Bajo la Niebla de Blue Ridge CAPÍTULO 2 #3
10%

CAPÍTULO 2 #3

Greg salió del baño y al sentir mi piel erizada me rodeó con sus brazos, suponiendo, probablemente, que tenía frío.

Quise decirle lo que había sentido, preguntarle si él también percibía algo extraño en esa niebla que nos envolvía, pero no lo hice.

Cerré la persiana despacio y me quedé allí, dentro de ese momento.

Su cercanía fue disolviendo la tensión sin esfuerzo, como siempre lo había hecho.

Sus manos se movieron con esa familiaridad que solo dan los años, pero también con algo más, con una intención clara y sin rodeos, como si él también necesitara encontrarme esa noche.

Como si los dos hubiéramos llegado al mismo lugar sin ponernos de acuerdo.

Me giré hacia él.

Sus ojos me recorrieron despacio, sin apuro, desde la boca hasta los hombros, bajando y volviendo a subir con esa calma deliberada que siempre me había desarmado.

No era la mirada de alguien que tiene prisa.

Era la mirada de alguien que sabe exactamente lo que quiere y puede permitirse el lujo de tomárselo con tiempo.

En esa mirada había algo que reconocí de siempre: el deseo mezclado con ternura, esa combinación que a veces solo aparece cuando todo lo demás se aquieta y ya no queda nada que fingir.

Me besó despacio al principio. Con cuidado, casi con reverencia, como si quisiera recordar el sabor antes de perder el control.

Sus labios rozaron los míos una vez, dos veces, apenas presionando, hasta que algo en los dos se tensó al mismo tiempo y el beso cambió de naturaleza por completo.

Se volvió más profundo, más urgente, con las manos moviéndose desde mi rostro hacia mi cuello, bajando por mis hombros, recorriéndome la espalda con una presión que era casi una pregunta y casi una orden.

Me quitó la ropa sin apuro, pero sin dudar, como quien conoce el camino de memoria y aun así elige mirarlo.

Lo hice yo también. Mis manos encontraron el borde de la toalla.

No fue difícil soltarla, cayendo al suelo entre las cajas sin desempacar.

Por un momento nos reímos del desorden y esa risa se convirtió en otro beso, este más directo, más hambriento, con mi espalda ya contra la cama y su cuerpo inclinándose sobre el mío.

Se tomó su tiempo.

Recorrió mi cuello con la boca, bajó por mi clavícula, por el centro de mi pecho, deteniéndose donde sabía que yo perdía el hilo de cualquier pensamiento.

Diecisiete años le habían dado un mapa que yo ni siquiera recordaba que existía, y aun así lo usaba como si lo hubiera trazado esa misma noche.

Sentí sus manos abiertas sobre mi cintura, sobre mis caderas, moviéndose con esa mezcla extraña de memoria y descubrimiento que solo existe cuando el deseo no se ha gastado, sino que ha madurado.

Me arqueé hacia él sin pensarlo. El cuerpo respondiendo antes que cualquier palabra.

Por un instante se quedó quieto encima de mí, mirándome a los ojos en la penumbra, con la respiración ya irregular y algo oscuro y familiar instalado en su mirada.

No dijo nada. Yo tampoco. Ese silencio pesaba de una manera que me gustaba, que reconocía, que me decía que lo que venía no iba a ser rápido ni superficial.

Cuando por fin entró en mí lo hizo despacio, dejando que yo lo sintiera del todo, y el sonido que escapó de mi garganta no fue de sorpresa sino de reconocimiento.

Como volver a un lugar que es tuyo, aunque hayas estado mucho tiempo sin visitarlo.

Sus caderas encontraron un ritmo que yo seguí de inmediato, porque así funcionábamos, sin necesidad de negociar, sin torpeza, con esa sincronía que no se aprende, sino que se acumula noche tras noche hasta volverse instinto.

Su voz junto a mi oído decía cosas que no necesitaban testigos.

Palabras directas, sin adorno, las que solo se dicen cuando ya no queda nada que guardar entre dos personas.

Me aferré a su espalda con las manos, sintiendo los músculos moviéndose bajo mis dedos, y algo en mí se fue soltando capa por capa, todo lo que había cargado durante semanas disolviéndose en el calor de su cuerpo contra el mío.

El ritmo cambió. Se volvió más intenso, más profundo, con mi nombre en su boca y mis piernas rodeándolo para acercarlo más, siempre más, porque con él siempre había querido más.

Llegamos juntos, casi al mismo tiempo, como tantas otras veces, con ese temblor que empieza adentro y se expande hacia afuera hasta que no queda tensión en ningún lugar del cuerpo.

Me quedé aferrada a él mientras todo se aquietaba lentamente.

Su peso encima del mío, su respiración todavía agitada contra mi cuello, su mano buscando la mía entre las sábanas revueltas y apretándola sin decir nada. Ese gesto pequeño que conocía de memoria y que siempre me decía más que cualquier palabra.

Afuera, la niebla nos observaba desde el otro lado de la persiana, densa y silenciosa, pegada al cristal como si hubiera estado esperando ese momento tanto como nosotros.

Se sintió cercano. Suficiente. Completo de una manera que no necesitaba compararse con nada.

Sin pensar en antes ni en después, sin el peso de la mudanza ni de las cajas apiladas en los rincones.

Solo ese momento, ese espacio donde todo lo demás quedaba en pausa, y nosotros dos éramos lo que siempre habíamos sido.

Los de siempre. Con hambre todavía.