CAPÍTULO 1 #3
—Además, si los atrapamos, estaremos mucho más cerca de todo el mundo. Y si dejamos ir al italiano no habrá ningún problema puesto que no será difícil atraparlo una vez más —mi compañera me apoyó en la decisión que queríamos tomar.
Él se quedó en silencio por un par de minutos, los cuales empezaron a volverse incómodos en la habitación.
—¿A cambio de información sobre los rusos y los coreanos? —preguntó. Luego asintió, serio— Está bien, díganle al italiano que vamos a aceptar su trato a cambio de información concreta y que nos sirva de cualquier manera.
—Sí, por supuesto... —asentimos antes de salir de la oficina. Manos a la obra.
Caminamos de vuelta por el pasillo y un sentimiento de frustración me invadió de golpe.
—Demonios, el italiano va a ser nuestra llave para abrir todas las puertas que han permanecido cerradas, aunque, mi principal objetivo siempre ha sido atrapar a los Romanov.
—¿A los Romanov? —dijo, sorprendida por mi enfoque.
—Claro que, a los Romanov, esos hijos de puta han estado haciendo lo que han querido desde hace muchos años y no puede ser posible que no los hayamos atrapado todavía.
—Es cierto, en eso concuerdo —apuntó ella antes de regresar al lugar en donde teníamos a Francesco de Angelis, el capo de la mafia italiana más grande, esperando por una respuesta.
Era simplemente increíble como ese hombre se veía tan tranquilo, a pesar de la situación en la que se encontraba sentado frente a nosotros.
—¿Entonces qué? ¿Van a aceptar mi trato? —Se burló de nosotros, este hombre sin duda era muy engreído— No quiero perder el tiempo si no van a aceptar lo que les propuse.
Lo miré con frialdad y le di la confirmación que estaba esperando:
—Sí, así que díganos todo lo que sabe.
La adrenalina recorría mis venas, intensificando mi enfoque. Jamás había estado tan a la expectativa por la confesión de un criminal de su nivel, pero esta operación encubierta valía más que cualquier otra, y requería toda mi concentración y la de mi compañera, la sagaz agente Ludmila.
—Bueno, solo tienen que decirme qué es lo que quieren saber y yo les voy a dar las mejores respuestas —nos dijo, regalándonos una sonrisa cínica y confiada.
No podía evitar pensar que la escoria criminal no tiene remedio, ya que operan fuera de toda moralidad; su existencia es un círculo vicioso de miseria y violencia, de eso no me cabía la menor duda.
—Empecemos hablando sobre los Romanov...
¿Sabes quiénes son? —le preguntó Ludmila, inclinándose ligeramente hacia el frente para imponer su presencia.
Ella siempre se ha movido con una seguridad que raya en la temeridad, motivo por el cual es considerada una de las mejores operativas de la FSB y alguien que se ha ganado todo mi respeto en el terreno.
—Romanov es un apellido de peso en el hampa —respondió, cambiando el tono a uno más serio—.
Es el apellido de Maximiliano Romanov, un capo de gran astucia y sangre fría, capaz de mantenerse en la cima de la jerarquía criminal desde su juventud hasta el día de hoy.
Es un hombre con un control tan absoluto que pocos se atreven a sostenerle la mirada sin sentir un miedo visceral.
Pero el imperio de la Bratva no se reduce a él, va mucho más allá.
Son todo un sindicato del crimen; de eso no hay que dudar.
A lo largo de los meses habíamos recopilado muchos rumores, aunque no siempre podíamos corroborar su veracidad. Con el paso de los años, el clan ha ganado un poder inmenso en el tráfico de estupefacientes, la trata de personas y el lavado de activos, además de otros delitos graves.
—¿A qué te refieres exactamente? —intervine, necesitando detalles precisos para armar el mapa de inteligencia.
—Aunque Maximiliano es el Pakhan y la máxima autoridad, el núcleo duro de su organización está formado por sus lugartenientes de mayor confianza y su propia familia, quienes resultan ser tanto o más despiadados que él. Trabajan en red; sus hijos son su extensión operativa.
—Necesitamos saber más sobre el núcleo familiar —le ordenó Ludmila. Los expedientes apenas contenían el dato de que él se había casado con una abogada décadas atrás; el resto era un completo misterio.
—Maximiliano contrajo nupcias con Anastasia Romanov hace casi tres décadas, una mujer que rompe el molde habitual del hampa.
Era una abogada brillante que se involucró con el capo, y aunque suene a locura, existe un vínculo inquebrantable entre ellos; ella es su mano derecha, su consejera, la única que resguarda el libro de contabilidad de sus crímenes, por lo que neutralizarla sería un golpe letal para la organización.
De esa unión nacieron tres herederos: dos mujeres y un varón.
A pesar de que ninguno supera los veintitantos años, su letalidad supera a la de sus progenitores.
Omitiré sus nombres por discreción, pero les daré sus perfiles para identificarlos en el radar.
La mayor es una mujer temible, con un talento inusual para la conducción temeraria y el automovilismo de alto riesgo, pero es su intelecto lo que la vuelve peligrosa; ella suele mediar y disolver los conflictos con otras familias del crimen, por lo que en el ambiente criminal la conocen como "la chica de fuego".
El del medio es la viva imagen de su padre en táctica, aunque sin llegar a sus extremos de crueldad; es el estratega puro y heredero de los talentos tácticos de los Romanov.
Si te tiene en su punto de mira, tu vida termina en un segundo; procesa cualquier escenario con una inteligencia superior a la del capo.
Sin embargo, no tiene ambiciones de ocupar el trono de su padre y se limita a inspeccionar las cargas ilícitas, identificando cualquier sustancia pura en cuestión de segundos.
Luego está la menor, un auténtico genio del blanqueo de capitales; la máxima autoridad del sindicato le consulta cada movimiento financiero antes de operar.
Es sumamente discreta y la más hermética de los tres, por lo que he cruzado pocas palabras con ella.
Para la mayor, el negocio es monótono y lo menosprecia, ya que considera que lidiar con muertes, lavar dinero y evadir a las autoridades es pan comido.
El clan posee un gran número de sicarios y operadores, pero solo un grupo reducido forma su círculo de lealtad absoluta.
Su base de operaciones siempre ha estado en Rusia; únicamente abandonan sus búnkeres o residencias cuando se desata una guerra de cárteles, moviéndose de forma clandestina sin que nadie conozca su ubicación real.
—¿A qué se debe que sea imposible rastrearlos? —pregunté con el ceño fruncido, analizando la situación—. ¿No se supone que usted opera muy de cerca con su red de negocios?
—Por supuesto que tengo un enlace directo con la cúpula de la Bratva por nuestros acuerdos logísticos —respondió—, pero es un protocolo férreo: cada vez que alguien de nuestro círculo es citado a su hacienda, nos vendan los ojos durante el trayecto, impidiendo que cualquiera conozca la geolocalización de su base.
El Pakhan es un estratega paranoico, no deja cabos sueltos.
—Tiene sentido, un pez gordo de su envergadura debe asegurar sus operaciones para seguir dominando el mercado —asentí. Eso era de conocimiento básico en el departamento.
—Bien, esa es toda la inteligencia que les entregaré sobre los Romanov. Ahora les daré las coordenadas exactas de la ruta de los coreanos —dijo con total descaro—, no esperen que les lea la cartilla de toda su red.
—Excelente, agradecemos su colaboración —intervine—. En cuanto verifiquemos que la información sobre las coordenadas es legítima, se procederá a cumplir el trato y será liberado.
—Sí, de acuerdo, pero no se tarden —dijo con tono impaciente y un deje de superioridad—. Tengo negocios en curso y necesito salir de esta celda lo antes posible.
—Esté seguro de que así será, De Angelis —dije antes de abandonar el recinto de interrogatorio. Ludmila caminó tras de mí. El descaro de estos criminales nunca dejaba de asombrarme.
—Así es, son escoria, pero hay que ver el lado positivo —apuntó Ludmila—. A pesar de que la fiscalía tendrá que liberar a Francesco, hemos obtenido inteligencia de primera mano sobre la estructura de los Romanov.
—Me resulta impactante confirmar la existencia de los tres hijos del capo y la magnitud de su preparación para el negocio —comenté—. Es una locura que los haya criado dentro del sistema de la Bratva, adoctrinándolos para ser tan letales como él.
—Romanov no da pasos en falso. Toda esta preparación estratégica no es casualidad —añadió ella con tono reflexivo—.
Está claro que los está posicionando para la sucesión.
En el momento en que se canse de operar en las sombras y decida retirarse a disfrutar de la fortuna obtenida con sus crímenes, el control pasará a manos de alguno de ellos.
—Es exactamente lo que yo pienso; no se desvinculará del negocio por completo, sino que buscará perpetuar su legado a través de la sangre.
—La transición de poder será su flanco más vulnerable, y es ahí cuando debemos dar el golpe —continuó Ludmila—.
Hay que tener en cuenta que solo habrá un sucesor, y los otros dos herederos tendrán que someterse a ese liderazgo, lo que inevitablemente va a generar fracturas y resentimientos internos.
El escenario promete ser muy interesante desde el punto de vista táctico.
—Sin duda, tienes razón. Ha sido una jornada agotadora, así que volveré a mi apartamento para descansar.
—Te veo el lunes, entonces —me dijo, regalándome una sonrisa antes de perderse de vista. Mañana planeaba asistir a una exposición de arte, así que primero pasaría por el supermercado antes de llegar a casa y dormir hasta el amanecer.
CAPÍTULO 4
Dasha Romanov