Bajo la Raya (DC Jake Tanner 3) Capítulo 66
63%

Capítulo 66

PROPUESTA DE NEGOCIOS

A Liam se le erizó la piel al bajar del coche y cerrar la puerta.

Le rodeaba por todas partes un estruendo de gritos, golpes, estrépito, risas juguetonas, televisores que atronaban con repeticiones de programas matinales y el sordo y repetitivo estrépito de la música house.

Era una cacofonía de sonidos que le intimidaba —intimidaría a cualquiera — y no le daba miedo admitirlo.

Por norma, los agentes de policía no debían venir aquí.

Ni siquiera los corruptos que mantenían una apariencia de relación con los que dirigían la urbanización.

Liam incluido. Pero esta noche se trataba de una circunstancia excepcional.

Se le había presentado una oportunidad y era hora de sacarle provecho.

Cada vez que ponía un pie en la urbanización Cosgrove, en Stratford, Liam contaba los minutos hasta que podía escapar.

Todo allí le asustaba. Todo estaba más sucio en aquel lugar.

El hormigón. Los edificios. El pequeño retazo de tierra que servía de campo de fútbol.

La cancha de baloncesto tras el césped. Los garajes y las paredes decorados con grafitis de mal gusto.

La tienda de conveniencia que habían asaltado y saqueado, y que ahora estaba tapiada.

Hasta la única y solitaria farola naranja situada en el centro de la plaza se veía desaliñada.

Y, lo peor de todo, era el olor: el hedor a orina y alcohol que flotaba en las calles, recorriendo las avenidas y pasadizos en un viento tibio.

Liam cruzó tranquilamente la plaza, flanqueada por dos imponentes torres de gran altura; una al norte y otra al sur.

Sus pasos parecían resonar con fuerza por toda la urbanización.

Iba de paisano, pero era consciente de que incluso quienes no sabían quién era podían deducirlo.

Podían deducir qué era. Como si tuvieran una especie de sexto sentido para detectar maderos a un kilómetro de distancia.

Ante él, a unos treinta metros de distancia, había un paso subterráneo excavado en la base del bloque de pisos. De su interior surgió un chico joven con una sudadera con capucha montado en una bicicleta y se acercó a Liam.

Liam se detuvo donde estaba. La experiencia le decía que lo hiciera. Que siguiera las reglas. Que no hiciera ninguna estupidez. Nadie le salvaría allí; nadie oiría siquiera sus gritos.

El chico dio vueltas a su alrededor un rato, provocándolo, observándolo, hasta que finalmente se detuvo poco a poco. —Brazos —ordenó el chico. No debía de tener más de trece años; su voz acababa de empezar a cambiar.

Liam levantó los brazos y el chico le cacheó, dándole palmadas en los bolsillos y las piernas, asegurándose de que no llevaba armas.

Satisfecho, el chico dijo: —Camisa.

Sin necesidad de que le explicaran a qué se refería, Liam se levantó la camisa, demostrando que no llevaba micrófono.

—Estás limpio —dijo el chico, subiéndose a la bici.

—Dile a Henry que quiero hablar con él.

El chico sacudió la cabeza. —Eso no le va a hacer puta gracia... madero . ¿Sabes qué hora es?

No lo sabía con precisión, pero era consciente de que ya pasaban de las tres. Mucho después de la hora de dormir del chaval. Y de la suya.

—Tú limítate a decírselo, renacuajo de mierda —le espetó Liam—. Es importante.

—Más vale que cuides lo que dices delante de mí, pavo. —El chico, con la rapidez del rayo, sacó una navaja automática del bolsillo y la mantuvo a la distancia del brazo. La farola iluminó la hoja de ocho centímetros con un tono naranja, como si estuviera al rojo vivo.

Liam la miró y se quedó quieto. —¿Cómo te llamas, chaval?

—Lewis —respondió el chico con orgullo y un rápido movimiento de barbilla.

—Sabes lo que soy, ¿verdad?

—Eso no vale una mierda cuando pones un pie por aquí... madero .

Lewis escupió en el suelo, junto a los pies de Liam, y arrancó con su bici, volviendo a través del paso subterráneo.

Mientras esperaba, Liam observó los alrededores.

Los bloques de torres tenían treinta pisos de altura y allí vivían cientos de personas, la mayoría en condiciones ruinosas.

Pero no unos pocos elegidos. Había una jerarquía que no mucha gente de fuera de la urbanización conocía.

Los camellos eran, como es natural, los más ricos, y ocupaban varios pisos a la vez; la mayoría en lo más alto, lo más lejos posible de cualquier banda rival que quisiera iniciar una guerra de territorios haciendo que alguien se tragara una bala.

Luego estaban los correos, los «pequeños» —los críos aprendices que no tenían más de quince años y que no sabían lo que hacían— que repartían la droga por las calles, llevándola a los compradores.

Y, por último, estaban los compradores: los adictos desesperados que suplicaban por su siguiente dosis.

Y luego estaba el que se la suministraba a todos.

Henry Matheson.

Liam se preguntó en qué piso se estaría quedando. ¿En el edificio norte o en el sur? Antes de que pudiera seguir dándole vueltas, el chico regresó, con los frenos chirriando mientras derrapaba hasta detenerse.

—Le has pillado de buen humor. Sígueme.

Liam echó a andar tras el chaval. Se dirigieron al edificio que estaba al otro lado de la cancha de baloncesto, cruzaron las puertas y subieron catorce tramos de escaleras.

Allí, el hedor a alcohol y vómito le subió por las fosas nasales, le bajó por la garganta y se le instaló en el estómago, dándole ganas de devolver.

Al detenerse en el vigésimo piso, Liam intentó borrar el olor de su mente.

Tenía que concentrarse. Había un trabajo que hacer y necesitaba estar al cien por cien si quería resultar mínimamente convincente.

«A tope», se dijo Liam. «A tope».

El chico se detuvo ante un piso. No tenía número en la puerta, pero tras ella se encontraba el origen de los graves pesados que había oído desde la plaza. Después de que Lewis llamara, la música paró y le siguió el sonido de pasos y el de una cadena de seguridad al abrirse.

Henry Matheson era un tipo corpulento: de pelo corto, ojos hundidos y nariz rota.

Llevaba una cadena de oro al cuello y otra todavía más gruesa en la muñeca.

Su cutis era claro y parecía que lo cuidaba bien, lo que a Liam le resultó extraño, pues pensaba que lo último en lo que pensaría un traficante de drogas sería en completar una rutina facial cada noche.

Henry vestía un chándal Adidas, con los pantalones por la mitad de las piernas y la chaqueta desabrochada, revelando una camiseta de tirantes y una cantidad considerable de vello en el pecho.

—Más vale que esto sea importante. No habías pedido cita.

—¿Es que ahora tienes tarjetas de visita o algo así? ¿Una secretaria a la que pueda llamar? —Liam esperaba que la broma ligera compensara la molestia.

No fue así.

Henry le dio la espalda a Liam y desapareció dentro del piso.

Liam lo interpretó como su señal para entrar.

El piso estaba oscuro, frío y apestaba a hierba.

Era un cambio agradable frente a la orina y todo lo demás que había olido por el camino.

El aire estaba lleno de una densa bruma originada por el humo; Liam supuso que impregnaba las paredes, los poros y las moléculas de todo lo que allí vivía.

Siguió a Henry hasta el salón, al fondo del piso.

Las luces estaban apagadas y la única fuente de iluminación era la pantalla de televisión de cuarenta pulgadas que estaba en el suelo, a la izquierda.

Contra cada una de las tres paredes restantes había un sofá.

En ellos estaban sentados Henry y sus camellos, todos mirando a Liam con desprecio, mientras las luces parpadeantes de la televisión bailaban en sus cadenas y pendientes.

Al recorrer la habitación con la mirada, se dio cuenta de que, a cada lado del televisor, había dos cuerpos desplomados sobre unos pufs.

—¿Están bien? —Liam señaló a las dos chicas en coma.

—Deja que yo me preocupe por ellas —dijo Henry, cruzándose de brazos—. Tú preocúpate de que se te escuche en los próximos cinco minutos.

«Con gusto», pensó él, entrando en la habitación. Vio un sitio libre, lo bastante grande para sentarse sin entrar en contacto con nadie más, y se sentó.

—No, no. No tienes permiso para sentarte —ordenó Henry, señalando con el dedo a Liam para que se levantara.

Poniéndose en pie en medio de la habitación, Liam soltó una risita incómoda y preguntó: —¿Cómo va el negocio?

Henry chasqueó la lengua. —Pavo, ¿vienes aquí a estas horas de la madrugada para hablar de puta contabilidad? Acabas de perder dos minutos de tu tiempo. Habla de una vez.

Liam levantó una mano en señal de paz. Ir al grano. Corto y conciso, se dijo. —¿Y si te dijera que puedo casi duplicar tus ingresos?

Henry se inclinó un poco hacia adelante. —Diría que estás diciendo gilipolleces, pero ahora tienes mi atención.

—¿Seguro que has oído hablar del caso Cipriano?

Los ladrones famosos. Mataron a su madre con una especie de collar bomba con pinchos.

¿Sí? Esos. Asqueroso, lo sé. Pero lo hizo uno de los chicos que tengo en nómina.

Le ofrecí una suma de dinero lo bastante grande y aceptó encantado.

El único problema ahora es que uno de sus chicos ha metido la pata y su ADN ha acabado en el cadáver.

El contacto que tenemos en la científica no tuvo oportunidad de descartarlo. Ahora tenemos una situación...

—Un minuto.

Liam continuó, a pesar de todo. —Necesitamos a alguien a quien cargarle los muertos. Y ahí es donde entras tú.

Ante eso, uno de los traficantes a la izquierda de Henry movió la mano hacia el brazo de su asiento, agarró una pistola de debajo de un cojín y la puso lentamente sobre su rodilla, asegurándose mucho de que Liam supiera que estaba allí y de que le apuntaba directamente.

—¿De qué estás hablando? —preguntó Henry.

—De mi pregunta original. De negocios. Van bien, pero podrían ir mejor, ¿no? —Liam miró alrededor de la habitación como si realmente esperara una respuesta—. Tu amigo, Jermaine Gordon... ¿cómo le va?

—Sigue quedándose con el cuarenta por ciento del mercado.

—¿Y si me librara de él? Mi equipo puede arrestar a Jermaine, colocarle algunas pruebas que hagan que parezca que él mató a los hermanos y entonces habrá desaparecido durante unos buenos diez o veinte años. Con sus antecedentes, incluso podría caerle más tiempo. Eso deja libre su parte del mercado.

Un momento de vacilación recorrió la sala. Liam se sentía como si estuviera en un tribunal, siendo juzgado y evaluado por un jurado. Con suerte, el hombre de la pistola no sería su verdugo.

—¿Tú qué sacas de todo esto?

Liam se encogió de hombros. —Una tajada mayor de lo habitual. El diez por ciento.

—Vete a la mierda.

—El diez por ciento de tu recaudación mensual. Piénsalo. Serás el dueño del cien por cien del mercado. El diez por ciento de eso es insignificante. Y nosotros seguiremos dejando que traigas los cargamentos, que los repartas por la ciudad y te mantendremos fuera de líos.

—El dos por ciento —repuso Henry.

—El ocho.

—El dos.

—El cinco.

—El dos.

Liam abrió la boca para replicar, pero se detuvo al ver que el hombre de la pistola la subía más por su pierna. —Está bien. El dos por ciento. ¿Los métodos de entrega de siempre?

—Sí. —Henry asintió—. ¿Eso es todo?

—Todavía no. ¿Cuánto tiempo me queda?

—Diez segundos.

—Bien. Una última cosa: dile a tus chicos que dejen de suministrarle a Drew. Está a punto de descarrilar si seguís dándole esa mierda.

Henry se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas. —Tengo algo que quiero que te lleves. —Se volvió hacia el hombre que tenía al lado y le quitó la pistola de las manos; luego la puso sobre la mesa de cristal que tenía delante.

—Qu...

—¿Vas a ponerte desagradecido ahora, Liam?

Liam sacudió la cabeza.

—Buen chico. Si tu plan funciona y todo sale bien, entonces los chicos de Jermaine van a ir a por ti.

Y créeme, no vas a querer que eso pase. No suelo ofrecer protección a mis clientes, pero como este es un trato especial y me estás haciendo un favor, es lo menos que puedo hacer por ti. ¿De acuerdo?

Liam asintió. No sabía qué decir. De hecho, tenía demasiado miedo para decir nada.

Una pistola le estaba apuntando y no quería ni pensar en el tipo de vida que habría tenido: a cuántas vidas habría puesto fin, cuántas balas habrían pasado por su recámara, a cuántas mujeres habría dejado viudas, a cuántos niños huérfanos de padre.

—¿Y lo de Drew? —preguntó, intentando ganar todo el tiempo posible.

—Solo te preocupa porque hace tiempo que no pruebas el género por ti mismo...

—Henry buscó a su espalda y sacó una botellita de Pepsi.

La puso sobre la mesa—. Puedes usar esto.

Pruébalo y mira qué te parece. Podría ayudarte a olvidar que eres un madero sucio durante un par de horas.

Como hacías antes. Recuerdo que era tu favorita.

Anda, vete. Se acabó el tiempo. Elijah te acompañará a la salida.

Sin necesidad de que se lo dijeran dos veces, Liam agarró la pistola y la botella de Pepsi, se las guardó en el bolsillo y en la cintura, y se marchó.