Bajo la Raya (DC Jake Tanner 3) Capítulo 73
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Capítulo 73

DESCANSO PARA IR AL BAÑO

J ake se había pasado los últimos treinta minutos intentando dar respuesta a todo, para su propio disgusto.

Ya se había confirmado que Nigel Clayton —el hombre que había muerto tras verse implicado en el fatal accidente de coche con Garrison— estuvo presente tanto en la muerte de Danny Cipriano como en la de Richard Maddison.

Esperaba que solo fuera cuestión de tiempo que se confirmara que también estuvo presente en el asesinato de Michael Cipriano para completar el triplete.

Jake reflexionó un momento mientras recordaba el suceso: cómo había estado a escasos metros de alguien que le arrebataba la vida a Michael a golpes; cómo se le había subido el corazón a la garganta al escuchar los sonidos de la agonía de Michael; cómo se había acurrucado en el suelo, preparándose para que lo vieran y le dispararan; cómo la mujer de negro le había perdonado la vida.

Nada. Aquí no hay nadie.

Ella lo había salvado. Lo había dejado vivir. Pero ¿por qué? ¿Y quién era ella?

Jake volvió a centrar su mente en el asesinato de Richard Maddison. En el momento en que Drew lo había llamado para decirle que un grupo de personas había asaltado la casa de Maddison.

—Estoy fuera del piso de Richard Maddison esperando a que llegue a casa, pero creo que El Granjero y su grupo acaban de entrar por la fuerza.

—Danny Cipriano fue asesinado por un socio cercano nuestro llamado El Granjero y su equipo.

En ese instante, por el rabillo del ojo, vio que Drew regresaba a la oficina, lo que lo distrajo.

El sargento detective venía acalorado y nervioso, y parecía ligeramente abochornado, como si acabara de recibir un baño de vino en la cara.

Se puso de espaldas a la pared y se sirvió un vaso de agua de la fuente, evitando el contacto visual mientras se sentaba.

—¿Todo bien? —preguntó Jake.

—Sí.

—¿Cómo ha ido?

—¿El qué ha ido cómo?

—Jermaine.

—Ah. Estamos esperando a localizar a su abogado. Ha solicitado a Rupert Haversham.

Jake asintió despacio, asimilando el nombre. Era algo recurrente en la oficina, casi como si el señor Haversham fuera un miembro más del equipo.

—Parece que media ciudad requiere sus servicios —dijo Jake.

—Por algo será. Es bueno. Yo lo querría si estuviera en apuros.

«Normal que lo quisieras», pensó Jake, mientras su mente conjuraba imágenes de Drew sentado tras un micrófono, defendiéndose en un tribunal por violar a Hannah Bryant.

—¿Crees que las pruebas contra él se sostendrán? —preguntó Jake.

—No importa lo que yo crea. Importa lo que crean la fiscalía y doce jurados.

—Drew esbozó una sonrisa de suficiencia, dirigió su atención a la pantalla del ordenador y cogió unos documentos de la bandeja.

Empezó a rellenar las hojas, alzando la vista hacia el ordenador repetidamente mientras completaba la información.

—¿Y qué crees que dirán doce jurados sobre lo que le pasó a Pete?

Al oír el nombre de Garrison, Drew se detuvo y giró el cuello bruscamente hacia Jake. —¿De qué estás hablando? —Antes de dar a Jake la oportunidad de responder, giró la cabeza hacia el escritorio de Charlotte—. ¿Adónde ha ido ella ?

—Ha tenido que salir un momento. Ha dicho algo de volver al lugar del incidente de Garrison para buscar pruebas. Creo que vio algo en unos arbustos cercanos y en el asiento del copiloto.

Los ojos de Drew se movieron con nerviosismo y el color desapareció de sus mejillas. Y en ese momento Jake supo que tenía al cabrón.

Sin decir nada mientras apagaba la pantalla de su ordenador, Drew se levantó lentamente de su silla.

—¿Adónde vas? —preguntó Jake, apartándose de su escritorio.

—Eh... a fumar... y luego... al baño.

—¿Te importa si te acompaño?

—Vete a la mierda, pervertido.

Jake soltó una pequeña risa por la nariz y observó cómo Drew salía de la oficina y giraba a la izquierda.

Para cuando llegó al vestíbulo, Drew estaba al final del corredor, ladeando el cuerpo para enfilar otro pasillo.

Jake corrió tras él escaleras abajo. Si necesitaba alguna señal de que Drew mentía, era esta.

Poco después llegaron a la entrada de la comisaría. Drew iba unos veinte metros por delante de Jake, con el móvil ya pegado a la oreja.

Cuando Drew se acercó a las puertas giratorias, se quedó petrificado y se apartó el teléfono de la cabeza.

Hannah Bryant acababa de subir los escalones del edificio y estaba en la entrada. Se quedaron parados un momento, mirándose el uno al otro. Ninguno dijo nada, atrapados en una batalla de palabras no pronunciadas y mordaces que se habían manifestado tras años de silencio y aborrecimiento.

—¡Hannah! —dijo Jake, fingiendo entusiasmo al verla cuando en realidad estaba perplejo—. Gracias por venir. Espero que no haya sido con tan poco margen de tiempo.

—No... —dijo ella, insegura—. Ha estado bien...

—¿Qué tal el viaje?

Por el rabillo del ojo, Jake notó que a Drew se le había quedado la boca abierta.

—Bien, gracias —respondió ella, todavía sin saber qué tramaba él.

—Me alegro —contestó Jake—. Bueno, si no te importa, sargento Richmond, me gustaría hablar con mi testigo un momento. ¿No tenías un descanso para ir al baño que debías tomarte?