Capítulo 30
Después de la nieve
La mañana en que Mara dejó Teruel, el cielo estaba despejado y la nieve empezaba a retirarse de las carreteras principales.
Persistía en las cunetas, endurecida en las zonas de sombra y convertida en una mezcla gris junto a los arcenes, pero ya no imponía la misma cautela ni transformaba cada desplazamiento en una comprobación.
Las máquinas de vialidad seguían trabajando, aunque sin la urgencia de los primeros días, y en los pueblos la vida recuperaba un ritmo menos pendiente del parte meteorológico.
David terminó de guardar el equipaje y cerró el maletero.
—¿Seguro que no nos dejamos nada?
Mara miró el asiento trasero y después la pequeña bolsa que llevaba consigo.
—Nada que tengamos que llevarnos.
Habían pasado la primera parte de la mañana en dependencias de la Guardia Civil, revisando entregas, diligencias y documentación pendiente.
Su intervención terminaba allí, pero la investigación seguiría por otros cauces.
Laura y Sergio continuarían con las actuaciones territoriales que pudieran acordarse y, a partir de ese momento, el procedimiento quedaría sometido a decisiones que ya no dependían de ellos.
Mara no sentía que abandonara el caso incompleto. Habían llegado al punto en que seguir mirando las mismas pruebas ya no añadía conocimiento.
Laura salió del edificio cuando ellos se acercaban al coche.
—Os vais sin despediros.
David se volvió.
—Íbamos a entrar.
—Claro.
Laura le tendió la mano y después hizo lo mismo con Mara.
—Ha sido fácil trabajar con vosotros.
—No suele ser una frase habitual después de investigar un homicidio —dijo Mara.
—Me refería a la coordinación.
—Lo había entendido.
Sergio apareció detrás con dos carpetas bajo el brazo.
—Estas se quedan aquí, por si alguno tenía la tentación de llevárselas a Madrid.
David señaló una.
—Ahí hay notas mías.
—Entonces tienen todavía más valor histórico.
El intercambio duró unos segundos y alivió la despedida sin volverla solemne. Habían compartido suficientes horas, carreteras y entrevistas como para no necesitar agradecimientos ceremoniosos.
Laura miró hacia el aparcamiento.
—¿Vais directos?
—Sí —respondió Mara.
—Buen viaje. Si aparece algo que afecte a vuestra parte, os aviso.
—Hazlo.
Subieron al coche.
Durante los primeros kilómetros, David condujo sin hablar demasiado.
Mara observó el paisaje sin buscar referencias, algo que le costó más de lo esperado.
En los últimos días había aprendido a mirar cada curva en función de un horario, cada acceso en relación con un vehículo y cada pendiente como un problema de desplazamiento.
Ahora aquellas carreteras empezaban a volver a ser solo carreteras.
Pasaron el desvío hacia Valdecierna.
David lo vio también.
—Podríamos dar una última vuelta.
Mara lo miró.
—¿Para qué?
—No sé. Por cerrar.
—Ya está cerrado.
David no insistió.
Mara agradeció no regresar a la Casa de la Umbría.
No necesitaba volver a recorrer el acceso, medir otra vez la distancia hasta la vivienda ni detenerse frente al murete donde apareció Álvaro.
El lugar ya les había dado lo que podía darles: la geometría del camino, la salida lateral, la visibilidad desde la carretera y la forma en que un obstáculo creado varias horas después había alterado la lectura de toda la tarde.
El paisaje había condicionado el crimen y, durante un tiempo, también a quienes lo investigaban. No hacía falta despedirse de él.
A media mañana pararon en una estación de servicio. David entró a por café y Mara salió unos minutos para estirar las piernas.
El aire seguía frío, aunque había perdido el filo de los primeros días.
Un matrimonio discutía junto a un turismo sobre dónde habían guardado unas cadenas de nieve; un camionero hablaba por teléfono mientras repostaba y dos niños daban vueltas alrededor de otro vehículo mientras su madre intentaba meterlos dentro.
Mara observó la escena.
Un caso podía ocuparlo todo mientras se estaba dentro de él y, al mismo tiempo, no alterar en absoluto la vida de quienes pasaban a pocos kilómetros sin saber nada.
Para ellos, Álvaro había sido durante muchos días una fotografía, una cronología, una autopsia, una carpeta incompleta y una serie de movimientos reconstruidos.
Para Eva seguiría siendo su hermano cuando todas aquellas diligencias dejaran de aparecer cada mañana sobre una mesa.
David regresó con dos vasos.
—Te he pedido el de siempre.
—Gracias.
Se apoyó junto al coche antes de beber.
—Sigo pensando en Nerea.
Mara no esperaba que sacara ese nombre.
—¿Por qué?
—Porque al principio parecía encajar demasiado bien. El enfado, los mensajes, la llave, la mentira sobre dónde estaba...
—Y ninguna de esas cosas la situaba en la Umbría.
—Ya.
Mara bebió un poco.
—Tenía otros motivos para mentir.
David miró el aparcamiento.
—Como los demás.
—Sí.
Aquello bastaba. Ya habían recorrido demasiado esa lección durante la investigación como para volver a explicarla entera.
Regresaron al coche.
Entraron en Madrid a media tarde. El tráfico se espesó a medida que se acercaban a la ciudad y David empezó a perder la paciencia en la segunda retención.
—Esto sí que es intransitable.
Mara miró la fila de coches.
—No utilices ese término sin un parte de vialidad.
David sonrió.
—Me lo vas a recordar toda la vida.
—Espero que no sea necesario.
Cuando llegaron a la base, Noelia estaba en su puesto con una carpeta abierta y varias pantallas encendidas. Andrés apareció poco después desde otro despacho.
—Así que habéis vuelto.
—Contra todo pronóstico —dijo David—. Hemos sobrevivido a la entrada por la M-30.
Andrés ignoró el comentario y miró a Mara.
—¿Todo cerrado?
—Nuestra parte, sí.
No necesitó que le contara más. Noelia lo había mantenido informado y buena parte del trabajo documental había pasado por Madrid incluso cuando ellos seguían en Teruel.
Alicia los recibió media hora después. Escuchó el resumen sin interrumpir mientras Mara recorría solo lo esencial: segunda declaración de Gabriel, detención, estado de las diligencias y continuidad territorial de la investigación.
La comandante revisó un par de páginas.
—¿Algún punto débil que deba conocer?
—No tenemos confesión y tampoco la necesitamos. La genética no fecha por sí sola el contacto y la lesión de la mano no puede atribuirse de forma exclusiva al forcejeo. La resolución se sostiene por la convergencia del conjunto y porque las alternativas razonables se han comprobado.
Alicia asintió.
—¿Nada objetivo que apoye una intervención posterior de otra persona?
—Nada.
La reunión terminó poco después. Alicia preguntó por el descanso acumulado, recordó un par de asuntos administrativos y les indicó que se fueran a casa en cuanto acabaran lo imprescindible.
Mara agradeció la normalidad del cierre.
Noelia se quedó con ella unos minutos cuando los demás salieron.
—He terminado la cronología limpia.
Le enseñó la versión definitiva. Habían desaparecido la mayor parte de las notas provisionales y las preguntas abiertas. Quedaban los hechos esenciales, las horquillas diferenciadas y una separación clara entre datos acreditados y reconstrucciones.
—He dejado la llegada de Gabriel a la casa como aproximada alrededor de las 16:18 —explicó Noelia—. No como hora fija.
—Bien.
—Y el vehículo de Nerea sigue sin vincularse a él.
—Así tiene que quedarse.
Noelia cerró el archivo.
—Al final la carretera casi fue más importante que el ADN.
Mara pensó la respuesta.
—La carretera nos obligó a corregir el orden de la tarde. El ADN llegó cuando ya sabíamos dónde mirar.
—Aun así, todo empezó con nieve.
—Todo empezó con un cadáver.
Noelia sonrió.
—Eso también.
Mara recogió el abrigo y pasó después por el despacho de Andrés. Él estaba revisando unas declaraciones de otro asunto y apartó los papeles cuando la vio entrar.
—¿Tienes un minuto?
—Claro.
Mara se sentó.
—La coordinación con Teruel ha funcionado bien.
—Me alegro.
—Y David también.
Andrés arqueó una ceja.
—Eso parece un elogio serio.
—No exageres.
—¿Ha aprendido algo?
Mara pensó en la primera entrevista a Irene, en las llaves, en Nerea y en las veces que David había tenido que volver atrás.
—Sí.
Andrés esperó algo más.
—Le vendrá bien —dijo al final.
Mara miró los documentos que había apartado.
—¿Y tú qué llevas?
—Algo bastante menos interesante.
—Mejor.
Andrés volvió a mirarla.
—¿Cómo estás?
La pregunta no necesitaba una respuesta elaborada.
—Cansada, pero bien.
—Entonces vete a casa.
—Eso pensaba hacer.
—No te entretengas ordenando nada.
Mara se levantó.
—No prometo tanto.
Andrés negó con la cabeza, aunque sonreía.
Cuando llegó a casa ya había anochecido. Dejó las llaves en la entrada, se quitó los zapatos y tardó unos segundos en acostumbrarse al silencio. Durante muchos días había vivido entre habitaciones compartidas, teléfonos, coches, entrevistas y reuniones.
Su casa estaba exactamente como la había dejado y, durante los primeros minutos, le pareció distinta.
El móvil vibró antes de que pudiera abrir la nevera.
Era Inés.
—Hola.
—¿Has vuelto?
—Sí.
—¿A Madrid o a casa de verdad?
—A casa.
—Entonces me debes una comida.
Mara recordó la llamada de días atrás.
—Lo sé.
—Y no dentro de un mes.
—Este sábado.
Hubo una breve pausa.
—¿A las dos?
—A las dos.
—¿Y no vas a cancelarme por otro cadáver?
—Intentaré que no ocurra.
Inés se rio y empezaron a hablar de cosas pequeñas: un restaurante que había cerrado, una película que quería ver, un cambio de horario y un asunto doméstico que Mara no terminó de entender a la primera. La conversación fue breve, pero cuando colgaron la casa parecía menos silenciosa.
Mara abrió la nevera y comprobó que tenía menos comida de la que recordaba. Preparó una cena sencilla y comió sin encender la televisión.
No pensó en Gabriel hasta bastante después.
Al pasar junto al bolso vio la libreta que había utilizado durante la investigación. La sacó y volvió a sentarse.
Las primeras páginas estaban llenas de distancias, croquis, horas provisionales y nombres rodeados por interrogantes.
Encontró el dibujo inicial de la Casa de la Umbría, hecho cuando todavía no sabía qué parte del lugar acabaría siendo importante.
Había trazado la carretera, el acceso de unos trescientos metros, la posición del coche de Álvaro y una línea sencilla hasta el murete.
En otra página aparecía el caballón, acompañado de varias preguntas:
Cuándo.
Cómo.
Antes o después.
Ahora las respuestas parecían evidentes porque ya las conocían. Durante los primeros días no lo habían sido.
Mara pasó varias hojas hasta llegar a las anotaciones del último tramo de la investigación. Allí aparecían la compra de las 15:46, el mensaje de las 16:26, la pasada de vialidad de las 18:12 y el registro del alojamiento de las 18:31.
Entre esos puntos, la tarde de Gabriel se había llenado poco a poco hasta dejar de admitir la versión con la que había empezado.
La carretera nunca había demostrado que Gabriel matara a Álvaro.
Había hecho otra cosa: impedir que siguiera utilizando el paisaje para mantenerse fuera de la escena.
Después llegaron las demás piezas.
Mara cerró la libreta.
Al día siguiente trasladaría lo que correspondiera y eliminaría las notas de trabajo que ya no fueran necesarias. No quería conservarlas como recuerdo. Los casos acababan convertidos en documentación oficial y ese era su lugar.
Se levantó, llevó el plato a la cocina y abrió el grifo.
Fuera, Madrid mantenía su ruido habitual, lejano pero constante. No había caminos blancos ni casas aisladas, y nadie necesitaba calcular cuánto tardaría un coche en atravesar una carretera antes de que pasara una máquina quitanieves.
El sábado comería con Inés y el lunes volvería al trabajo. Entre una cosa y otra dormiría más de lo que había dormido durante los últimos días y probablemente compraría comida para una nevera que no iba a llenarse sola.
Pensó por última vez en Valdecierna.
La nieve terminaría de retirarse de la carretera. El acceso a la Casa de la Umbría volvería a parecer un camino corriente y, con el tiempo, ya no quedaría ninguna señal visible del caballón que había condicionado los primeros días de la investigación.
Eso no cambiaría lo ocurrido, solo devolvería el paisaje a su sitio.
Mara apagó la luz de la cocina y dejó la libreta cerrada sobre la mesa.