Capítulo 56
CONFIANZA
C aminaron en silencio hasta el laboratorio anexo de la policía científica, en la parte trasera de Bow Green.
Justo después de ponerse en marcha, Charlotte le había hecho una rápida llamada a su enlace y, para cuando llegaron, ya le habían concedido acceso a los pasillos interiores del edificio.
Al entrar por las puertas giratorias y avanzar por el vestíbulo, los abordó una voz dominante y nasal que sonaba como si su dueño hubiera sido locutor de radio o comentarista deportivo en otra vida. Y uno bueno, además.
—Perdonen —dijo la voz—. ¿A dónde van?
—A hablar con Sandy… —dijo Jake deteniéndose—. Tengo que comentar una investigación con ella.
—Está muy solicitada últimamente.
Jake ignoró al hombre y se dirigió hacia las puertas dobles al fondo de la entrada. Mientras esperaba a que Charlotte pasara su tarjeta de acceso, la voz del hombre volvió a sonar, como una sirena de niebla.
—Tienen que registrarse… por favor .
Jake puso los ojos en blanco y se giró hacia el hombre, que claramente estaba decidido a complicarles la existencia. Luego se acercó por la moqueta, se apoyó en el mostrador y cogió el bolígrafo sujeto a una pequeña cadena. Jake garabateó su nombre y le pasó el bolígrafo a Charlotte.
—¿Dos veces en una semana?
Jake clavó la mirada en el hombre. —¿Perdone?
—Dos veces en una semana. —El hombre señaló otra fila en la hoja de registro.
Jake se inclinó y la miró de cerca. Su nombre. Firmado y fechado.
—Es curioso, sin embargo, no le recuerdo. Suelo ser bueno con las caras.
Soltando una risita incómoda, Jake restó importancia al asunto, esperó a que Charlotte terminara y cruzó el umbral hacia el laboratorio científico. En cuanto la puerta se cerró tras él, se pasó los dedos por el pelo.
—Ese no eras tú, ¿verdad? —preguntó Charlotte, manteniendo las distancias al otro lado del pasillo.
Jake negó con la cabeza. —No era yo. —A esa misma hora, él había estado a sesenta kilómetros de distancia, en Guildford—. Pero sé quién era.
—¿Quién?
—Drew. —Jake cerró los ojos y lo imaginó pavoneándose por el edificio, todo arrogancia y presunción, falsificando los datos de Jake y esbozando una sonrisa de suficiencia al darse cuenta de que se había salido con la suya.
En demasiadas ocasiones le habían recordado a Jake que se parecían: pelo similar, complexión similar, rasgos faciales similares.
La única diferencia radicaba en la altura y la edad: diez centímetros y siete años respectivamente.
Al principio, Jake se lo había tomado como un cumplido, pensaba que era algo bueno.
Ahora se daba cuenta de que distaba mucho de serlo.
—¿Estás seguro? —preguntó Charlotte mientras se detenían al otro extremo del pasillo.
Él respondió con un simple asentimiento. —Fue justo antes de que encontráramos muerto a Richard Maddison. Debió de venir aquí para robar algunas muestras de pruebas.
—¿Las pruebas encontradas en su dormitorio se las llevó de aquí?
—Si tuviera que aventurar una hipótesis fundamentada, diría que sí.
—Pero—
Una técnica de la científica a la que Jake reconoció de las innumerables escenas del crimen en las que había estado apareció en el pasillo, interrumpiéndolos.
Jake y Charlotte la saludaron con la cabeza y, en cuanto se hubo ido, subieron al despacho de la jefa de la escena del crimen, en la segunda planta.
Jake llamó a la puerta, pero prefirió no esperar permiso antes de entrar.
Sandy estaba sentada tras su escritorio, con la atención fija en el monitor del ordenador.
Con una mano en el ratón y la otra en el regazo, giró lentamente la cabeza hacia Jake y Charlotte, sin inmutarse ni sorprenderse por su repentina aparición.
En su línea de trabajo, nada la asombraba, ni siquiera la imposibilidad de que un cadáver volviera a la vida.
—Jake… —dijo Sandy. Llevaba unas gafas apoyadas en la punta de la nariz. Era la primera vez que Jake se fijaba en ellas—. Estás en mi despacho.
Él echó un vistazo rápido a su alrededor como para cerciorarse del hecho.
—Sí. Siento interrumpir, pero necesitamos ayuda.
—¿Quiénes somos «nosotros»?
—La inspectora Grayson y yo.
Charlotte se adelantó y le tendió la mano. Sandy la estrechó y ambas mujeres mantuvieron el contacto más tiempo del que parecía necesario.
—Voy a incorporarme al equipo durante un tiempo —dijo Charlotte.
—Encantada de conocerla. —Sandy se volvió hacia Jake—. Y bien, ¿de qué se trata todo esto?
—El cuerpo de Richard Maddison. ¿Qué es lo último que tenemos? El jefe quiere saberlo.
—Hemos enviado las pruebas a patología forense. Ahora depende de ellos.
Fue el turno de Charlotte para hablar. —¿Qué pasa con las huellas dactilares y las pisadas? ¿Las ha enviado ya? Son de especial importancia para nosotros. Necesitamos los resultados lo antes posible.
—El día solo tiene un número limitado de horas, inspectora Grayson.
—Lo agradezco. Pero tenemos que—
—Gracias por tu ayuda, Sandy —dijo Jake, decidiendo interrumpirla—. Nos avisarás si cambia algo, ¿verdad?
—Si no lo hiciera, no estaría haciendo mi trabajo.
Dicho esto, Jake y Charlotte se marcharon. No era el resultado que esperaban. En un mundo ideal, habrían tenido las pruebas que demostraran que hubo una segunda parte presente en la muerte de Richard Maddison. Quizás incluso una tercera.
—Siento lo de ella —dijo Jake mientras entraban en el hueco de la escalera—. Está estresada y le falta personal. Ya aprenderás pronto cómo es de verdad.
—¿Te refieres a que es una maleducada?
Jake soltó una risita incómoda. —Sí y no. Mucha gente depende de ella.
—¿Alguna vez has pensado que pudiera ser una persona de interés?
Jake no lo había hecho. De hecho, había considerado lo contrario.
Para él, era una integrante intachable del personal policial, siempre presente en las escenas del crimen, siempre informativa, siempre metódica y reflexiva en sus procesos e informes, siempre trabajando en silencio en segundo plano, esforzándose al máximo, ocupándose de lo que debía.
Pero ahora Charlotte había plantado una semilla de duda en su mente.
Era una lección dura de aprender, pero al menos la estaba aprendiendo: que en esta vida, y en este trabajo, realmente no podía confiar en nadie.