Capítulo 64
OJITOS DE CORDERO DEGOLLADO
H abían pasado cinco minutos y ya se aburría.
Una parte de él había sopesado marcharse.
No tenía ninguna razón real para estar allí, así que ¿por qué seguía?
Porque la otra parte de él estaba preocupada por Drew.
Por lo mucho que habían pasado juntos. Por cómo había defendido a su inepto colega en una ocasión anterior y por cómo no estaba seguro de poder hacerlo de nuevo.
Por cómo a Drew había que dárselo todo mascado.
Por cómo le había lamido el culo a Liam en los últimos meses.
Por cómo ambos se habían distanciado. Por cómo él mismo estaba a años luz de Liam y Drew en el escalafón de La Cábala, y por si sería capaz de sacar fuerzas de flaqueza para llamar a El Granjero y organizar un golpe contra uno de ellos si llegaba el momento.
La respuesta era sencilla. Sí. Conocía su misión y sabía que podía hacerlo.
Un par de faros aparecieron a la izquierda del almacén. El coche avanzó por la carretera y luego giró a la derecha, dirigiéndose hacia Garrison.
Observó cómo quien quiera que fuese se detenía frente a él, apagaba el motor y salía del coche.
—No eres quien esperaba —dijo Garrison mientras Nigel Clayton abría la puerta del copiloto y se deslizaba dentro.
—Soy el único que está disponible. Los demás se esconden: esperan a que pase el temporal después de lo que ha pasado. —Nigel señaló con la cabeza el almacén por el que acababa de pasar.
Hubo una larga pausa. Garrison aprovechó el tiempo para inspeccionar el rostro de Nigel. Había algo extraño en su presencia, pero no sabía qué. Garrison esperaba a alguien del equipo de El Granjero, pero nunca a Nigel Clayton; nunca al contable.
—¿Por qué estás aquí?
—El dinero. Él... me ha preguntado por el dinero. El Granjero. Lo quiere. Es mucho dinero el que tenemos que blanquear fuera del país.
—¿Fuera del país? —preguntó Garrison.
Una media sonrisa cruzó el rostro de Nigel, pero no ocultó su semblante asustado. —Por eso soy el mejor en lo mío.
—No te flageles.
—¿Cuándo va a llegar?
—Lo tengo ahora mismo en el maletero.
—¿De verdad?
—No, claro que no, joder, de verdad no. ¿Qué puntería crees que tengo? ¿No eras tú el inteligente?
Nigel jugueteó con los dedos.
—¿Cuándo va a llegar? —repitió, mirando por la ventana.
—Prefiero hablar de esto con El Granjero —respondió Garrison.
—Está ocupado. Por eso me ha enviado a mí.
Mmm. Seguía habiendo algo que no le cuadraba.
—Puedo llamarle sin más. —Garrison metió la mano en el bolsillo, despacio al principio para calibrar la reacción de Nigel, pero cuando el contable no reaccionó, Garrison sacó la mano. Siguió observando a Nigel con suspicacia—. ¿Qué está pasando realmente, Clayton? ¿Por qué estás aquí de verdad?
Nigel giró la cabeza bruscamente hacia él. —¿Es verdad?
—¿Qué es verdad?
—Lo del DNA. En el cuerpo de Danny Cipriano.
Garrison soltó una larga exhalación, diseñada para hacer que Nigel sudara un poco más. —No tienes que preocuparte por eso; nos estamos encargando.
—¿Cómo?
—No hace falta que lo sepas.
—Sí, me hace falta . Necesito saberlo. ¿Y qué hay del cuerpo de Maddison? ¿También está mi DNA en ese?
Garrison frunció el ceño. —¿Por qué iba a estar? Pensaba que se había suicidado.
Nigel se rascó la nuca. No era capaz de sostenerle la mirada a Garrison. —Hubo un forcejeo. Entramos justo después de que se cortara las venas. Pero en cuanto nos reconoció, intentó salir de la bañera. Lo inmovilicé y lo sumergí, pero había sangre y desorden por todas partes. Limpiamos después.
Garrison no podía creer lo que estaba oyendo. —¿A conciencia?
Nigel lo miró con ojitos de cordero degollado, lo cual le dijo a Garrison todo lo que necesitaba saber.
Justo cuando estaba a punto de hacer una llamada, otro par de faros aparecieron en su espejo retrovisor. Esta vez era una furgoneta.
El vehículo derrapó hasta detenerse junto al coche de Garrison, y tres figuras saltaron fuera, ocultas tras máscaras negras.
En sus manos empuñaban armas —un bate de críquet, un bate de béisbol, una palanqueta— y rodearon el Jaguar, abriendo primero la puerta del copiloto.
Presa del pánico, Garrison reaccionó rápido y arrancó el motor, dirigiendo su mano instintivamente a la caja de cambios automática.
Pero hubo un problema. La fuerza de la costumbre dictó su siguiente movimiento: metió la directa hacia delante en lugar de la marcha atrás.
Y entonces se abrió su puerta. Por el rabillo del ojo, vio que la cabeza de Nigel se ladeaba de un lado a otro como la de un muñeco de trapo mientras era golpeado repetidamente con un bate de críquet, y supo que estaba a punto de correr la misma suerte.
De pie junto a él, con una mano en la puerta y la otra sosteniendo un bate de béisbol, había un hombre corpulento, macizo y de complexión fuerte, enmascarado tras un disfraz negro.
No hubo lugar para ningún otro pensamiento en el cerebro de Garrison antes de que el hombre descargara el bate sobre su cráneo y lo enviara al mundo interminable de la inconsciencia.