El rastro de la botánica
El rastro de la botánica
Clara Méndez
Era aún de noche; Clara estaba pegada a la nieve junto a Lucas.
La depresión en la nieve los había tragado; la cúpula de enebros los abrazaba por los lados y el viento, lejos, solo arañaba la superficie.
Lucas respiraba con un hilo húmedo que se convertía en humo al salir, cada exhalación una pequeña estrella que se deshacía.
Su costado izquierdo, donde la tela estaba pegada con sangre seca, se hundía y volvía a levantarse en un ritmo irregular.
Clara notó primero la temperatura de su piel: demasiado fría en el flanco, más tibia cerca del cuello; los golpes del pulso se leían como un metrónomo precario bajo la mandíbula.
El pánico empujó desde un rincón como un animal sin jaula; las frases catastróficas se amontonaron: perder el cuaderno, quedarse sola, no saber cómo mantenerlo con vida.
Respiró contra el viento, contó hasta cuatro, dejó que los números hicieran de valla y obligó al resto a volverse procedimiento.
Había aprendido a traducir el miedo en protocolo en noches de campo y en aulas; ahora cada gesto debía ser un experimento instantáneo: hipótesis, prueba, corrección.
Lo evaluó en silencio y con manos firmes.
Vía aérea: clara. Respiración: superficial, pero presente.
Circulación: piel fría, pulso débil y rápido, hemorragia activa en el punto de entrada, teñida de rojo oscuro.
No había proyectiles visibles fuera de la camisa, solo un surco en la lana y la carne que goteaba con un ritmo obstinado.
Abrió la chaqueta de Lucas con dedos que no temblaron: el vendaje improvisado de la cabaña ya no contenía el flujo.
—No te muevas —dijo, sin piedad ante la petición y con la voz baja como quien marca coordenadas—. Respira conmigo: uno, dos; uno, dos.
Él cedió un poco, como si las cuerdas internas de su cuerpo se amoldaran a la guía.
Clara limpió la mano en los pantalones y, con los nudillos, apartó la nieve pegada a la ropa.
No tenía tiempo ni derecho a buscar la mochila que había dejado atrás en la maleza del Mirador; no iba a inventar lo que no estaba.
Miró alrededor con la mirada profesional que le había salvado caminatas: líquenes adheridos a cortezas, costras en las rocas, una finísima hilera de musgo en la grieta de un enebro.
Si el laboratorio y las cápsulas habían quedado lejos, la montaña todavía ofrecía su botiquín.
Se incorporó con cuidado, manteniendo la espalda pegada a la de Lucas para que un movimiento no desencadenara más sangrado.
Con la navaja, rasgó con mano rápida una tira de corteza suelta y, con la punta, desprendió fragmentos de líquenes que crecían en la corteza rugosa: pardos, grisáceos, algunos con el brillo verdoso de la usnicina cuando la luz los tocaba.
Los conocía por nombre y por efecto; no por orgullo, sino por la utilidad.
No eran cápsulas esterilizadas, era materia viva sacada de la misma montaña que los atacaba, pero en aquel dolor y frío cualquier propiedad antiséptica y absorbente era una ventaja.
Aplastó los fragmentos entre las palmas con la misma precisión con la que antes calibraba una pipeta.
El roce transformó la costra en una masa fibrosa, que absorbía la humedad como si tuviera hambre.
Recordó, sin necesidad de consultar, la nota del cuaderno sobre la usnicina: inhibidor bacteriano, ayuda a mantener limpio el lecho de la herida; las fibras esponjosas, colocadas en presión, facilitan el inicio de un coágulo.
No había garantías, solo probabilidades, pero la ciencia en campo se mide así.
La sangre brotaba con un latido propio. Presionó con la palma para evaluar si la presión directa disminuiría el flujo; la sangre se templó, luego volvió a subir.
No había sutura posible aquí; tenía que fabricar coágulo y sellar la herida.
Mezcló la masa de líquenes con un trozo de resina de enebro que había raspado con la navaja —pegajosa y con aceite natural— y amasó hasta obtener una compota homogénea.
La temperatura de sus manos y el calor de la mezcla aceleraron la reacción: la masa comenzó a tomar cuerpo.
Con cuidado apartó la tela ensangrentada y aplicó la compresa vegetal directamente sobre la herida.
La superficie de la piel era un mapa de fibras blancas y aristas de músculo; sus movimientos no tenían dramatismo, solo precisión: cubrir el orificio, evitar empujar fragmentos más adentro, dejar que el material absorbente tomara la hemorragia.
Con la palma consiguió detener la fuga un instante, notó que la masa de líquenes se drenaba y se oscurecía, y que la sangre aquelaba en capas dentro de la compresa.
En el frío la mezcla empezó a ofrecer resistencia; un microcoágulo se insinuó, como cuando una solución alcanza punto de gel.
Ató su bufanda de lana áspera rodeando el torso de Lucas, no por fuerza bruta, sino con la presión necesaria para mantener la compresa en contacto constante.
Colocó, bajo el parche vegetal, una tira de tejido para distribuir la carga y evitar necrosis, y anudó provisionalmente con cordel encerado que llevaba en la mochila desde la cabaña.
Aprendió a improvisar en prácticas de campo: si no tienes gasa, busca capas; si no tienes hemostático, busca lo que la montaña ofrece.
Con la otra mano, fría y firme, buscó en la mochila el pequeño trozo de arpillera que había dejado allí cuando cerraron la trampilla; lo envolvió como segunda capa.
Ajustó la bufanda hasta que la respiración de Lucas se hizo más larga, menos errática.
La sangre disminuyó su ritmo de fuga y pasó de un hilo a un rastro cerámico que manchaba la tela en una lámina más uniforme.
Ninguna de esas maniobras fue heroica; fueron cálculos puestos en carne.
Controló la temperatura de la compresa con la palma: demasiado frío o demasiado calor podían romper coágulos.
Envió el termo metálico que llevaban —la botella caliente para emergencias— a la altura del pecho de Lucas, envuelto en un paño, para preservar el calor central y favorecer la coagulación superficial.
No administró nada por la boca: el riesgo de aspiración era demasiado alto con una respiración traumática.
En su lugar, limpió los bordes de la herida con un trapo apenas humedecido con alcohol técnico que había guardado en la mochila, sin tocar el centro del parche vegetal.
Lucas movió un músculo; un gesto mínimo, la cara torcida por dolor. Sus dedos buscaron el borde de la bufanda como si quisieran arrancarla; ella apoyó la palma en la suya, la ancló y habló en el tono que había usado con estudiantes: claro, directo, sin espacio para el dramatismo.
—Quieto. Uno, dos.
Él dejó escapar un jadeo y volvió a exhalar; la tensión en su mandíbula se relajó apenas.
La hemorragia seguía siendo grave en el sentido de que, si la lesión era interna, nada podrían hacer allí; pero la salida externa se había reducido a un sangrado lento y controlable.
Clara palpó el flanco, midió la superficie de calor y buscó, con manos acostumbradas a distinguir sustratos, la expansión de un hematoma.
No sintió la onda de un derrame que se extendiera por toda la cavidad abdominal; la probabilidad —no la certeza— era que la bala hubiera rozado y expandido tejido sin atravesar un órgano vital.
Esa era la mejor evaluación posible sin instrumental.
Mientras trabajaba, su mente trazó listas de verificación en silencio: mantener la presión, controlar el pulso cada cinco minutos, evitar hipotermia, preparar una camilla improvisada si lograban moverse.
Ordenó esos pasos como si escribiera en su cuaderno: números, prioridades, tiempos.
La mano que sostenía la compresa permaneció allí, inmóvil, y dejó que la capacidad adquirida creciera en el músculo.
Lucas la observó sin palabras. En sus ojos no hubo discursos, sino un asombro contenido que se dibujó en la pupila: reconocimiento mudo de que alguien le estaba devolviendo tiempo.
Eso le bastó. Clara apretó la bufanda un poco más, midió la tensión con la yema del pulgar; comprobó que las pulsaciones en la muñeca de Lucas eran algo más firmes, menos arrastradas por el pánico del shock.
Se permitió un parpadeo que supo a alivio, pero no lo pronunció.
Sacó de la mochila una arpillera limpia —la misma que había usado para envolver la botella— y la colocó como segunda capa sobre la compresa vegetal; fijó todo con cordel.
Ajustó la olla térmica para que el calor se mantuviera cerca de su cuerpo y, por transferencia, del suyo.
No había curas definitivas, solo ventanas; cada minuto ganado abría la posibilidad de llegar a un sitio con cuchillas y luz donde pudieran atenderlo de verdad.
Las manos de Clara se desplazaron un instante hacia el bolsillo interior de la parka: rozó la cubierta plastificada del cuaderno y sintió su forma sólida contra la costilla. No lo abrió; no ahora. Era la razón por la que seguían en pie y el motor silencioso de todo lo que hacía.
Un crujido lejano en la nieve cruzó la loma, medido y consciente. Clara lo anotó sin dramatismo, como un dato más. Miró a Lucas; sus ojos se encontraron.
—Tenemos que movernos pronto —dijo, con la voz tenue y tensa a la vez.
Él asintió apenas, los párpados cansados flotando un instante.
Clara deslizó la bufanda de refuerzo un poco hacia arriba, comprobó la fijación y, con la misma mano que antes había calibrado soluciones, cerró los dedos sobre la muñeca de Lucas para localizar el pulso.
El latido era más regular. Por ahora, la hemorragia estaba contenida, y eso era todo cuanto podía prometerle en aquel lugar.
Aún con la frente apoyada en la espalda de Lucas, Clara no permitió que la tregua fuera reposo.