Bajo la Niebla de Blue Ridge CAPÍTULO 7
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CAPÍTULO 7

El Camping

GREG

Desde pequeños, Ely y yo teníamos la costumbre de ir a acampar cada vez que comenzaba el verano.

Al principio eran nuestros padres quienes nos llevaban; después, cuando crecimos lo suficiente, empezamos a hacerlo solos.

Bastaban un par de días para desaparecer entre bosques, lagos y caminos perdidos, lejos de todo y de todos.

Con el tiempo, esos viajes se llenaron de pequeños rituales que repetíamos casi sin darnos cuenta.

Contábamos historias de terror que luego no nos dejaban dormir, intentábamos pescar en cualquier río cercano, aunque rara vez atrapábamos algo, bebíamos cerveza tibia alrededor de la fogata mientras nos quejábamos de nuestras relaciones o discutíamos sobre cualquier tontería, y terminábamos sobreviviendo a punta de comida enlatada porque nuestra supuesta habilidad como pescadores era desastrosa.

Pero la pasábamos increíble.

Cuando Ely se mudó, intenté transformar esa tradición en algo mío con Jason.

Durante un par de años me lo llevé a acampar solo a él, aunque siendo mucho más responsable de lo que había sido con Ely a esa edad.

Me aseguraba de llevar suficiente comida, mantas y cualquier cosa necesaria para evitar que mi hijo terminara enfermo o incómodo.

Al tercer año, Jason quiso que Julie nos acompañara, y entonces se me ocurrió convertirlo en una tradición familiar.

Fue así como nació nuestro fin de semana de silencio.

La única regla era no hablar. Durante esos días nos comunicábamos exclusivamente mediante lengua de signos, aprovechando el aislamiento y la calma de la naturaleza para desconectarnos del ruido cotidiano y conectar entre nosotros de una manera distinta.

Era algo muy nuestro y los chicos lo adoraban.

Jugábamos juegos de mesa, pescábamos, y descubrimos que Jason tenía más habilidad para ello que Ely o yo mismo, Julie y Valerie pasaban tiempo de madre e hija, y compartían mucho.

Hacíamos caminatas en la montaña, y Valerie se pasaba la velada tomando fotos con su cámara, retratando tanto la naturaleza, como esos hermosos espacios familiares que atesorábamos.

Cuando Ely me propuso irnos de camping, una sensación extraña se instaló en mí.

Me gustaba pasar tiempo con mi amigo, pero también, amaba esos espacios con mi familia.

No sabía qué decir, por lo que acepté, proponiéndole que ahora lo hiciéramos como algo familiar, ya que los niños disfrutaban mucho de esos espacios, y él también quería llevar a su perro.

No lo sentí muy a gusto, tenía la impresión de que buscaba un rato de desapego con Natalie, lo cual me parecía muy extraño, porque yo no sentía eso hacia Valerie. Después de diecisiete años juntos, seguía queriendo compartir con ella cada momento de mi vida.

Sin embargo, Ely aceptó y pronto se lo comunicamos a nuestras esposas.

—Ely me propuso ir de camping, como hacíamos antes —comenté con naturalidad mientras terminábamos de poner la mesa para el desayuno—. Y pensé que este año podríamos hacerlo todos juntos, ambas familias.

Noté la duda en el rostro de Valerie casi de inmediato.

Aunque asintió y dijo que luego se lo comentaría a los chicos, algo en su expresión seguía viéndose incómodo.

—¿Qué pasa? —pregunté, deteniéndome para mirarla mejor—. Sé que algo te molesta.

Valerie soltó una pequeña exhalación antes de responder.

—No lo sé, amor… —murmuró con evidente incomodidad—. Siento que ahora ellos están en todos nuestros espacios. Y… bueno, ninguno sabe lengua de signos. Me preocupa que Jason no se sienta cómodo.

Entendía perfectamente lo que quería decir.

Por eso me acerqué y la rodeé con los brazos, intentando transmitirle tranquilidad.

—Lo sé, Val —susurré—. Pero también esa era parte de la idea de venirnos aquí, ¿no? Compartir más con otras personas, dejar de sentir que estamos solos todo el tiempo.

Le acaricié suavemente el brazo antes de continuar.

—Ellos son lo más cercano a una familia que tenemos aquí.

Sabía que algo estaba ocurriendo en la mente de Valerie.

La veía despertarse alterada en mitad de la noche, como si escapara de pesadillas que nunca terminaba de contarme del todo.

La encontraba caminando por la casa mirando hacia los ventanales, inquieta, como si sintiera que algo nos observaba desde afuera.

Y aunque intentaba entenderla, también necesitaba ayudarla a salir de ese estado antes de que terminara consumiéndola.

Por eso había aceptado levantar la cerca sin discutir más y estaba dispuesto a hacer cualquier cosa que la hiciera sentirse segura. Pero, al mismo tiempo, sentía que debía lograr que volviera a conectar con la realidad y entendiera que muchas de esas sensaciones nacían de su propia ansiedad.

Y Valerie siempre había sido mejor cuando estaba rodeada de gente.

Era increíblemente familiar. Le encantaba recibir personas, organizar comidas, pensar en juegos, preparar detalles y asegurarse de que todos se sintieran cómodos y queridos. Necesitaba volver a esa versión de sí misma, a la mujer cálida y luminosa que siempre había sido.

—Será bueno para todos, ya lo verás —insistí con suavidad—. Además, Jason podría aprovechar para enseñarle un poco de lengua de signos a Natalie. Ella varias veces ha dicho que quiere aprender.

—Jason no soporta a Natalie, Greg —comentó con evidente fastidio, como si ella misma tampoco la soportara demasiado—. Pero está bien… lo intentaremos.

Y en ese instante tuve la sensación de que el viaje ya empezaba mal.

Conocía demasiado bien a Valerie como para no notar cuando se predisponía ante algo, y eso me frustró un poco. Aun así, preferí no discutir. Me limité a convencerme de que, una vez estuviéramos allá, las cosas fluirían mejor.

O al menos eso esperaba.

El sábado llegó rápidamente y, desde temprano, comenzamos a preparar todo para subir hacia Linville Falls, donde había un campamento oficial del Servicio de Parques Nacionales que, según Natalie, le hacía sentirse mucho más segura que acampar completamente aislados.

Pero cuando ya estábamos prácticamente listos para partir, una enorme casa rodante se estacionó frente a la vivienda de Ely.

De ella descendieron Samuel junto a su esposa y su hijo.

Poco después llegaron Beth y Callie, las hermanas de Natalie, acompañadas por sus parejas, e incluso apareció la suegra de una de ellas.

Una anciana muy extraña, con una mirada penetrante, que desde el inicio me dio una vibra negativa, por lo que decidí mantenerme alejada de ella.

Todos venían preparados para pasar el fin de semana de camping con nosotros.

Valerie había tenido la precaución de sugerirle a Jason que invitara a algunos compañeros del instituto, imaginando que podría sentirse incómodo con las conversaciones y la personalidad de Natalie.

Y, sinceramente, agradecí muchísimo que lo hubiera hecho, porque apenas vi a toda aquella gente reuniéndose entendí que el viaje familiar que imaginaba se había transformado en algo completamente distinto.

Por suerte, dos amigos de Jason aceptaron acompañarnos, Víctor y Logan, y eso al menos me dio algo de tranquilidad.

Aunque, siendo sincero, yo también me sentía decepcionado.

Amaba esos viajes. Los que hacía con Ely desde niño y los que después construí con mi propia familia. Y durante días me había emocionado pensando que, quizás, unir ambos mundos podía convertirse en algo especial.

Pero lo que tenía delante no se parecía a ninguno de ellos.

Aun así, no dije nada y emprendimos el camino hacia el campamento.

La incomodidad comenzó casi desde el inicio.

Natalie convenció a Julie de irse con ellos en la casa rodante para que, según dijo, nosotros pudiéramos viajar más cómodos en el auto.

Pero aquello solo terminó molestando más a Jason, que esperaba compartir el trayecto con su hermana y enseñarles a sus amigos los juegos e historias que habían ido creando juntos a lo largo de los años.

Cuando llegamos al campamento, comenzamos a organizar las carpas y descargar las cosas antes de preparar algo de comer.

El plan inicial era sencillo: desayunar tranquilos y luego irnos los chicos a pescar, mientras las mujeres se quedaban conversando, jugando cartas o simplemente descansando cerca del campamento.

Al menos así lo habíamos imaginado.

Pero estábamos todavía acomodándolo todo cuando Callie apareció usando un traje de baño y anunció emocionada que quería ir al río.

La idea entusiasmó enseguida al resto.

Y, para ser sincero, tampoco me pareció mala opción. Nosotros podíamos quedarnos pescando cerca mientras ellas disfrutaban del agua.

—Yo paso —dijo Valerie casi de inmediato.

La miré sorprendido.

—Amor, creo que deberías hacer un esfuerzo —comenté con calma, intentando convencerla—. Por mí.

Ella suspiró antes de responder.

—Greg, yo vine porque quería compartir contigo y con los chicos, pero la verdad es que no me siento cómoda —admitió con evidente desilusión—. Prefiero ir hasta las cascadas a tomar fotos.

Eso me preocupó más de lo que quería admitir.

—Pero, amor… no quiero que estés sola por ahí —dije con sinceridad—. No voy a poder estar tranquilo pensando que andas caminando sola en esa zona.

Valerie me sostuvo la mirada unos segundos y luego sonrió apenas, intentando tranquilizarme.

—Ve tranquilo, Greg. De verdad.

La dejé ir, aunque me molestó su actitud.

Entendía perfectamente su punto; el viaje había terminado convirtiéndose en algo muy distinto a lo que ambos imaginábamos. Pero aun así me frustraba sentir que Valerie ni siquiera estaba intentando adaptarse.

Y la mirada de desaprobación de Jason terminó de empeorar mi humor.

Él también se sentía fuera de lugar, eso era evidente. Aunque había tratado de llevarlo bien invitando a sus amigos para no aburrirse, seguía notándose incómodo entre tantas personas que no podían comunicarse realmente con él.

Pero en ese momento yo no fui capaz de ver cuánto se había desdibujado la esencia del viaje.

Quizá porque, para mí, Ely y toda aquella gente seguían sintiéndose como familia.