Bajo la Niebla de Blue Ridge CAPÍTULO 5 #3
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CAPÍTULO 5 #3

Al principio, Greg restó importancia al asunto.

Dijo que probablemente estaba interpretando mal las cosas, que había sido una noche intensa y que quizá mi cabeza estaba mezclando emociones con suposiciones.

Su reacción me molestó más de lo que esperaba.

Greg casi siempre lograba entenderme incluso antes de que terminara de explicarme, y normalmente coincidíamos al leer a las personas o percibir ciertos ambientes.

Pero no quería convertir aquello en una discusión.

Así que terminé calmándome y convenciéndome de que quizá sí estaba exagerando. Tal vez Greg simplemente seguía demasiado cegado por el cariño que sentía hacia Ely y su familia como para notar cualquier incomodidad.

Finalmente, ambos cedimos un poco y acordamos que al día siguiente resolveríamos el asunto.

Así fue como, a la mañana siguiente, salimos juntos a comprar los materiales para la cerca. Mientras Greg se quedaba conversando con el encargado de la ferretería sobre las mejores opciones para el arreglo, yo aproveché para hacer algo que llevaba meses posponiendo.

Fui hasta la tienda esotérica que había visto el primer día en Asheville.

Quedaba apenas a unos locales de distancia y, aun así, habían pasado casi tres meses sin que lograra entrar. Siempre ocurría algo. Una interrupción, un cambio de planes… o Natalie desviándome antes de que siquiera pudiera acercarme demasiado.

Esta vez no.

Y apenas crucé la puerta, lo sentí.

Esa extraña y cálida sensación de calma que a veces aparece cuando un lugar transmite exactamente la energía que necesitas.

La chica que atendía se acercó a mí apenas crucé la puerta y, en lugar de preguntarme qué buscaba, dijo algo que me dejó completamente desconcertada.

—Tardaste más de lo que imaginaba.

—¿Perdón? —pregunté, mirando alrededor por instinto, convencida de que debía estar hablándole a alguien más.

Ella soltó una pequeña risa, algo avergonzada.

—Lo siento. Sonó rarísimo —admitió—. Quise decir que llevo meses viéndote pasar frente a la tienda y quedarte mirando la vitrina. Siempre pensé que entrarías… pero nunca lo hacías.

—Ah… —murmuré sin saber muy bien cómo responder—. Es que…

—No importa —interrumpió con naturalidad, tomando mi mano antes de que terminara la frase—. Soy Cristal, aunque todos me dicen Cris.

Me condujo hacia el centro de la tienda con una familiaridad extrañamente cómoda y comenzó a mostrarme todo lo que había en el lugar: cristales, inciensos, hierbas, velas, libros y pequeños objetos que parecían cargados de historias.

Hablaba muchísimo.

Saltaba de explicarme para qué servía una piedra a contarme anécdotas de su vida como si nos conociéramos desde hace años.

Así fue como terminé sabiendo que su hermano era tecnólogo afisionado a la fotografía, que su padre había muerto cuando ellos eran pequeños y que su madre se había vuelto a casar con un hombre sudamericano, por lo que ahora vivía en un pequeño pueblo al otro lado del continente, aunque viajaba a visitarlos al menos una vez al año.

No tenía idea de por qué me estaba contando todas aquellas cosas, pero, aun así, sentí una conexión inmediata con ella. Aunque nada se comparó con lo que ocurrió cuando su hermano salió de la trastienda.

—Cris, vas a aturdir a la pobre mujer —dijo entre risas.

Fue extraño.

Porque apenas lo vi, algo dentro de mí se desacomodó de golpe.

Y cuando Chace se presentó y tomó mi mano, una sucesión de imágenes confusas atravesó mi mente tan rápido que me hizo sentir mareada. No fueron recuerdos exactos ni pensamientos claros, solo fragmentos inconexos, sensaciones, destellos imposibles de explicar.

Me desconcertó por completo.

Sobre todo, porque jamás había experimentado algo parecido con nadie fuera de Greg. Ni siquiera en momentos donde se suponía que debía sentir esas conexiones inexplicables de las que la gente hablaba cuando mencionaban almas gemelas o energías afines.

Conversé unos minutos más con ambos. Intercambiamos números, principalmente porque Chace también era fotógrafo y enseguida se ofreció a ayudarme con el cuarto de revelado cuando quisiera terminarlo.

Antes de irme, Cris insistió en regalarme un colgante de turmalina negra. Intenté pagarlo varias veces, pero fue inútil.

Salí de la tienda más confundida que cuando había entrado.

La sensación que me provocaban Cris, Chace y aquel lugar se parecía demasiado a la que me producía la niebla. Y eso no sabía si debía tranquilizarme… o asustarme aún más.

Al levantar la vista, vi a Greg avanzando torpemente desde la ferretería cargado de bolsas y materiales que apenas lo dejaban caminar. Corrí a ayudarlo y, apenas llegué junto a él, le planté un beso descaradamente apasionado, de esos que normalmente reservábamos para la intimidad.

Por un instante lo hice movida por la culpa. Por la extraña reacción que había tenido al conocer a Chace.

Pero después simplemente me dejé llevar.

Porque la intensidad de lo que Greg despertaba en mí seguía estando a un nivel imposible de comparar con cualquier otra sensación, y recordarlo me devolvió una calma inmediata.