Capítulo 50
LA CARTERA
J ake tamborileó con los dedos sobre el volante al ritmo del compás imaginario que sonaba en su cabeza, se detuvo y después masajeó los laterales del aro con las manos.
Estaba traumatizado. Peor aún, estaba en puto estado de shock.
En menos de una hora, casi lo habían sacado de la carretera, lo habían estado a punto de atrapar y matar, y había presenciado la muerte de un hombre.
Quería buscar el lado positivo —el hecho de que se hubiera librado—, pero no podía.
En su lugar, las imágenes del cuerpo de Michael aparecían en su mente, esta vez grabadas con tinta indeleble.
La sangre. La piel pálida. La desesperación de su rostro mientras cerraba los ojos por última vez.
Al reproducir en su cabeza los sordos ruidos de los golpes del hombre que había apaleado a Michael hasta la muerte, sintió el inicio de un ataque de pánico.
Con saña. Su ritmo cardíaco se aceleró. Su respiración.
Su pulso. La piel se le volvió pegajosa.
Su visión se volvió borrosa, como en un túnel.
Las paredes del coche se le echaban encima, dispuestas a aplastarlo a él y a su tráquea.
Frenéticamente, Jake buscó la llave, la giró en el contacto y bajó las ventanillas, dejando que un torrente de aire frío inundara el interior. Jadeó profundamente, inspirando por la nariz y expirando por la boca, hasta que su respiración se ralentizó y recuperó cierto rastro de normalidad.
Había estado cerca. Demasiado cerca.
Pero no lo suficiente como para salvar a Michael.
Jake cogió el teléfono y marcó el número de Charlotte. Sonó varias veces, pero no hubo respuesta.
Frustrado, lo intentó de nuevo, esta vez haciendo rebotar la pierna arriba y abajo en el reposapiés.
Seguía sin haber respuesta. Estaba empezando a tener mejor relación con su buzón de voz que con ella.
Jake se dio por vencido y apretó el teléfono en la mano.
Había pruebas dentro de la fábrica, muchísimas, allí sentadas, esperando a ser encontradas.
Y tenía que ser él quien las encontrara, y no los forenses corruptos y los servicios de emergencia que Liam desplegaría en cuanto llegaran.
Solo había un problema en su camino: necesitaba una orden judicial. Una aprobación. Algo. Cualquier cosa que le permitiera registrar la fábrica.
Jake tomó la decisión por su cuenta. No podía permitirse esperar, dejar que los atacantes regresaran y se llevaran el vehículo. No podía permitirse esperar a que llegaran Liam, Drew y Garrison, dejarlos precintar la fábrica y permitirles destruir pruebas vitales.
Jake abrió la puerta y cogió del maletero un par de guantes desechables, las tres bolsas de pruebas que le quedaban, un registro de pruebas y un registro de asistencia.
Se puso los guantes y echó a correr hacia el edificio, moviendo los ojos de izquierda a derecha por si alguien se aproximaba a lo lejos.
Al acercarse, el olor a estiércol y a tierra de granja asaltó sus sentidos.
Casi tan grande como Bow Green, la estructura era de acero y hierro corrugado.
Había dos entradas principales: un gran portón metálico en el frente y otro en el lateral del edificio.
Jake rodeó el lateral y se detuvo ante una puerta pequeña.
Se abrió con un crujido. Contuvo el aliento.
Luego se detuvo y escuchó atentamente mientras el sonido resonaba por el vasto espacio.
Segundos después, cruzó el umbral. El olor a estiércol era aún más fuerte en el interior; le golpeó en la cara y le dieron ganas de vomitar, mientras una ráfaga de aire le rozaba los tobillos. El lugar tenía un aire ominoso, como si hubiera entrado en una casa encantada.
En medio de la nave estaba la furgoneta que habían usado para sacar a Michael de la carretera.
A ambos lados había dos juegos de marcas de neumáticos negros.
En una esquina había una silla volcada —probablemente utilizada para algún tipo de tortura, pensó Jake— y, junto a ella, las manchas y marcas de maquinaria que llevaba allí décadas.
Abriendo la bolsa de pruebas, Jake se acercó a la furgoneta, abrió la puerta del conductor y miró dentro.
Apoyó una mano en el asiento para estabilizarse y luego registró el interior.
En medio del reposabrazos, entre el conductor y el pasajero, algo le llamó la atención.
Una cartera. La cogió y ojeó las tarjetas hasta que dio con el carné de conducir.
El rostro de Danny Cipriano lo miraba fijamente.
Aunque el nombre era distinto: Harry Winston.
Guardó la cartera en la bolsa de pruebas y luego se dirigió a la parte trasera de la furgoneta. Metió los dedos bajo la ranura del tirador y tiró. Se tensó mientras se preparaba para lo que pudiera ver. ¿Otro cadáver? ¿Otra escena del crimen? ¿Un arma homicida?
El portón se elevó y a Jake se le encogió el corazón: no había nada dentro.
Consciente del tiempo y de que el resto de su equipo se le echaba encima rápidamente, sacó con presteza el bastoncillo de algodón del fondo de la bolsa de pruebas, tomó una muestra del suelo de la furgoneta y lo devolvió a su vial. Repitió el proceso con el asiento del conductor y el volante.
Después, lo recogió todo.
Pegó una etiqueta blanca en cada una de las bolsas de pruebas —en el centro, doblada por ambos lados— y escribió su nombre, su número de placa, la fecha y la hora.
Quienquiera que hubiera secuestrado y matado a Danny Cipriano conducía esta furgoneta.
Y quien hubiera matado a Danny era responsable también de la muerte de Michael.
Esperaba que los hallazgos fueran suficientes para identificar al Granjero y al resto de sus socios.
Poco después, Jake apretó las bolsas de pruebas en su puño y regresó a su coche.