Bajo la lluvia del dolor Capítulo 61
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Capítulo 61

Con el tiempo aprendí algo que nadie te enseña cuando eres joven: no todo se repara, pero casi todo se puede acomodar dentro de uno para que no te destruya.

La vida siguió, porque siempre sigue.

No por valentía, sino por pura inercia.

Los días se sucedían unos a otros, iguales y distintos a la vez. Había mañanas tranquilas y otras más pesadas.

Había días en los que el recuerdo de Begoña y de Lucía aparecía sin avisar, como un golpe seco en mitad del pecho, y otros en los que lograba mantenerlos en un rincón lejano de la conciencia.

Aprendí a no mirar demasiado.

No por frialdad, sino por cuidado propio.

Porque entendí que hay dolores que, si se tocan demasiado, sangran siempre.

Y yo ya había sangrado bastante.

Mario seguía a mi lado.

Nuestra relación no era romántica, ni intensa, ni ideal.

Era compañía.

Era costumbre compartida.

Era una alianza silenciosa entre dos personas cansadas que habían decidido no hacerse más daño del necesario.

A veces hablábamos poco.

Otras, nada.

Pero había respeto. Y, con el tiempo, comprendí que eso también era una forma de amor.

No la que se sueña, pero sí la que se sostiene en el tiempo.

La economía nunca terminó de estabilizarse.

Siempre íbamos justos.

Siempre con cuidado.

Siempre calculando.

Yo seguía reinventándome cuando hacía falta, aceptando trabajos que nunca imaginé hacer, aprendiendo a adaptarme a un mundo que parecía no tener sitio para gente como yo.

Pero seguía.

Había días sencillos que se volvían valiosos sin avisar. Un café caliente en silencio.

Una tarde sin sobresaltos.

Una risa inesperada por algo absurdo.

Momentos pequeños que no se cuentan, pero que sostienen.

De Begoña supe cada vez menos.

Alguna foto suelta.

Alguna noticia indirecta.

Nada que me perteneciera de verdad.

Aprendí a no esperar llamadas.

A no anticipar fechas señaladas.

A no imaginar encuentros que no iban a suceder.

Fue un duelo largo, pero silencioso.

Sin rituales.

Sin despedidas claras.

Y aun así, algo dentro de mí empezó a asentarse.

No era alegría.

Era aceptación.

Acepté que no todas las historias tienen cierre.

Que no todos los amores se corresponden.

Que no todas las madres reciben de vuelta lo que entregan.

Acepté que mi valor no dependía de cómo me miraran los demás.

Ni siquiera de cómo me mirara mi hija.

Empecé a verme con otros ojos.

Con menos exigencia.

Con más compasión.

Yo no había sido perfecta.

Pero había sido honesta.

Había cuidado.

Había amado como había sabido.

Y eso tenía que bastar.

Ahora camino despacio.

Sin grandes expectativas.

Sin grandes miedos.

He aprendido a vivir en un punto intermedio donde no todo duele y no todo ilusiona.

Un lugar discreto, pero habitable.

La vida no me dio lo que esperaba.

Me dio lo que pudo.

Y yo, después de tanto luchar contra ella, he decidido algo sencillo y profundo a la vez:

No pedirle más.

No reprocharle nada.

Seguir adelante con lo que hay.

Porque mientras pueda levantarme cada mañana, respirar hondo y sostenerme sin romperme… seguiré estando.

Y estar, a estas alturas, ya es una victoria.