Bajo la protección de Malvezzi (Hombres Protectores 1) Capítulo 4 – Hinata #3
6%

Capítulo 4 – Hinata #3

—¡Ay, ya está! Qué injusto. Ya no soy una niña, okaa-san. Sé lo que son los besos, y también sé cómo se hacen los bebés, por Kami.

Mi tía suelta una carcajada y le guiña el ojo a Yukio.

—Tiene razón, imouto. Eres demasiado estricta. A la edad de Yukio, tú ya salías a escondidas de nuestro Otou-san, ¿o ya se te olvidó?

El silencio que sigue es casi cómico. Mi madre se queda momentáneamente sin habla, un rubor subiéndole por el cuello, mientras Yukio abre mucho los ojos, visiblemente sorprendida por la revelación.

—¿Okaa-san? —pregunta Yukio, con una sonrisa traviesa—. ¿Usted? ¿Saliendo a escondidas?

No puedo evitarlo y suelto una risa suave, viendo cómo la imagen imperturbable de mi madre se tambalea levemente ante los recuerdos de la tía Keiko.

Pero, detrás de la diversión, esa sensación de estar siendo observada vuelve a atormentarme.

Miro de nuevo hacia la ventana, sintiendo un frío en la espalda que no tiene nada que ver con el aire acondicionado del restaurante.

Intento mantener mi atención en la conversación, pero mis ojos traicionan mi voluntad.

Miro una vez más hacia el cristal y, esta vez, el corazón se me cae al suelo.

Está ahí.

Al otro lado de la calle, apoyado en una gran maceta de cerámica ornamental, Kaito me observa.

No intenta esconderse; está de pie con la postura de quien tiene todo el tiempo del mundo, los brazos cruzados sobre el pecho, los ojos fijos en mí a través del cristal.

Siento un escalofrío helado subirme por la espalda y las manos empiezan a sudarme.

Trago saliva, con la garganta apretada, y desvío la mirada hacia mi plato con tanta rapidez que casi tiro el biberón de Sayuri.

¿Qué quiere? ¿Qué tengo que hacer para que deje de perseguirme?

La sensación de seguridad que me dio el día en el santuario desaparece en un segundo, sustituida por un pánico asfixiante. Intento respirar hondo, controlando la expresión para que mi madre y Yukio no noten que mi verdugo está a pocos metros de distancia.

—¿Entonces el novio de la adolescencia de Okaa-san era Otou-san? —pregunta Yukio, con los ojos brillando de diversión, ajena a mi terror silencioso.

Miro a mi madre. Tiene las mejillas sonrojadas, una imagen rara de vulnerabilidad. Intento aferrarme a ese tema, a cualquier cosa que me mantenga anclada a esa mesa y me impida volver a mirar hacia la ventana.

—No, no era Ryotaro —responde la tía Keiko, soltando una risita traviesa y agitando el dedo—. Era otro noviete. Un chico de un pueblo vecino, muy guapo, por cierto. Ryotaro apareció bastante después, cuando vuestro abuelo ya había decidido que era hora de que vuestra madre se casara en serio.

—¡Keiko, onegai! —protesta mi madre, pero no hay enfado en su voz, solo un bochorno casi juvenil.

—¡Ay, cuéntanos más, tía! —insiste Yukio, inclinándose hacia delante.

Fuerzo una sonrisa, pero siento como si mis músculos estuvieran hechos de papel.

Siento el peso de la mirada de Kaito en mi espalda, como si pudiera atravesar la pared y tocarme.

Sabe que lo he visto. Está marcando territorio, recordándome que, sin importar adónde vaya o con quién esté, él sigue ahí, en las sombras.

Acaricio la cabecita de Sayuri, sintiendo su calor contra mi brazo. Es por ella que no puedo derrumbarme. Es por ella que no puedo dejar que él entre en nuestras vidas.

—Era artista, Yukio —continúa Keiko, ignorando las protestas de mi madre—. Pintaba cuadros y escribía cartas de amor capaces de hacer desmayar a cualquiera.

Mientras ellas ríen y hablan del pasado, lucho contra las ganas de gritar. El contraste es cruel: mi madre y sus recuerdos de un amor de juventud inocente, y yo, aquí, atrapada en una telaraña de obsesión y miedo.

Lanzo una mirada rápida y furtiva de reojo hacia la ventana.

Kaito sigue ahí. Descruza los brazos y se lleva la mano al bolsillo, de donde saca el móvil.

Mi teléfono, sobre la mesa, vibra una vez.

Se me revuelve el estómago. Sé que es él.

Y sé que, si abro ese mensaje, la paz de mi tarde se acabará para siempre.

Ignoro la primera vibración, pero el móvil insiste, temblando sobre la mesa de madera como si tuviera vida propia. Echo un vistazo rápido a la pantalla.

"O vienes tú aquí, o voy yo ahí."

Se me hiela la sangre. Miro a mi madre, que ahora se ríe de algún chiste de la tía Keiko, y a Yukio, distraída intentando limpiarle la cara a Sayuri.

Mi hija balbucea algo, estirando su manita regordeta para alcanzar un trozo de brócoli del plato.

No puedo dejar que él entre aquí. No puedo dejar que arruine este momento.

—Tengo que hacer una llamada rápida —digo, forzando que mi voz suene estable—. Es del trabajo, se me olvidó confirmar una cosa —le paso a Sayuri a mi madre—. No tardo, lo prometo.

Salgo del restaurante sintiendo el aire frío del atardecer golpearme el rostro, pero no me calma.

Aprieto el móvil con los dedos mientras camino hacia donde lo vi por última vez.

Al principio no encuentro nada. La maceta de cerámica sigue ahí, pero él no.

Empiezo a pensar que se ha esfumado, cuando lo veo entre las sombras de un callejón lateral, con los brazos cruzados, la postura relajada de quien sabe que tiene el control.

Me coloco el pelo detrás de la oreja, intentando disimular el temblor de las manos, y me acerco a él.

—¿Qué haces aquí, Kaito? ¿Por qué me estás siguiendo?

Descruza los brazos y da un paso adelante, la luz de la farola revelando la dureza de sus ojos.

—¿Quién es ese hombre al que besaste anoche? —pregunta, directo, la voz ronca de una furia contenida.

Respiro hondo. La mentira tiene un sabor amargo, metálico en la boca, pero no puedo retroceder ahora.

—¡Ya te lo dije! Es mi novio —respondo, sosteniéndole la mirada—. Y no le hizo ninguna gracia enterarse de que me rondas y me mandas mensajes.

Kaito suelta una risa seca, sin humor.

—¿"Novio"? —prácticamente gruñe.

—Kaito...

—¡Legalmente, todavía tenemos vínculos, Hinata! —me interrumpe—. Y no me ha gustado nada lo que vi... tus labios besando a otro hombre —fija los ojos en mí—. Sabes que puedo acabar con ese noviecito tuyo en un abrir y cerrar de ojos, ¿verdad? Basta con una llamada.