Bajo la protección del CEO multimillonario
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Capítulo 1
Cuando era niña no imaginaba lo difícil que podía llegar a ser la vida adulta.
Resulta curioso recordar cómo soñaba con el instituto, con los tan ansiados dieciocho años, la universidad, entre otras cosas.
Imaginaba mi vida como la de las películas románticas, conociendo a mi príncipe azul, casándome y teniendo hijos, pero, por desgracia, la realidad se mostró muy diferente conmigo.
Vivo con mi tía Irene en una urbanización de mansiones muy prestigiosa en el barrio de Joá, en Río de Janeiro.
Nuestra casa tiene unas vistas deslumbrantes a la playa de Joatinga, un lugar que parece, sencillamente, el paraíso.
Es una playa pequeña que tiene aproximadamente trescientos metros de extensión.
A su alrededor hay muchas rocas y árboles, lo que hace que el lugar sea aún más bonito.
El agua tiene un tono azul claro, con olas muy grandes, para alegría de los surfistas.
En serio, no me canso de contemplar estas vistas; me transmiten tanta paz.
Claro que es una mansión gigantesca solo para que vivamos nosotras dos. Tiene seis suites, todas con vistas al mar, varios salones, dos cocinas. En la zona exterior tenemos una piscina enorme con hidromasaje, barbacoa, sala de juegos y una zona de spa, con sauna y sala de masajes.
Al principio todo me parecía una gran exageración.
Mis padres son ricos, pero no en la proporción de tía Irene, así que no entendía por qué una sola persona necesitaba algo tan grandioso.
Pero ella siempre amó la vida lujosa y acabé acostumbrándome, convirtiéndome en alguien que valora ese tipo de cosas.
Me considero una persona tímida, no tengo muchos amigos; en realidad, mi tía es mi única amiga.
No puedo culpar a nadie más que a mí por eso.
Tengo mis traumas y dificultades para relacionarme; sencillamente no consigo confiar demasiado en las personas, lo que me convirtió en una mujer reservada y práctica.
Me acostumbré a ello y soy feliz por tenerla a mi lado.
Además, aprendí algo extremadamente importante: amar mi propia compañía.
Voy a restaurantes, al cine, a museos, lo hago todo sola y está bien; me gusta estar conmigo misma. Me basto.
—Ah, ni siquiera te he oído llegar —tía Irene se sobresalta cuando entro en la cocina.
—Hola, tía. Perdona, no quería asustarte, acabo de llegar. —Voy hasta ella y le doy un beso en la mejilla. Es una mujer maravillosa, una inspiración para mí.
—No pasa nada, estaba distraída. —Se encoge de hombros, cogiendo un vino de la vinoteca.
—¿Ah, sí? ¿Se puede saber por qué? —Me siento en la encimera y ella aprovecha para coger otra copa para mí—. ¿Acaso estabas pensando en alguien especial? —Esbozo una sonrisita, imaginando ya su respuesta.
—Querida, ¿cuántos años llevas viviendo conmigo? Sabes muy bien que ya conocí el amor con tu tío. Después de que él se fuera, no quiero saber nada más de matrimonios. No tengo la menor paciencia para lidiar con esos viejos pesados, solo quiero divertirme. —Nos sirve el vino y brindamos.
Lo que más amo de mi tía es la libertad que tenemos para hablar de todo, y ella no tiene pelos en la lengua. Mi tía enviudó muy joven y nunca tuvo hijos, lo que hizo que cuidara de mí como si fuera su hija. Me encanta ese cariño suyo hacia mí.
—Tú no existes. Lo sabes, ¿verdad? —Doy un sorbo—. Hablas como si te liaras con esos viejos, ¿eh? Todos los hombres con los que estás tienen al menos diez años menos que tú.
—Claro, ¿de verdad crees que los hombres de mi edad iban a aguantarme? Ni siquiera los más jóvenes me aguantan. Tengo mis sesenta años, que han estado muy bien vividos. Todavía soy fogosa, cariño. —Me guiña un ojo y nos morimos de la risa.
—Quiero ser como tú, tía. Esa energía tuya es increíble. —Sonrío.
—Sarah Campbell, tu energía también es increíble, querida. Solo tienes que permitirte un poco más. Ya te lo he dicho algunas veces, solo tienes veinticinco años y también necesitas disfrutar. —Levanta una ceja, como quien demuestra que ha llegado la hora de la charla moralista.
—Sí, ya me lo has dicho y lo estoy intentando. —Cojo la copa de vino y dibujo círculos con los dedos en el borde.
—Tenemos que dejar el pasado en el lugar al que pertenece y vivir el presente. —Viene hasta mí y me da un abrazo—. Tus padres también te lo dicen siempre. Aunque vivan en Estados Unidos, siempre están pendientes de ti y se preocupan, igual que yo.
—Lo sé, tía. Prometo que me esforzaré más. —Intento sonreír para tranquilizarla.
—Estupendo. —Da unas palmadas—. Tengo un evento al que ir este fin de semana y tú vendrás conmigo. Qué bien que te hayas ofrecido voluntaria.
—¿Cómo dices? Yo no he dicho nada de ir a ningún evento. —Me sobresalto.
—Claro que sí, acabas de decir que vas a esforzarte. Ha sido claramente una señal para tu querida tía de que la acompañarás. Se acabó eso de quedarte aquí sin salir a divertirte.
—Yo salgo mucho, pero esos eventos son un rollo, cero diversión en eso. —Pongo los ojos en blanco.
—Querida, salir a museos y cosas así no cuenta. Al menos en este evento podrás ponerte un vestido maravilloso, ver gente guapa y bailar un poco. —Coge la copa y se mueve por la cocina como si estuviera bailando un vals con alguien.
—Ay, tía. —Me río de su actuación—. Primero, mi ropa ya es maravillosa, y segundo, ni siquiera tengo vestido para ese evento en concreto, así que lo dejamos para la próxima.
—Nada de eso, ya he mandado hacer tu vestido y llegará mañana, así que no te preocupes. ¡Vas a ir!
—Todo este discurso era solo para manipularme y hacer que fuera, ¿no? ¡No vales nada! —Niego con la cabeza, riendo, porque ya sé que he perdido esta batalla. Tía Irene es extremadamente divertida, sabe convencerme para que haga lo que quiere y no tiene filtro alguno.
—Claro, tengo muchos años de experiencia y te conozco mejor que nadie. Sabes que me preocupo por ti y que quiero tu bien. Confía en mí, te va a encantar ese evento. —Guiña un ojo y sirve más vino.
—¡TÍA! —Lo digo alargando la palabra, cuestionándola—. ¿Qué estás tramando? —La miro seria porque siento que se acerca una encerrona.
—¿Yo? Dios mío, nada, Sarah. Qué desconfiada eres. —Se hace la tonta.
—¡TÍA! Yo también te conozco, tienes esa cara de quien ha preparado algo. ¿Estás intentando presentarme a alguien? —Me levanto de la encimera y me llevo las manos a la cintura.
—¿Yo? No. A no ser que quieras que te presente a alguien. ¿Quieres? —Levanta las cejas y esboza esa sonrisilla suya de traviesa.
—Sabes muy bien que no. Estoy bien así. —Hablo con firmeza.
—Ajá, claro que sí. —Pone los ojos en blanco.
—Tiiiiía.
—Deja eso, Sarah, vamos a beber nuestro vino en paz. Déjate de tonterías.
Seguimos bebiendo y cambiamos de tema, hablamos de otras cosas. Finjo que creo que no está tramando nada, pero sé muy bien que sí. De vez en cuando intenta presentarme a algún sobrino de alguna amiga suya, pero, madre mía, ninguno me provoca ni una pizca de entusiasmo.
Son todos esos pijos que se creen un partidazo, y puede que hasta lo sean, pero nunca hay química; ni de lejos, no salta ni una chispa pequeña.
Esta vez estaré más atenta para no caer en esa trampa.
Iré con ella al evento, pero ya dejaré preparadas unas cuantas excusas para escabullirme en cuanto se distraiga. Si tengo suerte, no tardará mucho.
Tía Irene está muy bien vista en la alta sociedad y tiene muchas amigas. En esos eventos, todas beben, y cuando digo todas, quiero decir realmente todas, y se juntan para cotillear sobre los invitados. Después de eso bailan y mi tía acaba liándose discretamente con alguien.
Eso sí que sabe hacerlo, ¿eh? Nunca he visto a nadie ser tan discreta con ese asunto. Nadie sabe siquiera que es una golfilla, pero creo que hace muy bien. Me alegra que aproveche la vida al máximo.
Me quedo pensando en cómo habría sido si me hubieran criado aquí desde pequeña. Muchas cosas no habrían ocurrido y, muy probablemente, yo no sería así, tan desconfiada. Por desgracia, no todo es como nos gustaría y pueden pasar cosas malas.