTE MORETTI
Tras la mesa, me quedo mirando a Clarisse caminar hacia la camilla. Mi miembro está tan duro que tengo ganas de presionar la carne con fuerza para contener este deseo insano que estoy sintiendo.
Abro el primer cajón y tomo el estetoscopio en mi mano antes de seguirla.
Clarisse usa la pequeña escalera para subir a la camilla; su trasero queda completamente libre y el fondo de la braguita blanca aparece.
Miro el grabado de Freud y sonrío, consciente ahora de que mi sobrina inocente desea este contacto tanto como yo.
Solo que necesito ir con calma, hacer que todo suceda de forma espontánea a sus ojos.
Clarisse se tumba de espaldas e intenta arreglar la falda minúscula con sus manos pequeñas mientras mira al techo.
—Ya está, cielo. —Acomodo algunos mechones de pelo que cubren su rostro encendido por el rubor y le sonrío—. Ahora voy a examinarte, ¿está bien?
—Sí, tío.
—Genial. —Acaricio la coronilla de su cabeza—. Buena niña.
Me coloco el estetoscopio en el cuello y termino de abrirle la camisa. Se me hace la boca agua cuando veo los pezones oscuros, presionados contra el encaje, duritos y apetitosos.
Me coloco el aparato en los oídos y ausculto sus latidos cardíacos, tan acelerados que parecen más bien un pájaro aterrorizado.
Paso la punta por la carne suave de sus pechos, presionando las mamas, hasta que consigo apartar el encaje; todo fingiendo el compromiso de examinar a mi sobrina.
—Oh, tío Dante —suspira ella y, solo entonces, miro sus ojos.
—¿Sientes algo? —pregunto mientras miro su cuerpo.
Su vientre sube y baja con fuerza; la jovencita frota sus muslos gruesos y sus manos están cerradas en puño sobre la camilla.
—Puedes hablar, cielo; si sientes algo, tienes que decírmelo.
Simplemente niega con la cabeza y asiento. Paso mi mano por su cintura estrecha y siento su piel erizarse ante el pequeño contacto.
Atraigo a Clarisse para que pueda sentarse en la camilla. Con cuidado, aparto la tela vieja hasta que se queda solo en sujetador.
Vuelvo a poner mi mano en su cintura, mi brazo ahora pegado a sus pechos mal protegidos por el encaje, y siento cuándo se relaja en mis brazos.
Coloco la punta del estetoscopio en su espalda y le pido que tome aire con fuerza, lo que hace que aplaste sus pechos contra mí.
—Cielo, necesito quitar esto, ¿hay algún problema?
—Pero tío...
—Soy tu médico y tu tío, Clarisse —refunfuño, antes de soltar el broche del sujetador.
—Entonces no hay problema, ¿verdad? —pregunta, mientras se quita la prenda.
—Eso es, cielo; solo el tito, que es también tu médico, puede hacer esto, ¿entiendes?
—Sí —responde ella, agarrándose ya a mi brazo.
—Mira cómo estás toda marcada. —Paso la punta del dedo por los surcos que la prenda pequeña le ha causado—. Voy a tener que cuidarte mucho, cielo.
Mimosa, se frota contra mí; sus pezones puntiagudos y duritos se deslizan contra mi carne y eso me encanta.
Clarisse tiene carencia de atención, pero ahora está bajo mi cuidado. Esa necesidad suya de contacto, junto a la inocencia que emana de su cuerpo, será mi perdición.
Sujeto la espalda de la chica y hago que se tumbe de nuevo. Mi boca se llena de saliva cuando veo sus montes duritos subir y bajar libremente con su respiración pesada.
Quiero apretar esos montes, frotar los puntos oscuros y erguidos, pero me controlo. Las piernas frotándose entre sí son las que captan mi atención.
—Voy a comprobar tu circulación ahora, cielo —informo.
Me dirijo al borde de la camilla y la visión del valle entre sus piernas me vuelve loco.
Sujeto sus pies pequeños entre mis manos y aprieto la planta, elevando la pierna, loco por confirmar si la braguita está tan mojada como creí cuando la vi subir a la camilla.
—Tío Dante... —jadea ella.
Miro el grabado de Freud y dejo que la emoción pese más que la razón.
—Tito, niña mía. —Coloco su pierna parcialmente abierta sobre la camilla y cojo la otra—. Debes llamarme tito.