Capítulo 75
LANGOSTA
D rew luchaba por recuperar el aliento. Gordo de mierda.
Solo había corrido por el aparcamiento hasta su coche.
¿Cómo se pondría si tuviera que escapar de un vehículo o de El Granjero?
Una oleada de adrenalina combinada con el miedo palpitaba por su cuerpo, haciéndolo temblar.
Buscó a tientas el teléfono en el bolsillo y, con las prisas, se le cayó al suelo del coche.
Estaba hecho un desastre.
Ver a Hannah Bryant había despertado en él un temor que llevaba mucho tiempo reprimido: la sensación que tuvo la primera vez que Hannah presentó acusaciones de violación contra él.
Y esta vez no era diferente. Estaba allí por el mismo motivo que hace quince años, de eso estaba seguro.
Salvo que esta vez había un ligero cambio: Jake en lugar de Garrison.
Un poli honrado en lugar de uno corrupto.
Fue entonces cuando Drew se dio cuenta de que se había estado engañando a sí mismo al creer que Jake mantendría la boca cerrada, incluso con el dinero con el que había intentado sobornarlo.
No, Jake había continuado con la investigación sobre la violación y cada vez estaba más cerca de encontrar las pruebas.
Las pruebas . No había ninguna. Garrison le había asegurado que las habían retirado y que se habían encargado de ellas.
Pero Garrison ya había demostrado que no era de fiar.
¿Y si aquello también era mentira? Joder.
Ojalá hubiera tenido la oportunidad de averiguarlo antes de dejar a su colega en coma.
Drew se agachó y cogió el teléfono que estaba a sus pies. Desbloqueó el dispositivo, buscó el número de móvil de Liam y marcó.
El pecho le subía y bajaba con fuerza mientras esperaba, con los sentidos alerta. Su mirada saltaba de izquierda a derecha mientras observaba a agentes uniformados y vehículos policiales pasar ante su parabrisas.
—Más vale que sea importante —dijo Liam al oído de Drew. Había estado prestando atención a medias, concentrado en parte en lo que ocurría fuera, por lo que al principio no registró la voz de Liam.
—Lo es. Yo... nosotros... tenemos un problema.
—¿Qué?
—¿Dónde estás?
—De camino a la comisaría.
—Tienes que dar la vuelta. Rápido.
—¿Por qué? —preguntó Liam, poco impresionado. Drew percibió el resentimiento en su voz.
—La he cagado. He cometido un error. Lo siento.
—¿Qué has hecho?
—Anoche se me cayeron unos cigarrillos en el coche. En el coche de Garrison y en el asfalto, junto al arbusto.
—¿Estás de broma?
—Ojalá...—
—¡Pedazo de idiota! —gritó Liam. Drew oyó a su jefe golpear el volante, frenar en seco y pisar el acelerador a fondo—. ¿Cómo puedes ser tan estúpido? Eres un inútil. Eres un puto chiste. Si nos pillan por algo de esto, te echaré la culpa a ti. Todo esto es responsabilidad tuya.
—Liam, lo siento. No sé... Yo... me entró el pánico. No estaba pensando con claridad.
—¿Estabas puesto?
Drew hizo una pausa y tragó saliva con dificultad. —Tienes que darte prisa. Charlotte va de camino al lugar del accidente ahora mismo. Creo que sabe lo de los cigarrillos. Tienes que encontrarlos antes que ella.
—¿Dónde has oído eso?
—A Tanner —respondió Drew, alzando la vista hacia Bow Green, donde Jake estaba hablando en ese momento con Hannah Bryant—. Dijo que ella se había ido de la oficina para ir a comprobar algo.
—Hijo de perra. Están trabajando juntos. Tienes que mantenerlos separados. Yo me encargaré de los cigarrillos y tú vigila a Jake. Si no desiste, dímelo. Encontraré la forma de que escuche.
Drew vaciló. Calmó su respiración hasta que recuperó un ritmo natural. —Eso no es todo, jefe —dijo, apretándose el puente de la nariz.
—¿Cuánto peor puede ser?
—Me he cruzado con Hannah Bryant en la comisaría. Está hablando con Jake ahora mismo.
—¿Sobre la violación?
—Sí.
—Pero pensaba que habías dicho que Jake se había retirado de eso. Pensaba que para eso era el soborno.
—Eso dije. Lo hizo. Para eso era.
—¿Pero sigue investigando?
—¿Por qué si no iba a estar ella aquí?
—Jesús...
—¿Y si se entera de lo de las otras? —dijo Drew por accidente, pues pretendía pensarlo en lugar de decirlo en voz alta.
—¿Otras? Pensé que habías dicho que solo era ella.
—Eso dije. Así fue. Pero... hubo otra.
Otras cuatro.
Liam suspiró. —¿Y qué pasa con ella? ¿La misma situación?
Drew asintió, aunque Liam no estaba allí para verlo. —Garrison lo tenía todo bajo control.
—Como si pudiéramos fiarnos de cualquier cosa que haya hecho ese capullo.
—¡No es que podamos despertarlo y preguntarle!
Ambos se quedaron en silencio. El pecho de Drew seguía subiendo y bajando con esfuerzo, mientras el motor del coche de Liam sonaba en sus oídos.
—Dame algo de tiempo —dijo Liam—. Tengo que pensar. Pero, sinceramente, a menos que puedas deshacerte de todas y cada una de las pruebas antes de que Jake llegue a ellas, no hay nada que yo pueda hacer.
—Deja que vaya a por él —dijo Drew—. Puedo convencerlo para que pare. Si el dinero no funciona, puedo ponerme creativo.
—No. No te acerques a él.
—¿Por qué sigues defendiéndolo?
—Por razones que no entenderías. Limítate a estar agradecido de que te siga poniendo a ti por delante de él.
Drew apretó los dientes hasta que le dolió la mandíbula. —Está bien. La princesita Tanner se quedará sin un rasguño.
Drew colgó, furioso. Ahora el miedo había sido devorado y tragado por la furia y la ira.
Apretó el puño hasta que los nudillos se le pusieron blancos y luego lo descargó repetidamente sobre su muslo.
Pum. Pum. Pum. Pum . Hasta que el dolor se le hinchó en la rodilla y los músculos del cuádriceps se le quedaron dormidos.
Era una alternativa más suave que golpear el interior de la puerta del coche, o el volante, o el salpicadero, o una pared de ladrillo; pero seguía doliendo lo mismo.
Durante los siguientes minutos, se quedó sentado e inmóvil, contemplando sus opciones.
Tal como él lo veía, no había ninguna. Liam no iba a ayudarlo.
Ni de coña; lo acababa de dejar muy claro.
¿Y si Tanner estaba cerca de las pruebas, o ya las tenía?
Sus días como oficial de policía estaban contados.
Y si no se le permitía ir a por Tanner él mismo, ¿qué se suponía que debía hacer?
Si no era Liam quien iba a por él, con toda seguridad serían El Granjero y El Cónclave, y Drew sabía de primera mano de qué era capaz esa gente: con qué facilidad podían deshacerse de alguien como si fuera un trozo de mierda en un zapato.
No podía defenderse contra eso. No estaba dispuesto a convertirse en otra de las estadísticas mortales de El Cónclave.
Drew se estiró hacia el asiento del pasajero, abrió la guantera y cogió el teléfono móvil.
Una pegatina en la parte posterior del dispositivo decía: solo uso de emergencia.
Llamó al único número que figuraba en la agenda.
—Buenas tardes, restaurante Clam Shell —dijo la voz al otro lado—. ¿En qué puedo ayudarle?
—Me preguntaba si podría reservar una mesa para uno a las siete en punto.
—¿Para uno?
—Sí.
—¿Y desearía la langosta o el salmón?
—Langosta.
—Hemos tomado nota de su reserva. Adiós.
La línea se cortó.
Drew se apartó el teléfono del oído, deslizó la carcasa para abrirla, sacó la batería y retiró la tarjeta SIM que había debajo. Rompió la SIM en dos y quemó el chip dorado con su encendedor antes de regresar a la oficina y tirar los restos a la papelera.