Bajo la protección del CEO multimillonario Capítulo 2
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Capítulo 2

“Siete años atrás”

—¡Buenos días, hija mía! —Mi madre entra en la habitación con una tarta de cumpleaños, cantando el cumpleaños feliz junto a mi padre, que viene justo detrás—. ¡Cumpleaños feliz, cumpleaños feliz, te deseamos todos, cumpleaños feliz! —Me levanto de la cama, animada; me encantan los cumpleaños.

—Pide un deseo antes de soplar las velas, mi amor. —Papá habla antes de que yo sople sin pensar en nada.

Cierro los ojos durante unos segundos y pienso.

¿Qué quiero este año? Ah, lo mismo que deseo desde hace algunos años: un príncipe azul.

Vale que ese deseo todavía no ha salido muy bien y sé que soy un poco mayor para esas cosas, pero siento que ahora, con diecisiete años, voy a conocer a mi gran amor, como en las películas.

Soplo la vela con fuerza, sintiendo que mis sueños se harán realidad.

—Gracias, mamá, gracias, papá. ¡Os quiero! —Los abrazo muy fuerte, recibiendo muchos besos. Son increíbles y me hacen sentir muy amada; siempre están presentes cuando los necesito.

—Te estamos esperando abajo para desayunar. Hemos mandado preparar todo lo que más te gusta. —Mamá sonríe, le da la mano a papá y salen de la habitación para que pueda arreglarme y bajar.

Mi madre es mi mejor amiga, somos inseparables y se lo cuento todo. Sé que puedo confiarle todos mis secretos, no es que tenga alguno.

En realidad, me encantaría ser de esas chicas populares que tienen varios tíos tonteando con ellas y fiestas a las que ir, sobre todo aquí en Estados Unidos, donde hay una cultura muy fuerte de cheerleading, pero soy la chica tímida, la que no tiene amigos y va sola todo el tiempo.

Vaya, debería haber pedido ser más sociable, ¿no?

¿Será que he desperdiciado el deseo con un príncipe?

Podría haber pedido amigos. Ah, aunque, bien pensado, si encuentro un amor, me haré amiga de él y de sus amigos, y así resuelvo dos problemas de una sola vez.

Sí, este deseo ha sido más inteligente y necesario.

Pueden pensar que soy tonta por querer un gran amor siendo tan joven, pero la verdad es que no necesito vivir locuras sola porque no soy así.

Prefiero mucho más vivir locuras con mi novio, tener a alguien con quien compartir una vida.

Seguro que esto es culpa de las películas de Disney que siempre he visto con mi madre.

La verdad es que ella encontró a su príncipe azul, mi padre, William, y yo fui fruto de ese amor.

Es algo bonito de pensar, ¿no? La relación de ellos es tan bonita y unida que sueño con tener eso algún día.

Sí, soy muy romántica, ¿qué le voy a hacer?

Voy al baño, me lavo los dientes, me peino, me hago una coleta y me pongo un vestido suelto para desayunar. Bajo las escaleras de mi casa corriendo, muy animada.

—Has sido rápida, ¿eh? —Papá deja de mirar el móvil y se gira hacia mí.

—¿Y cuándo no lo soy, papá? —Me encojo de hombros.

—Tengo varias situaciones que podría mencionarte, pero como es tu cumpleaños, seré bueno y lo dejaré pasar. —Me guiña un ojo.

—Hoy es un día de alegría. Hace diecisiete años recibimos nuestro mayor regalo.

Todavía recuerdo la emoción cuando descubrimos que estabas en mi barriga, hija.

Y, hasta hoy, eres nuestro orgullo. Una hija atenta, cariñosa, muy inteligente y que no nos da ningún trabajo.

Somos muy felices por tenerte en nuestra vida.

—Mamá habla emocionándose y papá pone una mano en su hombro, demostrando cariño.

—Ay, mamá, no podría haber pedido unos padres mejores que vosotros. —Hablo con los ojos llenos de lágrimas, voy hasta ellos y nos quedamos un buen rato abrazados.

—Bueno, ahora vamos a desayunar, porque hoy tienes clase y, como tienes examen, no podemos dejar que faltes. —Papá me sirve una taza de café.

Han preparado todo lo que más me gusta. Tenemos fruta, gofres, tortitas dulces, panes, tarta, literalmente todo lo que puedas imaginar está aquí.

Como esta es mi comida favorita, como de todo sin pensarlo dos veces, pero dejo lo mejor para el final: la tortita.

Madre mía, qué adicta soy a las tortitas, saben a infancia.

Vivimos en Saint Augustine, en pleno interior de Florida. Creo que tiene unos dieciséis mil habitantes, así que puedes imaginar lo pequeña que es. Es una ciudad tranquila para vivir, no hay violencia ni demasiadas cosas, casi nunca pasa nada.

Vivimos aquí porque papá tiene una inmobiliaria que es la única de la ciudad y de la región, así que tiene sus ventajas.

Tenemos mucha calidad de vida, pero el lado malo es que siempre son las mismas personas, conocemos a todo el mundo, lo que imposibilita mi búsqueda del príncipe azul.

Así que cada vez está más difícil; en esta ciudad solo hay sapos.

Subo a mi habitación y me arreglo para ir al instituto.

Estoy en segundo de bachillerato, soy una de las mejores alumnas de allí y me enorgullece.

Elijo una falda corta de color rosa fucsia, pero en su justa medida, y me pongo la blusa del uniforme, que es blanca.

Me encantan los accesorios, así que uso bastantes collares, pendientes pequeños y pulseras.

Para terminar el look, me calzo mis zapatillas blancas, muy estilosas, con algunos detalles rosas en el lateral.

—Que tengas buena clase, hija mía, te recojo a la misma hora. —Mis padres me dejan juntos hoy en el instituto.

—¡Gracias! Deseadme suerte en el examen de hoy. —Sonrío.

—No necesitas suerte, mi amor. Has estudiado mucho y conoces la materia, te saldrá bien.

—¡Gracias, mamá! Hasta luego. —Me despido y sigo mi camino.

El examen es a primera hora, que es lo que prefiero. De hecho, mamá tenía razón y me sale muy bien. Solo hubo una pregunta que me pilló, pero después de un rato la entendí y la resolví enseguida.

El día va transcurriendo sin grandes emociones, como siempre, pero todo cambia después del recreo.

Estoy sentada en la primera fila, en mi silla de todos los días, cuando alguien llama a la puerta del aula.

El profesor va a abrir y aparece un chico nuevo.

Es rubio, tiene los ojos azules, es alto, fuerte y guapísimo.

Nunca he visto a un chico tan guapo como él.

¿Será modelo? Seguro que es nuevo en la ciudad o yo sabría quién es.

Entra en el aula con la mochila colgada del lado derecho. Tiene una forma de andar que me vuelve loca. En realidad, creo que a todas en clase, porque todas las chicas están babeando por él. Madre mía, ¡qué bueno está!

El profesor le manda sentarse en la silla que hay detrás de mí y eso me provoca escalofríos. ¿Va a quedarse justo a mi espalda? Menos mal que voy perfumada y llevo el pelo perfecto. Pero, madre mía, ¡qué raro!

—¿Por qué no te presentas a la clase? —le pide al alumno nuevo, y todos lo miramos de inmediato.

—Hola, soy Jack. Me he mudado aquí este fin de semana con mi familia. Me gusta el fútbol, era el capitán en mi antiguo instituto y pretendo entrar en vuestro equipo. —Mientras habla, no consigo disimular mi cara de embobada.

Habla con tanta confianza. Acaba de llegar y ya ha dicho que va a jugar en nuestro equipo, y aunque nuestra ciudad sea pequeña, tenemos un excelente equipo de fútbol americano, así que no es tan simple como decir que va a jugar y ya está.

Como le gusta tanto, debe saberlo y, aun así, ha llegado imponiéndose. Admirable.

—Bienvenido, soy Chloe, capitana de las animadoras. —Madre mía, esta insoportable ya se está luciendo para él con esa sonrisa falsa.

Apuesto a que dentro de nada intentará liarse con él. Ella siempre sale con los capitanes del equipo y hace poco terminó su relación. Joder, ¿justo ahora? Así no voy a tener ni una oportunidad, qué fastidio. Pongo los ojos en blanco por mis propios pensamientos y lo oigo reír bajito detrás de mí.

—Por lo visto no sois muy amigas, ¿no? —me susurra al oído y me quedo helada.

Me quedo inmóvil. Necesito aprender urgentemente a disimular mis muecas. Intento mantener la calma porque está hablando conmigo. Ah, no me lo puedo creer.

—No. —Me giro rápidamente para responder con una sonrisa de quien está avergonzada. Quería decir algo más, pero sencillamente no puedo. No sale nada, así que vuelvo a mirar al frente.

—¿Y cómo te llamas? —Ah, estoy a punto de sufrir un infarto. Está sacándome conversación y, además, quiere saber mi nombre. Responde, Sarah, responde.

—Soy Sarah. Bienvenido a nuestro instituto. —Me giro y sonrío, intentando fingir que estoy tranquila, pero por dentro estoy supernerviosa.

Me doy cuenta de que es mucho más guapo cuando lo ves así, de cerca. Madre mía, ¡qué chico tan guapo!

—Gracias, Sarah. —Mi corazón late deprisa. La forma en que me susurra eso al oído me deja extraña. Siento algo nuevo dentro de mí.

Intento prestar atención a lo que el profesor está diciendo, pero no lo consigo.

Revivo el momento en que él entra, las pocas palabras que hemos intercambiado, una y otra vez en mi cabeza, y saber que sigue detrás de mí me pone aún más nerviosa.

¿Será que le he gustado? ¿Por qué iba a sacarme conversación si no le hubiese gustado?

Oigo sonar el timbre, que nos indica que la clase ha terminado. Necesito sacar algún tema, decirle algo, pero ¿qué? Piensa, Sarah, piensa. Cuando iba a preguntarle si quería que alguien le hiciera un tour por el instituto, la zorra de Chloe se entromete.

—Hola, Jack, ven conmigo, voy a presentarte al entrenador de fútbol. —Ahhh, sabía que no iba a perder el tiempo, ¡pero qué rabia!

Intento controlar mi cara mientras guardo las cosas en la mochila. Quién me manda soñar despierta, era obvio que esto iba a pasar, ¿no? No soy tan guay como ella.

—Vale. —Responde, al menos sin demasiado entusiasmo, lo que me consuela un poco. Lo veo ir hacia la puerta y, de repente, se detiene, mira hacia atrás y dice—: Hasta luego, Sarah. —Su sonrisa es tan bonita que automáticamente sonrío también.

—Adiós, Jack. —Me despido oyendo campanas de alegría. Creo que eso ha significado algo, tiene que ser así.

¡Ay, madre! ¿Será que mi deseo de cumpleaños ya se está haciendo realidad? ¿Será que él es mi príncipe azul? Ah, espero que sí, mi corazón ya dice que sí.