Capítulo 60
¿Qué puedo decir?
Los años pasan.
Pasan sin preguntar, sin detenerse, sin mirar atrás.
Y yo sigo aquí, sabiendo que tengo una nieta muy linda llamada Lucía.
Una nieta que existe en las redes, en alguna revista de cotilleo, en fotografías cuidadas que no huelen a nada.
Una nieta que nunca he visto de verdad.
Que no he podido abrazar.
Que no he podido sentir en mis brazos como abuela.
Solo sé que está.
Y para que no duela —o para que duela menos— he aprendido a vivir sin ella.
No es resignación.
Es supervivencia.
Es aceptar que hay amores que no se pueden ejercer, solo soportar en silencio.
Que hay vínculos que existen sin contacto, sin voz, sin presencia.
Y que, aun así, pesan.
La vida se empeña en ser cruel.
En cebarse especialmente con las personas que no saben defenderse bien, con las que no gritan, con las que no pisan a otros para subir.
A veces me he preguntado en qué he fallado.
Muchas veces, durante años.
Ahora ya no.
No porque tenga la respuesta, sino porque he dejado de buscarla.
Hay preguntas que no traen consuelo, solo cansancio.
La vida quiso venir así. Y contra eso, poco se puede hacer.
He aprendido que hay personas a las que todo les vuelve en forma de éxito.
Cada gesto, cada decisión, cada paso que dan parece ser recompensado con dinero, reconocimiento, bienestar.
Como si la vida les sonriera de manera constante, casi natural.
Y luego estamos otras.
Peones de esta partida que es la vida.
Personas que no hemos venido a ganar, sino a resistir.
A luchar.
A sobrevivir.
A reinventarnos una y otra vez sin aplausos ni medallas. Personas para las que un día bueno es simplemente aquel en el que hay algo para comer y no hay conflictos que desgarren el alma.
Durante mucho tiempo pensé que eso no era suficiente.
Ahora sé que también es una forma de felicidad.
O, al menos, de éxito.
El éxito de seguir.
De no haberse roto del todo.
De levantarse cada mañana sin rencor.
De aprender a vivir con lo que falta.
No tengo una vida brillante.
No tengo una familia perfecta.
No tengo fotos que enseñar.
Tengo cicatrices en el alma, que no se ven, pero duelen más que en el cuerpo.
Tengo memoria.
Tengo la capacidad de seguir caminando.
Y eso, después de todo lo vivido, ya es mucho.
Quizá no he ganado la partida.
Pero sigo en el tablero.
Y mientras siga aquí, respirando, sosteniéndome, habrá una forma humilde, silenciosa y digna de llamar a esto «vivir».