CAPÍTULO 2 #2
El segundo piso era amplio y bien distribuido.
Tenía tres habitaciones, cada una con su baño, y una sala de estar que conectaba todo de forma abierta y cómoda.
Greg y yo nos quedamos con la habitación principal.
Era grande, más de lo que esperábamos, y al mirarnos supimos que la cama se vería pequeña allí.
Aun así, me encantó desde el primer momento.
Tenía algo que transmitía calma, como si las paredes hubieran absorbido años de silencio bueno y lo devolvieran despacio.
El vestier recibía mucha luz natural, lo que lo hacía aún más agradable, y el baño tenía una bañera amplia junto a un ventanal discreto que daba hacia la parte trasera de la casa.
Desde el balcón de la habitación, la vista se extendía hacia el jardín, que parecía no terminar.
Me quedé observándolo unos segundos, dejándome llevar por la tranquilidad que transmitía, sintiendo cómo algo en mí se asentaba, como polvo que por fin encuentra el suelo.
—Ahí cabría una piscina —comentó Greg, siguiendo mi mirada.
—Sí… y si sigue siendo lo que queremos, ya veremos más adelante —respondí, recordándole sin insistir que aún no era nuestra propiedad. El contrato nos daba prioridad para comprar después de cinco años, y eso, por ahora, era suficiente.
Greg asintió, pensativo.
—¿Tienes algo más en mente?
—¿No te parece que ese espacio podría llenarse de tulipanes? —dije, señalando una parte del jardín, dejándome llevar por la idea.
Greg soltó una pequeña risa, negando con la cabeza.
—Claro… cómo no lo vi antes. Si hay un hueco con tierra, tú ya lo estás llenando de flores.
—Obvio —respondí, encogiéndome de hombros.
—Déjame adivinar… tulipanes, lavanda y algo más que todavía no me has dicho.
La idea quedó ahí, flotando entre los dos sin necesidad de resolverla en ese momento. Era parte de lo mismo: imaginar sin prisa, sin tener que definir cada detalle de inmediato. Ya habría tiempo para eso; por ahora, bastaba con dejar que las cosas fueran tomando forma a su ritmo.
Julie no tardó en elegir su habitación entre las otras dos.
Se quedó con la más pequeña, pero también la más acogedora.
Tenía una distribución que le venía perfecta y un vestier que parecía hecho a su medida.
Ya podía imaginarla organizando su ropa con ese orden tan suyo, separando cada cosa por color y estilo.
El baño de su habitación conectaba con el pasillo, así que terminaría compartiéndolo con Jason.
Era el más cercano a las escaleras, lo que lo hacía práctico para ambos.
Ninguno pareció tener problema con eso. Siempre se habían llevado bien, compartiendo espacios y momentos con una naturalidad que, en muchos sentidos, nos recordaba a Greg y a mí.
La otra habitación la dejaríamos para más adelante, con la idea de convertirla en un estudio o en un espacio compartido para todos.
En la primera planta había un estudio tipo biblioteca y un cuarto de servicio.
En cuanto entré en este último, lo supe.
No tenía ventanas, y eso lo hacía perfecto.
Sería, por fin, mi cuarto de revelado. Sonreí casi de inmediato, con esa sonrisa que no se planea, sino que simplemente ocurre, y Greg, que me observaba, me rodeó con los brazos sin que hiciera falta decir nada.
Entendía lo que significaba para mí, lo que ese cuarto oscuro y silencioso guardaba de mis sueños más antiguos.
La casa era todo lo que necesitábamos, y un poco más.
Sabíamos que implicaría un esfuerzo importante, que absorbería gran parte de nuestros ingresos, pero en ese momento no parecía importar.
Si hacía falta, yo también trabajaría. Había algo en ese lugar que me daba paz, y ver a mi familia contenta terminaba de confirmar que valía la pena.
El resto de la tarde pasó entre risas, cajas abiertas a medias y conversaciones que retomaban el tiempo perdido.
Ely y Greg, en algún momento, se apartaron a hablar de trabajo, mientras nosotras seguíamos entre anécdotas y pequeños detalles de la casa.
Poco a poco, la luz fue bajando, y con ella el ritmo del día.
Cuando las luces alrededor empezaron a apagarse, nos despedimos y subimos finalmente a descansar.
La habitación seguía llena de cajas, pero aun así se sentía acogedora. Había una calidez extraña, como si el espacio ya empezara a moldearse a nosotros. Me acerqué al balcón para cerrar la persiana, y fue entonces cuando lo noté.
La niebla.
Era densa, mucho más de lo que esperaba.
Apenas podía distinguir el suelo unos metros más allá.
Todo estaba cubierto por un blanco uniforme que se movía despacio, avanzando, como si algo la empujara hacia nosotros desde adentro del jardín.
No hacía tanto frío, pero aun así un escalofrío me recorrió la espalda, lento, preciso.
Me quedé mirando, tratando de reconocer algo, alguna silueta conocida entre la oscuridad, pero no había nada.
Solo ese manto blanco que se extendía y se acercaba, envolviéndolo todo en un silencio que no se sentía vacío sino cargado, como si contuviera algo que aún no podía ver.
Entonces lo escuché. Un susurro. Breve, bajo, inconfundible.
Vino de afuera, estaba segura, aunque no pude distinguir si era una voz o simplemente el viento encontrando una grieta.
Se me erizó aún más la piel. Intenté enfocar la mirada, distinguir el jardín, las casas vecinas, cualquier cosa, pero la niebla lo había borrado todo.
Solo quedaba ese blanco denso que seguía moviéndose, acercándose, rodeándonos.